20 #3
—Guarda aire.
La viga ardía por dentro. Isolde podía consumirla con fuego y cubrir a Kaoran de brasas. Levantarla exigía varias personas.
Tarin llegó con un gancho. Otros dos prisioneros regresaron desde la ventana.
—La escalera puede caer —dijo uno.
—Decidid —respondió Isolde—. Sura mantiene una salida. Kaoran necesita cuatro manos y una palanca.
Los dos se quedaron.
Tarin introdujo el gancho. La mujer tomó el otro extremo. Isolde concentró calor en la unión de la viga con el techo. La madera cedió alrededor de un clavo.
—Ahora.
Levantaron.
Kaoran intentó moverse. Gritó cuando el hombro salió de debajo. Isolde lo tomó por la cintura. La pierna izquierda sostuvo parte del peso.
La viga cayó detrás.
Kaoran respiraba rápido y poco. El hombro tenía una forma extraña. Isolde vio la quemadura atravesando la espalda del abrigo y por un instante dejó de oír a Tarin. Necesitaba que él le dijera dónde poner las manos, como en la casa del oeste.
—Voy a sostenerte por la cintura —dijo. Esperó hasta que Kaoran logró asentir.
—Costillas —advirtió él.
—¿Cuántas?
—Pregúntales cuando dejen de moverse.
Tarin llevó su brazo derecho. Isolde, el lado herido sin tirar del hombro. Los prisioneros protegieron la ruta con mantas.
El fuego cerró la ventana.
La escalera flotante había bajado medio piso. Una cuerda seguía atada a la pasarela. Podían saltar sobre un montón de lana mojada que las barcas habían colocado debajo. La caída era de dos plantas.
—Kaoran no puede caer —dijo Isolde.
Tarin señaló la grúa exterior. Una plataforma de carga colgaba cerca de la ventana, detenida por una cadena.
—Si liberamos el freno, baja hasta el agua.
—El freno está dentro de la oficina.
El camino quedaba bajo las llamas.
Isolde abrió el Núcleo.
El fuego respondió desde toda la planta.
Había entrenado años para levantar una barrera. El edificio ofrecía demasiadas llamas y demasiados lugares donde equivocarse. Eligió un corredor de cuatro pasos. Recogió el calor de las tablas, lo llevó hacia el techo y cerró los bordes.
Las llamas se inclinaron.
Tarin la miró.
—Obedecen.
—Durante unos segundos.
La mujer liberada corrió hacia la oficina. Encontró el freno. Tarin y los otros llevaron a Kaoran hasta la plataforma.
Isolde sostuvo el corredor.
El fuego buscaba aire. Cada ventana rota tiraba en una dirección. Ella impuso otra mediante el Núcleo, respiración y límite.
El suelo tembló.
—¡Ya! —gritó Tarin.
Isolde soltó las llamas hacia la parte vacía del almacén y saltó a la plataforma.
La mujer liberó el freno y saltó al borde de la plataforma. Tarin la agarró por la manga.
La cadena descendió.
La planta superior cayó sobre la tercera. Una ola de fuego salió por las ventanas. La plataforma pasó a través del humo. Isolde cubrió a Kaoran con su cuerpo. Tarin sostuvo el hombro.
Llegaron al agua con un golpe.
Las barcas rodearon la grúa. Sura saltó desde una pasarela y ayudó a mover a Kaoran. Los diecinueve prisioneros registrados estaban fuera. También Eren y los dos vigilantes encerrados aquella mañana, y los tres guardias que habían bajado con cajas.
Lenda contaba personas en el muelle.
—Diecinueve de la lista —dijo—. Eren y dos vigilantes. Tres guardias. Tarin, la brigada completa.
—Kaoran —añadió Isolde.
—Kaoran —repitió Lenda.
La lista incluía a quien había enseñado a llevarla.
* * *
La Guardia intentó recuperar el muelle.
Llegó cuando las campanas sonaban en los tres canales. Cientos de vecinos formaban cadenas de agua. Los bomberos habían inundado el sótano y protegían los edificios contiguos. L-4 se derrumbaba hacia dentro.
El capitán vio a diecinueve prisioneros, cajas de documentos y uniformes propios cubiertos de hollín.
—El almacén estaba evacuado —dijo.
Eren Sol levantó el libro.
—Yo llevaba los turnos.
—Ese registro pertenece a la comisión.
—También mi contrato. Podéis leerlo en la página doce.
Tarin se colocó entre la Guardia y los heridos.
—Entramos bajo autoridad de la brigada de Luzmer. Había vidas dentro.
—Desobedeciste una orden de contención.
—Presenta el cargo ante el consejo del puerto.
Los vecinos repitieron la petición. La ciudad tenía un consejo de gremios con autoridad sobre incendios y canales. La regencia podía detenerlo después. Hacerlo delante de todas las brigadas convertiría el humo en una acusación visible.
El capitán retiró a sus hombres.
Una sanadora llamada Vela atendió a Kaoran dentro de la casa de redes. Cortó el abrigo. La quemadura recorría el omóplato izquierdo. La clavícula estaba rota. Dos costillas cedían bajo presión y una tercera podía tener una fisura.
—Respira otra vez —ordenó.
Kaoran obedeció.
—El pulmón recibe aire —dijo Vela—. Cada inspiración puede mover una costilla. Necesita reposo, el brazo inmóvil y vigilancia durante tres días.
—Tenemos que salir de Luzmer —dijo Isolde.
—Moverlo hoy aumenta el daño.
—La Guardia volverá.
Tarin señaló una puerta trasera.
—Las brigadas guardan heridos en casas distintas. Podemos cambiarlo después del turno y sacar un carro por el canal de vidrio.
—¿Cuándo?
—Al amanecer.
