24 #2
La cueva terminaba bajo una losa. Darel empujó. La piedra se levantó dentro de un pequeño santuario lleno de tablillas. Más allá estaba el puesto alto.
Seis prisioneros permanecían atados a un cable entre dos torres. Oren era el mayor. Tenía la barba blanca pegada al pecho por la nieve. Sera estaba a su lado, con el anillo arrancado y una herida en la frente.
Dos guardias vigilaban el cable. Un tercero observaba el camino bajo con un catalejo.
Isolde hizo señales.
Beren rodeó la primera torre. Tavra subió por el santuario. Rheskan esperaba sobre la cresta, fuera del alcance de las placas.
Isolde salió por detrás del puesto.
El guardia del catalejo la vio reflejada en la lente. Giró y sacó la espada. Ella llegó antes de que pudiera gritar. Golpeó su mano contra la pared y lo dejó inconsciente.
Tavra disparó al cable sobre la segunda torre. La saeta cortó la cuerda de una campana. El sonido hizo mirar a los otros dos guardias. Beren golpeó al primero por la espalda. Isolde atrapó al segundo y le puso la hoja bajo el cuello.
—Llave.
El hombre señaló su cinturón.
Isolde liberó a los prisioneros.
Sera corrió hacia la salida baja.
—Mi padre.
—Ha llevado a Cevran hacia el valle —dijo Isolde—. Volveremos por él.
Oren apenas podía mantenerse de pie. Abrazó el interior de la chaqueta con un brazo.
—La orden está aquí.
—¿Original?
—Original y sello.
—Entrégasela a Tavra.
Oren negó con la cabeza.
—Conozco la ruta de cierre. Si me separo del documento, pierdo mi valor.
—Tu valor está en seguir vivo.
Beren se arrodilló delante de él.
—Trabajamos juntos en Oeste-9. Puedes confiar en ella.
Oren miró a Isolde.
—¿Quién eres?
—La persona que ha venido a sacarte.
El anciano examinó su pelo, sus ojos y la cicatriz de la mano.
—Te vi en Cendral.
—Entonces sabes cuánto puede costar esperar.
Oren entregó la chaqueta a Tavra.
Una campana grave sonó desde la cresta.
Rheskan envió una imagen de cables tensándose dentro del hielo.
Cevran había descubierto el engaño.
—Hay una galería de invierno detrás del puesto —dijo Darel—. Baja hacia el oeste.
—Lleva a tu familia y a los prisioneros —ordenó Isolde.
Tavra sujetó la chaqueta de Oren contra el pecho.
—Voy con ellos.
—Beren también. Kaoran, cierra la marcha.
—Puedo esperar aquí.
—Tu trabajo está con la familia.
Kaoran miró a Luma. La niña mayor tenía los ojos desenfocados y se apoyaba en la pared.
—De acuerdo.
Isolde se acercó a Sera.
—Tu padre viene con Cevran. ¿Puedes mostrarle la entrada cuando lo veas?
—Puedo sacarlo del camino.
—Hazlo cuando los soldados miren hacia mí.
Sera tomó una lanza de los guardias.
La columna empezó a entrar en la galería. Rheskan voló sobre la cresta y mordió el primer cable azul. La corriente le atravesó la mandíbula. Se apartó con un rugido.
Isolde sintió el dolor en sus propios dientes.
—Déjalos —dijo.
Rheskan mostró el peso de la cornisa y las figuras que caminaban debajo.
Rheskan buscó otro cable bajo la cornisa.
Esta vez lo golpeó con una roca. El anclaje se soltó y descendió por la ladera. Media cornisa quedó libre de tensión.
Cevran entró en el puesto bajo.
Llevaba a Alcen atado al caballo. Seis técnicos avanzaban detrás con el núcleo. Los guardias de Darian habían desaparecido.
—¡Sera! —gritó Alcen.
La joven se ocultó junto a la torre.
Cevran levantó la lámina de cobre.
