Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 22
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El convoy salió de Caleryon con tres rutas y cuatro verdades.

La primera verdad viajaba dentro de un cofre de hierro: planos parciales de las confluencias de Ydrael.

La tercera ocupaba doce cajas azules bajo lonas de grano.

La cuarta esperaba fuera del inventario. Varek había añadido veinticuatro hombres a la escolta sin informar a Darian.

El regente descubrió la última al cruzar la Puerta Blanca.

Una columna avanzaba por la ruta del río, visible y lenta. Otra salió por la muralla norte durante el cambio de guardia. El capitán técnico Cevran Tor había usado un sello de la comisión.

Darian lo llamó junto al primer puente.

—La orden registra treinta y dos guardias —dijo.

Cevran llevaba una placa azul sobre el pecho y un brazal blanco debajo del negro.

—La comisión ha desplegado una unidad de cierre.

—¿Quién la dirige?

—Lord Varek.

—La operación queda bajo mi mando.

—La escolta principal.

Darian mostró la orden firmada.

—Toda fuerza asociada.

—La unidad de cierre protege rutas externas. Su intervención depende de una amenaza mágica.

—Las placas forman parte del inventario. ¿Cuántas lleva?

—Las necesarias.

—La cifra.

Cevran miró hacia el carro central.

—Doce redes, ocho localizadores, cuatro arpones de suelo y tres núcleos móviles.

Darian buscó en su copia: seis redes, cuatro localizadores, dos arpones y un núcleo. Cevran había firmado aquella relación la víspera.

—Tres —repitió el regente—. Quiero la ubicación de cada uno.

—Uno con el cierre. Otro en la cantera. El tercero puede acompañar a la vanguardia.

—Ese irá bajo mi custodia. Añádelos al registro: cada pieza tendrá custodio y uso autorizado por escrito.

—Eso expone la capacidad de la unidad.

—También expone quién pierde un arma.

Cevran obedeció. Su letra mostraba desprecio en cada trazo.

Darian caminó hacia el prisionero.

Beren tenía treinta años, barba rojiza y una cicatriz alrededor del cuello. Llevaba grilletes en manos y pies. Dos guardias de Varek ocupaban el carro.

—La orden civil exige cadenas de tránsito, sin fijación al suelo —dijo Darian.

Uno de los hombres mostró un informe.

—Intentó escapar dos veces.

—¿Durante qué trayectos?

—Arvek a Umbral. Umbral a Luzmer.

—Ambos carecen de registro legal.

Darian abrió el cierre del suelo. Conservó los grilletes de las manos y retiró los de los pies.

—¿Conoces a la persona que buscamos? —preguntó.

Beren escupió fuera del carro.

—Conozco a mi hermana.

—Neira.

El hombre levantó la vista.

—¿Está viva?

—Según las últimas fichas civiles, salió de Bren después de una ocupación.

—Vuestros hombres tomaron a mi madre.

—Fue liberada.

—¿Por vos?

Darian sostuvo la mirada.

—Por habitantes del pueblo y una fuerza anónima.

—Entonces conocéis la respuesta.

—¿Ella irá por ti?

—Neira iría aunque el carro llevara un ejército.

—Pregunto por la mujer de fuego.

—Yo también.

Beren miró el cofre de hierro.

—Ese plano contiene una ruta real. Las otras páginas estarán cambiadas.

—¿Cómo lo sabes?

—Trabajé en Oeste-9. Varek nunca coloca una mentira donde puede colocar una verdad capaz de matar a quien la siga.

Darian cerró la puerta del carro.

La frase lo acompañó hasta el puente.

* * *

Isolde vio el convoy mediante los ojos de Rheskan.

El dragón volaba sobre el mar abierto. Había seguido Umbral Bajo hasta un faro sin luz y encontrado a la unidad de cierre escondida entre canteras. Las placas azules formaban un arco alrededor de la ruta costera.

Rheskan mostró a Beren dentro del carro central. Después mostró el cofre, los arpones y un segundo núcleo móvil guardado bajo rocas.

—Varek ha duplicado la trampa —dijo Isolde.

Kaoran estaba tumbado dentro de la barca. Vela le había inmovilizado el hombro y viajaba a su lado. Cada movimiento del casco le cambiaba el color de la cara.

—Darian controla el convoy visible —dijo—. Varek controla el cierre.

—Los soldados obedecerán al regente si las órdenes chocan.

—Algunos.

—Beren viaja en el centro.

—¿Cuántas personas detenidas?

—Una.

—Documentos.

—Un cofre real y dos señuelos.

—Rheskan puede distinguirlo.

El dragón respondió con una imagen de las tres cajas. Una llevaba piedra roja, tinta antigua y la presión de Ydrael. Las otras contenían peso muerto.

—Sí.

—Necesidad.

—Sacar a Beren y una copia suficiente para verificar el plano.

—Límite.

—Pescadores, guardias que depongan armas, Rheskan y tú.

—Mi inclusión empieza a parecer rutinaria.

—Está escrita desde Luzmer.

—Tiempo.

Isolde miró la marea. La ruta costera cruzaba una lengua de piedra entre marisma y acantilado. Durante la bajamar, los carros podían pasar. Al subir, quedaba una sola calzada.

—Atacarán al anochecer, cuando la marea cierre salidas. Tenemos seis horas.

Kaoran intentó sentarse. Isolde puso una mano sobre su pecho.

—Tú permaneces en la barca.

—Eso es una orden.

—Es un límite médico.

—Puedo observar el faro y enviar señales.

—Desde la barca.

—La cantera ofrece mejor ángulo.

