Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 19 #3
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—Primero registras esta lista en el acta. Nombre, dirección anterior, dirección corregida, persona que solicita tutela y destino propuesto. Neral hará una copia por cada menor.

—Eso tarda una hora.

—Has elegido once expedientes.

Sorev apretó la mandíbula.

—Los niños pueden salir durante el retraso.

—Entonces demuestras que la inspección perseguía una detención inmediata y omite garantías.

La discusión compraba tiempo con tinta.

Miren señaló la salida.

Kaoran llevó el primer grupo hacia la escalera del canal. Eda iba delante. Isolde debía seguir con los demás.

Permaneció junto a la celosía un latido más.

Aelyn tomó una pluma. Esperó a que Sorev dictara el primer nombre. Su voz conservaba la precisión que usaba para convertir una conversación en una obligación escrita.

Isolde podía levantar la rejilla. Dos pasos bastaban para llegar al corredor.

Quería que Aelyn se volviera y la abrazara antes de preguntar dónde había estado.

La facilidad de aquella esperanza la dejó quieta: llevaba años imaginando la respuesta de su amiga sin permitirle oír la pregunta.

Abajo, Aelyn corrigió una fecha del acta y exigió que Sorev repitiera el nombre de una madre.

Tenía trabajo que podía perder por levantar la vista hacia ella.

El niño junto a Isolde tiró de su delantal.

—¿Nos vamos?

Se llamaba Neri. Tenía cinco años y una tos que intentaba contener con ambas manos.

—Sí.

Isolde se alejó de la celosía.

El paso hacia su vida anterior quedó detrás.

La galería descendía mediante una escalera de madera. Miren abrió la trampilla inferior. El primer grupo ya cruzaba la cámara de tuberías.

Neri tosió.

Sorev interrumpió el dictado abajo.

—¿Qué ha sido eso?

Aelyn cerró el tintero de golpe. El ruido recorrió el corredor.

—Una cocina —dijo—. Produce sonidos.

El capitán llamó a dos guardias.

—Revisad arriba.

Miren empujó a los niños hacia la escalera. Isolde tomó a Neri en brazos. Kaoran esperaba en el cruce.

—Nos han oído.

—La puerta del canal sigue abierta —dijo él.

—Nos siguen dos guardias.

Kaoran tomó el cesto vacío.

—Lo dejo atravesado en el rellano. Baja con los niños.

Eda abrió la puerta de la cámara de sal. El grupo cruzó. Miren quedó última y cerró el cerrojo.

Los soldados entraron en la galería. Golpearon la trampilla. La madera se astilló.

Los niños llegaron al canal.

La compuerta estaba abierta medio paso. El agua corría con fuerza hacia el río. Orla había preparado dos cestas grandes, cubiertas con piel impermeable. Cada una podía transportar a tres niños. Los mayores caminarían por una repisa lateral.

—Primera cesta —ordenó Kaoran.

Eda puso a Lur dentro con Neri y otra niña. El fogonero Torel apareció desde el pozo de ceniza. Había abandonado la caldera cuando oyó la alarma.

—Yo la llevo —dijo.

Se metió en el agua y sostuvo la cuerda.

—Segunda cesta.

Miren colocó a otros tres. Maive esperaba al otro lado de la compuerta con un barquero.

Los golpes alcanzaron la puerta de la cámara de sal.

Isolde contó a los niños. Diez.

—Falta uno.

Miren miró el grupo.

—Tavi.

Un niño de ocho años se había quedado en la galería. Llevaba una manta verde y conocía un escondite junto a la despensa.

—Sigo con la evacuación —dijo Kaoran—. Tú conoces la galería.

Isolde regresó.

La puerta cedió cuando llegó a la cámara de sal. Dos guardias entraron. Miren lanzó un puñado de sal al rostro del primero. Isolde golpeó al segundo detrás de la rodilla. La pierna izquierda sostuvo el giro. La derecha llevó el peso.

El primer hombre recuperó la vista y tomó a Miren por el brazo.

—¿Dónde están?

—Llegas tarde a la cena.

Isolde le quitó el arma. Lo empujó contra un tonel y cerró la puerta. Miren deslizó el cerrojo.

