Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 17 #3
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El tubo había quedado lejos de la paja, apagado según el plan. La onda azul lo encendió de nuevo y un soldado lo pateó durante la persecución. El cálculo había reducido el peligro y aun así una familia podía perder su trabajo.

Isolde concentró el fuego dentro de una franja estrecha. Lo condujo hacia el muro de piedra mientras los vecinos mojaban la madera. La tarea exigía atención sobre cada chispa. Los dedos heridos temblaban.

—Izquierda —gritó Ancia.

Isolde recogió una llama que avanzaba hacia el techo. La cerró contra el suelo.

La cadena de agua apagó el resto.

El cobertizo perdió una pared, dos herramientas y la mitad del cuero almacenado. Las cabras sobrevivieron. El curtidor contempló los daños.

Isolde se quitó la venda empapada y la cerró en el puño.

—Yo preparé ese tubo —dijo.

El curtidor seguía mirando el cuero quemado.

—¿Puedes reponerlo?

Ella calculó las monedas de las alforjas. Alcanzarían para herramientas pequeñas; el cuero había costado meses de trabajo.

—Puedo quedarme a desmontar la pared y aportar lo que llevo. Tendremos que acordar el resto.

El hombre señaló el techo que aún goteaba.

—Empieza por las tablas sueltas. Mis hijos van a entrar cuando os marchéis.

Belor había preparado una confiscación de cuarenta y dos familias. Sus carros llevaban cofres vacíos para transportar grano, herramientas y monedas. Jesa propuso usar parte del contenido de la oficina como compensación. Cori encontró una caja con el pago de la tropa y los sellos de requisa.

Los vecinos se reunieron en la plaza.

Neira quería repartir el pago entre Ovel, el curtidor y las familias que iban a abandonar Bren. El panadero pidió reservar una parte para comida durante la evacuación. La madre de Neira defendió que los soldados conservaran una ración y el salario ya entregado.

—Algunos bajaron el arco antes que sus oficiales —dijo.

La discusión duró media hora. Belor permanecía atado al poste de la proclama. Cada argumento desmontaba la autoridad que había ejercido solo.

Decidieron dividir los fondos en cinco partes: heridos, reparación, alimento, rutas de salida y salarios de soldados que entregaran su nombre como testigos. La caja quedaría bajo cinco llaves.

Isolde escuchó desde el horno mientras separaba las tablas que el curtidor podía aprovechar. Necesitaba la mano derecha para sostener la herramienta y la rodilla para fijar la madera. Kaoran le acercó una mordaza. Ella la ajustó sin interrumpir la discusión de la plaza.

—Podrías imponer otra distribución —dijo Kaoran.

—También podría equivocarme más rápido.

—Eso suena a progreso.

—Vigila tu orgullo de maestro.

—Ha sobrevivido a tres años contigo. Ya es resistente.

Ancia se acercó con el libro de acusaciones.

—Cori encontró esto en la última página.

Había una orden general firmada por Varek. Autorizaba elegir comunidades cercanas a cualquier aparición de fuego, detener habitantes visibles y anunciar castigos antes de completar la investigación. El objetivo figuraba en una línea lateral: forzar nueva manifestación del sujeto Iria .

—Bren era un cebo —dijo Ancia.

—Todas las aldeas pueden serlo —respondió Isolde.

—El alias les da un punto donde colocar la cuerda.

Isolde pasó el pulgar por el nombre impreso.

—Entonces lo retiramos.

—Ya lo han copiado en cada puesto.

—Las copias conservarán una persona que dejó de existir hoy.

Ancia señaló la plaza.

—Ocho mujeres han respondido al mismo nombre.

—Mañana ninguna lo hará.

Kaoran la miró.

—¿Estás segura?

—Sí.

El alias había protegido a Isolde cuando apenas podía bajar una ladera. Después protegió rutas, casas y nombres. Su utilidad había cambiado. Mantenerlo por apego entregaría a Varek una forma reconocible.

—Para cualquiera fuera de este grupo, Iria se separó de nosotros en Arvek —dijo—. Viajaba sola. Desconocemos su ruta.

Jesa alzó una ceja.

—¿Y dentro del grupo?

—Usa “pasajera”. Te sale con naturalidad.

—Prefiero “persona que todavía debe media ruta”.

—Es largo para una emboscada.

—Lo acortaré cuando pagues.

Neira escuchó el intercambio. Su madre estaba viva. Su hermano continuaba bajo el código Oeste-9. El alivio y la deuda convivían en su rostro.

—Yo usaré “la mujer que trajo el mapa” —dijo—. Hasta que encontremos a mi hermano.

—Seguiré su código en los traslados. Cori te hará llegar cada respuesta.

—También quiero saber cuándo no encuentres nada.

Isolde asintió.

—Pídeselo a ella delante de mí. Que tenga una ruta para contestarte aunque nos separemos.

Neira llamó a Cori. Las tres buscaron un lugar seco donde anotar el primer contacto.

Lio reunió los carteles. Había ocho en el camino y once dentro del pueblo. Los puso sobre una mesa.

—¿Los quemamos?

Isolde tomó el primero. La recompensa ocupaba el reverso. Podía servir para copiar los nombres de Esvan.

—Corta la parte del retrato. Conserva el papel limpio.

Los vecinos usaron las caras de Iria para encender el horno. En el reverso de las recompensas escribieron listas de heridos, bienes perdidos y rutas de evacuación.

Isolde guardó una esquina de papel antes de que Lio la echara al horno. Solo quedaba la I y una parte de la recompensa. La dobló con los dedos sanos y la metió entre sus notas. Cuando Jesa la llamó pasajera desde la plaza, tardó en volverse.

* * *

La Guardia mantendría Bren aislado hasta recibir refuerzos. Los habitantes disponían de una noche.

Cada familia decidió entre permanecer, trasladar a niños y ancianos o marcharse por completo. Veintiséis eligieron salir. Nueve se quedaron para cuidar casas, ganado y hornos. Siete esperarían hasta el amanecer y viajarían con comerciantes legales.

Isolde ayudó a organizar tres columnas.

La primera usó el canal de riego. Lio guiaba a los heridos con Pela. La segunda tomó el camino de carboneros bajo dirección de Ancia. La tercera descendió hacia la costa con Jesa y las cajas supervivientes.

Neira permaneció junto a su madre.

—Podéis cruzar la sierra —dijo Isolde.

—Mi casa tiene una bodega para seis personas. Ahora servirá a quienes regresen.

—Belor conocerá tu rostro.

—También conoce los de cuarenta y dos familias.

—Regresará con más hombres.

—Por eso los niños viajan primero. Yo saldré cuando la última puerta tenga una ruta.

Isolde aceptó la elección.

Los soldados desarmados recibieron tres opciones: acompañar a Belor hasta un puesto neutral, abandonar la unidad o esperar atados a los refuerzos. Diecisiete dejaron el uniforme. Seis entregaron testimonios sobre la orden. Los demás eligieron quedarse con el prefecto.

Un joven arquero se acercó a Cori.

—Tengo que registrar lo ocurrido —dijo—. El relevo pedirá una descripción.

—Escribe lo que viste.

—Vi cuatro mujeres con capas iguales.

—Entonces empieza por cuatro.

El arquero se sentó sobre un barril. Los testigos pasaron delante de él.

El panadero vio a una mujer alta con cabello rojo.

La madre de Neira recordaba a una luchadora baja y rapada.