Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 20 #2
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Entraron en la caja del montacargas. Isolde calentó el freno. Tarin tiró de la cuerda. La plataforma subió entre paredes llenas de humo.

La primera planta guardaba fardos de lana.

El fuego avanzaba dentro de las filas mediante canales de aceite. La superficie parecía intacta. Debajo, cada fardo tenía un centro rojo. Luzmer ardía despacio porque la comisión quería una columna de humo controlable, tiempo para retirar bienes valiosos y una destrucción completa al final.

Los siete prisioneros estaban en una jaula de clasificación.

Una mujer golpeaba los barrotes con un zapato. Tenía el cabello blanco cortado a la altura de la mandíbula y una quemadura reciente en el cuello.

—Atrás —dijo Tarin.

Introdujo el hacha en la cerradura. El metal estaba reforzado con piedra azul.

Isolde reconoció a Lenda Aris por la forma de sostener el zapato.

La lavandera del palacio había perseguido a Aelyn por un corredor usando el mismo gesto cuando una sábana terminó dentro de una fuente.

—Lenda.

La mujer acercó la cara a los barrotes.

—¿Quién eres?

—Alguien que encontró tu cofre.

—¿Mi hija?

—Viva. Recuperó la pieza en Caleryon.

Lenda cerró los ojos durante un latido.

—Las cuentas están arriba. Tercera planta, oficina del canal. Querían que las copiáramos antes de quemarlas.

—Primero salís vosotros.

—La cerradura se alimenta del calor.

Isolde examinó la base. La piedra azul quedaba dentro de un aro. Tarin señaló los pernos que sujetaban la jaula al suelo.

—Podemos levantar el marco.

Las personas dentro tomaron dos barras. Isolde calentó la piedra alrededor de los pernos, lejos del metal azul. Tarin golpeó uno. Lenda organizó el impulso desde dentro.

—A la tercera —dijo—. Una. Dos. Tres.

El primer perno salió.

Repitieron con los otros. Inclinaron la jaula hasta abrir un hueco entre los barrotes y el suelo. Los prisioneros pasaron de uno en uno.

Un hombre tenía el tobillo roto. Dos mujeres respiraban con dificultad. Lenda podía caminar.

Tarin los llevó hacia el montacargas.

—Bajáis al sótano, cruzáis la compuerta y seguís la cuerda hasta la barca.

—Hay doce arriba —dijo Lenda—. Cuatro están encadenados a las mesas de copia.

—Tú sales —ordenó Isolde.

La lavandera la miró con atención. El humo cambiaba el rostro y la voz de Isolde había ganado años. Algunos rasgos seguían en su sitio.

—Aelyn hablaba igual cuando quería que obedeciera —dijo Lenda.

—Aelyn aprendió de ti.

—Eso explica sus peores defectos.

Entró en la plataforma con los heridos.

Isolde tomó una manta mojada y siguió hacia las escaleras.

* * *

Kaoran llegó al muelle siete con un remo y dos bomberos.

La escalera flotante estaba atada a una lancha de la Guardia. Seis soldados vigilaban. La brigada de Sura esperaba detrás de un almacén de vidrio.

—Incendio en la pasarela sur —gritó uno de los bomberos.

Dos guardias miraron. Sura hizo sonar una campana con un martillo. La ciudad oyó la alarma por primera vez.

Los vecinos salieron con cubos. La Guardia intentó cerrar el paso. Kaoran entró por el borde del muelle y cortó la cuerda de la lancha.

Un soldado lo vio.

—¡Detente!

Kaoran empujó la escalera al agua. El hombre atacó con una lanza. El remo recibió la punta. La madera se partió cerca de la pala y dejó un bastón de longitud razonable.

—Mejora constante —dijo Kaoran.

Golpeó la rodilla del soldado.

