26 #2
Mostró una llave bajo una ciudad, un río oscuro y raíces de piedra que tocaban el Alcázar. Después mostró la prisión. La montaña de Cendral cubría una parte. El resto se extendía bajo el reino como una herida enterrada.
La puerta podía abrirse desde Caleryon.
Isolde vio una montaña atravesada por una línea de plata. Recordó el sello del tubo de Skarde, la advertencia que había leído antes de casarse con Darian.
Cael.
El nombre procedía de ella. Ydrael había mostrado una marca sobre metal, dos manos acercándose en momentos distintos y una puerta que permanecía cerrada.
—¿Él tiene la llave?
Llegó una presión de rechazo, seguida de la mano con los colores de la comisión. La otra había rozado el sello y se había apartado.
Isolde conservó la secuencia. La llave seguía vinculada a Varek; alguien que llevaba la marca de Cael había llegado a una parte de su ruta. Tendría que contrastarlo fuera de aquella cámara.
La columna emitió una grieta.
—Treinta segundos —gritó Oren.
Isolde apoyó una mano sobre la tercera rueda.
—¿Qué quieres de mí?
Ydrael mostró las sillas vacías.
Después mostró nueve cadenas cortadas desde fuera, una por una. Ninguna llevaba su cuello como destino único. De cada eslabón salían personas, dragones y ríos de fuego devueltos a la tierra.
Quería libertad. También quería terminar el mecanismo que se alimentaba de otros cautivos.
Isolde le mostró los nueve paquetes saliendo de la costa, las familias del paso y a Aelyn detrás de un libro.
—Estamos aprendiendo.
Ydrael cerró los ojos durante un latido.
La tercera rueda reveló un hueco. Dentro había un cilindro de piedra roja con tres líneas grabadas.
—¿Esto cierra la estación?
Una de las cadenas se aflojó.
Isolde arrancó el cilindro.
La columna se apagó.
El silencio llegó con todo el peso de la montaña.
La puerta empezó a cerrarse.
Isolde corrió hacia la escalera.
Subió cinco peldaños antes de que la plataforma se inclinara. Una cadena se soltó desde arriba y golpeó su espalda. La cuerda de seguridad quedó atrapada.
Beren se asomó al borde.
—¡Corta la cuerda!
Isolde llevó la mano a la vaina vacía. Había dejado el cuchillo bajo la cadena de Nara, en la ranura de la plataforma.
Tiró de la cuerda. El nudo estaba fuera de alcance.
La plataforma descendió otro palmo.
Ydrael volvió a abrir un ojo.
Su presencia entró en la cadena caída. El metal se tensó lejos de Isolde. La presión levantó la cuerda lo suficiente para liberarla.
Ydrael había elegido quedarse en el vínculo hasta que ella saliera.
Isolde subió.
Oren y Beren la agarraron por los brazos. Cruzaron la plataforma con Nara entre ambos. La puerta había dejado un espacio estrecho.
Isolde entró de lado. La piedra le atrapó la chaqueta. Beren cortó el tejido.
La puerta se cerró.
El último pulso de Ydrael atravesó la cantera.
Una voz sin palabras, separada de la suya, permaneció bajo la piedra.
Kaoran esperaba dentro del arco exterior.
—Doce jinetes vienen desde el sur —dijo—. Tavra ha contado dos placas y una jaula.
Isolde entregó el cilindro a Oren.
—¿Cuánto tiempo?
—Quince minutos antes de que entren en la cantera.
Beren dejó a Nara sobre una manta. La mujer tenía los ojos abiertos. Intentaba respirar por la boca, aunque la garganta estaba hinchada.
Kaoran se arrodilló con cuidado y comprobó su pulso.
—Necesita agua en cantidades pequeñas.
Isolde miró la puerta cerrada.
—Hay dos cuerpos dentro.
Beren sostenía sus tablillas.
—Tarem Is, Oeste-5. Juna Ser, cantera de Mildar. Volveré por ellos.
—Volveremos con sus familias —dijo Oren.
La piedra respiró otra vez.
El intervalo había cambiado. Seis latidos.
Oren examinó el cilindro.
—Al retirarlo has cerrado la transmisión, pero la estación intenta reiniciarse.
—¿Puedes impedirlo?
—Debemos bloquear los nueve canales exteriores.
—Eso llevará una hora.
—Con las cuñas adecuadas, veinte minutos.
Tavra apareció en la entrada de la cantera.
—Diez jinetes. Los otros dos han tomado la salida oeste.
—Tenemos menos de quince —dijo Kaoran.
Isolde miró los círculos del arco. Cada uno recibía energía desde una canaleta tallada en el suelo. La nieve se derretía sobre las líneas.
—El agua alimenta la presión —dijo.
Oren asintió.
—La confluencia entra por los canales.
—Podemos cambiar su curso.
La cantera tenía un desagüe antiguo sobre la pared norte. Beren retiró piedras mientras Tavra preparaba la salida. Kaoran organizó una camilla para Nara. Isolde y Oren golpearon las canaletas con picos.
El primer canal se abrió hacia el desagüe.
El círculo correspondiente perdió luz.
Trabajaron alrededor del arco. En el quinto, el pico de Isolde rebotó. El fuego respondió bajo sus manos. La piedra quería conducirlo otra vez hacia Ydrael.
Ella recordó la garra quieta.
Esperó.
La presión cambió de dirección por sí misma. Ydrael empujaba desde el otro extremo para mantener la energía fuera del canal.
Isolde golpeó.
La piedra cedió.
—Está ayudando —dijo.
Oren dejó de trabajar durante un latido.
—Creí que las respuestas eran reflejos de la prisión.
—También lo creí.
—¿Qué ha pedido?
