24
Los ausentes tenían postes en lugar de tumbas.
Miles de varas de madera subían por la montaña. Cada una llevaba un nombre tallado. Algunas conservaban cintas, cuentas o trozos de tela. Otras estaban desnudas y torcidas por años de viento.
El camino pasaba entre ellas.
—Las familias venían aquí cuando alguien desaparecía en la nieve —dijo Beren—. Plantaban un poste y esperaban hasta el deshielo.
Isolde leyó nombres mientras ascendían. Había niños, comerciantes, soldados y guías. En los últimos años aparecían filas enteras con la misma fecha.
—Las filas tienen fechas repetidas —dijo Alcen.
—Traslados de Oeste-9 —respondió Beren.
La nevada borraba las huellas de la carreta. Kaoran viajaba dentro, envuelto en mantas. Habían conseguido un caballo pequeño en el último pueblo. La curandera de la Casa lo había examinado antes de partir. El hombro seguía inmóvil. Una de las costillas se desplazaba cuando tosía.
Isolde caminaba junto a la rueda.
—¿Cómo respiras?
—Con una dedicación constante.
—Profundidad.
Kaoran inhaló despacio.
—Suficiente.
—Dolor.
—Presente.
—¿Ha aumentado desde la última parada?
—Sí. Al toser.
Isolde dejó de apartar nieve del eje.
—El refugio está antes de la subida. Allí revisarán si puedes seguir.
Kaoran miró la lona que apenas lo protegía del viento.
—Beren conoce ya los dos senderos.
—Me hizo repetirlos tres veces —dijo Beren desde la cabeza del caballo.
—Todavía confunde una cueva con una casa de oración.
—Ambas tenían una puerta cerrada.
Isolde comprobó las mantas sin tocar el vendaje. Kaoran la dejó hacerlo. Al encontrar su mirada, levantó un dedo.
—Avisaré antes de bajar.
Ella volvió junto a la rueda.
Alcen caminaba delante con Tavra. La cuerda seguía alrededor de su cintura. Nadie sujetaba el otro extremo. Podía huir entre los postes, aunque se mantenía sobre la ruta.
La hija lo esperaba arriba.
La primera campana sonó al mediodía.
Una nota grave descendió desde el paso. Después llegó una segunda desde la ladera norte.
Tavra se detuvo.
—Aviso de alud.
Alcen negó con la cabeza.
—El viento viene del sur. La cornisa norte aguanta.
La tercera campana sonó desde abajo.
Isolde miró el camino que habían recorrido.
Tres jinetes ocupaban la entrada del valle. Vestían capas blancas.
—Nos han cerrado la retirada —dijo.
Rheskan sobrevoló la cresta. Mostró una docena de hombres escondidos entre los postes y cuatro placas enterradas bajo la nieve. Otras dos esperaban en la salida alta.
La trampa cubría todo el paso.
Kaoran levantó el borde de la lona.
—Voy a bajar. Si los caballos cierran el camino, aquí quedo a su altura.
Isolde vio el espacio abierto entre los postes. Le ofreció el brazo derecho y esperó a que él apoyara los pies.
—Hasta el refugio. Beren llevará el carro.
Kaoran asintió. Se mantuvo junto a la rueda mientras buscaban una entrada.
Alcen señaló una casa de piedra a cien pasos.
—El refugio de guías. Tiene un corredor hasta las cuevas de los postes.
—¿Oren conoce la entrada? —preguntó Beren.
—Sí.
—Entonces vamos allí —dijo Isolde.
Rheskan descendió otro palmo. La presión de las placas lo obligó a remontar. Mostró una imagen de nieve abriéndose bajo sus garras.
—Mantente fuera del arco —dijo Isolde.
Él respondió con una vista de la cornisa. Había cables azules dentro del hielo.
—Cevran puede provocar un alud.
La nieve frente a ellos estalló.
