Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 18 #4
58%

18 #4

—La grúa admite ocho —respondió Iven—. Bajaremos seis en el primer viaje para acomodar a quienes necesitan apoyo. El freno se controla abajo.

Kaoran se quedó con el torno. Jalen y Maive llenaron la plataforma. Isolde sostuvo la reja mientras pasaban.

El fuego encontró el hueco de la escalera.

La placa azul de la oficina reaccionaba con cada movimiento del Núcleo. Una barrera amplia podía activar otra descarga. Isolde concentró calor en las bisagras de dos ventanas. El metal se expandió. Iven las abrió y el humo salió hacia el río.

—Seis detenidos abajo —gritó Kaoran.

Subió la plataforma vacía.

Sela esperaba en el patio con los niños. Vio bajar a Nara en el primer grupo y llamó a una sanadora. Maive recogió las vendas que quedaban junto a la reja y descendió por la escalera interior para ayudar abajo. Jalen permaneció arriba.

—Tu hermana —dijo Isolde.

—Ya está con una sanadora.

—Puedes ir con ella.

—Serví en este patio antes que Veren. Cerraré el último turno.

La segunda plataforma llevó a ocho detenidos. La tercera bajó otros ocho.

Quedaban cuatro detenidos: Iven, dos adolescentes y una mujer. Jalen e Isolde seguían con ellos.

Una viga ardiente cayó sobre la escalera. El tramo inferior se partió.

Kaoran gritó desde abajo.

—¡La grúa pierde tensión!

El cable rozaba una polea deformada por calor. Podía llevar una carga más.

Iven colocó a dos adolescentes y una mujer en la plataforma.

—Bajad.

—Todavía hay sitio —dijo uno.

—El cable aguanta tres.

Isolde miró la distancia al patio. Cuatro plantas desde el tejado oculto. El río quedaba al otro lado de una pared.

—Jalen, ¿hay salida sobre las vigas?

—Un paso de mantenimiento llega a la grúa exterior.

—Ve con Iven. Yo sostendré el cable.

—Tu fuego atrae la placa.

—La placa está bajo un escritorio y la oficina arde.

Jalen negó con la cabeza.

—He visto quebrarse una polea bajo ese calor. Busca un paso que podamos cruzar los tres.

Isolde miró la mano que el guardia mantenía junto a la suya, esperando. Le indicó la puerta de mantenimiento.

—Sostenedme si falla la pierna.

La plataforma empezó a bajar con los tres detenidos.

Iven abrió el paso de mantenimiento. Una pasarela estrecha cruzaba las vigas hasta una puerta exterior. El fuego había alcanzado la mitad.

—Podemos saltar a los sacos de lana del patio —dijo.

—Hay familias debajo —respondió Jalen.

Isolde tocó la viga. Midió el calor y el peso. Podía crear un corredor durante unos segundos si llevaba las llamas hacia el techo. El movimiento sería visible desde toda la calle.

La guerrera sin nombre ya viajaba por la ciudad.

—Abriré el paso durante unas respiraciones —dijo.

Iven pasó el brazo de Isolde sobre sus hombros.

—Apóyate aquí. Jalen irá al otro lado.

Ella probó el peso antes de encender el fuego.

Jalen se colocó a su izquierda. Iven, a la derecha.

Isolde abrió el Núcleo.

El fuego se levantó desde la pasarela. Lo reunió sobre las vigas superiores y dejó un corredor de humo, madera negra y brasas. La placa azul despertó abajo. El frío atravesó el suelo.

—Ahora.

Avanzaron.

La pierna izquierda falló en el tercer paso. Iven sostuvo su cintura. Jalen empujó desde atrás. Isolde mantuvo las llamas arriba. Cada latido aumentaba el dolor bajo las costillas.

La puerta exterior quedaba a seis pasos.

Una placa explotó dentro de la oficina.

El pulso soltó el fuego que Isolde sujetaba. La pasarela ardió bajo ellos.

Jalen abrió la puerta. Iven cruzó. Isolde llegó después. El antiguo guardia salió cuando una sección del suelo cayó hacia la segunda planta.

La grúa exterior tenía una escalera hasta el patio.

Las familias los recibieron con agua, mantas y preguntas. Isolde se cubrió el rostro antes de bajar. El humo ocultaba su cabello. Jalen caminaba delante. Iven la sostenía como si fuera una trabajadora herida.

Los testigos vieron tres personas salir del fuego.

