17 #2
La madre de Neira había escrito siete nombres y una frase.
Tres quieren correr. Cuatro ayudarán a bloquear el horno.
Los prisioneros ya tenían su plan.
Una columna de humo blanco subió sobre Bren.
Isolde contó tres respiraciones.
En la ladera norte, Ovel apareció con una capa gris y el cabello rojo suelto. Levantó un tubo. La primera llama ardió sobre una roca.
—¡Iria! —gritó un soldado.
Doce hombres salieron por la puerta norte.
En el camino de la costa, Pela cabalgó con otra capa. Su tubo prendió junto a una zanja. Ocho guardias corrieron hacia ella.
Una tercera figura cruzó detrás del campanario.
El prefecto Belor subió a la plataforma del horno.
—¡Traed arqueros! —ordenó.
La madre de Neira empezó a serrar la cuerda.
Ancia retiró la rejilla del canal.
—El conducto sube detrás del horno —dijo—. Caben dos.
—Tú y Neira —decidió Isolde—. Llegad a los prisioneros.
—¿Adónde vas?
Isolde señaló la corriente principal. El canal continuaba bajo la plaza hasta el depósito de grano.
—A las ballestas.
Kaoran entró detrás de ella. Avanzaron agachados mientras las voces corrían por encima. Belor había enviado la mitad de su fuerza hacia apariciones distintas. Los soldados restantes ocupaban tejados y esquinas.
El prefecto conservaba ocho arqueros junto al horno.
—Ejecutad al primero —ordenó.
Un guardia colocó la cuerda alrededor del cuello del panadero.
La madre de Neira dejó de serrar.
El movimiento habría atraído la mirada del hombre.
Ancia esperaba dentro del conducto a cuatro pasos. Veía la hoja escondida bajo los dedos de la prisionera.
Neira puso una mano sobre la espalda de Ancia.
—Ahora.
Ambas salieron por la boca de ceniza.
Ancia golpeó el tobillo del guardia. Neira atrapó al panadero antes de que cayera. La madre cortó la cuerda principal. Los siete prisioneros se separaron según su acuerdo. Tres corrieron hacia el cobertizo. Cuatro empujaron un carro de leña contra la entrada del horno.
Belor bajó de la plataforma.
—¡Cerrad la plaza!
Los arqueros giraron.
Isolde levantó la rejilla del depósito de grano. Kaoran salió primero y encontró una escalera. Subieron al piso superior. Los sacos llegaban hasta las ventanas y ofrecían una vista de los tejados.
Cuatro soldados protegían un torno. Desde allí tensaban cuerdas conectadas a las ballestas pesadas. Una red azul descansaba dentro de una caja.
Kaoran observó el mecanismo.
—La usarán cuando vean fuego.
—Entonces les daremos fuego aquí arriba.
Isolde sacó un tubo pequeño. Calentó la piedra y lo dejó junto a la ventana opuesta. La llama surgió detrás de un saco.
—¡Arriba! —gritó un soldado.
Dos entraron con las armas preparadas. Kaoran esperaba junto a la puerta. Derribó al primero usando el marco. Isolde desvió la espada del segundo y golpeó su antebrazo. El hombre soltó el arma. Ella lo empujó contra los sacos.
—Quédate abajo.
Él vio la mano izquierda y la leve inclinación de la pierna.
—Iria.
—Hoy has visto a tres.
El soldado intentó levantarse. Kaoran lo volvió a sentar con una mirada.
Los otros dos cortaron la cuerda de la red azul. El mecanismo cayó desde el techo. Isolde había calculado que la lanzarían hacia la llama. El tejido atravesó la ventana opuesta y se abrió sobre un patio vacío.
—Ahora —dijo.
Kaoran lanzó un gancho alrededor del torno. Tiró con el peso del cuerpo. La base de madera se inclinó. Isolde cortó la cuerda principal.
Las ballestas de la plaza perdieron tensión.
Los arqueros dispararon con armas personales. Una flecha golpeó el carro de leña. Otra atravesó la capa de Ancia. Neira llevó a su madre detrás del horno.
Belor levantó una espada.
—¡Quien ayude a los acusados ocupará su lugar!
Una puerta se abrió.
El alfarero de Bren salió con una pala. La mujer de la taberna apareció con una olla de agua hirviendo. Tres trabajadores de la cantera ocuparon la calle sur. Los soldados habían entrado en sus casas durante la noche y tomado a siete vecinos. Cada persona conocía la siguiente fila posible.
El prefecto vio cómo cambiaba la plaza.
—La regencia castigará a todas las familias implicadas.
