Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 19 #2
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—Aquí trabajan ochenta mujeres de cabello oscuro —respondió otra voz—. Los ancianos usan cuchillos para cortar jabón.

—Registradlos.

—La orden de la consejería exige cargos individuales.

—La seguridad suspende ese requisito.

El capitán de la redada se llamaba Sorev Dane. Isolde reconoció el nombre de las listas de Belor. Había firmado detenciones en tres barrios y recibido una casa confiscada junto al río.

Eda esperó hasta que los pasos se alejaron.

—Le gusta revisar las manos —susurró—. Busca quemaduras.

Isolde ocultó la izquierda dentro del delantal.

Llegaron a la sala de calderas.

Dos hornos calentaban depósitos de cobre. Las ruedas roja y verde ocupaban una pared. Un fogonero dormía en una silla. Otro revisaba la presión. Tres guardias vigilaban la puerta exterior.

La compuerta del río dependía de la rueda verde. Una cadena azul bloqueaba el giro. La roja controlaba vapor hacia las cocinas.

—La cadena tiene una llave —dijo Eda—. El fogonero mayor la guarda en la bota.

—¿Cuál es? —preguntó Isolde.

La niña señaló al hombre despierto.

—Torel. Su hijo está en la cámara.

Isolde buscó el nombre entre los niños. Un muchacho de nueve años llevaba el mismo mentón.

—¿Sabe dónde está?

—Ayudó a esconderlo.

Kaoran miró a través de la rejilla.

—Podemos llamar su atención. Los guardias miran la puerta.

Eda sacó el cucharón y golpeó la tubería tres veces.

Torel levantó la cabeza.

Un golpe. Pausa. Dos.

El fogonero dejó caer una pala. Al recogerla, se acercó a la rejilla.

—¿Cuántos? —murmuró.

—Once —respondió Eda.

—La compuerta está cerrada por orden de Sorev. La llave sirve para la cadena. El mecanismo lleva un segundo bloqueo dentro del canal.

—¿Acceso?

—Por el pozo de ceniza. Un guardia vigila abajo.

—Abre la rueda cuando suene una olla grande —dijo Isolde—. Nosotros soltamos el segundo bloqueo.

Torel vio su rostro a través de la rejilla. Reconoció una versión de los relatos.

—El fuego sin nombre —susurró.

—Hoy remueve agua.

Eda tapó una sonrisa.

Torel regresó al horno.

El pozo de ceniza descendía desde la esquina. Kaoran abrió la tapa. La corriente de aire cubrió sus ropas con polvo negro. Eda pasó primero. Isolde después. Kaoran tuvo que girarse para que el bastón cupiera.

Abajo, el canal medía cuatro pasos de ancho. La compuerta cortaba el agua mediante barras verticales. Una placa azul vigilaba el cierre. El guardia estaba sentado sobre una caja, con la espalda contra la pared.

Kaoran arrojó una piedra al extremo opuesto.

El hombre alzó la lámpara. Eda salió del pozo y corrió detrás de un pilar. Isolde bajó a la corriente. El agua le llegó a la cintura.

El guardia se volvió.

—¡Alto!

Kaoran cayó desde arriba y golpeó su hombro con ambos pies. Los dos rodaron sobre la piedra. Isolde atrapó la lámpara antes de que tocara el agua.

Eda tomó el aro de llaves.

—La larga —dijo.

Abrió el segundo bloqueo.

El guardia buscó un silbato. Kaoran lo sujetó. Isolde puso la lámpara frente al rostro del hombre.

—Puedes quedarte atado hasta que termine la inspección o ayudarnos a sacar niños.

—Estáis entrando en una zona real.

—Los niños trabajan en ella.

—La orden exige comprobar parentesco.

—Mira su ficha —pidió Isolde—. Tiene escrito el nombre de su madre.

Eda mostró la pulsera de ayudante de cocina.

—Ayer llevé sopa a tu puesto. Mi madre me esperaba en la escalera —dijo Eda—. Esta mañana queréis llevarme a una casa que no conozco.

El guardia miró a la niña.

—Me quedaré atado.

—Elección aceptada —dijo Kaoran.

Usaron su cinturón y una cuerda del pozo. Kaoran dejó el nudo delante. Eda colocó la llave junto a los pies del hombre.

—Cuando oigas a los niños al otro lado, puedes desatarte —dijo—. Así tendrás otra elección.

La placa azul seguía activa. Al abrir la compuerta enviaría una señal al puesto del puente.

Isolde examinó el circuito. Dos cables de cobre entraban en la piedra. Uno llevaba el pulso hacia arriba. El otro medía la posición de las barras.

—Podemos hacer que registre un cierre —dijo.

Kaoran siguió el cable.

—Si calentamos este, la dilatación mantiene presión sobre el contacto.

—Necesito una llama mínima durante el giro.

—La placa la sentirá.

—Durante un latido. Los hornos cubrirán la firma si Torel abre vapor a la vez.

Eda levantó el cucharón.

—La olla grande.

Regresó al pozo y subió hacia las cocinas.

Isolde contó el tiempo. La redada avanzaba encima. Oía puertas, órdenes y cestos volcados.

Una olla sonó tres veces.

Torel activó la rueda verde.

Isolde calentó el contacto. La placa brilló. El vapor de los hornos entró en las tuberías y llenó el circuito con cientos de pulsos pequeños. Kaoran tiró del bloqueo interior.

La compuerta empezó a subir.

El agua golpeó sus piernas. El guardia atado rodó hacia el borde. Kaoran lo agarró por la casaca y lo llevó detrás del pilar.

—La cuerda —gritó.

