26
Isolde cumplió veinticinco años frente a una puerta que respiraba.
La piedra se movía hacia dentro cada nueve latidos. El borde expulsaba aire caliente y volvía a cerrarse. Nueve círculos rodeaban el arco, unidos por canales tan finos como venas.
—La estación se construyó alrededor de una confluencia natural —dijo Oren—. La puerta regula la presión.
—También oculta que sigue activa —añadió Beren.
La entrada se encontraba bajo una cantera donde aún quedaban neveros.
Tras el alud, Kaoran había pasado tres semanas en el puesto médico, con un tubo entre las costillas y fiebre.
Durante la cuarta pudo caminar hasta la puerta.
En la quinta empezó a discutir con la curandera.
En la sexta recibió permiso para viajar en carreta.
Las rutas altas siguieron cerradas hasta el deshielo.
Esperaron en refugios del valle, reuniendo provisiones y noticias de las estaciones.
Después emplearon siete semanas en el viaje hacia Oeste-9, con rodeos por los puestos de la comisión y las paradas que exigía su pecho.
El verano los había alcanzado antes de encontrar la puerta.
El hombro había soldado con una inclinación leve. La respiración conservaba un silbido al subir pendientes. Kaoran rechazaba cualquier descripción que incluyera la palabra recuperación.
—Estoy vivo —decía—. El resto es administración.
Esperaba en la superficie con Tavra. Los dos vigías habían regresado al refugio para preparar la llegada de los cautivos.
Alcen y Sera habían tomado una ruta hacia las familias de Oeste-4. Antes de marcharse, Alcen dibujó los mecanismos de la estación. También entregó una lista de técnicos que podían cerrar las placas.
Oren había elegido volver a Oeste-9.
Beren también.
Rheskan los acompañó hasta la cantera. La primera noche se levantó durante una tormenta y siguió una presión hacia el este. Llevaba doce días fuera. Isolde recibía destellos breves: roca, viento, una luz azul bajo la nieve. Después el vínculo quedaba quieto.
Rheskan sabía dónde buscarla desde que habían vuelto a encontrarse. Isolde recibió la imagen de las montañas y dejó de seguir el vínculo. Él le mostraría la ruta cuando quisiera acercarse.
Oren colocó la palma sobre la puerta.
—Necesitamos fuego humano para abrirla.
—¿Cuánto? —preguntó Isolde.
—La portadora de Cendral era la llave prevista.
—Yo.
—Sí.
Oren bajó la mano.
—Entrar puede avisar a todas las estaciones.
—Los núcleos del oeste han perdido sincronía —dijo Beren—. Tenemos una hora antes de que otra ruta detecte el cambio.
—Cuarenta minutos —corrigió Oren—. Varek habrá ajustado la respuesta.
Isolde miró el arco. Ydrael existía detrás de aquella respiración, a leguas de distancia y bajo una montaña distinta. La confluencia llevaba algo de él hasta la puerta.
Apoyó ambas manos.
El calor salió de su pecho y recorrió las venas de la piedra. Los nueve círculos se encendieron. La puerta aspiró una vez.
Después se abrió.
El aire del interior olía a hierro, agua estancada y piel quemada.
Oeste-9 descendía alrededor de un pozo. Pasarelas de metal unían nueve plataformas. En el centro, una columna de piedra azul se hundía hasta perderse en la oscuridad. Cables y cadenas salían de ella hacia las paredes.
Tres sillas ocupaban la primera plataforma.
Había personas atadas.
Una mujer levantó la cabeza. Tenía el cabello rapado y marcas circulares en las sienes. Las otras dos figuras permanecían inmóviles.
Beren corrió hacia ellas.
—¡Nara!
La mujer intentó hablar. La garganta emitió un sonido seco.
Oren examinó las abrazaderas.
—Son conductores vivos.
—¿Desde cuándo? —preguntó Isolde.
Beren encontró una tablilla bajo la silla.
—Nara lleva cuatro meses. Los otros...
Tocó el cuello del primer hombre. Después el de la segunda mujer.
—Han muerto.
Nara movió dos dedos.
Una cadena respondió en el fondo del pozo.
El sonido llegó desde muy lejos.
Ydrael despertó dentro de la piedra.
Isolde sintió un ojo abrirse bajo capas de roca. Una garra cerrada. El peso de anillas alrededor del cuello. Después llegó una orden sin palabras: salir, cortar el vínculo, alejarse.
La urgencia le llenó la boca con sabor a hierro.
—Quiere que nos vayamos —dijo.
Oren miró la columna.
—La estación ha empezado a cargar.
—Sacamos a Nara y cerramos.
Beren introdujo una llave en la primera abrazadera. El metal rechazó el giro.
—Necesita presión desde el pozo.
Isolde se acercó al borde.
Una escalera bajaba junto a la columna. Las placas azules latían debajo. Cada pulso hacía respirar la puerta.
—Yo voy —dijo.
—La estación te espera —respondió Oren.
—También espera que deje a Nara en la silla.
Isolde tomó una cuerda, el cuchillo corto y tres cuñas de hierro.
Beren le entregó una lámpara.
—La plataforma de control está a veinte metros. Si la columna cambia a blanco, tienes un minuto.
—¿Un minuto para qué?
—Para estar fuera.
Isolde empezó a descender.
En el quinto peldaño encontró una marca de garras.
Cuatro surcos recientes cruzaban la piedra. Dentro de uno había una escama roja, todavía sin el polvo que cubría los peldaños.
