18 #3
El espacio bajo el tejado tenía paredes de madera y veintiséis camastros. Una reja separaba a los detenidos de la grúa. Iven Dor estaba junto a la ventana. Era alto, delgado y tenía una venda sucia alrededor del cuello.
Sela se acercó a los barrotes.
—Iven.
Él tardó un instante en reconocerla. Después buscó a los niños detrás.
—¿Cómo has entrado?
—Con ropa perdida.
La niña pasó los dedos entre la reja. Iven puso los suyos encima.
—Pensé que seguíais en Halar.
—Nos devolvieron.
—La casa...
—Sigue en pie. La han pintado.
Iven cerró los ojos.
Isolde contó a los detenidos. Veintiséis. Coincidían con el carro de medianoche. Había siete mujeres, dieciséis hombres y tres adolescentes. Algunos llevaban pulseras C-7.
—¿Destino? —preguntó.
Iven miró su ropa de escribiente.
—La orden dice servicio exterior. El último carro salió hacia el sur y regresó vacío al tercer día.
—¿Habéis firmado?
—Copian nuestras marcas de las fichas de ración.
Una mujer mostró el pulgar manchado de tinta. Los funcionarios habían presionado cada huella sobre documentos que nadie pudo leer.
—¿Cuántos trabajadores quedan abajo? —preguntó Kaoran.
—Cuarenta y tres de día. Dieciocho por la noche. Muchos duermen dentro del depósito porque su residencia fue corregida.
El sistema se alimentaba a sí mismo. Borraba una casa, reclutaba a sus habitantes y usaba su trabajo para clasificar las siguientes.
Un silbido llegó desde la escalera.
Maive cerró la valla.
—Vigilante.
Sela se escondió detrás de una pila de lonas. Isolde y Kaoran bajaron un tramo. El hombre llevaba uniforme de la Guardia Real debajo de un brazal negro.
Isolde lo reconoció.
Ser Jalen Arv había vigilado el patio alto cuando ella tenía doce años. Rheskan le quemó una ceja durante una muda de escamas. Aelyn le regaló una ceja falsa hecha con crin de caballo. Él la usó durante una semana para que las niñas dejaran de sentirse culpables.
Ahora tenía las dos cejas blancas.
—El acceso superior está cerrado —dijo.
Isolde levantó el salvoconducto.
—Revisión de madera.
Jalen leyó el nombre de Mara Venn. Miró el zapato izquierdo, la bolsa que ocultaba la mano y la forma en que ella sostenía los hombros.
—Las vigas pertenecen a la comisión —dijo.
—Cualquier daño puede afectar a la carga subastada.
El guardia se acercó.
Los ojos de Jalen se movieron hacia su rostro y quedaron allí. Isolde bajó la bolsa un poco para interponerla entre ambos. Ignoraba cuánto podía reconocer bajo la cofia. Él volvió a mirar el salvoconducto antes de hablar.
—Conocí a una revisora que subía escaleras sin permiso —dijo.
—¿Qué le ocurrió?
—Murió hace casi cuatro años.
La frase le dolió. Jalen esperó una respuesta que Isolde no le dio. Detrás de la puerta, un detenido golpeó la reja y el guardia volvió la cabeza hacia el ruido.
Jalen miró a Kaoran. Después observó la puerta cerrada del cuarto piso.
—Veren adelanta el traslado —dijo—. El carro saldrá cuando termine la subasta privada, dentro de una hora. Ha recibido un aviso desde la Puerta Blanca.
—¿Sobre nosotros?
—Sobre una familia marcada que entró con sello de Bren.
Sela apretó la mano de su hija detrás de las lonas.
—¿Por qué nos avisas? —preguntó Isolde.
Jalen tocó el brazal negro.
—Mi hermana figura en ese cuarto. Se llama Nara Arv. El censo afirma que aceptó trabajo en Arkhe. Lleva tres semanas durmiendo a seis pasos de mí.
—Ayúdanos a sacarlos.
—Hay catorce guardias dentro, ocho en el patio y una placa azul en la oficina. Veren quemará los registros si pierde el control. La orden lo autoriza.
—Necesitamos cerrar las salidas antes de abrir la reja.
—La subasta traerá compradores de Casas menores. Eso duplica los testigos.
Kaoran estudió al antiguo guardia.
—También las espadas.
—Los compradores vienen a adquirir camas. Defenderán la reputación antes que al encargado.
Isolde bajó la voz.
—¿Conoces el código de inventario real?
Jalen asintió.
—Serví veinte años en el Alcázar.
—Una reclamación concurrente suspende la transferencia de bienes hasta contar delante de dos testigos independientes.
—Veren ignora ese código.
—Los compradores lo conocen. Sus Casas lo usan para proteger mercancía.
Maive comprendió.
—Cada familia puede presentar una reclamación sobre un objeto.
—Necesitamos llenar el patio con propietarios antes de que llegue el carro —dijo Isolde.
Sela salió de las lonas.
—La panadera conoce ciento doce fichas rojas.
—Ve por las calles —decidió Isolde—. Lleva una copia de cada número. Sela, busca a quienes tengan puertas blancas. Jalen retrasará la salida. Kaoran y yo revisaremos los libros.
—Veren os estará esperando abajo —advirtió Maive.
—Entonces empezaremos con él.
* * *
La subasta privada comenzó con diecisiete compradores y un carro cerrado en el patio.
Veren había colocado mesas frente a la entrada. Los objetos más valiosos ocupaban una plataforma: cofres, camas talladas, herramientas de cobre y un juego de sillas del barrio del río. Un escribiente anunciaba precios.