Cada una contó una versión distinta después.

* * *

El Depósito Veintidós perdió la oficina, parte de la segunda planta y once objetos de subasta. Los veintiséis detenidos salieron vivos. Nara tenía fiebre. Dos trabajadores sufrieron quemaduras. Kaoran trató a ambos junto al río.

Veren escapó por un conducto que terminaba bajo la muralla. Se llevó un sello y una lista parcial. La regencia sabría que la red había entrado en el depósito.

Las familias salvaron tres libros completos y decenas de fichas. Cori llegó con dos copistas antes de que terminaran de apagar el incendio. Había adelantado su viaje después de recibir la señal de la panadería.

—Creí que entraríais con discreción —dijo al ver el humo.

—Entramos con discreción —respondió Kaoran—. La salida tuvo opiniones distintas.

Copiaron los registros en cinco mesas de la Calle del Río. Cada hoja tomó una ruta. Una viajó hacia Arkhe. Otra hacia Aelyn por las lavanderías. Dos quedaron con los barrios. La quinta acompañaría a Iven cuando recuperara la fuerza.

Jalen entregó el brazal negro.

—Con esto puedo entrar en dos puestos —dijo—. Después Veren cambiará los códigos.

—Úsalo para sacar a las familias del censo rojo —propuso Iven.

—¿Cuántas?

—Ciento doce según la panadera.

Sela se acercó con la ficha de su casa.

—Primero quienes tienen orden de traslado esta noche. Los demás necesitan copias y lugares donde dormir.

La calle decidió prioridades como Bren había decidido fondos. Isolde participó sin revelar autoridad. Su conocimiento de los códigos ayudó a ordenar reclamaciones, aunque cada familia eligió entre recuperar bienes, conservar una ruta oculta o sacar personas antes del amanecer.

La puerta catorce siguió sellada. Sela cedió a otra familia el sitio que le habían ofrecido en la bodega de la panadería. Recuperaría su casa cuando pudiera abrirla con testigos.

—He esperado doce días por Iven —dijo—. Puedo esperar uno más por una cama.

La frase enseñó a Isolde otra medida del regreso.

Al caer la noche, Maive llegó con un carro de ropa sucia. Llevaba el delantal al revés y tres cuerdas enrolladas en la muñeca.

—Veren ha alcanzado la oficina central —informó—. Buscan a una revisora llamada Mara Venn, un tallador de mangos y una familia de Halar.

—El contrato ha durado poco —dijo Kaoran.

—Tengo otro trabajo para vosotros. La Casa de Lavado Seis necesita manos durante el turno de palacio.

Isolde miró los sacos del carro. Llevaban marcas de las cocinas, las habitaciones del Consejo y el ala médica.

—¿Entra en el Alcázar?

—La ropa entra. Las personas quedan bajo las cocinas, salvo quienes tienen ficha interior.

Maive mostró dos fichas.

—Aelyn mantiene una ruta allí. Lleva meses cerrada para gente nueva. La hoja de Lenda contiene la señal que esperaban.

Kaoran observó a Isolde.

—El palacio queda por esa calle.

—Lo sé.

—Esta entrada existe ahora.

—Necesitaré que me recuerdes la salida si vuelvo a contar ventanas.

—Puedo llevar las fichas. Así tendrás que esperarme.

Isolde le entregó una y cerró la otra dentro de la mano.

El borde de madera le marcó la palma.

Desde la calle del río podía ver la torre de los vigías. Una luz se encendió en el ala privada. Durante años, Ardan había trabajado junto a una ventana hasta que Aelyn o ella lo obligaban a cenar. Darian podía ocupar ahora aquella mesa. Varek podía leer sus informes en la habitación contigua.

La distancia era menor que una legua.

—Entramos por la Casa Seis —dijo Isolde—. Primero seguimos la hoja de Lenda y encontramos la red de Aelyn. El palacio seguirá allí cuando sepamos quién abre sus puertas.

Kaoran guardó la segunda ficha.

—Feliz cumpleaños.

—Tu regalo mejora poco.

—Has recibido pan, un incendio y trabajo de lavandería. A los veinticinco tendré que esforzarme.

Maive cubrió a ambos con sacos vacíos. El carro avanzó hacia los barrios de servicio.

Detrás, las familias escribían sus nombres sobre cuarenta y seis puertas blancas.

Delante, las cocinas del Alcázar encendían los hornos para la noche.