20
El humo apareció antes que Luzmer.
Una línea oscura ocupaba el horizonte del puerto. El viento la aplastaba sobre el agua y la dividía entre los mástiles. Las aves volaban hacia el interior.
—Demasiado para un horno —dijo Kaoran.
—Demasiado estable para un incendio abierto.
Isolde observó el color. Madera húmeda, aceite espeso y lana. El fuego estaba encerrado dentro de algo grande.
La barca había viajado una jornada por el río y otra siguiendo la costa.
Transportaba harina, ropa y ocho pasajeros con fichas de trabajo.
Orla los registró como personal de lavandería destinado a una casa comercial.
Kaoran caminaba con un remo cortado a la altura del hombro.
Su bastón seguía atrapado bajo las cocinas del Alcázar.
Isolde había vuelto a doblar el paño dentro de la bota prestada.
El talón izquierdo se desplazaba al apoyar y la rozadura le obligaba a caminar con pasos cortos.
—El remo inclina demasiado tu peso —dijo Isolde.
—Llegará hasta un carpintero.
—Necesitas una empuñadura curva.
—Necesito que olvides el mango cada diez minutos.
—Le habías cogido cariño.
—Tenía una empuñadura hecha para mi mano. A ti te echaría de menos por otros motivos.
Kaoran miró al barquero.
—La pasajera habla cuando está nerviosa.
—Lo he notado —respondió el hombre.
Luzmer crecía sobre un delta de piedra y madera. Tres canales atravesaban la ciudad. Los almacenes se apoyaban en pilotes, unidos por pasarelas. Casas de tejado bajo ocupaban las islas interiores. El puerto exterior recibía navíos de sal, vidrio y aceite.
Las banderas de la regencia colgaban sobre todas las grúas.
La barca redujo velocidad al acercarse al control.
Dos lanchas de la Guardia cerraban el canal principal. Los soldados llevaban máscaras de tela. Detrás, una torre de almacén soltaba humo por ventanas tapiadas.
L-4 estaba pintado sobre la pared.
Habían llegado durante el protocolo de pérdida térmica.
—Accidente de aceite —anunció un guardia—. El canal queda cerrado hasta nueva orden.
—Llevamos harina —dijo el barquero.
—Atracáis en el muelle nueve. La carga será inspeccionada.
—El muelle nueve está contra el viento.
—Entonces ahorraréis carbón.
La lancha golpeó el costado para obligarlos a girar.
Isolde mantuvo la cabeza baja. Al recoger el Núcleo sintió el fuego extendiéndose detrás de la pared y movimientos pequeños dentro de aquel calor.
Era incapaz de separar unos de otros. Buscó a Ydrael y encontró silencio.
La lista hablaba de diecinueve personas; en una ventana tapiada alguien acababa de golpear tres veces.
—Siguen dentro —susurró.
Kaoran contó ventanas.
—Cuatro plantas. Dos accesos de agua. La puerta principal está encadenada.
—Los guardias mantienen fuera a los bomberos.
En el muelle nueve esperaban tres carros y una mesa. Registraron la harina, las fichas y las manos. Un oficial preguntó por qué Kaoran llevaba un remo.
—Problema de actitud del mar —respondió.
El hombre revisó la madera.
—Puede ocultar una hoja.
—También puede golpear sin ella.
Isolde pisó su bota.
El oficial le devolvió el remo.
—Entráis para descargar y salís antes del anochecer. La ciudad aplica toque de queda por seguridad térmica.
—¿Qué ha pasado en L-4? —preguntó Isolde.
—Pérdida de inventario.
—El humo parece conservarlo dentro.
El guardia miró su ficha.
—Lavandera. Ocúpate de la ropa.
Pasaron.
Las campanas de incendio permanecían quietas. Luzmer tenía una brigada por canal. Los depósitos de agua estaban llenos y los carros preparados. La Guardia había retirado las cuerdas de las torres.
Un hombre con chaqueta amarilla discutía junto al puente. Llevaba el emblema de los bomberos: una gota atravesada por un gancho.
—Hay gente en las plantas superiores —dijo—. Los vecinos oyen golpes.
—La comisión evacuó al personal —respondió el capitán de la Guardia.
—Entonces abrid las puertas y dejad que lo confirmemos.
—El aceite de registro produce vapores tóxicos.
—Es lana, madera y brea. Puedo olerlo desde el otro canal.
—Tarin Ose, esta es la última advertencia.
El bombero levantó las manos y retrocedió. El capitán mantuvo dos soldados siguiéndolo.
Isolde esperó junto a un puesto de pescado. Tarin entró en un callejón. Kaoran lo siguió por otra esquina.
Se reunieron detrás de una cisterna.
—¿Cuántos dentro? —preguntó Isolde.
Tarin estudió su delantal.
—La ropa limpia queda lejos del humo.
—L-4 aparece en una ruta de traslados. Diecinueve nombres.
—He contado golpes en tres plantas. Dos secuencias piden aire. Una pide herramientas.
—¿Planos?
Tarin sacó una tablilla. El almacén tenía sótano de mareas, dos plantas de carga, oficinas en la tercera y dormitorios arriba. Los muros interiores estaban revestidos con barro para frenar incendios.
—El fuego debería avanzar por habitaciones —dijo—. Está dentro de las vigas y los conductos. Alguien colocó mechas lentas desde el sótano hasta el tejado.
—Quieren tiempo para salir y asegurarse de que todo arda —dijo Kaoran.
—La comisión sacó cuatro carros antes del amanecer. Después cerró las puertas. Los bomberos recibimos orden de proteger los edificios contiguos.