—La subida puede mover las costillas.

—Dos personas pueden llevarme en una camilla.

Isolde lo miró.

—Has dedicado años a enseñarme cuándo un cuerpo cambia el plan.

—También a usar lo que conserva.

—Conservas la estrategia y la capacidad de insultar almohadas. Ambas funcionan desde cubierta.

Kaoran cedió.

La tripulación de la barca pertenecía a Luzmer. Tarin había pedido voluntarios. La capitana, Yssa Vale, conocía canales entre salinas. Dos hermanas pescadoras, Dira y Col, manejaban redes. Un muchacho llamado Peren corría mensajes por los diques.

Isolde explicó la trampa. Cada persona eligió tarea.

Yssa mantendría la barca al sur de la calzada. Dira y Col colocarían redes en dos arpones de suelo. Peren llevaría una copia de la señal hasta un grupo de salineros. Isolde entraría por la marisma.

—¿Y el dragón? —preguntó Yssa.

—Elegirá su objetivo.

—¿Desconoces cuál?

—Conoce el plan y las placas. Su decisión llegará cuando tenga terreno.

La capitana aceptó.

Kaoran trazó el convoy sobre una tabla.

—Darian te conoce —dijo—. Espera que saques primero al prisionero.

—Lo haré.

—El cofre estará colocado para obligarte a elegir.

—Entonces otra persona toma los documentos.

—Eso espera Varek. Habrá una segunda unidad sobre la caja.

Isolde movió dos piedras.

—Dira y Col bloquean arpones. Los salineros abren el dique norte cuando el carro central llegue a la calzada. El agua separa la vanguardia del cierre. Yo saco a Beren por la marisma. Rheskan tiene libertad para destruir placas, vigilar el cofre o mantenerse fuera.

—¿Dónde entra Darian?

—Dirigirá desde la vanguardia para controlar la captura. Si ve la inundación, girará hacia el carro central.

—Sabe que lo sabes.

—Hace cuatro años que piensa que puede anticiparme.

Kaoran dejó el dedo sobre la piedra que representaba a Darian.

—¿Qué harás cuando oigas su voz?

Isolde había previsto la posición de sus guardias, el giro de su caballo y la distancia hasta el cofre. La pregunta la encontró sin respuesta.

—Seguiré hacia Beren.

—Díselo a Yssa. Si cambias de rumbo, ella debe poder sacar la barca.

Isolde llamó a la capitana y le mostró el canal sur.

—Si me quedo hablando con el regente, recoges a Beren y sales. El espejo de Kaoran bastará para avisarme.

Yssa examinó la marea.

—Puedo dejar una cuerda detrás. Quien llegue la agarra.

—Hazlo.

Al volver al mapa, Isolde encontró la piedra de Darian en el mismo lugar. Había pasado años ensayando lo que le diría. Ahora otras personas necesitaban saber cuánto tiempo estaba dispuesta a perder escuchándolo.

Isolde tomó el cuchillo, dos tubos de Bren y una sierra pequeña. Dejó la capa gris en la barca. Llevaba ropa de salinera, sombrero ancho y un cesto.

Kaoran le tendió un espejo de señales.

—Un destello: la vanguardia se mueve. Dos: aparece el cierre. Tres: Rheskan elige terreno.

—Cuatro: el maestro admite que la barca era el lugar correcto.

—Esa señal carece de uso operativo.

—La vigilaré de todos modos.

Entró en la marisma.

El barro le llegó a los tobillos en el primer canal y a las rodillas en el segundo. Avanzó entre hileras de juncos, con el cesto apoyado en la cadera. El agua olía a sal vieja, peces abiertos y lluvia próxima.

Los salineros trabajaban en las eras altas. Cinco pertenecían al grupo de Yssa. Otros nueve habían acudido por dinero, convencidos de que repararían un dique. Isolde los distinguía por la forma de sostener las palas. Los voluntarios miraban la ruta. Los jornaleros miraban el suelo.

Había tres hombres más cerca del terraplén.

Vestían camisas pardas y llevaban sal hasta en el pelo. Ninguno tenía las manos quemadas por la cal. Uno se agachó para recoger una cuerda y mostró un alambre azul alrededor de la muñeca.

Varek había colocado observadores dentro de la zona civil.

Isolde siguió caminando. Dejó el cesto junto a una pila de sacos y se acercó a Peren.

—Tres falsos salineros —murmuró—. Junto al terraplén.

El muchacho mantuvo la vista en la pala.

—¿Cancelo la apertura?

—Avisa a los nuestros. Que los jornaleros salgan hacia las casetas cuando oigan la campana.

—La campana era la señal.

—Ahora será la evacuación. Abriremos cuando levantes el pañuelo.

Peren hundió la pala.

—Kaoran dijo que cambiaríamos el plan.

—Kaoran suele acertar en asuntos molestos.

El muchacho sonrió y se alejó por el borde de una era.

Isolde examinó la calzada. El mar empezaba a borrar las franjas oscuras de las piedras. Dentro de una hora, cualquier carro que abandonara la ruta tendría los ejes bajo el agua. La barca de Yssa esperaba detrás de una línea de cañas, invisible desde tierra.

Un destello cruzó el canal.

La vanguardia se movía.

El convoy apareció entre las lomas poco después. Cuatro jinetes abrían la marcha. Detrás venían dos carros de guardias, uno cubierto con lona gris y tres transportes de carga. El carro de Beren ocupaba el centro. El cofre de hierro viajaba en el siguiente, sujeto por cadenas a la plataforma.

Darian cabalgaba al frente.