Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 22 #3
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Darian miró hacia el canal. El prisionero avanzaba entre las estacas, todavía inclinado para ocultarse.

—Haré que revisen su caso.

—Ya has visto las cadenas. Puedes ordenar que suelten a los demás.

Él apretó la mandíbula.

—Necesito las rutas para hacerlo.

—Están en tus archivos.

Un caballo relinchó. Darian extendió la mano libre hacia ella. Isolde retrocedió hasta sentir la rueda del arpón contra la pantorrilla.

Él dejó la mano suspendida.

—Pensé que habías muerto.

—Me viste intentar sujetarme. Ordenaste que se marcharan mientras seguía sobre la piedra.

Darian bajó el brazo.

El agua arrastró un plomo entre sus botas. Isolde lo oyó chocar contra la rueda; necesitó ese sonido para mantener la vista en la espada de él.

—Varek controla la salida oriental —dijo Darian.

—Y tú tienes hombres en el sur. Abre ese paso.

—Si te dejo ir con la lámina, cerrará todas las rutas hasta Caleryon.

—Lleva cuatro años cerrándolas. Aelyn sigue sacando gente.

—Dame una hora.

Isolde miró la mano que él había querido tenderle. Recordaba su temblor durante los votos y el cuidado con que había esperado a que ella encontrara la voz. Darian conocía el valor de una respuesta libre. Había elegido exigirle otra aquí.

—La barca saldrá con los heridos —dijo—. Decide qué harán tus guardias.

Darian levantó la espada hasta cortar el paso entre ella y el carro.

—El plano se queda.

Isolde recogió la maza del arponero. La mano izquierda necesitó un segundo para cerrar el agarre.

—Tendrás que detenerme.

El primer ataque buscó su muñeca. Ella lo desvió con el mango y retrocedió hacia el canal. Darian había dejado atrás la violencia impaciente de la frontera. Medía la distancia, amagaba y esperaba que el terreno castigara el apoyo débil de la pierna izquierda.

Conocía la herida.

Isolde cambió la maza de mano.

Darian atacó el hombro derecho, recién golpeado. Ella recibió la espada sobre el aro de hierro y giró. El dolor le bajó hasta los dedos. Usó el impulso para golpearle el antebrazo.

La espada cayó al agua.

El regente le atrapó la muñeca. Isolde le dio un cabezazo. Darian perdió el agarre y respondió con el codo. Ella sintió sangre dentro de la boca.

Quedaron separados por un paso.

—Kaoran te entrenó —dijo Darian.

Isolde sostuvo la maza baja.

—Kaoran me recogió donde me dejaste.

Darian palideció.

Desde la loma llegó una bandera negra.

Varek apareció entre los hombres de cierre. Cabalgaba detrás de dos escudos altos. Había esperado fuera de la ruta hasta que Isolde quedara dentro del arco.

—¡Capitán Tor! —gritó—. ¡Cierre completo!

Cevran levantó ambas manos.

Los dos núcleos restantes empezaron a emitir un zumbido.

Darian miró las placas, después a los civiles.

—¡Suspenda la carga!

Cevran dudó.

Varek hizo bajar la bandera.

Los técnicos insertaron las varillas.

La marisma se iluminó en azul.

Isolde sintió que el fuego retrocedía hacia su pecho. El aire desapareció de sus pulmones. Cayó sobre una rodilla. Rheskan respondió desde el cielo con una llamarada de furia.

Las placas cambiaron de orientación.

Peren corría con Beren hacia la barca. Uno de los falsos salineros salió de una caseta y lanzó una aguja. El proyectil alcanzó al muchacho en la pantorrilla. Peren cayó junto al canal.

Beren regresó por él.

—¡Sial! —gritó Darian.

El guardia joven corrió hacia los dos. Levantó el escudo justo cuando una segunda aguja cruzaba el aire. La punta rebotó en el borde y se perdió entre los juncos.

Varek volvió a bajar la bandera.

La carga creció.

Los caballos comenzaron a caer. Un jornalero se llevó las manos a los oídos. Col quedó atrapada entre una red y la rueda del cofre.

Darian recuperó su espada del agua.

Isolde se preparó para recibirlo.

Él giró hacia el núcleo más próximo.

Golpeó la mano del técnico y cortó la correa que sujetaba las varillas. El mecanismo expulsó una lengua de luz. Darian cayó de espaldas. Su capa empezó a arder.

Isolde llegó hasta él y apagó el tejido con barro.

Durante un instante, tuvo la maza sobre su garganta.

Darian abrió los ojos. La quemadura le tensaba la piel del cuello.

—Hazlo —dijo.

La invitación la dejó inmóvil un latido. Incluso tendido bajo su arma parecía esperar que ella terminara la decisión por los dos.

El grito de Col cruzó la calzada. Isolde volvió la cabeza: Dira tiraba de una red y el carro se inclinaba sobre ambas.

Apoyó la maza fuera del alcance de Darian.

—Tus hombres esperan una orden. Dásela.

Corrió hacia el carro.

La pescadora tenía la pierna bajo la red. Dira tiraba de ella sin poder mover los plomos. El cofre de hierro se deslizaba hacia ambas.