—Tavi se esconde cuando tiene miedo —dijo—. Su madre trabaja en la despensa de frutas.

Subieron por la escalera.

La galería estaba vacía. Sorev había enviado más hombres hacia el puente. Aelyn continuaba dictando el acta abajo. Cada nombre ocupaba una página distinta.

Isolde encontró la manta junto a la celosía.

Tavi había cruzado al otro lado.

—Conoce una rejilla hacia la despensa —dijo Isolde.

Miren señaló una abertura pequeña.

Se acercaron a la abertura. La despensa olía a manzanas, cebolla y hierbas. Una puerta daba al corredor. Otra comunicaba con las cocinas.

Tavi estaba debajo de una mesa.

Aelyn se encontraba en la misma habitación.

Había entrado para revisar los libros de ración mientras Sorev esperaba fuera. Sostenía el mantel con la hoja de Lenda escondida dentro. El documento sobresalía entre los pliegues.

Isolde vio su perfil desde la rejilla.

Aelyn abrió la hoja.

Leyó los nombres, los horarios y la frase escrita en el margen: los vivos primero .

Sus dedos se detuvieron sobre la frase. La leyó otra vez y buscó el reverso, aunque sabía que aquella copia carecía de firma.

—Isolde —susurró.

El nombre atravesó la madera.

Miren miró a Isolde.

Tavi se llevó una mano a la boca. Estaba a cuatro pasos de Aelyn, debajo de la mesa. Si la consejera levantaba el mantel, encontraría al niño. Después buscaría la ruta. Podía encontrar también a Isolde.

Sorev llamó desde el corredor.

—Consejera, necesitamos continuar.

Aelyn dobló la hoja. Miró el suelo, la mesa y la rejilla.

Isolde quiso responder.

La voz podía ser un susurro. Aelyn reconocería una respiración. Casi cuatro años de ausencia terminarían dentro de una despensa.

Tavi temblaba.

Isolde tocó tres veces la madera desde la galería. Pausa. Una.

Era la señal de salida urgente, usada por la red para anunciar peligro. Aelyn la oyó.

Su rostro cambió.

Dejó una manzana caer al otro lado de la mesa. Tavi la vio rodar hacia la puerta de la cocina. La distracción abría un camino.

Aelyn salió al corredor.

—La despensa queda vacía —dijo a Sorev—. Seguimos con el acta.

Tavi salió de debajo de la mesa. Miren abrió la rejilla. El niño entró en la galería.

Tavi pasó junto a Isolde y le rozó la manga.

Los pasos de Aelyn se alejaron hacia Sorev. Isolde mantuvo la palma contra la madera hasta que Miren la tocó en el codo. Tenía que doblar una pierna para bajar de la repisa y había olvidado por un instante cuál sostendría su peso.

Miren tomó a Tavi.

—El canal.

Regresaron.

* * *

La última cesta cruzó cuando los guardias llegaron a la compuerta.

Kaoran esperaba junto al pilar. Torel había llevado a los niños hasta las barcas. El guardia que eligió quedarse atado se había deshecho del nudo y abierto una salida lateral con la llave.

—Podéis cerrar la compuerta —les dijo a sus compañeros—. Los menores ya han pasado.

Uno levantó una espada.

—Has colaborado.

—He evitado que se ahogaran.

Isolde cayó desde el pozo entre ambos. Desvió la hoja con la barra de la compuerta. Kaoran tomó al segundo por la casaca. Miren llevó a Tavi bajo las barras.

La placa azul se encendió.

Los guardias del puente habían descubierto el contacto calentado. Activaron el cierre desde arriba. La rueda verde empezó a girar en sentido contrario.

La compuerta descendió.

Tavi quedaba al otro lado. Isolde y Kaoran seguían dentro. Miren había cruzado hasta la repisa exterior.

—¡Pasad! —gritó.

Kaoran empujó al guardia colaborador bajo las barras. Después hizo pasar al soldado herido. El segundo se aferró a la pared.

—Ve —le dijo Isolde.

—Me detendrán.

—Aquí te aplastará la compuerta.

El hombre se agachó y cruzó.

Kaoran entró detrás.