19 #4
Las barras quedaban a la altura del pecho. Isolde podía deslizarse. La pierna izquierda se enganchó entre dos piedras. El zapato de Ancia quedó atrapado.
Tiró.
La compuerta bajó otro palmo.
Kaoran regresó hacia ella.
—Suelta el zapato.
Las correas cruzaban el tobillo y estaban diseñadas para evitar que se abrieran bajo presión. Isolde buscó la hebilla con la mano izquierda. Los dedos rígidos fallaron.
Kaoran introdujo el bastón bajo una barra y sostuvo peso.
—Corta.
Isolde sacó la hoja corta. Cortó una correa, después otra. El zapato quedó en la grieta. Sacó el pie y pasó bajo la compuerta.
El bastón crujió.
Kaoran cruzó cuando las barras tocaban el agua. El extremo de madera se partió y quedó dentro.
—Mi excelente trabajo —dijo desde la repisa.
—Te compraré otro mango.
—Con remaches.
El canal desembocaba bajo el embarcadero del Alcázar.
Dos barcas esperaban entre pilotes. Los niños estaban cubiertos con mantas y ropa de lavandería. Eda abrazaba a Lur. Torel viajaría con ellos hasta el molino. Después regresaría para enfrentar la inspección o elegir una salida con su familia.
—Mi turno empieza al amanecer —dijo.
—Sorev conoce tu participación —respondió Miren.
—También necesita a alguien que mantenga las calderas. Usaré ese tiempo para sacar a mi mujer.
Miren aceptó.
Orla llegó por una escalera exterior. La Guardia la había retenido en el puente. Aelyn ordenó liberarla para explicar el sistema de lavandería durante el acta.
—La consejera tiene la hoja —dijo.
Isolde miró hacia arriba.
La galería de piedra conectaba las cocinas con la torre del río. Aelyn apareció detrás de una ventana. Estaba demasiado lejos para ver la cara de quienes aguardaban bajo el embarcadero. Se quedó allí mientras las barcas soltaban amarras.
Orla siguió su mirada hacia la ventana.
—Va a preguntarse quién estaba en esa galería.
Isolde agarró la borda de la barca.
—Si pregunta, dile que los once han salido.
—Eso lo verá en el informe.
La lavandera guardó silencio hasta que Isolde volvió a mirarla.
—Si eres quien ella espera, tendrá derecho a enfadarse. También a pedirte que vuelvas.
—Lo sé.
—Desde Cendral recibe respuestas decididas por otros. Ha mantenido vivo a Ardan entre esas respuestas.
Isolde dejó de mirar la ventana. Había deseado que Aelyn entendiera su marcha antes de saber que estaba allí. Era una petición cómoda para alguien que podía subirse a una barca. Orla permanecía bajo el embarcadero y tendría que responder a las preguntas.
—No le pidas que lo comprenda —dijo.
Orla esperó.
—¿Vuelves?
Isolde miró los niños. La redada seguía dentro. Veren había alertado al palacio. Su presencia podía concentrar cada célula alrededor de una heredera que aún carecía de un regreso estratégico. Revelarse esa noche abriría una relación y una cacería al mismo tiempo.
—Buscaré una ruta por la que pueda responder y volver a su trabajo —dijo—. Hasta entonces tendrá razones para enfadarse con quien se marcha. Conserva esas razones cuando hables con ella.
Orla mantuvo el rostro duro.
—Lo anotaré.
—Hazlo.
—Ya lo he hecho.
La primera barca partió. Eda levantó el cucharón a modo de despedida. Maive iría con el segundo grupo y regresaría por otra calle. Miren permanecía bajo el embarcadero.
—La cocina queda marcada —dijo Isolde.
—Lleva años marcada.
—Los guardias han entrado en la cámara de sal.
—Y Aelyn está obligando a Sorev a escribir dónde habría llevado a los niños. Eso le tomará el resto de la noche.
—¿Qué eliges?
—Me quedo hasta que Torel saque a su familia y las dos aprendices controlen las raciones. Después usaré la salida que preparé en el segundo año.
—¿Adónde lleva?
Miren sonrió.
—La red funciona mejor cuando desconoces una puerta.
Isolde aceptó.
Miren sacó de un saco de ropa un par de botas usadas. Isolde las probó sentada en el embarcadero. La izquierda le quedaba ancha; dobló un paño alrededor del talón, procurando sostenerlo donde el zapato de Ancia llevaba su refuerzo. Tendría que caminar despacio hasta que le adaptaran aquellas botas.
Kaoran revisó los documentos salvados del depósito. La hoja de Lenda había llegado a Aelyn. Conservaban copias de Esvan y dos páginas de transferencias. Una entrada se repetía junto a diecinueve nombres:
LUZMER / ALMACÉN L-4 / RETENCIÓN DE CUENTAS.
La última columna llevaba una instrucción administrativa.
En caso de exposición, ejecutar protocolo de pérdida térmica.
—Pérdida térmica —leyó Kaoran—. Podría significar fundir placas.
—O quemar el almacén.
—¿Cuándo sale la siguiente entrega?
—Dentro de dos días.
Orla conocía una barca de carga que partía hacia Luzmer al amanecer. La ruta tardaba una jornada por el río y otra por la costa. Avisaría a la panadera para que siguiera cuidando de Bruma.
Isolde miró por última vez la ventana.
Aelyn seguía allí.
La distancia entre ambas medía un embarcadero, una red bajo vigilancia y una decisión por la que Isolde tendría que responder algún día.
Subió a la segunda barca sin dejarse ver.
Las cocinas quedaron atrás. Isolde miró hacia las barcas y contó las mantas que cubrían a los once niños. Al levantar de nuevo la vista, la ventana de Aelyn había quedado oculta por un pilar.