22 #2
Llevaba una capa oscura sin bordados y una espada corta. Había adelgazado. El rostro conservaba la dureza que Isolde conocía, marcada ahora por líneas alrededor de la boca. Mantenía la cabeza inmóvil ante cada ruido y dejaba que sus oficiales mirasen por él.
Isolde cerró la mano sobre la pala.
Darian giró hacia un oficial y el borde de su capa descubrió la muñeca.
Bajo el granado la había tomado a ella de ese modo, sosteniéndola apenas mientras le besaba el pulso.
Recordó la flor roja sobre la manta, su propia risa al retenerle la manga.
El cuerpo buscó aquella cercanía durante un instante tan breve que casi pudo ocultárselo.
Después vio los grilletes de Beren.
Se le habían calentado las palmas. Aflojó los dedos uno a uno y hundió la pala en el barro. Peren esperaba su señal; necesitaba encontrarla mirando el dique.
Alzó la cabeza.
Darian levantó una mano a cincuenta pasos del primer dique. La columna se detuvo.
El capitán de la vanguardia se acercó. Hablaron sin desmontar. Darian señaló las casetas, el terraplén y las marcas húmedas de una reparación reciente. Después miró hacia las eras.
Su atención pasó sobre Isolde.
El sombrero cubría la mitad de su cara. El barro ocultaba la funda del cuchillo. Ella inclinó la espalda y cargó un saco junto a dos jornaleros.
Darian ordenó mover el carro central.
Los guardias retiraron a Beren de la posición prevista y lo llevaron hacia la vanguardia. El cofre quedó dos carros atrás.
Kaoran había anticipado la primera elección. Darian acababa de cambiarla.
Peren pasó detrás de Isolde.
—¿Qué hago?
—Mantén la señal. Abriremos con el prisionero sobre el dique.
—El agua separará el cofre.
—Dira y Col decidirán si pueden alcanzarlo.
Darian hizo avanzar dos exploradores. Uno entró en la caseta vacía. El otro examinó las compuertas. El observador del alambre azul dejó caer una piedra blanca al borde de la ruta.
La trampa ya sabía que el convoy había llegado.
Dos destellos surgieron desde la barca.
La unidad de cierre aparecía.
Isolde oyó caballos detrás de las lomas. Cevran Tor había abandonado la cantera antes de que Darian cruzara la calzada. Veinticuatro hombres ocupaban la salida oriental. Cuatro arrastraban bases de hierro con puntas largas. Otros cargaban redes azules sobre los hombros.
Darian se volvió hacia ellos.
La distancia ocultó sus palabras. Su gesto bastó. Había ordenado que se detuvieran.
Cevran continuó.
El regente cabalgó hacia el capitán técnico. La discusión obligó a la vanguardia a abrirse. Beren quedó entre seis guardias, a veinte pasos del dique.
Peren alcanzó la parte alta de una era y levantó el pañuelo rojo.
Los voluntarios retiraron las cuñas.
El agua golpeó la compuerta norte.
El primer tablón saltó. Una corriente oscura entró en el canal de desagüe y corrió hacia la calzada. Los jornaleros escucharon la campana y soltaron herramientas. Dos corrieron hacia las casetas. Los demás siguieron a Peren por el borde alto.
Los falsos salineros sacaron silbatos.
Isolde arrojó la pala.
El mango golpeó la garganta del más cercano. Se lanzó contra el segundo antes de que pudiera soplar. El hombre llevaba una aguja azul escondida en la manga. Isolde atrapó su muñeca, giró y hundió la punta en el barro.
El tercero dio la alarma.
La unidad de cierre desplegó las redes.
El convoy respondió con gritos, ruedas y caballos asustados. El agua cruzó la ruta por dos lugares. El carro del cofre frenó entre ambos. Una rueda resbaló y quedó suspendida sobre el canal.
Darian desenfundó la espada.
—¡Formad al norte! —gritó—. ¡Sacad a los civiles de las eras!
Cevran señaló el cielo.
—¡Núcleos arriba! ¡La criatura vendrá por la caja!
—¡Mantenga su unidad fuera del agua!
—La amenaza está activa.
—Mi orden también.
La corriente cubrió la calzada.
Isolde corrió hacia Beren.
Dos guardias la reconocieron como objetivo antes de verle la cara. El primero lanzó una red. Isolde se agachó, cortó un plomo y dejó que la malla se enrollara en las piernas del segundo. El tercero avanzó con una pica. Ella desvió la punta con el cesto, entró bajo el asta y golpeó la muñeca.
El hombre cayó al agua.
Isolde lo agarró por el cuello de la coraza y lo empujó hacia una piedra alta.
—Sujétate.
Lo dejó allí.
Beren seguía unido al carro por una cadena corta. Un guardia joven mantenía la llave y una espada temblorosa.
—Al suelo —ordenó Isolde.
El muchacho miró hacia Darian.
—Tengo que proteger al prisionero.
—Está encadenado en una inundación.
—Baja el arma, Sial —gritó Darian desde el terraplén.
El guardia obedeció.
Isolde tomó la llave. Beren le ofreció las manos.
—Neira vive —dijo ella mientras abría el primer grillete—. Salió de Bren con tu madre.
Los labios del hombre se separaron.
—¿Las viste?
—Vi sus nombres en una lista de evacuados. Una mujer de tu pueblo confirmó la ruta.
El segundo grillete cayó.
Beren se frotó las muñecas.
—La caja.
—Tú primero.
—El plano puede llevarnos a quienes siguen dentro.
—Y tú puedes leerlo.
Una sombra cruzó el agua.
