Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 17 #4
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El curtidor afirmó que la mujer cojeaba de la pierna derecha.

Lio juró que usaba ambas manos.

Jesa describió a una anciana con un diente de plata y se ofendió cuando el arquero dudó.

Cori añadió que Iria había entrado sola en la oficina mientras una cómplice idéntica bloqueaba la plaza.

Ovel habló desde la mesa de Kaoran. Según ella, la incendiaria carecía de armas y cargaba un tubo de herrero.

Kaoran declaró que había visto un martillo.

Ancia insistió en una espada larga.

Isolde esperó al final.

—¿Tú qué viste? —preguntó el arquero.

—Personas protegiendo a sus vecinos.

—Necesito una descripción de Iria.

—Llegué cuando la cuerda ya estaba cortada.

—El prefecto dice que lo amenazó una mujer con una hoja corta.

—Belor puede describirla.

El arquero miró al prefecto. Tenía un ojo hinchado, harina en el abrigo y una marca de cuerda alrededor de la cintura. Su autoridad resultaba menos precisa que el uniforme.

—Dice que medía seis pies y tenía ojos dorados.

Isolde controló una sonrisa.

—Escribe eso.

El informe terminó con diecisiete versiones.

Coincidían en tres hechos: siete personas habían sido liberadas, una orden de castigo quedó expuesta y el fuego apareció en distintos puntos sin alcanzar viviendas habitadas.

El nombre variaba. Cuatro testigos usaron Iria.

Seis hablaban de una minera. Tres mencionaban a la mujer de la capa. Los demás dejaron el espacio vacío.

El arquero copió las páginas dos veces. Una acompañaría a Belor. Otra quedó con los vecinos. Cori tomó una tercera para la ruta de Aelyn.

—Varek conocerá la contradicción —dijo Kaoran.

—También sabrá que la provocamos —respondió Isolde.

—Buscará el patrón.

—Que encuentre decisiones compartidas, copias y aldeas capaces de organizarse. Un rostro le serviría mejor.

La última columna salió antes del amanecer.

Rheskan voló muy al oeste. Había seguido a la patrulla de la placa azul hasta una estación de montaña. Desde allí vio mensajeros partir hacia Caleryon, Luzmer y Cendral. El dragón eligió marcar el camino a distancia y luego regresó a las nubes.

Isolde le envió una imagen de las ocho capas grises.

Rheskan respondió con una bandada de aves cambiando de dirección sobre el mar. Ninguna guiaba a las otras. El movimiento pertenecía al conjunto.

—Lo entiende —dijo Isolde.

Kaoran ajustó la carga de Bruma.

—Él llegó antes que nosotros.

—Le concederé ese punto.

—Llevo la cuenta.

Abandonaron Bren por el canal. Neira cerró la compuerta detrás. Ancia viajaría con la columna de carboneros hasta el refugio siguiente. Jesa conducía a su grupo hacia la costa para reunirse con quienes reparaban La Terca . Cori llevaría los libros de Esvan a un contacto de Caleryon.

Isolde y Kaoran tomaron la ruta oriental.

Los documentos del depósito contenían treinta y siete nombres trasladados desde los barrios exteriores de la capital. Las órdenes procedían de almacenes convertidos en puestos de clasificación. Aelyn podía reconocer las direcciones y abrir rutas para las familias.

—Entrar en Caleryon nos acerca al palacio —dijo Kaoran.

—También a las cocinas, los embarcaderos y los censos.

—Tu padre está allí.

Isolde miró el camino.

—Primero encontraremos a quienes desaparecieron de esos registros.

—¿Y si ves una puerta abierta hacia Ardan?

La pregunta la acompañó hasta el río.

—La evaluaré cuando exista.

Kaoran esperó mientras ella ajustaba la carga de Bruma.

—Me costará seguir de largo —admitió Isolde—. Ahora mismo apenas puedo pensar en esa puerta sin querer correr.

—Lo tendremos en cuenta al entrar.

Ella terminó el nudo y dejó que él lo comprobara. El camino descendía hacia la capital; durante un rato caminaron juntos sin buscar otra respuesta.

Durante las semanas siguientes, las versiones de Bren viajaron más rápido que ellos.

En una posada, Isolde oyó que tres hermanas habían vencido a una guarnición.

En un molino, un carretero habló de una anciana capaz de encender piedras.

En el paso de Ordan, dos guardias buscaban a una mujer alta, otra baja y un hombre con capa gris. Sus carteles ofrecían recompensas separadas.

Un grupo de niños representaba la liberación con palos. Cada vez que el soldado preguntaba el nombre de la heroína, todos cambiaban de papel.

—¿Quién eres ahora? —preguntó uno.

La niña que llevaba el palo encendido con lana roja se encogió de hombros.

—La que ha llegado.

Los adultos empezaron a usar una expresión más simple.

La guerrera de fuego sin nombre.

Isolde escuchó esas palabras por primera vez en un mercado a dos jornadas de Caleryon. La vendedora que las pronunció las había oído de un marinero de Arkhe. Aseguraba que la mujer cruzaba puertos, minas y aldeas sin aceptar recompensa.

Kaoran esperaba una reacción.

Isolde pagó el pan.

—La historia se equivoca —dijo al alejarse.

—¿En qué parte?

—Todavía debo media ruta a Jesa.

Kaoran sonrió.

Detrás de ellos, la vendedora contó la historia otra vez. Cambió el color de la capa y añadió un dragón que elegía sus propios caminos.

El nombre de Iria quedó en los carteles viejos.

La leyenda continuó sin él.