26 #3
Isolde acercó un cuenco para que la mujer pudiera beber sin levantarlo. Esperó a que terminara.
—La próxima vez preguntaré qué puede sostener.
—Y escucha si cambia de idea.
Kaoran volvió a recostarse. Isolde dejó el cuenco al alcance de Nara y se sentó donde pudiera ver el fuego sin sentir en cada chispa una orden de actuar.
Oren terminó de limpiar el cilindro. Las tres líneas grabadas coincidían con rutas del oeste. Al calentarlo, aparecieron otras seis.
—Es una matriz de cierre —dijo—. Cada línea registra una estación activa.
—¿Cuántas quedan? —preguntó Tavra.
—Ocho.
Una marca se había apagado.
—Oeste-9 ha dejado de alimentar la red —dijo Beren.
—Durante un tiempo —respondió Oren—. Varek puede reconstruir los canales.
—Entonces debemos cortar el mecanismo que los une —dijo Isolde.
Oren señaló la línea central.
—Está cerca de Cendral.
—¿El punto vacío?
—El distribuidor. Las estaciones envían presión hasta allí. Si lo cerramos, cada una quedará aislada.
Nara pidió el cilindro.
Lo sostuvo entre las manos y cerró los ojos. Las marcas de sus sienes se oscurecieron. Una línea del objeto emitió un resplandor débil.
—Todavía escucho golpes —dijo.
—¿De Ydrael? —preguntó Isolde.
—De otras sillas.
Beren se acercó.
—¿Personas?
—Cada estación tiene un ritmo. Los técnicos lo llaman ruido de carga. Ydrael aprendió a separar a quienes estábamos dentro.
Nara golpeó el cilindro con una uña.
Dos pulsos lentos. Uno rápido. Pausa.
—Esta era mi señal. Mi hermano y yo usábamos algo parecido cuando trabajábamos en túneles. Dos golpes significaban aire. Uno rápido pedía cuerda.
—¿Ydrael la tomó de ti? —preguntó Oren.
—Me pidió permiso durante semanas. Repetía la señal y esperaba. La primera vez pensé que la máquina fallaba. Después respondí.
Isolde sintió la paciencia del dragón bajo la piedra. Había construido un idioma dentro de una red diseñada para herirlo.
—¿Conoces otras señales? —preguntó.
Nara trazó ocho grupos sobre la mesa.
—Una mujer de Oeste-3 cuenta hasta cinco. Hay un niño que golpea cuatro veces y se detiene mucho. Un soldado usa marchas: tres, tres, dos. Ydrael lleva los ritmos de una estación a otra cuando la presión se alinea.
—¿Pueden hablar entre ellos? —preguntó Beren.
—Imágenes breves. Un olor, una cara, un lugar. Él sostiene el paso. Cada mensaje le cuesta.
Nara mostró las marcas de sus sienes.
—Los técnicos creían que la actividad era resistencia. Aumentaban la carga.
Kaoran se incorporó junto al fuego.
—¿Cuántas personas siguen conscientes?
—Trece ritmos durante la última sesión. Había más al principio.
Beren tomó una hoja.
—Dibuja todo lo que recuerdes.
Nara empezó. Oren comparó las secuencias con las líneas del cilindro. Tres coincidían con estaciones occidentales. Dos venían del este. Las demás convergían sobre el distribuidor cercano a Cendral.
Una señal se repetía en el centro.
Tres golpes. Pausa. Tres. Pausa. Tres.
—Ese conductor está muy cerca de la ruta negra —dijo Nara—. Ydrael lo protege cada vez que sincronizan.
—¿Nombre? —preguntó Isolde.
—Rian. Solo recibí eso.
Isolde escribió el nombre y pidió a Nara que repitiera los tres grupos de golpes. Alguien llevaba tiempo usando aquella señal sin saber si llegaría a otra persona.
—Tenemos que responder —dijo Beren.
Nara le agarró la muñeca.
—Antes pregunta.
—¿A quién?
—A Ydrael. Si abres el cilindro sin ritmo, la estación puede usarlo para localizarme.
Isolde apoyó dos dedos sobre la piedra roja.
El vínculo apareció. Ydrael estaba cansado. Una cadena menos tiraba de su cuello, aunque las otras compensaban la pérdida.
Isolde mostró la señal de Rian y una pregunta abierta: ¿respuesta?
Ydrael esperó.
Después mostró a Nara durmiendo junto al fuego. Una línea azul buscaba sus marcas desde la distancia. Si respondían mediante el cilindro, revelaría el refugio.
—La estación la rastreará —dijo Isolde.
Beren apretó la pluma.
—Rian puede pensar que lo hemos abandonado.
Nara señaló el mapa de Cendral.
—Ydrael le llevará otra imagen cuando pueda. Ahora nuestra tarea consiste en llegar a la ruta.