—Tienes algo mío.
—Llevas demasiadas cosas robadas —respondió Isolde.
—El archivo pertenece a la comisión.
—Los nombres pertenecen a sus familias.
Cevran señaló el puesto alto.
Los técnicos dispararon dos cables. Las puntas se clavaron en la torre y formaron un arco azul sobre el camino. Isolde quedó dentro.
El capitán avanzó.
—Lord Varek quiere tu cuerpo vivo.
—¿Y Darian?
—El regente ha perdido acceso a esta operación.
—También perdió a sus guardias.
Cevran sonrió.
—Preguntaron demasiado.
Isolde vio sangre sobre una de las capas blancas.
La rabia subió.
Respiró una vez.
Cevran dio otro paso.
Respiró dos.
El núcleo buscó el fuego dentro de ella.
Respiró tres.
Mantuvo las manos abiertas.
—¿Dónde están? —preguntó.
—El paso recibirá más postes durante el deshielo.
Isolde lanzó el cuchillo hacia el cable del caballo. La hoja cortó la correa que sujetaba a Alcen. Sera salió detrás de la torre, golpeó a un técnico con el asta y agarró a su padre.
Isolde prendió la nieve entre ellos y Cevran.
El fuego corrió sobre una capa de aceite que Beren había derramado al retirarse. Cevran retrocedió. Sera llevó a Alcen hasta la galería.
Los cables azules descargaron.
El arco de luz atrapó las llamas y las devolvió hacia Isolde. Ella cruzó los brazos. El impacto la lanzó contra la pared del puesto. La piedra le abrió la piel sobre la ceja.
El núcleo empezó a cargar otra descarga.
Rheskan arrojó una segunda roca desde la cresta. Cayó sobre uno de los postes. El cable perdió tensión. Isolde pasó por debajo y atacó a los técnicos.
Golpeó la varilla del primero. La descarga entró en su placa y lo derribó. El segundo levantó un escudo. Isolde usó el borde para girarlo hacia Cevran.
El capitán detuvo el golpe con la espada.
—Siempre eliges a quien está en el suelo —dijo.
Isolde empujó el escudo contra él.
—Por eso sigues corriendo.
Cevran cortó el metal de arriba abajo. La punta alcanzó el muslo de Isolde. La herida fue estrecha y fría. La pierna perdió fuerza.
Él se lanzó hacia su cuello.
Isolde cayó sobre una rodilla y dejó pasar la hoja. Golpeó la quemadura de su mejilla con la empuñadura del cuchillo. Cevran gritó. Ella le barrió los pies y puso el filo sobre su garganta.
La quinta campana sonó.
El capitán sonrió desde la nieve.
—Ya es tarde.
Un técnico tiró de la palanca del núcleo.
Los cables dentro de la cornisa se contrajeron.
La montaña crujió.
Isolde miró hacia la cresta. Una línea blanca se abrió por encima de la galería. Rheskan batía las alas junto al último anclaje. La masa de nieve empezó a deslizarse bajo él.
—¡Rheskan, la galería!
El dragón miró a Cevran bajo el cuchillo y volvió hacia las figuras que esperaban bajo la galería.
Clavó las garras en el cable y tiró hacia la ladera vacía. La primera lengua del alud cambió de dirección. Miles de kilos de nieve pasaron junto al puesto y cubrieron el camino bajo.
La segunda lengua cayó sobre el techo de la galería.
La madera se partió.
Isolde oyó el grito de Enya.
Cevran golpeó su herida con la rodilla. El cuchillo salió despedido. Él rodó hacia el núcleo, agarró la lámina y corrió hacia un caballo.
Isolde se levantó para seguirlo.
Otro golpe sacudió la galería.
—¡Kaoran! —gritó Beren desde dentro.
Isolde vio a Cevran montar. Llevaba la lámina bajo la coraza. Uno de los técnicos le entregó una bolsa oscura que había recogido junto a la entrada.