Los bomberos tomaron la lancha. Otros dos guardias avanzaron. Sura abrió una caja de arena sobre las tablas. Las botas perdieron apoyo. Los vecinos llegaron con cubos y ocuparon el muelle.

—La escalera pertenece a la ciudad —gritó Sura—. L-4 tiene personas dentro.

—La comisión ordena contención exterior —respondió el oficial.

—Entonces contén ese edificio desde el agua.

Le entregó un cubo.

El hombre dejó caer el cubo. Una mujer del mercado se agachó a recogerlo.

La mujer llenó el cubo en la cisterna y lo pasó al vecino que esperaba. El oficial tuvo que apartarse para que continuaran.

Kaoran subió a la lancha. Dos bomberos remaron hacia L-4. Los guardias evitaron disparar contra una embarcación rodeada por vecinos.

Sura tomó la pasarela superior. Lanzó cuerdas desde el almacén contiguo. Kaoran desplegó la escalera hasta la cuarta planta.

Una ventana estaba tapiada.

Golpeó con el bastón nuevo.

—¡Brigada de Luzmer! ¡Apartaos de la pared!

Una voz respondió desde dentro.

—¡Hay seis aquí!

Kaoran rompió la tabla. El humo salió sobre él. Subió.

* * *

Isolde llegó a la segunda planta.

Tres guardias de la comisión bajaban con cajas de documentos. Llevaban máscaras y capas húmedas. El primero la confundió con una trabajadora.

—La salida inferior está cerrada —dijo—. Ve al tejado.

—Hay prisioneros arriba.

—El personal autorizado ha evacuado.

—He encontrado siete dentro de una jaula.

El hombre tomó la empuñadura de su espada.

—¿Quién te dejó entrar?

Isolde vio el sello en las cajas. Registros C-7, rutas y pagos. La comisión sacaba parte de las cuentas. El incendio destruiría el resto.

—Tarin Ose —respondió.

—Está detenido.

La mentira llegó demasiado pronto. Tarin seguía debajo.

Isolde lanzó la manta sobre el rostro del guardia. Tiró de la primera caja y la empujó hacia la escalera. El segundo hombre sacó una porra. Ella desvió el golpe con el antebrazo y atacó el estómago.

El tercero llevaba una piedra azul.

La activó.

El frío golpeó el Núcleo. Las llamas ocultas dentro de la lana crecieron. El instrumento absorbía fuego y lo devolvía hacia las mechas.

Isolde arrojó una caja contra su mano. El sello se rompió. Las hojas salieron por el suelo.

—Las cuentas —gritó el primer guardia.

Intentó recogerlas.

El techo crujió.

Isolde tomó la piedra azul con la manta mojada y la metió dentro de un barril de salmuera. El pulso cesó. Los tres hombres quedaron entre ella y una escalera en llamas.

—La salida está por el sótano —dijo—. Bajad y decidid si queréis conservar las cajas.

El de la porra miró el humo. Soltó el arma y tomó una caja. El primero recogió hojas. El tercero permaneció junto al barril.

—Varek pagará por esos registros.

—La brigada puede pagarte con aire.

Una viga cayó detrás.

El hombre eligió la escalera.

Isolde reunió las hojas que podía alcanzar. Encontró una lista de diecinueve nombres, un libro de pagos y una orden sellada:

PÉRDIDA TÉRMICA AUTORIZADA TRAS EXPOSICIÓN DE C-7.

La firma pertenecía al despacho de Varek. El sello de la regencia validaba la ejecución material.

Guardó las hojas bajo el delantal.

La tercera planta estaba dividida en oficinas. Cuatro personas seguían encadenadas a mesas. Otras dos golpeaban una ventana tapiada. Kaoran bajó por la escalera flotante desde la cuarta planta y apareció al otro lado. Había dejado allí a seis detenidos siguiendo las indicaciones de Sura.

—Has encontrado un bastón —dijo Isolde.

—Era un remo con ambición.

Rompió la última tabla. Sura aseguró la escalera desde el edificio contiguo.