Dos soldados salieron de un hueco. Lanzaron una red sobre el caballo. El animal cayó de costado. Beren cortó una cuerda antes de que los plomos cerraran sobre sus patas.
Isolde empujó la carreta hacia un poste ancho. Una flecha azul atravesó la lona.
Kaoran sacó a Beren de la línea de tiro.
Tavra disparó su ballesta. El primer soldado cayó con la pierna herida. El segundo huyó entre los nombres.
—¡Al refugio! —gritó Isolde.
Beren liberó al caballo. Alcen corrió hacia la casa. Tavra cubrió su espalda.
Isolde levantó la lanza corta y avanzó junto a la carreta. Usó la madera como escudo hasta alcanzar el muro. Kaoran entró por su propio pie.
La puerta se cerró tras ellos.
Dentro había una familia.
Un hombre protegía a una mujer y dos niñas con un cuchillo de cocina. La menor tendría cinco años. La mayor llevaba un vendaje sucio alrededor de la cabeza.
—Somos viajeros —dijo Beren.
—Los viajeros no traen un dragón —respondió el hombre.
—El dragón ha venido por elección propia —dijo Isolde.
La mujer vio la cicatriz de Beren.
—Oeste-9.
—Sí.
—Mi hermano no salió.
Beren bajó el arma.
—¿Nombre?
—Tarem Elda.
Beren cerró los ojos.
—Murió durante la segunda apertura. Salvó a cuatro personas de una cámara.
La mujer se llevó una mano a la boca.
El hombre bajó el cuchillo.
—Me llamo Darel. Ella es Enya. Las niñas son Luma y Teri.
Kaoran se sentó contra la pared.
—¿Por qué seguís aquí?
Darel miró la puerta.
—Los hombres de la comisión llegaron ayer. Nos obligaron a encender el refugio. Dijeron que una cuadrilla cruzaría hoy.
—Servíais de cebo —dijo Tavra.
Enya abrazó a la niña pequeña.
—Tienen a seis personas en el puesto alto. Una mujer llamada Sera y un anciano con libros.
—Oren —dijo Beren.
Alcen se acercó.
—¿Viste a mi hija?
—Cabello negro, anillo de cobre.
—Sí.
La fuerza abandonó las piernas de Alcen. Tavra lo sostuvo antes de que cayera.
Isolde recorrió el refugio. Había una chimenea, dos habitaciones y una puerta interior bloqueada con tablas. El corredor a las cuevas estaba detrás.
Kaoran examinó el suelo.
—Han movido estos bancos esta mañana.
Isolde levantó uno.
Debajo había una placa azul.
Las runas se encendieron al contacto con el aire.
—¡Fuera del centro! —gritó.
El fuego del hogar se apagó.
La puerta principal quedó sellada por una red que cayó desde el tejado. En la parte alta del paso sonó una cuarta campana.
La voz de Cevran entró por la chimenea.
—Entregad la lámina y las cuentas. Los habitantes del refugio saldrán.
Isolde miró a la familia.
La trampa acababa de cerrarse.
Cevran repitió la oferta.
—Tenéis cinco minutos.
Isolde se arrodilló junto a la placa. Las runas extraían calor del cuarto y lo acumulaban bajo el metal. El borde estaba cubierto de escarcha. Enya envolvió a las niñas con una manta.
—Alcen —dijo Isolde—. ¿Cómo se desactiva?
—Desde el núcleo exterior.
—¿Cómo se rompe?
—Con más presión de la que puede devolver.
—¿Cuánta?
—La Casa tenía una placa menor. Esta cerrará el fuego de todo el refugio.
Kaoran tocó la pared junto a la chimenea.
—El calor continúa dentro de las piedras.
—La placa solo ha tomado la superficie —dijo Isolde.
—Puedes usar la chimenea.
—Si la cargo, Cevran sabrá que seguimos aquí.
—Ya lo sabe.
Isolde pidió a Darel que abriera el tiro. La voz de Cevran se hizo más clara.
