Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 19
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La Casa de Lavado Seis trabajaba durante toda la noche.

El vapor cubría las ventanas. Cincuenta personas lavaban, hervían, secaban y plegaban ropa de cuatro barrios y tres alas del Alcázar. Las prendas de la regencia viajaban en cestos negros. Las de Ardan conservaban una cinta roja. Las mantas de la Guardia llevaban una hebra azul cosida en el borde.

Maive entregó a Isolde un delantal, una cofia y un palo para remover agua.

—Regla primera: la ropa escucha —dijo—. Cada bolsillo puede guardar un mensaje o una trampa.

Kaoran recibió un cesto.

—¿Regla segunda?

—Las personas nuevas cargan lo pesado.

—Esa regla parece interesada.

—La escribí yo.

Los sacos vacíos ocultaron su entrada desde la Calle del Río.

Salieron del carro dentro del almacén de jabón.

Afuera, dos guardias revisaban fichas. Veren había difundido las descripciones de Mara Venn y el tallador de mangos.

La cofia cambiaba la silueta de Isolde. Kaoran llevaba un delantal que le llegaba a los tobillos.

—Te queda bien —dijo ella.

—Una palabra más y te limpias tú sola la sangre la próxima vez.

Maive puso tres sábanas sobre el cesto.

—Regla tercera: las bromas esperan hasta cruzar el control.

Empujaron la carga hacia el patio.

La ruta del palacio empezaba en una rampa de piedra. Los cestos subían por parejas hasta una caseta donde contaban piezas, revisaban nombres y colocaban un sello de cera sobre cada tapa. Después cruzaban un puente cerrado hasta los sótanos del Alcázar.

Isolde había usado ese puente de niña para esconderse de Telmor. Aelyn conocía una rejilla lateral por la que podían llegar al techo de la despensa. Una vez pasaron tres horas allí comiendo ciruelas y escuchando cómo el Sumo Incendiario las buscaba en el patio.

El recuerdo tenía olor a fruta, piedra húmeda y triunfo.

La rejilla estaba cubierta por una placa azul.

—La instalaron durante el segundo año —dijo Maive sin mirar—. Detecta calor dentro de los cestos. También cuenta respiraciones cercanas si el guardia activa la piedra.

—¿Cómo pasan personas? —preguntó Isolde.

—Por el agua.

Entraron en la sala de enjuague. Un canal ancho llevaba el agua usada hacia el río. La corriente atravesaba una bóveda bajo la muralla del Alcázar. Una compuerta impedía el paso de objetos grandes.

Maive abrió una taquilla. Detrás había escalones.

—La ruta de las lavanderas baja por aquí. El primer grupo llega a una cisterna. El segundo controla el puente. El tercero espera en el embarcadero. Cada uno conoce una señal.

—¿La red sabe que venimos? —preguntó Kaoran.

—Sabe que el cofre de Lenda ha entregado una hoja. Eso basta para abrir la primera puerta.

—¿Y la segunda?

—La decidirán dentro.

Isolde guardó la ficha sin preguntar por otra entrada. Las manos de Maive olían a jabón; el cesto llevaba una sábana marcada con cera reciente. Aelyn había conseguido que todo aquello funcionara durante su ausencia. Tendría que aprender a pasar por las puertas que le ofrecieran.

Bajaron con el cesto. La escalera terminaba junto a la corriente. Había dos túneles: uno seguía el agua; otro subía hacia los hornos por antiguas tuberías de cobre.

Una mujer esperaba en el cruce.

Llevaba una sábana doblada sobre la cabeza. La cara permanecía detrás del paño.

—Tres cortes en el pan —dijo.

Maive respondió:

—Dos remiendos en el delantal.

—Una puerta en cada río.

—La levadura llegó húmeda.

La mujer retiró el paño.

Isolde reconoció a Orla.

La lavandera había envejecido alrededor de los ojos.

El resto seguía igual: nariz afilada, cabello recogido sin paciencia y una forma de mirar que convertía cada error ajeno en trabajo personal.

Había cosido botones en los vestidos de Isolde, escondido cartas de Aelyn y reprendido a ambas por usar cortinas como cuerdas.

Orla miró a Kaoran. Después a Isolde.

La cofia cubría el cabello. El vapor había borrado la ceniza de las cejas. La cicatriz quedaba bajo el cuello del vestido. Orla se detuvo en sus ojos.

—¿Nombre de ruta? —preguntó.

—Ninguno —respondió Isolde.

—Todos traen uno.

—El anterior terminó en Bren.

Orla la miró un momento más. Isolde mantuvo quietas las manos sobre el cesto. La lavandera acercó la lámpara para examinar la ficha y, al retirarla, dejó de buscarle los ojos.

—Entonces la ruta te llamará cuando haga falta.

Tomó el cesto.

—Aelyn conoce la hoja de Lenda. Esperaba una copia desde el puerto hace ocho meses. Las detenciones cerraron dos salidas.

—Tenemos los libros de Esvan y parte del Depósito Veintidós —dijo Isolde—. Los códigos unen Arkhe, Arvek, Caleryon y Cendral.

—Entregarás la información sin acercarte a su oficina.

—De acuerdo.

Orla levantó una ceja. Isolde esperó la pregunta que aquella mujer habría hecho en otro tiempo. La lavandera se limitó a recoger el asa del cesto.

—La cocina oriental recibe cestos durante el turno de madrugada —continuó—. Miren mantiene los hornos. Su célula dejó de mover mensajes. La usamos como paso con su permiso y una salida propia.