—Estas dos pueden bajar —dijo Kaoran, señalando a quienes golpeaban la ventana.

—Quedan cuatro encadenados aquí. ¿Has revisado la oficina del tejado?

—Está cerrada. Yo abro las mesas. Tú busca arriba.

—Vamos juntos.

—Cada minuto añade fuego.

Isolde vio el humo alrededor de Kaoran. El plan exigía dividir otra vez. Él conocía cerraduras y podía evacuar hacia la escalera.

—Tres golpes si cambia la salida —dijo.

—Dos si necesito ayuda.

—Uno si...

—Evita inventar señales mientras arde el suelo.

Isolde subió.

La cuarta planta contenía dormitorios y una oficina elevada. De los seis prisioneros, tres habían cruzado ya hacia la escalera. Los otros tres seguían junto a la ventana abierta por Kaoran. Una mujer sostenía a un hombre inconsciente.

—¿Queda alguien? —preguntó Isolde.

—El contable y dos vigilantes en la oficina —respondió la mujer—. Los hemos oído golpear la puerta.

—Cruzad.

—La escalera se mueve.

—Sura la sostiene.

La mujer miró la insignia de bombera al otro lado y avanzó.

Isolde llegó a la oficina. La puerta tenía una barra exterior.

Alguien había encerrado a quienes conocían las cuentas.

La retiró.

Dentro encontró a un anciano y dos jóvenes con pulseras de vigilancia. Los tres estaban atados. El anciano tenía tinta en las manos.

—¿Quién hizo esto? —preguntó Isolde.

—El director del almacén —dijo uno de los jóvenes—. Nos encerró esta mañana, después de contar a los prisioneros. Ordenó iniciar las mechas y salir con la Guardia. Nosotros pedimos revisar las plantas.

—¿Por qué os ata a vosotros?

—Firmamos turnos. Podíamos demostrar que había prisioneros.

Isolde cortó las cuerdas.

El contable tomó un libro pequeño de debajo de su camisa.

—Guardé los números reales. Ciento nueve personas pasaron por L-4. Cuarenta y siete salieron hacia Oeste-9. Treinta y uno a Caleryon. Diecinueve seguían aquí. Los demás murieron, escaparon o desaparecieron entre listas.

—¿Nombre?

—Eren Sol.

—Lleva el libro a Sura.

—¿Y tú?

Dos golpes sonaron debajo.

Kaoran necesitaba ayuda.

—Bajo.

La escalera interior estaba envuelta en fuego.

Isolde miró la pasarela exterior. Podía descender hasta la tercera planta por la escalera flotante y entrar por la ventana. Eren y los vigilantes cruzaron primero.

Isolde pisó el primer peldaño.

La tercera planta explotó.

Una de las mechas ocultas alcanzó un depósito de aceite. Las ventanas expulsaron humo y fragmentos de madera. La escalera flotante se separó de la pared.

Sura sujetó la cuerda. Eren cayó sobre la pasarela. Isolde se agarró con la mano derecha. Los dedos izquierdos resbalaron.

Abajo, Kaoran seguía dentro.

—¡Kaoran!

Ninguna respuesta.

Isolde bajó por la cuerda hasta la ventana rota. El calor le quemó las botas. Entró.

Las cuatro personas encadenadas habían llegado a la salida. Dos gateaban hacia la escalera. Tarin había subido desde el montacargas y guiaba a las otras.

—¡El viejo está junto a la oficina! —gritó.

Isolde cruzó el humo.

Una viga había caído sobre Kaoran. Le atrapaba el hombro izquierdo y parte del pecho. El bastón roto quedaba a un lado. Una mujer liberada intentaba levantar la madera.

—Empuja cuando diga —ordenó Isolde.

Kaoran abrió los ojos.

—Dos golpes —dijo con dificultad.

—Los he oído.

—Funcionaba mejor como remo.