—¿Confías en que lo hará?
—Confío en que decidirá. Ya ha pagado por nosotros demasiadas veces.
Beren dejó el cilindro.
La renuncia a responder era otra forma de escuchar.
Kaoran observó a Nara.
—¿Ydrael te mostró alguna vez un dragón gris con una escama blanca junto al ojo?
Isolde volvió la cabeza.
Nara pensó durante un rato.
—Mostró muchas cadenas. Algunos recuerdos parecían suyos. Otros llegaban de las personas conectadas.
—¿Ese dragón?
—Vi una tormenta y un ala oscura. También una correa rota. La imagen llevaba tu dolor, quizá la recibió de ti a través de Isolde.
Kaoran aceptó la incertidumbre.
—Gracias.
Nara tocó la cinta verde de su muñeca.
—¿Lo buscas?
—Busco pruebas de lo que ocurrió. Si sigue vivo, decidirá si quiere encontrarme.
—Eso se parece a lo que dices de Rheskan —dijo Beren a Isolde.
—Kaoran tardó años en enseñármelo.
—Thalyon tardó más en enseñármelo a mí —respondió Kaoran.
Oren terminó el mapa de señales. Añadió una regla en la parte superior: ningún ritmo se usaría sin comprobar quién podía recibir el golpe. Nara firmó con una línea temblorosa. Beren añadió su nombre como testigo.
Isolde escribió el suyo de otra forma:
Guerrera sin nombre. Custodia temporal.
Nara leyó la frase.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que puedas elegir otra persona o destruir el mapa.
—Lo conservaré hasta sacar a Rian.
La decisión dio al papel una vida independiente de Isolde.
Tavra abrió el mapa.
—Cendral está a seis días con caminos despejados.
—Ahora hay patrullas en cada paso —dijo Beren.
—Llegaremos por una ruta distinta —respondió Isolde.
Kaoran se incorporó un poco.
—Antes necesitas el registro de transportes. El distribuidor cambia de entrada según los convoyes.
—Cevran tiene la llave.
—Y Darian inspecciona rutas después de lo ocurrido en la marisma.
Tavra sacó un informe que había tomado a uno de los jinetes.
—La patrulla llevaba esto.
El documento anunciaba una visita del regente a la estación de Halver. Darian revisaría los traslados y abriría el registro central. Viajaría con doce guardias de la Casa Real. La comisión enviaría observadores.
La estación estaba a dos días.
Isolde leyó la fecha.
—Aelyn lo ha obligado a abrir las cuentas.
—O intenta atraer otra vez a la guerrera —dijo Tavra.
—Ambas cosas pueden ser ciertas —respondió Kaoran.
El registro central contenía las entradas activas hacia Cendral. También colocaría a Darian fuera de Caleryon, lejos de Varek y dentro del alcance de una hoja.
Isolde dobló el informe.
—Iré a Halver.
Kaoran la observó.
—¿Por el registro?
—Por el registro.
—La oportunidad será mayor que el documento.
—Lo sé.
—¿Quieres mi permiso?
Isolde pensó en la plataforma, en su propia voz ordenando retirada y en la garra de Ydrael inmóvil bajo la piedra.
—Quiero que me digas lo que ves. La decisión será mía.
Kaoran sonrió.
—Entonces ya tienes lo que iba a darte por tu cumpleaños.
Beren levantó la cabeza.
—¿Hoy es tu cumpleaños?
—Ayer —dijo Isolde.
Tavra puso un cuenco de sopa en sus manos.
—En el oeste contamos los años después de comer.
Oren encontró una vela corta. Nara encendió la mecha con una brasa.
Isolde miró la llama. Estaba en el quinto año desde Cendral y medía las estaciones por lo que su cuerpo podía hacer: levantarse, sostener una hoja, atravesar un paso, volver al valle sin perderse en el río.
Tavra empujó el cuenco hacia ella.
—¿Quieres algo más?
Isolde estuvo a punto de pedir el registro de transportes. Oyó a Oren apartar sus papeles para dejar sitio a la sopa y comprendió que la pregunta admitía una respuesta pequeña.
—Quiero comerla caliente.
—Eso está al alcance de esta expedición.
Se quedaron cerca mientras comía. A los veinticinco seguía deseando cosas que nunca figuraban en los planes: despertar junto a alguien elegido, contar un miedo sin que se convirtiera en un argumento para encerrarla, quedarse una tarde porque quisiera.
Había amado esos futuros con Darian. Le costaba imaginarlos sin su rostro y, aun así, los quería.
Terminó la sopa antes de tocar el mapa.
La vela se consumió hasta un resto corto. Isolde la apagó entre los dedos y agradeció a Nara que la hubiera encendido.
—Mañana salimos hacia Halver.
Antes de dormir, dejó la escama de Rheskan junto al mapa.
Las garras del dragón apuntaban al este.