—¿Dónde están los niños? —preguntó Maive.

—En la cámara de sal.

Orla empezó a caminar.

—¿Qué niños? —preguntó Kaoran.

—Doce familias del censo rojo trabajaban en cocinas, establos y talleres —explicó—. La comisión anunció una revisión de parentesco. Los adultos con residencia corregida pueden quedarse si entregan a los menores a hogares registrados. Once niños iban a ser separados esta mañana.

—¿Los habéis sacado?

—Sus familias eligieron ocultarlos durante el cambio de turno. Dos barcas esperan en el embarcadero. Debían salir antes de medianoche.

—Ya ha pasado.

—El control de la puerta sur cerró el agua. Veren llevó una alerta al palacio. Registran cestos, canales y carros.

El Depósito Veintidós había alcanzado aquella ruta más rápido que ellos.

Atravesaron una cámara llena de tuberías. El techo vibraba con pasos. Encima estaban las cocinas: hornos, mesas, despensas y corredores que Isolde podía dibujar con los ojos cerrados.

Orla abrió una puerta baja.

La cámara de sal guardaba seis toneles y once niños.

El menor tenía cuatro años. La mayor, catorce. Dos eran hermanos de la Calle del Río. Tres procedían de los establos. Una niña llamada Eda llevaba uniforme de ayudante de cocina y un cucharón atado a la cintura.

Miren estaba con ellos.

La cocinera había perdido peso. El cabello negro tenía mechones grises y sus manos conservaban harina bajo las uñas. Miró la venda, la cofia húmeda y las manos de Isolde sobre el cesto. Se quedó un instante inmóvil antes de dirigirse a Orla.

—Orla —dijo—, has traído fuego a una cámara de sal.

—Ella trajo los libros que esperábamos.

—También una redada.

—Veren la habría traído aunque la hoja siguiera dentro del cofre.

Miren se dirigió a Isolde.

—¿Puedes cruzar el canal sin despertar la placa?

—Puedo mantener el Núcleo cerrado. La corriente necesita estar abierta.

—La Guardia bajó la compuerta exterior.

Kaoran examinó el mapa de tuberías dibujado con tiza.

—¿Control manual?

—En la sala de calderas —dijo Eda—. Dos ruedas. Una roja y una verde.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Isolde.

—Llevo sopa a los fogoneros.

Miren le puso una mano en el hombro.

—Eda conoce la ruta. También decide quedarse con su hermano.

El niño de seis años dormía apoyado contra un tonel.

—La sala de calderas está vigilada —continuó Miren—. La comisión ha ordenado una inspección de dormitorios. Empieza en media hora. Cuando falten los niños, cerrarán el palacio.

—¿Aelyn sabe de la revisión? —preguntó Isolde.

—La consejería recibió otro horario. Ella inspecciona raciones en el ala norte.

—La han enviado lejos.

—Orla dejó una señal. Puede tardar una hora.

—Tenemos menos.

Isolde observó a los niños. Algunos conocían la red. Otros pensaban que participaban en un juego de silencio. Cada familia había elegido ocultarlos. Sacarlos por otra ruta exigía conservar esa decisión y ofrecer un destino.

—¿Adónde van las barcas? —preguntó.

Orla señaló el río.

—La primera llega a un molino de la ribera. La segunda cruza hasta la casa de una sanadora. Las familias tienen tres días para reunirse o elegir otro refugio.

—¿Quién espera en el embarcadero?

—Una célula que desconoce esta cámara. Recibirá dos luces si la salida es segura.

—Abrimos la compuerta, dividimos a los niños y usamos la corriente —dijo Isolde—. El grupo de Eda puede llegar por las tuberías hasta la caldera. Los demás esperan aquí con Miren.

—La inspección encontrará la puerta —advirtió Orla.

Kaoran tocó el muro. Había un conducto de ventilación detrás.

—Podemos llevarlos hacia la galería de servicio y bajar cuando el agua corra.

—La galería pasa encima de la cocina oriental —dijo Miren—. Tiene una celosía sobre la despensa.

Isolde conocía esa celosía.

Desde allí había escuchado a Telmor buscarla por las ciruelas.

También ofrecía una vista directa del corredor por el que Aelyn llegaría si recibía la señal.

—Usamos la galería —decidió—. Maive prepara los cestos vacíos como distracción. Orla lleva la hoja de Lenda por su ruta habitual. Kaoran y yo abrimos la caldera con Eda. Miren guía a los otros niños.

—¿Quién manda? —preguntó la niña.

Isolde se agachó para quedar a su altura.

—Quien conozca la siguiente puerta. En la caldera, tú.

Eda agarró el cucharón.

—Entonces caminad deprisa.

Eda abrió la marcha por el conducto de cobre.

El espacio obligaba a avanzar de lado. La tubería principal recorría la pared y quemaba a través de la ropa. Kaoran puso tiras de tela sobre los puntos estrechos. Isolde mantuvo el Núcleo recogido para evitar que las placas del puente la sintieran.

La niña contó intersecciones.

—Una para el horno de pan. Dos para las ollas. Tres para el agua de limpieza. La sala viene después de la curva.

—¿Has estado dentro del conducto? —preguntó Kaoran.

—Una vez se cayó una cuchara.

—¿Recorriste medio palacio por una cuchara?

—Miren cuenta todas.

—Sabia política.

Eda se detuvo.

Voces llegaban desde una rejilla.

—La alerta menciona a dos sospechosos del Depósito Veintidós —dijo un hombre—. Una mujer de cabello oscuro y un anciano armado.