23 #3
—Varek promete tumbas —dijo Beren desde la escalera.
Alcen cerró los ojos.
—Lo sé.
La primera flecha atravesó una contraventana.
Isolde apartó a Tavra. La punta se clavó en la lente. El cristal azul estalló.
—¿Cuántos vienen? —preguntó Isolde.
Alcen miró los reflejos del bosque.
—Doce por el este. Ocho por la senda del mar. Cevran trae un núcleo.
—¿Dónde tienen a Sera?
—En el paso. Con la familia de un guía.
—¿Oren va hacia ella?
—Va hacia el archivo. Ignora que la ruta está cerrada.
Isolde quitó el cuchillo de la mano de Tavra.
—Beren, saca a todos por el túnel de luces. Neira lleva los traslados. Silen, las cuentas. Cada libro viaja con una persona distinta.
—¿Y él? —preguntó Tavra.
—Nos guía hasta el paso.
Alcen abrió los ojos.
—Me matarán antes de llegar.
—Caminarás delante de nosotros.
Kaoran subió el primer peldaño.
—¿Tu tarea?
—Cerrar la Casa cuando hayan salido.
—El núcleo puede inmovilizarte.
—Rheskan está fuera del arco.
El dragón respondió desde el tejado. Había regresado sin que los vigías lo vieran. Mostró a Isolde cuatro grupos entre los árboles y un carro en la senda oriental.
Después mostró el túnel bajo la Casa.
—Vigilará la salida —dijo ella.
Kaoran sostuvo su mirada.
—Diez minutos.
—Ocho.
—Siete y te acompaño.
—Ocho.
Kaoran bajó.
Isolde llevó a Alcen hasta la planta baja. Los muchachos llenaban bolsas con copias. Neira había dividido los nombres en tres cuadernos. Su madre escondió una hoja dentro del forro de la falda.
—Si alguien cae —dijo Neira—, el resto continúa.
—Así sobrevivirá la prueba —respondió Isolde.
Beren abrió el túnel detrás del hogar. La piedra giró y reveló una escalera.
Los primeros salieron.
Cevran habló desde el bosque.
—Entregad al prisionero y la lámina. La comisión garantizará el tránsito de los civiles.
Alcen empezó a temblar.
Tavra le agarró el cuello de la camisa.
—Escucha la garantía.
—Mi hija...
—Sigue viva mientras seas útil.
Isolde esperó a que la madre de Beren entrara en el túnel. Kaoran fue el último de los evacuados. Llevaba una bolsa pequeña y el cuaderno quemado.
—Ocho minutos —dijo.
La puerta principal cedió.
Isolde empujó a Alcen hacia la escalera secreta.
—Camina.
—Puedo decirles que escapaste por el norte.
—Ya has enviado suficientes señales.
Tavra cerró la piedra detrás de él.
Isolde quedó sola en la Casa.
Tres soldados entraron con escudos azules. Ella arrojó la mesa contra sus piernas. El primero cayó. El segundo clavó una varilla en el suelo.
La madera vibró.
El fuego del hogar se inclinó hacia la punta.
Isolde respiró tres veces.
La rabia permaneció bajo sus costillas. Condujo el calor por las bisagras, los clavos y el aro de hierro de la lámpara. El metal se dilató a la vez.
Las contraventanas cayeron.
La luz de la mañana llenó el salón. Los soldados perdieron la protección de la sombra. Isolde golpeó al primero con el banco, arrebató el escudo al segundo y lanzó la varilla por una ventana.
Cevran entró cuando ella alcanzaba la escalera.
La quemadura de la marisma le cubría una mejilla. Llevaba el brazo vendado y una espada de placa azul.
—El regente te dejó salir —dijo.
—Tú intentaste matar a sus hombres.
—Las órdenes importantes exigen costes.
Isolde levantó el escudo.
—Dilo delante de ellos.
Dos guardias de la vanguardia estaban en el umbral. Habían acompañado a Cevran por mandato de Darian. Se miraron al escucharle.
Cevran atacó.
La hoja azul cortó el borde del escudo. Isolde retrocedió por la escalera. El capitán la siguió. Cada golpe dejaba frío sobre la madera. La espada absorbía el calor del aire.
