Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 18
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Isolde cumplió veinticuatro años frente a una muralla que había cruzado miles de veces.

Kaoran le entregó una almendra cubierta de miel.

—La compré hace tres días —dijo—. Puede romperte un diente.

Isolde examinó el dulce.

—Tu afecto siempre busca formas prácticas de herirme.

—Mi afecto conoce tus excesos de confianza.

La almendra estaba dura y sabía a polvo del camino. Isolde comió la mitad. Guardó el resto para después.

Caleryon ocupaba el valle delante de ellos.

El río rodeaba las murallas del este y reflejaba torres, tejados rojos y chimeneas.

El Alcázar se levantaba en terrazas de piedra clara sobre el centro.

Desde la colina, las fuentes de cobre parecían puntos verdes.

Más arriba estaba el patio donde Rheskan fingía dormir, la torre de los vigías y una ventana que había pertenecido a sus habitaciones.

Isolde conocía el número de escalones desde aquella ventana hasta las cocinas.

Habían pasado casi cuatro años desde la última vez que vio la ciudad.

Isolde buscó el cristal del invernadero entre las terrazas.

Desde allí no podía verse el estanque ni el camino de grava donde Darian le había tomado la mano.

La ciudad conservaba tejados suficientes para ocultar aquel lugar.

Ella había cumplido cuatro años más y seguía sabiendo dónde crujía el borde de piedra al sentarse juntos.

—Respira —dijo Kaoran.

—Estoy respirando.

—Estás contando ventanas.

—Hay dos nuevas en la torre oriental.

—Eso confirma mi diagnóstico.

Rheskan volaba lejos de la ciudad. Había elegido las colinas del sur, donde las canteras abandonadas ofrecían cuevas y el viento alejaba su olor de los puestos. El vínculo transmitía campo abierto, rebaños y una placa azul sobre cada puerta principal.

—Han instalado localizadores en las seis entradas —dijo Isolde.

Kaoran observó la muralla.

—¿Puede cruzar por encima?

Rheskan respondió antes que ella. Mostró ballestas en las torres, redes y dos jaulas cubiertas junto al patio de dragones.

—Podría —dijo Isolde—. Ha decidido esperar fuera.

—Buena decisión.

—También quiere que anotemos que la tomó él.

—Dile que llevo otra cuenta.

El dragón envió una imagen de Kaoran vomitando desde La Terca .

Isolde terminó la almendra para ocultar la risa.

Entrarían por la Puerta Blanca del Este. Tomaba el nombre de la piedra caliza que cubría el arco. Durante su infancia, los comerciantes colgaban flores en las jambas cuando llegaba la primavera. Ahora había tres barreras de carros, una caseta de registro y un corredor cercado con alambre azul.

Un estandarte del halcón Valarys colgaba sobre la puerta. Una banda negra cruzaba el pecho del ave: la marca provisional de la regencia. Debajo, otro paño mostraba una rama de espino y una fecha de renovación.

Isolde apartó la mirada.

Kaoran había teñido su cabello con ceniza y nuez.

Parecía un artesano viudo que empezaba a cansarse de viajar.

Isolde llevaba ropa de escribiente, el cabello bajo una cofia y un zapato nuevo construido por Ancia.

El refuerzo interior escondía mejor la debilidad de la pierna.

La mano izquierda permanecía dentro de una bolsa de documentos.

Sus salvoconductos pertenecían a una compañía de inventarios. Jesa los había obtenido en Bren a cambio de la media ruta pendiente y dos cajas de medicinas entregadas en su nombre.

—Ocupación —leyó Isolde—: “revisora de pérdidas por transporte”.

—Te queda bien.

—A ti te han puesto “tallador de mangos”.

—Tengo experiencia.

—Has tallado un bastón.

—Excelente trabajo. Sigue en uso.

La fila avanzó.

Campesinos, carreteros y familias esperaban bajo la lluvia. Los guardias revisaban manos, zapatos y documentos. Una mesa separaba a quienes tenían sello de entrada. Otra recibía a quienes necesitaban confirmar residencia. La tercera estaba rodeada por soldados.

Una mujer llegó con dos niños y un cesto de ropa. El escribiente buscó su apellido dentro de un libro.

—Sela Dor —dijo ella—. Calle del Río, casa catorce.

El hombre pasó tres páginas.

—La residencia consta vacía.

—Vivo allí desde que me casé.

—El censo fue corregido el mes pasado.

—Mi marido está dentro. Trabaja en los almacenes.

—El registro indica traslado familiar a Halar.

Sela agarró la mano del hijo pequeño.

—Venimos de Halar. Nos enviaron de vuelta porque la casa estaba cerrada.

El escribiente puso una marca roja sobre el documento.

—Tercera mesa.

La mujer vio a los soldados.

—¿Cuánto tardará?

—Allí se lo explicarán.

Uno de los niños empezó a llorar. Sela se apartó de la fila.

Isolde conocía aquella clase de mesa. En Arkhe había terminado en jaulas. En Nydel, en cuotas de trabajo. El uniforme cambiaba. La estructura conservaba la misma paciencia.

—Siguiente —llamó el escribiente.

Kaoran tocó el codo de Isolde.

—Necesidad.

—Entrar sin revelar la ruta.

—Límite.

Isolde miró a Sela.

—Que la tercera mesa se lleve a esa familia.

—Tiempo.

—Cinco minutos.

Presentó su salvoconducto.

El escribiente leyó el nombre falso: Mara Venn. Había usado aquel nombre en Arkhe. Lo repitió con el mismo tono de la ficha, pendiente de que el escribiente volviera la página.

