23 #2
Beren remaba. Tavra sostenía los documentos dentro de su camisa. Kaoran iba tumbado en la proa. Isolde empujó con una pértiga hasta que la marea los arrastró hacia un túnel estrecho.
El canal atravesaba la roca.
Detrás de ellos, los hombres registraron el muelle. Uno disparó dentro de la oscuridad. La flecha chocó contra el techo. Beren apagó el farol.
Avanzaron guiados por el reflejo del agua.
La salida apareció al otro lado del cabo. Yssa esperaba con la barca pegada a las rocas. Les lanzó una cuerda y los sacó del canal antes de que la patrulla pudiera rodear la punta.
Rheskan voló junto a la vela.
La barca negra seguía a flote. Sus ocupantes habían alcanzado la playa. El dragón los dejó allí, lejos de las armas y con una larga subida por delante.
Yssa tomó rumbo sudoeste.
—Hay señales en tres faros —dijo—. La costa sabe que os buscan.
—¿Qué señal? —preguntó Isolde.
—Una mujer armada, un hombre encadenado y un dragón rojo. Recompensa por vivos.
—¿Kaoran?
—Lo describen como cadáver probable.
Kaoran abrió un ojo.
—Por fin una valoración sensata de mi estado.
Tavra se sentó a su lado.
—Conozco a una curandera en la Casa de los Faros.
—¿Otro refugio? —preguntó Isolde.
—El tercero. Allí reunimos los nombres de quienes salían de las estaciones.
—Oren va hacia el paso.
—Su camino cruza la Casa.
Yssa ajustó la vela.
—Llegaremos después de medianoche si el viento aguanta.
Isolde miró la costa. En la parte alta, tres jinetes seguían el movimiento de la barca.
—Llegaremos por otro lugar.
* * *
Desembarcaron en una playa sin puerto. Rheskan les mostró una senda de cabras que ascendía hasta los pinares. Yssa continuó con la barca hacia el sur, visible desde los acantilados. Los jinetes la siguieron.
Isolde, Kaoran, Beren y Tavra tomaron el camino interior.
Caminaron durante la noche. La lluvia llegó antes del amanecer. Kaoran apoyaba cada vez más peso en el bastón. Isolde propuso detenerse. Él señaló las luces que se movían detrás de los árboles.
—Nos han encontrado.
—Yssa debía arrastrarlos hacia el sur.
—Alguien conoce la Casa.
Tavra miró a Beren.
—Los refugios se construyeron para seis cuadrillas. Si una trabaja para Varek, todas las rutas están abiertas.
Beren apretó los dientes.
—Descubriremos cuál.
La Casa de los Faros apareció al final del bosque. Tenía una torre baja y ventanas cubiertas con contraventanas rojas. Antiguos cuidadores encendían allí las luces de tres cabos. El edificio llevaba veinte años vacío en los registros.
Tavra golpeó cuatro veces, esperó y golpeó dos.
La puerta se abrió.
Una mujer de cabello corto levantó una ballesta hacia Beren.
—Da un paso y te atravieso la rodilla —dijo.
Beren soltó el cuaderno.
—Neira.
La ballesta tembló.
Neira lo miró desde los tobillos heridos hasta la cicatriz del cuello. Dejó el arma contra la pared y lo abrazó con tanta fuerza que Beren perdió el aire.
—Te enterré tres veces —dijo ella.
—Mala costumbre de la familia.
Neira le golpeó el pecho. Después volvió a abrazarlo.
Su madre salió de una habitación interior. Caminaba con ayuda de una vara. Beren cayó de rodillas delante de ella.
Isolde apartó la vista. Había imaginado a Aelyn recibiéndola tantas veces que las manos de Neira sobre el cuello de su hermano le hicieron doler las suyas.
Kaoran le rozó el codo.
—Puedes quedarte.
—Les traeré agua.
Entró en la cocina y eligió tres cuencos. El del centro tenía el borde roto. Lo cambió por otro, despacio, hasta que pudo volver a mirar a la familia.
Beren estaba arrodillado ante su madre. Ella lo obligó a levantar la cabeza para verle el rostro; Neira seguía sujetándole una manga.
Isolde dejó el agua a su lado. Había una silla vacía y la madre de Beren la señaló con la vara. Se sentó durante unas respiraciones, oyendo preguntas sobre viajes y comida que nadie llegaba a terminar.
Cuando se levantó para vigilar la puerta, ya sabía qué mensaje quería enviar a Aelyn si alguna ruta llegaba a abrirse: seguía deseando ese encuentro.
Neira levantó la cabeza y reconoció a Isolde.
—Eres la mujer de Bren.
—Una de ellas.
—Beren dijo tu nombre en el mensaje.
El cuerpo de Isolde se tensó.
—¿Qué nombre?
—Iria.
Tavra cerró la puerta.
—Los jinetes están cerca.
Neira recuperó la ballesta.
—Entonces hablaremos mientras vaciamos la Casa.
Dentro había nueve personas: dos antiguos técnicos de estaciones, una contable de minas, tres familiares, dos muchachos que copiaban listas y la curandera. Esta vendó a Kaoran y le ordenó descanso completo durante tres días. Él negoció uno.
La contable se llamaba Silen Ara. Había llevado libros para una cantera de hierro negro. Extendió cuatro volúmenes sobre una mesa.
—Tavra conserva los traslados —dijo—. Yo conservo las compras.
Beren colocó la cuenta del horno y la lámina de cobre.
Las columnas empezaron a unirse.