—Cuatro minutos.
Ella metió ambos brazos dentro de la chimenea. El conducto conservaba años de hollín y calor. Buscó las piedras profundas, lejos del alcance inmediato de la placa. El fuego respondió como una veta bajo tierra.
Lo atrajo despacio.
La placa tiró desde el suelo. El calor atravesó el cuarto y entró en las runas. Isolde sostuvo la corriente. Le dolieron los dedos, después los codos. La escarcha cubrió su cabello.
Kaoran colocó una cubeta de nieve junto al metal.
—Ahora.
Isolde liberó el calor acumulado de golpe.
Las runas ardieron en blanco.
Kaoran volcó la nieve.
La placa se contrajo con un chasquido. Una grieta cruzó el centro. La presión salió por ella y lanzó vapor hasta el techo.
Isolde cayó sentada. Tenía las manos dormidas.
El fuego del hogar volvió.
La niña pequeña se acercó y le puso una manta sobre los hombros.
—Gracias —dijo Isolde.
—Mamá dice que te estás congelando.
—Tu madre tiene razón.
Cevran golpeó la puerta desde fuera.
—Tres minutos.
Darel arrancó las tablas del corredor. Detrás había un pasadizo estrecho sostenido por vigas antiguas.
—Sale a la cueva de los nombres —dijo—. El puesto alto está encima.
Alcen tomó la lámina de cobre de la bolsa de Isolde.
Beren le agarró el brazo.
—Déjala.
—La caja localiza el metal. Si la llevamos por el túnel, cerrarán la salida.
—¿Qué propones?
—Saldré por la puerta.
Tavra apretó la cuerda de su cintura.
—Ya has vendido una casa.
—Sera sigue arriba por mi culpa.
—También está viva por tu utilidad —dijo Isolde.
Alcen le tendió la muñeca.
—Átame las manos. Cuando la caja se aleje, entráis en el corredor.
—Cevran puede matarte después de tomar la llave.
—Esperará hasta comprobar los refugios.
Isolde miró la lámina. Sin ella perderían la forma de ordenar las estaciones. Conservaban tres dibujos exactos, aunque el metal demostraba el vínculo físico con los núcleos.
—Tienes dos minutos para llevarlos hacia el camino bajo —dijo.
Tavra le ató las manos delante del cuerpo.
Alcen guardó la lámina bajo la camisa. Kaoran le entregó un paquete lleno de hojas en blanco y una copia incompleta de las cuentas.
—Haz que vea lo suficiente —dijo.
Alcen besó el anillo de cobre de su mano.
—Saca a mi hija.
Isolde cortó la red de la puerta desde dentro. Alcen salió con los brazos levantados.
—¡Tengo la llave! —gritó.
Los soldados lo rodearon. La caja de señales giró hacia él.
Cevran apareció entre los postes.
—¿Dónde está la mujer?
—Herida. La placa se ha roto.
—¿Las cuentas?
Alcen mostró el paquete.
Cevran le golpeó el vientre con el puño. Alcen cayó de rodillas.
—Camina.
La caja se alejó hacia la entrada baja.
Isolde esperó hasta perder su zumbido.
—Ahora.
Darel entró primero en el corredor. Enya llevó a Teri. Beren cargó a Luma, que veía mal por el golpe de la cabeza. Tavra llevaba las bolsas. Kaoran avanzaba detrás de la familia. Isolde cerró la marcha.
El túnel subía bajo la montaña. El aire tenía olor a madera húmeda. Los postes penetraban por el techo como raíces. Cada uno llevaba una campanilla dentro de la cueva.
—Los guías escuchaban aquí el movimiento de la nieve —explicó Darel—. Cuando una cornisa cedía, los postes inclinados hacían sonar las campanas.
Varias campanillas vibraron a la vez.
—¿Alud? —preguntó Beren.
Darel tocó los postes.
—Hombres caminando sobre nosotros.