Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 18 #2
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—Ciento doce. Muchas pertenecen a la Calle del Río. Otras llegan de los talleres de la muralla.

—¿Qué ocurre después de la marca?

—La ración disminuye. Un inspector visita la casa. Si alguien falta en dos revisiones, pintan la puerta.

—¿De qué color?

—Blanco.

Isolde recordó el nombre de la entrada.

—Las Puertas Blancas eran los seis arcos de la ciudad.

—Ahora tenemos una en cada calle.

La panadera entregó el cambio. Había una ficha de madera entre las monedas. Llevaba el número veintidós y un nudo grabado.

—Maive trabaja hasta el cambio de luz —dijo—. Después la ruta se cierra.

Sela salió primero. Acordaron reunirse cerca del depósito. La panadera aceptó cuidar de Bruma en su patio. Isolde y Kaoran continuaron hacia la Calle del Río.

La ciudad cambiaba por tramos.

Los puestos de fruta seguían ocupando las esquinas. Los pescadores gritaban precios desde las escaleras del embarcadero. Niños corrían detrás de carros y los balcones tenían ropa tendida. Entre esas escenas aparecían controles, cuerdas y bandas negras sobre los estandartes rojos.

En la Plaza de las Llamas, el brasero ceremonial estaba apagado.

Una plataforma de reclutamiento ocupaba su borde. Dos escribientes ofrecían contratos de trabajo a cambio de borrar deudas de ración. Los hombres que firmaban recibían una pulsera azul. Las mujeres eran enviadas a otra fila.

Isolde vio el lugar donde Darian le tomó las manos durante la Fiesta de la Cosecha.

Le temblaban los dedos antes de hablar. Ella había querido reír, besarlo, acabar la ceremonia para tener un rato a solas.

Recordaba la banda de plata deslizándose sobre su piel y la promesa de conservar la libertad con que llegaban hasta allí. La plaza entera los había oído.

Ahora conocía el pacto que él guardaba mientras la escuchaba responder.

Aun así, al mirar la piedra del estrado, recordó primero el calor de su boca.

Se avergonzó de aquella rapidez. Buscó un lugar donde apoyar la mano y encontró el borde áspero del puesto de clavos.

La voz de un reclutador le permitió volver a levantar los ojos.

—Seis meses de servicio garantizan vivienda para la familia.

Una mujer preguntó dónde quedaba la vivienda.

—La comisión asignará una al terminar el contrato.

La garantía comenzaba después de la separación.

Kaoran se detuvo junto a un puesto de clavos.

—El palacio queda por esa calle —dijo.

—Lo sé.

—Llevas diez minutos orientando el cuerpo hacia allí.

Isolde miró el Alcázar. La avenida real ascendía entre edificios de piedra. Un carro con sello de las cocinas esperaba en un control. Dos ayudantes descargaban sacos. Podía tomar un delantal, subir detrás y llegar a los corredores de servicio antes del mediodía.

Conocía una escalera hasta las habitaciones de Ardan.

—Ese carro entra en las cocinas —dijo.

Kaoran siguió su mirada.

—¿Sabes quién lo recibe?

—Antes lo revisaban después de la campana. Podría llegar hasta mi padre.

—Necesitaremos una salida por si han cambiado el control.

Isolde buscó la escalera que conocía. Desde el puesto solo veía un arco nuevo y las lanzas de dos guardias. Le irritó que Kaoran pudiera quedarse tan quieto mientras el carro esperaba.

—Llevo casi cuatro años sin verlo.

Él acercó el bastón al puesto.

—Lo sé. Dime cómo regresamos si te cierran esa puerta.

Kaoran apoyó el bastón sobre el puesto. El vendedor siguió ordenando clavos y fingió sordera.

—Necesidad —dijo.

—Saber si Ardan vive, quién decide por él y cuánto entiende de la regencia.

—Límite.

Isolde vio a Sela doblar una esquina con sus hijos.

—El Depósito Veintidós, la familia Dor y las treinta y siete personas de los libros de Esvan.

—Tiempo.

La campana de la torre podía sonar en cualquier momento.

Isolde cerró la mano derecha. Podía pasar el resto de la mañana siguiendo aquel carro. Sela llegaría al depósito con dos niños y una ficha que el censo acababa de invalidar.

—Primero el depósito —dijo. Le costó echar a andar hacia la calle del río.

El carro de las cocinas subió por la avenida sin ella.

Kaoran compró cuatro clavos.

—¿Para qué son? —preguntó Isolde.

—Tengo un contrato de tallador de mangos. Necesito parecer serio.

—Los mangos usan remaches.

—El vendedor ha oído suficiente. Déjame conservar algo de dignidad.

La Calle del Río estaba más cerca de la muralla que Isolde recordaba. Un almacén nuevo cortaba la vista del agua. Habían derribado dos hileras de casas para construirlo. El resto tenía números blancos pintados sobre puertas y ventanas.

La casa catorce llevaba una tabla clavada en el marco.

RESIDENCIA CORREGIDA. BIENES BAJO CUSTODIA.

Sela tocó la madera.

—Mis hijos nacieron aquí.

La niña mayor miraba la ventana del primer piso.

—Mi cama está arriba.

—Ahora iremos a buscar a vuestro padre —dijo Sela.

La firmeza sostuvo a los tres.

Isolde examinó la cerradura. El sello de la comisión estaba intacto. Abrirla permitiría acusar a Sela de entrar en un bien custodiado. Tomó una copia de la ficha y calcó el número de sello.