La chaqueta de Oren.
Tavra apareció bajo una viga caída, con las manos vacías.
—¡La niña está atrapada!
Cevran espoleó el caballo hacia la cresta oriental.
Isolde dio un paso tras él.
La galería volvió a hundirse.
Entró bajo la madera.
La nieve llenaba el corredor. Darel y Beren sostenían una viga sobre los hombros. Enya protegía a Teri contra la pared. Luma estaba tendida bajo un poste roto.
Kaoran cubría a la niña con su cuerpo.
Una viga le había golpeado el costado. El extremo descansaba sobre la espalda y le impedía respirar.
—Saca a Luma —dijo.
Isolde metió las manos bajo el poste.
—Cuando levante, Beren tira de los dos.
—De la niña primero.
—Salen juntos.
Isolde buscó el fuego que quedaba en las piedras. El núcleo seguía tirando desde el exterior. Encontró una veta mínima bajo la nieve y la condujo hacia sus brazos.
Levantó.
La viga subió un dedo.
Beren arrastró a Luma por los hombros. Darel la recibió. Kaoran intentó moverse. Un sonido húmedo salió de su pecho.
—Otra vez —dijo Isolde.
El fuego tembló.
Rheskan apoyó una garra sobre el techo desde fuera. La presión disminuyó.
Isolde levantó la viga otro palmo. Beren sacó a Kaoran.
La madera cayó.
Isolde se arrastró por debajo antes de que el corredor se cerrara.
Kaoran estaba consciente. Tenía sangre en los labios. Cada respiración producía un burbujeo bajo las costillas.
Isolde se arrodilló.
—Mírame.
—Estoy mirando.
—¿Dónde?
Kaoran llevó la mano derecha al costado.
—La costilla ha entrado.
—¿Pulmón?
—Probable.
Enya se acercó. Había trabajado como ayudante de una curandera antes de casarse con Darel.
—Necesita salir de la montaña.
—Hay un puesto médico al oeste —dijo Darel—. Dos leguas cuesta abajo.
—El alud ha cerrado la galería —respondió Tavra.
Darel señaló un pozo entre los postes.
—La ruta de los cuerpos. Baja por la roca, pero requiere cuerda.
Isolde miró la salida oriental. Cevran avanzaba por la cresta con el original bajo la coraza. Un caballo sin jinete golpeaba la nieve a pocos pasos del pozo. Bastaba alcanzarlo.
Kaoran tosió. La sangre le cayó sobre los dedos.
Isolde se arrodilló junto a Kaoran y apoyó una tela en la comisura de su boca. La mano del maestro buscó el bastón por costumbre y cayó antes de encontrarlo.
—El sello —consiguió decir.
—Oren, dime qué conservas.
—Las copias salieron de la costa. Yo puedo declarar sobre el original.
Kaoran intentó levantar la cabeza. Isolde mantuvo la tela en su sitio.
—Te llevo al puesto médico.
—Puedes alcanzarlo.
—Puedo. Beren, acerca las lanzas para la camilla.
El caballo seguía libre. Isolde lo oyó alejarse mientras cortaba una tira de su propia capa. Había querido esta decisión durante todo el descenso de Cendral: que alguien viera un cuerpo al borde del camino y se quedara. Ahora le temblaban las manos al hacerla.
Pidió a Enya que comprobara el nudo. Beren sostuvo a Kaoran por los hombros mientras Darel buscaba tablas para apoyar su espalda.
Cuando volvió a mirar la cresta, Cevran había desaparecido.
Enya cortó la camisa de Kaoran. El costado izquierdo tenía una forma hundida bajo las vendas antiguas. El aire entraba en respiraciones cortas. La sangre aparecía cada vez que tosía.
—Hay que moverlo sentado —dijo—. El golpe ha cerrado parte del pecho.
Isolde buscó el pulso del cuello.
—¿Llegará al puesto?
—Si conservamos el calor y evitamos otro golpe.