Isolde metió el hombro bajo la plataforma. La pierna izquierda cedió. El eje le aplastó la espalda contra el agua.

Rheskan descendió.

Sus garras cerraron sobre el techo del carro. Batió las alas y levantó un lado. Dira cortó la red. Col salió arrastrándose, con el tobillo torcido y sangre en la rodilla.

El cofre rompió las cadenas.

Cayó dentro del canal.

La tapa se abrió al golpear una piedra. Varias hojas enceradas escaparon con la corriente. Una se volvió negra al tocar el agua. Otra liberó un polvo rojizo que empezó a hervir.

La trampa del plano.

Rheskan emitió un bramido y lanzó una imagen a Isolde: bisagras, polvo, fuego alimentado dentro de un túnel.

—¡Fuera del canal! —gritó ella.

Dira levantó a su hermana. Los soldados cercanos retrocedieron. Isolde vio una lámina de cobre adherida al fondo del cofre. Las líneas grabadas continuaban bajo el borde ennegrecido.

Metió la mano en el agua.

El polvo ardiente le mordió la piel. Arrancó la lámina y la lanzó hacia Dira.

—¡A la barca!

La pescadora la guardó bajo la camisa.

El polvo alcanzó una hoja cubierta de aceite.

El canal estalló.

Rheskan cubrió a Isolde con un ala. La llamarada recorrió sus escamas sin prender. Él la empujó con el hocico hacia la salida sur y volvió la cabeza hacia los hombres que levantaban otro arpón.

Su voluntad llegó clara: podía destruirlos.

Isolde miró a los técnicos. Dos habían soltado las armas. Cevran intentaba obligarlos a regresar a las bases.

—El núcleo —dijo ella.

Rheskan aceptó el objetivo.

Tomó altura, dejó que el arpón pasara bajo su vientre y cayó sobre el carro de placas. Las garras atravesaron la lona y arrastraron el mecanismo hasta la zona inundada. La salmuera entró en las juntas.

El núcleo se apagó con un gemido.

La presión abandonó el pecho de Isolde.

Darian estaba de pie otra vez. Tenía una quemadura roja en el cuello. Miró la salida sur, donde Sial y Beren cargaban a Peren hacia la barca.

Después miró a Isolde.

Podía ordenar a la vanguardia que cerrara el canal. Cuatro guardias esperaban su voz.

—Evacuad a los heridos —dijo.

Los hombres abrieron paso.

Isolde entendió la elección. También vio el límite: Darian conservaba el resto del convoy, a Cevran y las páginas que seguían dentro del cofre.

Varek llegó al borde del agua.

—Ha permitido la fuga del prisionero.

Darian mantuvo la vista en las casetas.

—He impedido que su unidad matara a treinta personas.

—El objetivo estaba dentro del cierre.

—También mis guardias.

—El reino pagará esta debilidad.

Darian se volvió hacia él.

—Capitán Tor queda detenido hasta que la comisión entregue el registro completo de armamento.

Cevran puso una mano sobre la espada.

Los guardias de la vanguardia levantaron las suyas.

Varek observó la distancia entre ambos grupos.

—Carece de autoridad sobre mis técnicos.

—La probaré en Caleryon.

—Si regresa con el cargo.

La amenaza quedó suspendida sobre la marisma.

Darian dio un paso hacia Varek.

—Repítalo ante el Consejo.

Varek sonrió.

—El Consejo recibirá un informe. La princesa muerta ha atacado un traslado real y liberado a un saboteador. Su regente la reconoció y dejó abierta la ruta.

Isolde se detuvo entre los juncos.

Darian podía negarlo. Podía ordenar que la persiguieran y reparar la historia antes de que saliera de las salinas.

—La persona que atacó el convoy sigue sin identificar —dijo.

Varek miró hacia ella. La distancia y el humo impedían verle la cara.

—Habéis dicho su nombre delante de dos guardias.

—Interrogaré a mis hombres.

—Yo interrogaré a los míos.

Isolde entró en el canal sur.

La barca se alejaba con una vela improvisada. Yssa había atado el paño restante a un remo. Beren sostenía a Peren. Vela vendaba la pierna del muchacho. Col estaba tumbada junto al timón.

Kaoran esperaba de pie contra el mástil roto.

Isolde nadó los últimos metros. Dira y Beren la subieron por la borda.

—Sentado —le dijo ella a Kaoran.

—Me levanté para comprobar si cuatro destellos seguían siendo necesarios.

—La barca era el lugar correcto.

—Agradezco la confirmación.

Vela lo obligó a tumbarse.

Rheskan pasó sobre ellos. Llevaba una red enganchada en una garra. Se alejó hacia una isla baja, cortó la cuerda con los dientes y dejó caer los plomos. Después trazó un círculo amplio sobre el convoy.

Vigilaba su retirada por voluntad propia.

Yssa condujo la barca entre los canales. Los juncos ocultaron la calzada.

El humo quedó atrás.

Yssa entró en una ensenada antes de la noche. Las paredes de roca formaban un techo bajo sobre el agua. Había redes viejas, dos barriles de lluvia y una plataforma de madera donde cabían los heridos.