23
La primera cadena estaba escrita en carbón.
Beren encontró la cuenta dentro de un horno abandonado, detrás de tres ladrillos que parecían fundidos con el resto de la pared. Necesitó la lámina de cobre para ordenar las cifras. Cada círculo grabado correspondía a una estación. Cada línea señalaba un refugio.
El horno ocupaba una grieta de la costa occidental. Durante décadas había producido anillas para barcos. Cerró cuando la comisión compró las minas de hierro del interior y llevó la fundición hacia las montañas.
Kaoran vigilaba la entrada.
El viaje por mar había empeorado el dolor de sus costillas. Podía caminar distancias cortas y usar la mano derecha. El brazo izquierdo seguía sujeto al pecho. Vela le había entregado una lista de límites antes de regresar a Luzmer con Peren y Col.
Kaoran había roto dos durante la primera mañana.
—La pared está caliente —dijo Isolde.
Apoyó la palma sobre los ladrillos. Quedaba una hebra de calor en el fondo del horno. La ceniza tenía menos de dos días.
Beren sacó un rollo estrecho del hueco.
—Alguien llegó antes.
La mitad del documento estaba quemada. El resto conservaba columnas de mineral, peso, origen y destino. Beren lo extendió sobre una mesa de piedra.
—Aquí —dijo.
Señaló una marca: nueve círculos alrededor de una línea vertical.
—Oeste-9 recibió ciento cuarenta barras de hierro negro. La orden tiene fecha de cuatro meses antes de Cendral.
Isolde leyó el destino.
—Proyecto de Contención del Umbral.
—Ese era el nombre de las cadenas.
—¿Ciento cuarenta barras para una estación?
—La estación fabricaba eslabones cortos. Cada uno pesaba lo que un hombre. Después los enviaba hacia el este.
Kaoran examinó el borde quemado.
—El fuego empezó desde el hueco. Quien lo encontró quiso destruirlo dentro de la pared.
—La persona conocía el escondite —dijo Beren.
—¿Cuántas?
—Seis de mi cuadrilla.
—¿Confiabas en todas?
Beren alisó el papel junto al borde quemado.
—Oren repartía su comida con quien acababa el turno después. Alcen podía reconocer a mi madre por la tos, de tanto llevarla a buscarme. Cuando nos prohibieron salir, Tavra dejaba la lámpara encendida hasta que yo volvía.
Isolde conocía el esfuerzo de buscar una advertencia dentro de gestos que alguna vez habían permitido descansar. Miró la cuenta, aún legible a trechos.
—Anotaremos quién podía llegar al horno —dijo—. Luego escucharemos a quienes encontremos.
Beren asintió. Conservó las dos manos sobre el rollo mientras Kaoran examinaba las huellas.
Isolde recorrió el horno. Había huellas en la ceniza, alteradas por viento. Una bota pequeña. Dos botas con clavos militares. Una línea arrastrada hasta la salida trasera.
La siguió.
Detrás del edificio, la grieta descendía hacia una playa de guijarros. Isolde encontró sangre seca en una roca y un trozo de cuerda azul bajo los helechos. La cuerda había sido cortada con una hoja sin filo.
—Se llevaron a alguien —dijo.
Beren apretó el rollo.
—Oren Tal guardaba este refugio.
—¿Familia de Oren, el muchacho de Nydel?
—Primos. Casi todos los transportistas del oeste compartimos diez apellidos.
Rheskan llamó desde el acantilado.
El dragón había elegido seguirlos desde tierra. A veces desaparecía durante horas. Regresaba con imágenes de patrullas, puentes y jaulas. Aquella vez mostró una barca negra que navegaba cerca de la costa. Cuatro hombres vestían placas bajo capas de pescadores.
Después mostró un humo fino dos calas al norte.
Beren miró la lámina.
—El segundo refugio.
—Están recorriendo la ruta al revés —dijo Isolde.
Kaoran señaló la cuenta quemada.
—Saben que Beren escapó con la llave. Quieren borrar los lugares antes de que llegue.
—La barca tarda una hora en rodear el cabo —dijo Beren—. A pie podemos cortar por la cantera.
—Tu gente dejó trampas —dijo Isolde.
—También dejó caminos.
Isolde dobló el documento y lo guardó dentro de una funda encerada. Sacó tres hojas limpias.
—Copia las cifras legibles. Kaoran hará otra copia. Yo marcaré huellas y hora.
—Perderemos tiempo —dijo Beren.
—Perderemos una prueba si el original se moja, arde o cae en manos de Varek.
Beren tomó el carbón.
Terminaron en siete minutos. Una copia quedó dentro de un frasco bajo el horno. Kaoran llevó la segunda. Isolde guardó la tercera con la lámina de cobre. El original viajó con Beren.
Abandonaron la grieta por la cantera.
* * *
El camino subía entre paredes grises. Beren avanzaba deprisa, aunque los grilletes le habían abierto heridas en los tobillos. Isolde caminaba detrás de Kaoran. Podía oír el esfuerzo que él intentaba ocultar.
—Cinco minutos —dijo.
—El segundo refugio está cerca.
—Cinco.
Kaoran se apoyó contra una roca.
Beren miró hacia el cabo.
—La barca llegará primero.
—Llegaremos juntos —dijo Isolde.
—Oren puede estar vivo.
—Kaoran también.
El hombre bajó la vista.
—He pasado años esperando una puerta. Ahora cada minuto parece un robo.
Kaoran respiró hasta recuperar color.
—La prisa es una herramienta de quien borra pruebas —dijo—. Te obliga a escoger mal antes de que puedas mirar.
Beren se sentó.