—Que saquemos a quienes alimentan las cadenas. Quiere que cerremos las nueve estaciones.
—¿Y su libertad?
—Forma parte de la misma petición.
Oren volvió a levantar el pico.
El noveno canal se rompió cuando los primeros caballos entraron en la cantera.
La puerta dejó de respirar.
El agua cambió de curso y salió por el muro norte. La nieve se hundió sobre el nuevo cauce. Un tramo de cantera quedó cubierto por vapor.
Kaoran señaló una rampa de mineral.
—Salida.
Beren y Tavra levantaron la camilla. Oren guardó el cilindro. Isolde cerró la marcha junto a Kaoran.
—Ve delante —dijo ella.
—Conozco esta posición.
—Tu pulmón también.
—Puedo recorrer una rampa.
Una flecha golpeó el arco.
Los jinetes desmontaron entre el vapor. Llevaban máscaras sobre la boca y capas de aceite. Dos técnicos buscaron los canales.
—¡La estación ha sido intervenida! —gritó uno.
—¡Tomad a los trabajadores!
Isolde entró en la rampa.
El túnel descendía hacia un depósito de mineral. Las ruedas de un carro viejo seguían sobre raíles. Kaoran retiró el freno con el pie.
—Colocad la camilla dentro.
—El carro puede volcar —dijo Beren.
—La segunda curva tiene un contrapeso. Tirad de la cuerda roja al verla.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Isolde.
—Las canteras comparten arquitectos perezosos.
Subieron a Nara. Beren y Tavra entraron con ella. Oren se sentó detrás.
Kaoran empujó el carro.
La estructura empezó a rodar. Kaoran se izó sobre el borde y se sentó junto a la camilla.
Isolde subió al último momento y agarró a Kaoran por la cintura. La velocidad aumentó en la oscuridad. Detrás, los soldados entraron en la rampa.
La primera curva lanzó chispas de las ruedas. La segunda apareció como una pared.
—¡Ahora! —gritó Kaoran.
Beren tiró de la cuerda roja.
Un bloque de piedra subió dentro de un hueco. El cable absorbió parte de la velocidad. El carro tomó la curva con dos ruedas en el aire y volvió a caer sobre los raíles.
Kaoran tosió contra la manga.
Isolde vio una mancha roja.
—Respira despacio.
—Estoy ocupado sobreviviendo a mi propio plan.
La salida se abrió delante.
El carro atravesó una pared de nieve y volcó sobre un montón de arena. Isolde protegió a Kaoran con el hombro. Beren sostuvo la camilla. Oren cayó de lado con el cilindro abrazado al pecho.
Todos salieron.
Tavra señaló el túnel.
—Vienen.
Isolde miró el soporte principal de los raíles. Calentó dos pernos hasta volverlos rojos. Tavra golpeó la madera con una barra. El soporte cedió.
Los raíles cayeron dentro de la salida.
El derrumbe cerró el túnel sin alcanzar a los perseguidores.
—Tendrán que volver por la cantera —dijo Beren.
—Nosotros tomamos el bosque —ordenó Isolde.
Kaoran intentó levantarse. El silbido de su pecho había empeorado.
Isolde pasó su brazo sano sobre los hombros.
—Esta vez eres parte de la camilla.
—Nara la necesita.
—Haremos otra.
—Eso ralentiza al grupo.
—También evita que vuelvas a abrirte el pulmón.
Kaoran miró el túnel bloqueado.
—Argumento aceptable.
Construyeron la segunda camilla entre los pinos.
La patrulla buscó durante el resto del día. Tavra dejó huellas hacia el río y regresó sobre piedras. Oren escondió el cilindro dentro de un tronco hueco. Beren llevó a Nara por una senda de cazadores.
Isolde y Kaoran avanzaron detrás.
Cada vez que él tosía, ella comprobaba el color de la sangre. La mancha dejó de crecer al anochecer. El aire seguía entrando en ambos lados del pecho.
—La curandera dijo que una tos ocasional sería normal —murmuró Kaoran.
—También dijo que evitaras carros mineros.
—Esa parte era muy específica.
—Te conoce bien.
Se refugiaron en una casa de resina. El dueño había muerto durante el invierno. Su sobrino mantenía el lugar para caminantes y sabía reconocer los tres nudos. Encendió un fuego pequeño, calentó sopa y cerró las contraventanas.
Nara bebió agua con miel. La voz regresó durante la noche.
—Oía... golpes —dijo.
Beren se sentó junto a ella.
—¿De Ydrael?
—Al principio creí que eran máquinas. Después aprendió mi nombre.
Oren dejó de limpiar el cilindro.
—¿Te habló?
—Imágenes. Mi casa. Una puerta. Él buscaba cosas que yo pudiera entender.
Nara tocó las marcas de sus sienes.
—Los técnicos querían que lo empujara hacia el centro. Cada sesión me mostraba dónde estaba la cadena. Yo debía tirar.
—¿Lo hiciste? —preguntó Beren.
—Hasta que entendió cómo impedirlo. Me enseñó una playa. Yo pensaba en el mar y la presión se desviaba.
Isolde se acercó.
—Te protegía.
—Pagaba el golpe después.
Nara la miró.
—Hoy escuché otra voz.
—La mía.
—Le pediste que se apartara. Sentí cómo tiraba de la cadena cuando quiso quedarse.
Isolde bajó los ojos hacia sus manos. Recordó el hierro levantando la cuerda que la atrapaba.
—Quería evitarle la descarga.
—Él quería sacarnos. Llevábamos meses allí.
Kaoran se movió junto al fuego. La costilla le obligó a buscar otra postura y tardó en hablar.
—Te oyó. Luego eligió.
—La cadena seguía cerrada.
—Por eso le quedaban tan pocas elecciones —dijo Nara.