Isolde llegó cuando ofrecían el cofre de Lenda.
—Reclamación concurrente —dijo.
El escribiente dejó de hablar.
Veren Cos levantó la cabeza.
—Vuestra hora ha terminado.
—La pieza lleva sello de residencia y marca de servicio real. El Consorcio de Ressa reclama daños. La Comisión de Vivienda reclama custodia. Una tercera parte puede reclamar propiedad del Alcázar.
Los compradores observaron el cofre.
Un hombre con insignia de la Casa Teravel pidió ver la marca. Isolde mostró la sábana con el emblema del Alcázar.
—El inventario carece de autorización para vender bienes reales —dijo él.
—La lavandera abandonó la residencia —respondió Veren—. Sus objetos pasaron a custodia urbana.
—El Alcázar mantiene propiedad sobre los tejidos.
—Retiraremos las sábanas.
—La madera pudo transportarlas y queda vinculada a la reclamación —dijo Isolde.
Veren entendió la trampa.
—Suspendemos esa pieza. Continúe la subasta.
Una mujer entró en el patio.
—Reclamación concurrente sobre la cama número catorce.
Era la madre de Neira. Había llegado a Caleryon por otra ruta con seis familias de Bren. Traía una copia de la ficha de Sela.
Detrás apareció la panadera.
—Reclamación sobre dos mesas de la Calle del Río.
Maive abrió la puerta sur. Las familias entraron con fichas, contratos, cartas y vecinos. Cada una pronunció un número.
El escribiente perdió el lugar de la subasta.
—Estas personas carecen de autorización —dijo Veren.
Jalen ocupó la puerta del carro.
—El código de inventario exige escuchar reclamaciones concurrentes.
—La regencia ha sustituido ese procedimiento.
—Mostrad la orden.
Veren señaló a dos guardias.
—Despejad el patio.
Los hombres avanzaron. Encontraron compradores, familias y tres uniformes de la Guardia Real que se habían unido a Jalen. Nadie sabía qué grupo ofrecía mayor riesgo político.
Isolde subió a la plataforma.
—Leed los nombres de residencia antes de mover cada pieza.
La panadera tomó un libro de subasta.
—Lenda Aris, residencia cuatro-ochenta y ocho.
Una mujer alzó la mano.
—Soy su hija.
Había llegado desde el embarcadero. Vio el cofre azul y apoyó ambas manos sobre la tapa.
—Mi madre desapareció durante un turno de lavandería.
El siguiente objeto pertenecía a los Dor.
Sela habló desde la puerta.
—Mi marido está arriba. Mis hijos duermen en esa cama.
Las voces continuaron.
Cada número devolvía una familia al edificio que intentaba borrarla.
Veren retrocedió hacia la oficina. Isolde vio su mano buscar el anillo administrativo. Dentro guardaban los libros y la placa azul.
—Kaoran.
Él entendió. Rodeó la plataforma por la escalera de carga. Isolde bajó detrás de Veren.
El encargado cerró la oficina.
Kaoran llegó por la ventana lateral y rompió el pestillo con uno de los clavos comprados.
—Los mangos usan remaches —dijo Isolde al entrar.
—Este contrato permite innovación.
Veren estaba junto a un brasero. Había abierto tres libros sobre el suelo y vertía aceite encima. La placa azul descansaba sobre el escritorio.
—La comisión autoriza destruir registros en caso de sedición —dijo.
—El código de vivienda llama “propietarios” a quienes están fuera —respondió Isolde.
—Sus residencias fueron corregidas.
—Por vuestra oficina.
—Por el censo.
—La misma mano firma ambos libros.
Veren arrojó una hoja al brasero.
Isolde tomó el fuego antes de que alcanzara el aceite. Lo mantuvo dentro del cuenco. La placa azul despertó. Un pulso frío golpeó la habitación.
Kaoran volcó el escritorio sobre el instrumento.
Veren lanzó el brasero contra los libros.
Isolde extendió la mano derecha. La llama se curvó alrededor del aceite. Parte cayó sobre una cortina y prendió al instante.
—¡Fuego! —gritó alguien en el patio.
El encargado corrió hacia una segunda puerta. Kaoran intentó cerrarle el paso. Veren sacó una llave de hierro y activó un pestillo en el suelo. Una compuerta se abrió debajo de una alfombra. El hombre desapareció por una escalera.
—¿Lo seguimos? —preguntó Kaoran.
Isolde vio las llamas subir hacia las vigas. Encima había veintiséis personas encerradas.
—Abrimos la reja.
Kaoran tomó los dos libros que seguían intactos. Isolde cerró el aceite dentro del brasero y condujo el fuego de la cortina hacia el muro. El humo ya salía al patio.
Jalen hizo sonar la alarma.
Los trabajadores formaron una cadena desde el río. Los compradores abandonaron la plataforma. Varias familias protegieron sus bienes. Otras corrieron hacia la escalera.
—¡El cuarto piso! —gritó Sela.
Maive subió con la llave. Isolde llegó detrás. El humo llenaba la segunda planta. Las cunas y colchones ofrecían combustible.
—Sacad los objetos hacia el patio —ordenó Maive.
Los clasificadores empezaron por las cunas. Cada persona cargaba una pieza. La misma mano de obra usada para borrar hogares salvaba su contenido.
En la escalera de la grúa, Jalen abrió la valla. La llave grande giró dentro de la reja superior.
Iven organizó a los detenidos por movilidad. Tres podían ayudar a otros. Dos necesitaban bajar sentados. Nara Arv llevaba una costilla rota y fiebre.
—Primero quienes necesitan apoyo —dijo Isolde.