—¿Siempre habla así?
—Cuando está de buen humor —dijo Isolde.
Rheskan descendió sobre una aguja de piedra. Miró a Kaoran y envió una imagen de un sendero lateral menos inclinado.
—El dragón propone otra subida —dijo Isolde.
Kaoran inclinó la cabeza.
—Agradece que reconozca mi magnífica forma física.
Rheskan soltó aire por la nariz.
La ruta lateral les ahorró altura. Llegaron a la segunda cala cuando la barca negra doblaba el cabo.
El refugio era una caseta de guardacostas construida sobre pilotes. El humo salía por una ventana rota. Dos hombres echaban documentos a un brasero. Un tercero vigilaba la playa.
Había una mujer atada bajo el muelle.
Beren reconoció la trenza antes de verle la cara.
—Tavra.
La vigilante de Oeste-7 seguía viva.
Isolde estudió el terreno. La marea separaba la caseta de la playa. Un puente estrecho unía los pilotes con la roca. Los cuatro ocupantes de la barca podían desembarcar en menos de tres minutos.
—Beren, rodea por las rocas y llega hasta Tavra —dijo—. Kaoran, vigila la barca.
—Puedo cubrir el puente.
—Desde aquí.
Kaoran aceptó la honda que ella le tendía.
Rheskan abrió las alas.
Isolde negó con la cabeza.
—Si apareces, quemarán todo.
El dragón le mostró la barca y un punto bajo el agua.
—Hazlo a tu manera.
Rheskan saltó hacia el mar.
Isolde bajó por las rocas.
El vigilante oyó una piedra. Se acercó al borde, con la ballesta preparada. Kaoran lanzó desde la altura. La piedra golpeó el arco del arma y desvió la flecha.
Isolde cruzó el puente.
El primer hombre salió del humo con un hierro candente. Ella le atrapó el brazo, golpeó el codo y lo empujó contra la pared. El segundo volcó el brasero.
El fuego se extendió sobre los papeles.
Isolde barrió las brasas con el pie. Una llama le subió por la bota. La absorbió antes de que alcanzara la ropa y condujo el calor hacia el suelo húmedo. El vapor llenó la caseta.
El hombre huyó por la ventana.
Beren esperaba bajo el muelle. Lo derribó en el agua y usó la cuerda de Tavra para atarle las manos.
La barca negra llegó a la entrada de la cala.
Rheskan emergió delante de la proa.
Había nadado bajo el casco. Levantó la cabeza y empujó la embarcación hacia las rocas sin usar fuego. Los hombres intentaron clavarle lanzas. El dragón golpeó el agua con la cola. Dos cayeron por la borda. Los otros soltaron los remos para ayudarlos.
Isolde recogió los documentos que quedaban.
Tavra entró en la caseta con Beren. Tenía una ceja abierta y marcas de cuerda en el cuello.
—Llegas cuatro años tarde —le dijo.
Beren extendió los brazos. Tavra se agarró primero a su chaqueta para sostenerse; después lo apretó contra sí.
—Traigo la llave —dijo él.
Ella le apartó el cuello de la camisa. Vio la cicatriz y dejó quietos los dedos, a un lado de la marca.
—Te guardé un sitio en cada salida.
—Pensé que habías tomado la última.
Tavra soltó una respiración rota.
—Era mi puesto.
La lámina chocó entre ambos. Tavra la vio y se limpió la cara con la manga. Fue hasta el brasero, apartó con la bota una viga encendida y recogió un cuaderno.
—Trae las páginas secas. Me contarás lo demás andando.
Kaoran silbó desde la altura.
Una patrulla avanzaba por el camino interior.
Tavra levantó el cuaderno que acababa de recoger.
—Esto contiene los traslados. Oren se llevó las cuentas mineras hacia el paso de los Ausentes.
—¿Está vivo? —preguntó Beren.
—Lo estaba ayer. Los técnicos lo persiguen.
Isolde miró el camino, la barca y los papeles que empezaban a arder otra vez.
—Lleva el cuaderno. Salimos por el agua.
—Los hombres tienen redes para el dragón —dijo Tavra.
—Rheskan elegirá cuándo apartarse.
El dragón hundió la popa de la barca negra y nadó hacia mar abierto.
Había hecho su elección.
Tavra abrió una trampilla bajo la mesa. Una escala descendía hasta un bote de mantenimiento atado entre los pilotes.
—Cabe en el canal de desagüe —dijo—. Sale detrás de la punta.
Beren reunió los documentos. Isolde subió al camino para buscar a Kaoran.
La patrulla ocupaba la parte alta de la cantera. Ocho hombres con capas grises bajaban en dos filas. Kaoran había cambiado de posición. Esperaba detrás de una roca, con la honda colgada y una mano sobre las costillas.
—El bote está bajo el muelle —dijo Isolde.
—He contado ocho.
—Yo también.
—El último lleva una caja de señales.
Isolde vio el borde azul entre las capas.
—Quiere localizar la lámina.
—O a Rheskan.
Un soldado levantó la caja. La aguja del interior giró hacia el agua.
Rheskan estaba fuera de alcance. La aguja siguió moviéndose hasta apuntar a la caseta.
—La llave —dijo Isolde.
Kaoran lanzó una piedra.
La caja cayó de las manos del soldado. Isolde bajó por el otro lado de la roca y extendió una franja de fuego sobre el suelo. La humedad convirtió el calor en una pared de vapor. La patrulla perdió de vista la bajada.
Kaoran entró primero en la caseta. Isolde cerró la trampilla cuando dos flechas atravesaron la puerta.
El bote se internó bajo los pilotes.