Isolde cerró el Núcleo. El contacto conservó el calor suficiente. La placa registró las barras como cerradas mientras la corriente abría un paso debajo.

Un cuerno sonó en el puente.

Habían detectado algo.

—Vamos —dijo Kaoran.

Subieron por el pozo. Eda esperaba con el rostro tiznado.

—Sorev ha cerrado la cocina oriental. Miren lleva a los niños por la galería.

—¿Y Maive?

—Ha derramado tres cestos delante de la inspección.

* * *

Maive había elegido las sábanas de Varek.

Las extendió sobre el suelo mojado de la lavandería. Cada una llevaba bordado el sello de la comisión. Los guardias tuvieron que recogerlas antes de continuar o aceptar por escrito que dañaron bienes del consejero principal.

Sorev ordenó pasar por encima.

Dos soldados obedecieron. Orla anotó sus nombres.

—La reposición se cargará a vuestra unidad —dijo.

—Cargadla al río.

—El río carece de salario.

Sorev apartó una sábana con la bota.

—Buscamos once menores ocultos, documentos sediciosos y una mujer vinculada al incendio del Depósito Veintidós.

—Aquí guardamos ropa sucia —respondió Maive—. La sedición suele llegar con mejor tejido.

Los guardias registraron taquillas, carros y depósitos. Uno encontró la puerta detrás del almacén de jabón.

Orla había dejado la escalera abierta.

La ruta visible conducía hasta una cisterna vacía. Tres cestos contenían fichas falsas, pan y capas. Sorev envió ocho hombres detrás del señuelo.

Maive esperó hasta que bajaron.

—Ahora —dijo a las lavanderas.

Las mujeres soltaron la compuerta de enjuague. Cientos de litros de agua entraron en la cisterna por un conducto lateral. Los guardias tuvieron que trepar hacia la calle opuesta.

La ruta quedó inutilizada durante una noche. También apartó a ocho hombres de la cocina.

Orla llevó la hoja de Lenda dentro de un cesto sellado. Cruzó el puente con la ropa limpia. El guardia activó la placa azul. El papel permaneció frío entre dos manteles.

—¿Nombre? —preguntó.

—Orla Ves. Torre sur.

—Tu ficha aparece bajo revisión.

—Llevo casi cuatro años bajo revisión. Es la relación más estable de mi vida.

El hombre comparó el rostro con una lista.

—Esperas aquí.

Orla dejó el cesto en el suelo.

La señal de las lavanderas dependía de movimiento. Detenerla podía impedir que Aelyn recibiera el documento. También conservaba otras rutas. Orla había previsto ambas opciones.

Sacó un hilo de la manga y lo ató al asa con tres nudos.

Una ayudante de cocina pasó a recoger verduras. Vio la señal, tomó un mantel del cesto y siguió caminando.

La hoja de Lenda cambió de manos.

* * *

Miren condujo a los niños por la galería de servicio.

El paso se extendía entre el techo de las despensas y el suelo de la sala de mapas. Tenía dos salidas hacia cocinas y una rejilla sobre el corredor oriental. Las personas adultas avanzaban de rodillas. Los niños podían caminar agachados.

Isolde, Kaoran y Eda los alcanzaron cerca de la celosía.

—La compuerta está abierta —dijo Isolde.

Miren dividió al grupo. Seis irían con Kaoran. Cinco seguirían a Isolde. Eda quiso quedarse con su hermano Lur.

—Conoces la bajada al canal —le dijo Miren—. Guías el primer grupo.

—Lur viene conmigo.

—Viene contigo.

El niño tomó su mano.

Un ruido de armaduras llegó desde el corredor.

Miren acercó un ojo a la celosía.

—Aelyn.

Isolde dejó de moverse.

La consejera apareció debajo acompañada por Neral, un sanador y cuatro guardias. Vestía de azul grisáceo. El broche civil sujetaba su capa. Llevaba el cabello negro trenzado sobre un hombro, igual que en el patio de Rheskan. Tenía el rostro más delgado y una línea de cansancio junto a la boca.

Isolde acercó la mano a la madera. Recordó a Aelyn sentada a su lado después de aquella primera patrulla, con las carpetas cerradas mientras ella conseguía contar lo ocurrido.

Tenían dieciséis años. Su amiga había esperado sin pedirle que terminara de temblar.

Ahora llevaba un broche que Isolde conocía solo por las cartas y cuatro guardias seguían sus pasos.

Apartó los dedos de la celosía para que la madera no crujiera.

Aelyn se detuvo frente a Sorev.

—La revisión de parentesco empezaba al amanecer —dijo.

—Seguridad ha adelantado el horario.

—Mi oficina dirige la protección de menores registrados en zonas laborales.

—Estos menores carecen de registro válido.

—Entonces careces de base para conocer sus nombres.

Sorev entregó una lista.

Aelyn la leyó. Neral abrió su libro. El sanador examinó la orden.

—Nueve direcciones fueron corregidas después de que la comisión redactara esta relación —dijo Aelyn—. Buscáis niños con el censo que acabáis de borrar.

—La regencia ha autorizado la inspección.

—Darian firma una revisión de seguridad. Varek añade una orden de tutela. Las finalidades difieren.

—El resultado queda bajo autoridad del Consejo.

—Neral, copia las dos autorizaciones y quién responde por cada una —dijo Aelyn—. Hasta que lo aclaremos, cada menor permanece con la persona adulta que figure en su ficha anterior.

Sorev señaló las cocinas.

—Han desaparecido once.

—Quizá vuestra entrada armada los asustó.

—Registro las galerías.

Isolde vio la mano del capitán acercarse a la celosía.

Aelyn dio un paso.