Isolde permitió que creyera en su retirada.
Al llegar al faro, soltó el escudo y giró la rueda de la lente. El reflector golpeó a Cevran en la espalda. Él cayó contra la barandilla. Isolde le arrancó la espada.
Los guardias subieron.
Cevran extendió la mano.
—Detenedla.
Ninguno avanzó.
—El regente ordenó vuestra custodia —dijo uno.
—La comisión anuló esa orden.
—No hemos recibido el escrito.
Isolde cortó la cuerda del contrapeso.
La lente descendió entre ella y los tres hombres. El armazón bloqueó la escalera. Isolde saltó hacia el tejado bajo y rodó sobre las tejas mojadas.
Una flecha pasó junto a su cadera.
Rheskan voló por encima del patio. Llevaba una cuerda entre las garras. La dejó caer sin acercarse al núcleo.
Isolde atrapó el extremo.
El dragón tiró de ella sobre el espacio entre la Casa y el acantilado. Isolde golpeó la pared, perdió una bota y cayó dentro de un grupo de pinos. Soltó la cuerda antes de arrastrar a Rheskan hacia las ramas.
El dolor le recorrió el hombro.
Se levantó y corrió hacia el túnel.
Detrás, Cevran ordenó prender la Casa.
El humo cubrió la torre.
* * *
La salida del túnel estaba a media legua, dentro de un depósito de agua seco. Isolde encontró al grupo en una arboleda. La curandera comprobaba las vendas de Kaoran. Tavra sujetaba a Alcen con una cuerda alrededor de la cintura.
Neira contó las bolsas.
—Falta una.
Uno de los muchachos se palpó el pecho.
—La hoja de continuidad.
—¿La teníamos? —preguntó Isolde.
—Llegó esta madrugada. Oren la envió con un pastor.
—¿Dónde estaba?
—Dentro del reloj del faro.
La Casa ardía entre los árboles.
Beren agarró al muchacho por los hombros.
—¿Hiciste una copia?
—Empecé. Faltaba la mitad.
El muchacho sacó una hoja doblada del zapato.
El texto conservaba tres párrafos y un código de orden. Isolde leyó las líneas legibles.
Tras una ruptura de la Cicatriz, la comisión asumiría control de rutas, dragones, minas y fuerzas locales durante un periodo sin fecha final.
Las aldeas expuestas serían trasladadas hacia núcleos vigilados.
El Consejo conservaría función consultiva.
El mando de emergencia recaería en un protector designado por el proyecto.
La última línea terminaba en mitad de una palabra.
—¿Quién es el protector? —preguntó Neira.
—La parte quemada lo diría —respondió el muchacho.
Alcen miró el código.
—Varek.
Tavra tensó la cuerda.
—¿Lo viste?
—Grabé el sello en Oeste-4. El nombre estaba debajo.
Kaoran tomó la copia parcial.
—Tenemos el proceso, el dinero y las víctimas. Oren lleva la orden entera.
Isolde observó las cuatro bolsas. Cada una contenía una parte. Juntas demostraban el proyecto. Separadas podían parecer cuentas ilegales, listas de presos o planes de emergencia.
—Haremos nueve paquetes —dijo.
—Hay cuatro libros —respondió Silen.
—Copiaremos toda la noche.
—Los cazadores cerrarán los caminos.
—Usaremos los pueblos que aparecen en la tabla.
Neira entendió primero.
—Varek calculó cuánto dolor soportarían.
—Cada pueblo recibirá su fila, los nombres de sus desaparecidos y las cuentas que pagaron con sus impuestos —dijo Isolde—. Guardarán una prueba que conocen.
Beren miró a su madre.
—Bren llevará un paquete.
—Llevará dos por rutas distintas —dijo ella.
La decisión pasó por el grupo. Silen eligió una cantera. Tavra eligió a las familias de Oeste-7. Los muchachos se ofrecieron para copiar.
Kaoran sonrió con cansancio.
—Una cadena también une a quienes tiran de ella.
Isolde miró el humo de la Casa.
—Esta vez tiraremos todos.
Trabajaron en un secadero de algas hasta el amanecer.