—Revisora de pérdidas —dijo el hombre—. ¿Para quién?

—Consorcio de caminos de Ressa.

—Carece de oficina en Caleryon.

—Por eso perdemos mercancía aquí.

Kaoran puso sobre la mesa una lista de mangos, ruedas y cajas. El escribiente encontró sellos de Arkhe, Nydel y Bren. Cada uno era auténtico dentro de un documento construido para otra finalidad.

—La inspección urbana requiere patrocinio de Casa.

—Mi contrato corresponde a los almacenes exteriores —dijo Isolde—. El patrocinio se solicita después de cuantificar daños.

El hombre buscó una norma en el libro. Isolde vio la anotación junto al apellido Dor. Un sello pequeño marcaba C-7 . Debajo aparecían seis familias más de la Calle del Río.

—¿La corrección del censo afecta a trabajadores de almacén? —preguntó.

—Eso queda fuera de su contrato.

—Afecta a pérdidas. Una casa declarada vacía puede ser requisada. Los bienes entran en inventario.

—La ciudad gestiona las residencias anuladas.

—Necesito el número de almacén para evitar una reclamación duplicada.

El escribiente quería terminar la fila. Señaló una columna.

—Depósito Veintidós. Clasificación exterior.

Isolde escribió el dato. Después tomó el documento de Sela de la pila roja.

—Esta familia transporta ropa vinculada a mi inspección.

—Acaba de decir que su contrato incluye mercancía perdida.

—La ropa está en un cesto y aún podemos verla. Registraré su entrada para confirmar el destino final.

—Necesita un sello de carga.

Isolde le entregó el de Bren.

El hombre lo estampó con fastidio. La familia pasó a la fila de mercancías.

—Casi cinco minutos —murmuró Kaoran cuando se alejaron.

—¿También cuentas cuando hablas tú?

—Mi generosidad tiene límites.

Sela caminaba delante. Esperó hasta cruzar la última barrera.

—Gracias —dijo sin volverse—. Mi marido se llama Iven. Lleva doce días sin regresar del depósito.

—¿Recibió una orden C-7? —preguntó Isolde.

La mujer se detuvo.

—¿Cómo lo sabes?

—He visto la marca en otros puertos.

—Un supervisor dijo que era un turno de emergencia. Tres días. Después cambiaron el censo y cerraron la casa.

—¿Tienes algún documento anterior?

Sela sacó una ficha de racionamiento. Llevaba la dirección, cuatro nombres y el sello del barrio.

—Guárdala seca —dijo Isolde—. Cada copia puede demostrar que la corrección llegó después.

—¿Quién puede hacer copias?

Kaoran señaló una panadería al otro lado de la avenida. Tres cordeles sujetaban el toldo. Uno tenía un nudo doble y otro simple.

La señal de Aelyn.

—Pregunta por el precio del pan de invierno —dijo.

Sela tomó a los niños y cruzó la calle.

Isolde permaneció bajo el arco.

Había entrado en su ciudad con un nombre prestado y un sello de contrabando. El guardia volvió la vista hacia la fila y llamó al siguiente.

Aquello le permitió ver la puerta tal como la usaban los demás.

La avenida conservaba los árboles que Ardan había mandado plantar después de una sequía. Los troncos eran más gruesos. Varios tenían tablones de anuncios clavados sobre la corteza. Un retrato de Darian ocupaba el centro de cada uno.

Vestía el uniforme oscuro de la Casa Rhyne y sostenía el bastón provisional de gobierno. La inscripción celebraba el cuarto año de estabilidad. Debajo aparecía una lista de amenazas contenidas: disturbios fronterizos, fuego ilegal, sabotaje de rutas y propaganda extranjera.

Isolde estaba incluida en las cuatro sin aparecer por su nombre.

Una segunda proclama informaba que el rey Ardan continuaba su recuperación bajo vigilancia de los médicos reales. La regencia renovaría su mandato durante la próxima sesión del Consejo.

—La renovación era anual —dijo Isolde.

—Ahora figura cada seis meses —respondió Kaoran.

—El Consejo puede convocar una audiencia del rey.

—¿Quién controla el acceso?

—El regente.

—Entonces seguimos caminando.

La panadería tenía tres mesas, un horno profundo y una fila que llegaba hasta la calle. El pan de invierno costaba el doble que durante el primer año de ausencia. Cada persona entregaba una ficha de racionamiento. Quienes llevaban una marca roja recibían una pieza más pequeña.

Sela esperaba junto al mostrador con sus hijos.

La panadera era una mujer de brazos fuertes y cabello gris. Miró la ficha de la familia Dor. Después examinó el sello de Bren.

—El pan de invierno tarda en subir —dijo.

Sela repitió la frase que Isolde le había dado.

—Entonces pregunto por el precio antes de que lo horneen.

La mujer puso cuatro panes dentro del cesto.

—La harina viene de tres molinos.

Tres nudos.

Kaoran pidió dos piezas. La panadera recibió la moneda y añadió un envoltorio de papel.

—Vuestro contrato incluye inventarios —dijo al ver la ropa de Isolde—. El Depósito Veintidós paga tarde.

—Las pérdidas pagan peor.

—Buscad a Maive en la puerta sur. Lleva un delantal con dos remiendos. Decidle que la levadura llegó húmeda.

Isolde guardó el pan.

—¿Cuántas fichas rojas has visto esta semana?

La panadera empezó a colocar hogazas sobre una tabla.