Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 23 #4
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Silen dictó las cuentas. Los muchachos copiaron cifras y sellos. Tavra leyó los nombres de los trasladados. Cada persona comprobó una página antes de entregarla. Kaoran organizó los paquetes por rutas que no compartían puente, puerto ni familia.

Isolde construyó la cronología sobre el suelo.

Primero llegaron las compras de minas y el traslado de técnicos.

Después aparecieron los pozos, las cadenas y las primeras desapariciones.

Cendral concentró la batalla sobre una confluencia preparada.

La ruptura alimentó los impuestos, la expansión militar y la regencia.

El proyecto siguió creciendo bajo nombres civiles.

Nueve estaciones rodeaban un espacio vacío.

—La Cicatriz —dijo Alcen.

—¿Todas alimentan el mismo punto? —preguntó Isolde.

—Al principio buscaban pequeñas fracturas. Varek cambió el diseño tras Cendral. Ahora las estaciones empujan hacia el centro.

Beren levantó la vista de la copia.

—Una apertura completa.

Alcen asintió.

—Los núcleos nuevos pueden sincronizarse.

—¿Cuándo?

—Cuando Oeste-9 reciba el último conductor.

—¿Qué conductor?

Alcen señaló a Rheskan, que vigilaba desde una loma.

—Sangre de dragón vinculada a fuego humano. En Cendral consiguieron una muestra.

Isolde se llevó una mano a la cicatriz bajo las costillas.

Durante la batalla había sangrado sobre las piedras. Rheskan también.

—Nos llevaron allí para probar el vínculo.

—La orden de Varek hablaba de una portadora —dijo Alcen—. Nunca vi el nombre.

Kaoran se inclinó sobre él.

—¿Darian conocía esa orden?

—Sus informes militares terminaban en la elección del terreno. Las páginas técnicas viajaban por otra vía.

Beren acercó las renovaciones al borde del dibujo.

—Cuatro años de órdenes aquí.

Isolde colocó la primera junto al informe militar para que ambas fechas quedaran visibles.

Kaoran la observó en silencio.

Isolde completó la última línea de la cronología: apertura total, fecha pendiente.

Ydrael se movió bajo la piedra.

El suelo del secadero vibró. Los frascos chocaron entre sí. Rheskan levantó las alas y miró al este.

Isolde recibió una voluntad antigua, agotada por siglos de presión. Ydrael había percibido el dibujo de las nueve estaciones a través de ella. Le mostró una grieta llena de raíces azules y una cadena que descendía mucho más allá de Cendral.

También mostró una puerta.

La puerta tenía el sello borrado.

—Sabe que hemos encontrado el patrón —dijo Isolde.

—¿Quiere que vayamos hacia él? —preguntó Neira.

Isolde escuchó la presión.

—Quiere que dejemos de empujar desde fuera. Cada núcleo que atacamos sin cerrar su alimentación puede abrir otra grieta.

Alcen se cubrió la cara.

—Eso hicimos durante años.

—Ahora nos dirás cómo detenerlo.

—Oren tiene los planos de cierre.

El paso de los Ausentes apareció otra vez sobre el mapa.

La curandera terminó de vendar a Kaoran y se acercó a Isolde.

—Tu maestro necesita reposo.

—Lo tendrá.

—En una cama. Bajo un techo.

Kaoran señaló el secadero.

—Veo ambos elementos.

—Durante semanas.

—La nieve cerrará el paso en pocos días —dijo Alcen—. Sera y Oren quedarán allí.

Isolde miró a Kaoran.

—Puedes ir con Neira.

—Puedo decidir mi camino.

—La curandera tiene que revisar el hombro antes de salir —dijo Isolde.

—Lo revisó anoche.

—Y hoy apenas puedes levantar el cuenco.

Kaoran miró la mano que tenía apoyada en la mesa. La movió un poco, como si necesitara comprobarlo lejos de la mirada de ella.

—Si me quedo, os faltará alguien que conozca los pasos antiguos.

—Puedes enseñárselos a Beren.

La respuesta la sorprendió por lo mucho que le costaba ofrecerle esa salida. Quería llevarlo consigo y quería verlo a cien leguas de las placas. Llevaba horas convirtiendo ambos deseos en órdenes.

La curandera acercó una silla.

—Os diré hasta dónde puede viajar. Después decidiréis con ese dato delante.

Kaoran se sentó. Durante la exploración cerró los ojos y dejó de discutir. Isolde esperó junto al mapa, sin contestar por él cuando la mujer preguntó dónde dolía.

Al terminar acordaron una carreta hasta la base del paso, descansos al primer empeoramiento y revisión en el refugio de guías. Kaoran enseñaría a Beren las rutas por si tenía que quedarse.

—Te enfadarás si me bajo antes de tiempo —dijo él.

—Mucho.

—Entonces avisaré antes.

Isolde acercó el mapa a su silla.

Al mediodía, los nueve paquetes salieron.

Neira llevó a su madre y una copia hacia Bren. Silen partió con dos mineros. Yssa recibió otra en una cala apartada. Tavra entregó tres a familias de las estaciones. Los muchachos tomaron caminos distintos bajo nombres nuevos.

Beren eligió acompañar a Isolde.

—Encontré a mi familia —dijo—. Oren y Sera siguen dentro de la misma cadena.

Alcen caminó a su lado con la cuerda suelta alrededor de la cintura.

—Si mi hija está muerta, quiero saber dónde la dejaron.

—Llegará viva si Varek aún te necesita —dijo Tavra.

—Después decidirás qué haces conmigo.

Tavra guardó el cuchillo.

—Después.

Isolde conservó la lámina de cobre y una copia completa. Evitó llevar originales. La prueba ya tenía nueve custodios y un camino hacia Caleryon.

Todavía faltaba el sello que convertía el patrón en una orden.

La primera nieve cayó cuando dejaron la costa.

En las montañas, el paso de los Ausentes empezó a cerrarse.