Oeste-2 recibía prisioneros desde Luzmer. Oeste-4 fundía las placas. Oeste-6 registraba reacciones de dragones capturados. Oeste-9 abría canales hacia una confluencia enterrada. Los suministros salían de nueve minas con nombres distintos y terminaban bajo tres sellos de la comisión.
Silen sumó las cantidades.
—Durante seis años compraron hierro suficiente para cuatro fortalezas.
—¿Dónde está? —preguntó Isolde.
—Una parte forma las cadenas. El resto desaparece después de Oeste-9.
Tavra abrió el cuaderno de traslados.
—Aquí están las personas.
Tres centenares dieciocho nombres ocupaban las páginas conservadas. Había deudores, mineros, soldados sancionados, presos de guerra y familias tomadas en rutas sin registro. Cuarenta y siete eran niños cuando los trasladaron.
Isolde leyó las fechas. Los primeros envíos empezaban dos años antes de Cendral. Durante los meses previos a la batalla, los nombres llenaban márgenes que el contable había dejado vacíos.
Encontró el mes de la Fiesta de la Cosecha. Recordaba a Darian sin papel en las manos, pronunciando los votos ante la plaza. En aquellas mismas semanas alguien había hecho sitio en un carro para tres hermanos de la costa.
—Lee esos en voz alta —pidió a Tavra.
Mientras la otra mujer pronunciaba los nombres, Isolde los copió. Tendría que comparar las fechas de las órdenes; su recuerdo de la ceremonia conservaba el lugar que había ocupado entre ellas.
Después de su caída, las rutas duplicaban capacidad.
—La batalla aparece aquí —dijo.
Silen acercó otro libro.
Una partida extraordinaria cubría carros, jaulas y núcleos de resonancia para Cendral. La orden llevaba las iniciales de Varek y una marca de ejecución militar.
—La comisión sabía dónde combatiríais —dijo Silen.
Kaoran se incorporó a pesar de la curandera.
—Darian escogió el valle siguiendo informes de reconocimiento.
—Los informes pasaron por Varek —dijo Isolde.
Beren buscó una fecha en el cuaderno.
—Tres días antes de la batalla trasladaron cuarenta personas desde Oeste-9 hacia Cendral.
—¿Para qué?
Tavra señaló una abreviatura junto a los nombres.
—Carga de base.
Isolde conocía aquellas palabras. Las había visto en Arkhe sobre los trabajadores destinados a cámaras de jaulas.
—Los usaron para alimentar la confluencia.
Silen cerró los ojos.
—Eso explica la diferencia en las cuentas. Cada vez que el pozo perdía fuerza, llegaban detenidos.
Kaoran colocó un dedo sobre Cendral.
—La batalla concentró soldados, dragones y fuego en el mismo lugar.
—Y quebró una parte de la Cicatriz —dijo Beren.
Isolde sintió a Ydrael bajo la piedra. La presión que había entrado por el cable seguía en sus manos.
La caída de Cendral había sido una fase.
Silen abrió el cuarto volumen.
—Aquí está el dinero que salió después.
Las partidas cambiaban de nombre tras la batalla.
La comisión dejó de pagar por Contención del Umbral.
Las mismas cantidades aparecían bajo Seguridad de Fronteras, Estabilización Civil y Reconstrucción de Rutas.
Había impuestos nuevos para pueblos que nunca recibieron una obra.
Los fondos terminaban en las nueve estaciones.
Isolde trazó una línea con carbón.
—Extraen hierro y confluencias. Llevan prisioneros a los pozos. Cendral abre la primera grieta. Después cobran al reino para contener el peligro que han creado.
—Cada grieta aumenta el miedo —dijo Tavra—. Cada emergencia amplía la comisión.
Silen buscó una hoja suelta.
—Mi supervisor usaba esta tabla para calcular pérdidas aceptables.
La página dividía las aldeas occidentales por población, capacidad de protesta y proximidad a una ruta. Una columna indicaba el número de desapariciones que cada lugar podía soportar antes de abandonar cultivos. Otra calculaba cuántos ataques bastaban para pedir presencia militar permanente.
Neira leyó la fila de Bren.
—Siete detenidos.
—Tomaron siete —dijo Beren.
—La tabla predijo la cifra.
Kaoran apoyó el bastón contra la mesa.
—Varek calcula cuántas detenciones necesita para que un pueblo acepte a sus soldados.
Isolde sintió frío a pesar del fuego del hogar.
—Necesitamos el documento que une la tabla con el proyecto.
Tavra miró hacia la puerta.
—Oren lo lleva.
—¿Qué encontró?
—Una orden de continuidad. Explica qué ocurre después de la apertura.
—¿Por qué va hacia las montañas?
—El último refugio está en el paso de los Ausentes. Allí guardamos los sellos originales.
Silen cerró los libros.
—Si los jinetes vienen hacia la Casa, alguien les ha dado nuestra posición.
Las nueve personas se miraron.
Un golpe sonó en el piso superior.
Isolde levantó la cabeza.
Una línea de luz cruzó las tablas del techo. Alguien había abierto el obturador de la antigua lámpara.
Tavra subió la escalera. Isolde la siguió.
Encontraron al técnico Alcen frente a la lente del faro. Había colocado un cristal azul entre los reflectores. Cada vuelta de la rueda enviaba un destello hacia el bosque.
Tavra levantó el cuchillo.
—¿Cuánto tiempo?
Alcen dejó de girar.
—Desde que llegó la lámina.
—Nos has vendido.
—Tienen a Sera.
—Tu hija salió de Oeste-4.
—La capturaron en el camino. Me enseñaron su anillo.
Tavra le puso la hoja bajo la barbilla.
—Aquí duermen dos niños.
—Me prometieron sacarla cuando entregara la llave.