Isolde miró a Kaoran.
—Necesidad.
Él abrió un ojo.
—Sobrevivir a tu cuidado.
—Límite.
—Que evites recolocar huesos con fuego.
—Hablo en serio.
—Yo también.
La sanadora terminó el vendaje.
—El paciente puede hablar menos.
—Excelente criterio —dijo Isolde.
Kaoran cerró los ojos.
Isolde volvió a mirar el pecho vendado. Cada pausa entre respiraciones le hacía inclinarse antes de que Kaoran tomara aire. Él abrió los ojos cuando ella acercó por tercera vez el cuenco.
—Todavía no tengo sed.
Isolde dejó el agua. Le tembló un poco contra la mesa.
—Puedo quedarme aquí.
—Quédate sentada. Vela vigila el resto.
La sanadora le indicó una silla junto a la cabecera. Isolde se sentó y pidió que le enseñara cómo ayudarlo a beber cuando lo necesitara. Kaoran cerró los ojos al dejar de sentirla mover las vendas.
Lenda llegó con el libro de Eren y las hojas rescatadas.
—Entre los trasladados he localizado dieciséis destinos verificables —dijo—. Otros tres nombres desaparecen bajo Oeste-9. Uno es Beren Neir.
El hermano de Neira.
—¿Fecha? —preguntó Isolde.
—Hace siete meses. Salió en un barco llamado Umbral Bajo . Rumbo occidental.
—¿Hay puerto?
—Una marca de peaje. Tres puntas sobre una ola.
Isolde dibujó las tres puntas sobre la ola y dejó espacio al lado para copiar la impresión de Arkhe: cuatro puntas cruzadas por una línea, con aspecto de corona.
El peaje y el sello podían conducir a oficinas distintas.
La montaña atravesada que había recibido de Cael pertenecía a una tercera marca; tendría que conservar las diferencias al enviarlas.
—Copia todo —dijo Isolde—. Una hoja para Neira. Otra para Aelyn. Eren conserva el original si acepta.
—Acepto —dijo el contable desde la puerta—. También declararé ante el consejo.
Tarin lo acompañó.
La sesión empezó junto a las cisternas antes de que terminara la noche. Representantes de bomberos, barqueros, cargadores y tres Casas comerciales escucharon a los testigos. La Guardia envió un escribiente.
Eren describió las mechas, los prisioneros y la orden de pérdida térmica.
Lenda nombró a los diecinueve.
Los vigilantes explicaron cómo el director los ató.
Tarin habló al final.
—Entré con una mujer que carecía de insignias —dijo—. Conocía las rutas de los traslados. Abrió una jaula, sacó heridos y mantuvo un corredor en la tercera planta.
—¿Usó fuego? —preguntó el escribiente.
—El fuego la obedeció.
—¿Nombre?
Tarin miró a las brigadas.
—Entró sin uno.
—Descripción.
—Delantal de lavandería, manos quemadas, una pierna herida. Puede que el humo haya cambiado todo lo demás.
—¿Pertenecía a una Casa?
—Carecía de insignias.
El escribiente anotó cada palabra.
La declaración salió de Luzmer con los primeros barcos de la mañana.
* * *
Isolde dejó la casa de redes mientras Kaoran dormía.
Necesitaba comprobar la ruta del carro. Tarin la acompañó por el canal de vidrio. La Guardia vigilaba los puentes principales. Las brigadas controlaban pasarelas pequeñas.
Al llegar al puerto exterior, encontraron una marca sobre el muelle doce.
Tres garras habían atravesado la madera. Junto a ellas, un borde ancho raspó las tablas. El ala izquierda de Rheskan arrastraba cuando se plegaba. La resina seguía fresca y una escama roja permanecía clavada en una astilla.
—Dragón —dijo Tarin.
Isolde tocó la escama.
El vínculo se abrió.
Rheskan mostró la noche anterior. Había aterrizado cuando L-4 seguía cerrado y escuchó a los prisioneros. Las placas azules del puerto le impidieron acercarse al edificio. Eligió seguir el barco que sacó cuatro carros de documentos.
La imagen avanzó hacia el oeste.
Una isla baja. Un faro sin luz. El sello de tres puntas sobre una ola.
Rheskan había dejado la marca para que Isolde supiera dónde empezó el rastro. Después continuó por su cuenta.
—Está siguiendo Umbral Bajo —dijo.
—¿Vendrá aquí? —preguntó Tarin.
—Cuando lo decida.
El bombero aceptó la respuesta con una inclinación.
Isolde guardó la escama y pidió a Tarin que dibujara el muelle antes de que reparasen las tablas. Rheskan seguía lejos, con la atención puesta en el barco. Le envió la imagen de Kaoran en la cama y esperó un momento junto al agua. El dragón mantuvo su rumbo.
Regresó con Kaoran antes del amanecer.
Él seguía dormido. La respiración era corta, estable y dolorosa. Isolde colocó las copias de las cuentas dentro de una bolsa, añadió la hoja para Neira y anotó el coste de Luzmer.
Diecinueve personas: vivas.
L-4: destruido.
Cuentas: un original y cuatro copias parciales.
Kaoran: clavícula izquierda rota, dos costillas fracturadas, quemadura en la espalda.
Rheskan: rumbo oeste por elección propia.
La última línea quedó para ella.
La ruta esperaría a que Kaoran pudiera soportar el carro. Isolde cerró la cuenta y acercó la silla a la cama.
Fuera, alguien dibujó una figura de ceniza sobre la pared de la brigada. Llevaba un delantal y sostenía el fuego entre las manos. Debajo, otra persona escribió:
LUZMER VIO A QUIEN ENTRÓ SIN INSIGNIAS.
El dibujo carecía de firma.