Rheskan había pasado por allí durante su separación.
Isolde tocó la escama. Recibió un destello débil: el dragón dentro de otro túnel, arañando una pared mientras la luz azul intentaba cerrarse sobre él. La dirección cambió antes de que pudiera fijarla.
Se le aflojaron los dedos sobre la lámpara. Desde Arkhe había vuelto a compartir rutas con él; aquellos doce días sin verlo tenían ahora un rastro reciente.
Guardó el alivio junto a la preocupación por las placas. Tendría que averiguar dónde continuaba el túnel.
—Rheskan pasó por aquí —gritó hacia arriba.
—¿Salió? —preguntó Beren.
Isolde miró los surcos. Apuntaban hacia abajo.
—Continuó.
Guardó la escama y siguió su camino.
La escalera terminaba en una plataforma circular. Tres ruedas rodeaban la columna. La primera regulaba la puerta. La segunda sujetaba las abrazaderas de los conductores. La tercera llevaba grabada una corona sin puntas.
Rheskan había arañado la segunda.
Isolde colocó una cuña entre los dientes de la rueda. El metal estaba frío. Al tocarlo, la urgencia regresó.
Corre.
El impulso salió de su pecho y subió hasta la garganta. Vio la puerta cerrándose, a Kaoran herido en la superficie y a Rheskan atrapado bajo otra montaña. El miedo ordenaba retirada con su propia voz.
Debajo apareció algo más lento.
Una garra se apoyó sobre piedra. Esperó.
Ydrael.
Isolde dejó de girar la rueda. Tenía el puño cerrado sobre el hierro y estaba a punto de llamar a Beren para que abandonara a Nara.
La garra seguía quieta.
—Espera —susurró.
Buscó la imagen de la salida entre todas las que se le habían acumulado en el pecho. Reconoció la puerta que acababan de cruzar y a Kaoran tal como lo había dejado arriba. Podía oírse dando órdenes antes de haber preguntado nada al dragón.
Entonces llegó la silla de Nara. Una cadena abierta junto a ella. El impulso tenía un peso distinto, paciente y agotado.
Isolde aflojó el agarre.
—Tengo miedo de que se cierre la puerta.
La garra se apoyó un poco más cerca.
Había confundido la urgencia de salir con una voluntad que venía de fuera. Ydrael esperó mientras ella separaba ambas cosas. Arriba, Nara volvió a golpear con dos dedos.
Isolde escuchó el ritmo hasta poder contarlo.
Beren intentaba mantener despierta a Nara. Le hablaba entre golpes, y su voz bajaba hasta la plataforma.
Isolde apoyó ambas manos sobre la segunda rueda.
—Voy a abrir las abrazaderas.
Ydrael mostró la columna llena de presión. Si giraba la rueda, la descarga pasaría por él.
—¿Puedes apartarte?
La respuesta fue un cuello inmovilizado por anillas.
—Entonces espera.
Isolde buscó otra ruta. Las cadenas entraban en la columna por nueve ranuras. Una estaba rota, marcada por Rheskan. Otra llevaba sangre seca. La tercera vibraba al ritmo de Nara.
Colocó la segunda cuña en la ranura de la silla.
—Beren, gira la llave cuando te avise.
—Preparado.
Isolde metió el cuchillo bajo la cadena y empujó.
La presión azul entró por la hoja. El brazo se le quedó rígido. Una línea de frío avanzó hacia el hombro. Ella soltó antes de perder los dedos.
La cadena regresó a la ranura.
Ydrael mostró fuego detrás de una pared.
—La placa lo absorbe.
La imagen cambió. El fuego pasaba por agua antes de tocar el metal.
Isolde miró el fondo. Un canal rodeaba la plataforma. El agua estaba cubierta por una película de aceite mineral.
—Quieres que enfríe la cadena.
Ydrael movió una garra.
Isolde calentó el cuchillo lejos de la ranura. Hundió la hoja en el canal. El agua hirvió alrededor del metal. Cuando la temperatura cayó, volvió a introducirla bajo la cadena.
La placa intentó absorber un calor que ya se había dispersado. Isolde usó el cuchillo como palanca.
—Ahora.
Beren giró la llave.
La abrazadera de Nara se abrió.
La descarga atravesó la columna.
Ydrael rugió.
La piedra entera respondió. Isolde cayó sobre la plataforma. Su cuerpo se arqueó bajo un dolor que pertenecía al dragón y llegaba con siglos de cansancio. Vio nueve cámaras, miles de eslabones y una oscuridad atravesada por vetas rojas.
Vio los ojos de Ydrael.
Eran antiguos, dorados y despiertos.
—Nara está libre —dijo Isolde.
El dragón abrió una garra.
Beren retiró a la mujer de la silla. Oren soltó los cuerpos de los otros conductores. Las tablillas cayeron al suelo.
La columna cambió de azul a blanco.
—¡Un minuto! —gritó Beren.
Isolde buscó la escalera.
Ydrael mostró la tercera rueda.
—Tenemos que salir.
La corona sin puntas empezó a girar por sí misma.
—Ydrael, cierra el vínculo.
El dragón mantuvo los ojos abiertos.
—Retírate.
La cadena de su cuello se tensó. Él empujó contra ella.
Rechazó la orden.
Isolde sintió su decisión con una claridad que no permitía confundirla con miedo, reflejo o deseo propio. Ydrael quería sostener el canal. Había esperado años para alcanzar una conciencia capaz de escucharle.
—La estación va a romperse.