—¿Cuántas puertas hay? —preguntó.

Kaoran recorrió la calle.

—Veintisiete de este lado. Diecinueve al otro.

—El libro de la entrada mostraba siete familias de esta calle.

—Corrigen primero el censo y luego la calle.

En una puerta blanca, alguien había escrito cuatro nombres con carbón. La pintura los cubría a medias. Una mano volvió a trazarlos encima. Cada capa de cal recibía otra lista.

Sela añadió DOR sobre su casa.

El Depósito Veintidós ocupaba el edificio que cerraba el río.

Tenía tres plantas, una grúa y ventanas altas. Carros cargados con muebles esperaban delante. Cada silla, cofre o cama llevaba un número de residencia. Los bienes de la calle se ordenaban para una subasta.

Maive estaba junto a la puerta sur. El delantal tenía dos remiendos cuadrados. Contaba colchones bajo vigilancia de un supervisor.

Isolde le mostró la ficha de madera.

—La levadura llegó húmeda.

Maive siguió escribiendo.

—Entonces el pan pesará menos.

—El inventario también.

La mujer señaló los carros.

—Faltan personas. Los objetos llegan después.

—Buscamos a Iven Dor.

—Entró hace doce días. Clasificación nocturna. Lo trasladaron al cuarto piso.

Isolde miró el edificio.

—Tiene tres.

—Eso dicen los planos.

Maive marcó un colchón y dejó caer el lápiz. Kaoran se agachó a recogerlo. Ella deslizó una llave bajo su mano.

—La escalera de la grúa sube hasta el espacio del tejado —murmuró—. La comisión encierra allí a quienes copian números o hacen preguntas. A medianoche sale un carro hacia la puerta sur.

—¿Cuántos?

—Veintiséis esta noche. La semana pasada fueron treinta. El censo registra traslado voluntario.

—¿Iven está entre ellos?

—Ayer seguía arriba.

El supervisor caminó hacia Maive.

Isolde abrió su bolsa de documentos.

—Revisión de pérdidas por transporte —anunció—. Consorcio de Ressa. Necesito confirmar la carga de tres rutas y la responsabilidad sobre muebles dañados.

El hombre tenía un rostro redondo, barba fina y un anillo con sello administrativo.

—Veren Cos, encargado del depósito. Aquí trabaja la Comisión de Vivienda. Vuestro consorcio carece de autoridad.

—Nuestros carros entregaron doce piezas vinculadas a residencias corregidas. El peaje de entrada deriva daños a la ciudad. La ciudad deriva custodia al depósito. El depósito subasta los bienes. Alguien tendrá que pagar.

Veren miró los sellos.

—Presentad la reclamación en la oficina central.

—La oficina central pedirá inventario firmado por vos.

—Entonces lo tendrá cuando corresponda.

—La subasta empieza mañana. Después de vender la carga, cada comprador puede reclamar vicios ocultos durante treinta días.

El encargado calculó el riesgo.

—Una hora —dijo—. Maive os acompañará. Queda prohibido hablar con los trabajadores.

—Mi ayudante revisa madera y uniones.

Kaoran levantó los clavos.

Veren los miró.

—Una hora.

Entraron.

La primera planta estaba llena de mesas, sillas y cunas. En la segunda guardaban ropa, herramientas y libros domésticos. El contenido de una casa se separaba por valor de subasta. Las familias desaparecían de la clasificación.

Isolde reconoció un cofre azul.

Había pertenecido a Lenda, una lavandera del palacio. Durante años llevó sábanas al ala sur y guardó caramelos de limón para los niños de servicio. Su nombre aparecía en una etiqueta: residencia 4-88, abandono confirmado .

—¿Conoces esa pieza? —preguntó Kaoran.

—Conozco a quien la enceraba cada primavera.

—¿Nombre?

—Lenda Aris.

Maive escribió el dato.

—Desapareció hace ocho meses. Su hija preguntó en cuatro puestos. El censo afirma que ambas se trasladaron a Luzmer.

Isolde abrió el cofre. Dentro había sábanas con la marca del Alcázar y un delantal. Lenda habría llevado su ropa si hubiese partido por voluntad propia.

Bajo el forro encontraron un papel doblado.

Treinta y siete nombres ocupaban una cara. Eran los mismos del libro de Esvan. En el reverso había horarios de cocina, lavandería y embarcadero. Tres nudos cerraban la última línea.

—La red usó el cofre para traer información desde el palacio —dijo Maive—. Iven encontró la hoja durante la clasificación. La escondió otra vez antes de que lo detuvieran.

—¿Quién debía recibirla?

—La persona que llegara preguntando por pan de invierno.

Isolde sostuvo el papel que Aelyn había hecho circular sin escribir su nombre.

—Ha tardado ocho meses.

—Las rutas sobreviven a sus retrasos —respondió Maive.

Isolde añadió al margen «los vivos primero», la misma frase que había enviado desde los Llanos, y guardó la hoja en la bolsa de documentos. Kaoran revisó el cofre como si buscara daños. Ella anotó cada residencia marcada en la segunda planta.

La escalera de la grúa estaba detrás de una valla. Maive abrió con la llave.

—El vigilante pasa cada cuarto de hora.

—Veren nos concedió una hora —dijo Isolde.

—Veren espera que aceptéis un acuerdo antes.

Maive hizo una señal hacia el patio. Sela entró con el cesto de ropa y los niños pegados a la falda. Esperaron a que el supervisor se volviera hacia la subasta antes de subir juntos.