Rheskan llegó desde el mar.
Volaba bajo, con las alas inclinadas contra el viento. La cicatriz del costado brilló al pasar sobre la calzada. Las redes se elevaron desde cuatro puntos.
Isolde sintió su decisión antes de comprenderla.
El dragón dejó el cofre a su derecha.
Giró hacia la cantera.
El segundo núcleo móvil estaba oculto detrás de una pared de piedra. Rheskan había visto que podía cerrar el vuelo sobre toda la marisma. Plegó un ala, atravesó el espacio entre dos redes y arrojó fuego contra la base del mecanismo.
El metal azul absorbió la primera llamarada.
Rheskan mantuvo el fuego.
La placa se volvió blanca. Las runas se encendieron una a una. El dragón cortó la llama antes de que el núcleo devolviera la descarga y golpeó la estructura con la cola.
El mecanismo cayó desde la cantera.
Tres hombres saltaron para apartarse. El núcleo chocó contra el borde del canal y se partió. Una onda azul recorrió las salinas. Rheskan perdió altura. Corrigió con dos aletazos y ganó el mar abierto.
Tres destellos llegaron desde la barca.
Kaoran había visto su elección.
Cevran gritó a los arponeros.
Dira y Col surgieron detrás del carro de carga.
Cada una llevaba una cuerda de pesca unida a las redes que habían colocado durante la mañana.
Tiraron a la vez. Dos bases de hierro se inclinaron hacia el canal.
Los arpones salieron con un ángulo bajo, rozaron las alas de Rheskan y se hundieron en el agua.
El tercer disparo apuntó a la barca.
Isolde vio el cable cruzar los juncos.
—¡Kaoran!
Yssa movió el timón. La punta atravesó la vela y arrancó la mitad del mástil. La barca giró sobre sí misma. Kaoran rodó dentro de la cubierta y Vela se arrojó sobre él para protegerle el hombro.
La rabia abrió fuego bajo la piel de Isolde.
Beren le sujetó el brazo.
—Si quemas el cable, el núcleo sabrá dónde estás.
Ella miró la línea azul. La corriente tiraba de la barca hacia los pilotes.
—¿Puedes correr?
—Puedo intentarlo.
—Sigue las estacas blancas. Peren te llevará a Yssa.
—¿Y tú?
—Voy a cortar el cable.
Isolde le entregó la sierra y señaló sus grilletes abiertos.
—Llévale esto a Kaoran.
Beren entró en el canal.
Isolde avanzó hacia el tercer arpón.
El agua le golpeaba por encima de las rodillas. Cada paso exigía sacar el pie del barro antes de buscar apoyo. El arponero giró la base hacia Rheskan. Su ayudante alimentaba el núcleo con una varilla azul.
Isolde lanzó el cuchillo.
La hoja atravesó la manga del ayudante y la clavó contra el costado del carro. El hombre soltó la varilla. Isolde llegó a la base, apoyó ambas manos sobre el cable y dejó salir una franja estrecha de fuego.
El metal absorbió el calor.
La presión azul entró por sus dedos.
Sintió una cavidad bajo Cendral, cadenas tensas y una respiración tan profunda que parecía mover la costa. Ydrael reconoció el material. Su rechazo alcanzó a Isolde con una fuerza que le dobló las rodillas.
El arponero levantó una maza.
Isolde soltó el cable y rodó bajo el golpe. El hombro derecho recibió el borde del mango. El brazo quedó torpe. Ella barrió las piernas del hombre, recuperó la varilla y la hundió en la ranura del núcleo.
La descarga encontró su propio circuito.
Las runas se apagaron.
Isolde recogió el tramo de cadena que seguía unido al carro de Beren. Lo enrolló alrededor del cable, fijó el extremo libre al eje y metió la varilla entre dos eslabones. Usó el peso del carro como palanca. El primer tirón abrió una grieta. El segundo partió el metal.
La barca quedó libre.
Yssa levantó el mástil roto con ayuda de Vela. Kaoran seguía en cubierta. Alzó el espejo una vez.
Vanguardia en movimiento.
Isolde se volvió.
Darian cruzaba la zona inundada a pie. Había dejado el caballo en el terraplén. Dos guardias lo seguían. Sus botas resbalaban sobre la piedra, aunque mantenía una velocidad que los hombres de Varek no podían igualar con las placas.
El sombrero de Isolde flotaba junto a una compuerta.
Darian vio su cara.
Se detuvo.
El agua corrió entre ambos. A su alrededor, la batalla continuó durante un latido sin sonido: redes que caían, soldados que gritaban, caballos que buscaban tierra firme.
—Isolde —dijo él.
Ella sacó la varilla del mecanismo.
—Retira los arpones.
Darian bajó la punta de la espada unos centímetros.
—Estás viva.
—Ya lo sabías.
—Tenía indicios.
—Los convertiste en una cacería.
Uno de los guardias llegó hasta Darian. El regente extendió el brazo para impedir que avanzara.
—Baja el arma —ordenó.
—Mi señor, el objetivo...
—He dado una orden.
El guardia obedeció.
Darian volvió a mirarla. Sus ojos se detuvieron en la cicatriz de la ceja y bajaron hasta la venda de su mano.
—Ven conmigo.
Había usado aquellas palabras para sacarla de un salón lleno de consejeros, con una cesta de fruta escondida detrás de la espalda. Isolde sintió la brutalidad de oírlas junto a un carro de prisioneros.
—Retira los arpones —repitió.
—Puedo abrirte el Alcázar. Hay sanadores.
—Beren lleva meses pidiendo una audiencia.