—¿Acceso desde el agua?
Tarin señaló el canal norte.
—Una compuerta de carga abre con la marea. La encadenaron por dentro. El sótano tiene rejillas para inundación de emergencia. Si abrimos, el agua apaga la base y el humo sube hacia los presos.
—Necesitamos salida arriba antes de inundar —dijo Isolde.
—La brigada tiene una escalera flotante. La Guardia la requisó.
—¿Dónde?
—Muelle siete. Seis soldados.
Kaoran examinó las rutas.
—Podemos recuperar la escalera mientras tú entras por la compuerta.
—Vamos juntos.
Kaoran volvió el plano hacia ella.
—Tarin conoce el sótano. Yo puedo llevar la escalera hasta esas ventanas.
Isolde mantuvo un dedo sobre el acceso de agua. Habían entrado juntos en minas, conductos y patios. Podía calcular cuánto tardaba él en abrir una cerradura; desde dentro de L-4 perdería esa medida.
—Si cierran el canal, te quedas solo.
—Habrá dos bomberos conmigo.
Ella miró a los hombres que esperaban la decisión de Tarin y retiró la mano del plano.
—Asegura la escalera antes de subir.
Tarin miró a ambos.
—¿Quiénes sois?
—Personas que llegaron antes del anochecer —respondió Isolde.
El bombero observó sus manos. Había escuchado relatos.
—La mujer sin nombre tiene una capa gris.
—Hoy lleva delantal.
—Eso complicará mi informe.
—Primero necesitamos sobrevivir para redactarlo.
Tarin aceptó.
La brigada de Luzmer funcionaba como las tripulaciones de Jesa. Cada sección conocía un canal y votaba las entradas de riesgo. Tarin reunió a seis personas en una casa de redes. Explicó el incendio, los diecinueve posibles prisioneros y la orden de la Guardia.
Cuatro eligieron entrar. Dos permanecerían junto a las cisternas para impedir que el fuego alcanzara otros edificios. Nadie recibió una orden de Isolde.
El plan dividió tareas.
Kaoran y dos bomberos recuperarían la escalera. Una tercera brigadista, Sura, abriría una pasarela desde el tejado contiguo. Tarin e Isolde entrarían por el sótano. Los barqueros prepararían mantas mojadas y botes debajo de las ventanas.
—Si oís tres campanadas, la Guardia ha abierto el canal —dijo Tarin.
—Las cuerdas están retiradas.
—Tenemos martillos.
Isolde estudió el viento.
—Necesidad: sacar a las personas y conservar cualquier cuenta que identifique destinos.
Kaoran asintió.
—Límite.
—Edificios contiguos, brigadas, prisioneros y guardias que permitan el rescate.
—Tiempo.
Tarin miró la tablilla.
—La mecha alcanza el tercer piso en menos de una hora. El tejado puede aguantar dos.
—Coste aceptable —dijo Kaoran.
Isolde vio el humo.
—Perder las cuentas. Abandonar la ciudad. Exponer el fuego si salva una salida.
—Tu cuerpo queda dentro del límite.
—También el tuyo.
—Lo anoto.
Se separaron.
Isolde y Tarin bajaron al canal norte dentro de una barca de pesca. Una lona los cubría. Los guardias vigilaban desde la pasarela. Los pescadores fingieron recoger redes atrapadas cerca de L-4.
La compuerta apareció al nivel del agua.
El hierro estaba caliente.
Tarin introdujo un gancho entre dos barrotes. Isolde sintió la cadena interior. La habían cubierto con resina para que el incendio soldara los eslabones.
—Puedo abrir una unión —dijo.
—El calor se verá desde la pasarela.
—Usa la red.
Los pescadores levantaron un paño mojado. Isolde puso dos dedos sobre el barrote. Llevó la temperatura hacia un solo eslabón. La resina se derritió. El metal perdió dureza.
Tarin giró el gancho.
La cadena cedió.
Entraron en el humo.
El sótano estaba inundado hasta los tobillos.
Barriles de aceite ocupaban la pared norte. Varias líneas de cuerda embreada subían por conductos hacia las plantas. Una brasa protegida dentro de una caja avanzaba por cada cuerda. El incendio tenía un horario.
Tarin abrió la primera caja con el hacha.
—Hay ocho mechas.
—Corta las que puedas.
Isolde siguió el calor. Tres cuerdas ya habían llevado la llama al piso superior. Otras cinco seguían encendidas dentro de canales estrechos.
Podía apagar las cajas. Las brasas que viajaban por los muros continuarían.
—Necesitamos abrir el revestimiento —dijo.
Tarin señaló manchas de cal fresca. Cada una cubría un registro del conducto.
Golpeó la primera. Isolde encontró la cuerda y retiró el fuego. Lo llevó hasta el agua. Un siseo llenó el sótano.
La segunda mecha estaba detrás de un pilar. La tercera subía dentro de una viga.
—Esa ya alcanzó el techo —dijo Tarin.
Un golpe llegó desde arriba.
Tres. Pausa. Dos.
—Aire —tradujo el bombero.
—¿Cuántas personas?
La respuesta tuvo cuatro golpes, después tres.
—Siete en esa planta.
Isolde tocó la viga. El fuego había rodeado una escalera. Podían subir por un montacargas lateral.
Tarin cortó las últimas mechas del sótano. Dejó una marca de tiza en cada barril y abrió las rejillas de inundación a medias. El agua subiría despacio, mantendría el aceite frío y conservaría la salida.