—Tendrás que aprender muchos nombres —respondió la madre de Neira.
Cori apareció en el tejado de la oficina local. Sostenía un libro abierto.
—Ya los ha escrito —gritó—. Cuarenta y dos familias. La lista estaba preparada antes de que llegaran los carteles.
Belor miró a su secretario.
—Recupera eso.
El hombre subió por una escalera. Cori arrojó las primeras hojas hacia la plaza. El viento las extendió sobre los tejados y la calle. Los vecinos leyeron sus apellidos. Junto a cada uno aparecían bienes, rutas de huida y una cifra de confiscación.
—¡Son falsificaciones! —gritó Belor.
Jesa entró por la puerta de la costa con La Terca pintado sobre un escudo de madera. Sus dos marineros conducían los carros que bloqueaban la ruta. Los habían vaciado de piedras y soltado cuesta abajo. Uno quedó atravesado contra la empalizada. El otro chocó con la caseta de registro.
—Conozco bien los manifiestos falsos —dijo—. Ese libro parece caro y auténtico.
Seis soldados regresaban desde el camino costero detrás de Pela. La mujer abandonó el caballo, cambió la capa con una vecina y entró por una puerta lateral. Cuando los perseguidores llegaron, encontraron cuatro mujeres vestidas de gris.
—¿Cuál es? —preguntó uno.
—La alta —dijo otro.
Neira se puso junto a ellas. Era la más alta.
—Aquí estoy.
Ancia salió detrás con el martillo.
—También aquí.
La confusión duró dos latidos. Bastaron.
Los vecinos derribaron las armas con palas y garrotes. Jesa cerró la puerta de la costa. Pela soltó los caballos de la Guardia. Los animales corrieron hacia el bebedero.
Belor retrocedió hasta la plataforma.
Sacó una placa azul de debajo del abrigo.
—¡Quien se mueva arde con ella!
El instrumento tenía un aro de cobre y tres piedras. Isolde sintió que buscaba el Núcleo. También buscaba los tubos encendidos alrededor de Bren. Las señales múltiples confundían la aguja.
El prefecto giró el aro.
Las llamas de las laderas crecieron. Ovel había activado otro tubo junto al camino norte. El oficial envió cuatro soldados hacia allí.
Isolde bajó del depósito.
Kaoran la siguió por la escalera. Llegaron a la plaza cuando Belor apoyaba la placa contra la espalda de la madre de Neira.
—Haz venir a Iria —dijo.
La mujer tenía las muñecas marcadas por la cuerda. Miró las capas grises, los carteles y las hojas que volaban.
—Tendrás que pedirlo con más educación.
Belor apretó la piedra central.
Isolde avanzó desde la calle del horno.
Llevaba la capucha calada y el cabello oculto. El guante roto había sido reemplazado por una venda. Cojeaba después de la mina. La descripción del cartel recogía pocos rasgos.
—Suéltala —dijo.
El prefecto giró.
—Nombre.
—Has llenado el pueblo con uno.
—Confírmalo.
Isolde miró a las ocho mujeres. Cada una ocupaba una salida. Algunas sostenían tubos apagados. Otras habían cambiado de capa. Los vecinos conocían el plan y añadían sus propias variaciones.
—La mujer que buscas apareció en el norte —dijo Pela.
—La vi bajar hacia el mar —añadió el panadero.
—Entró en la oficina —gritó Cori desde el tejado.
—Estuvo junto al horno —dijo la madre de Neira.
Belor levantó la placa.
—El fuego decidirá.
Activó las tres piedras.
Una onda azul salió sobre la plaza.
Los tubos respondieron desde cinco puntos. El de Ovel prendió en la ladera. Otro ardió junto al molino de piedra. El tercero iluminó una acequia. El cuarto seguía dentro del depósito. El último permanecía en manos de Ancia.
La aguja giró hasta romperse.
El metal azul expulsó una descarga. Belor perdió el arma. La madre de Neira cayó hacia un lado.
Isolde atrapó la placa antes de que tocara el suelo.
El frío le subió por el brazo. Cerró el Núcleo y giró el aro contra la dirección del pulso. La veta roja del instrumento se partió.
Belor atacó con la espada.
Isolde recibió el golpe sobre el borde de la placa. El metal azul se quebró. Una esquirla atravesó la venda izquierda. El prefecto volvió a levantar el arma.
Kaoran entró por su lado ciego. Golpeó la muñeca con el bastón.
La espada cayó.
Belor intentó sacar un cuchillo. La madre de Neira le golpeó la mano con el trozo de cuerda y una argolla de hierro.
—Yo también estaba aquí —dijo.
Isolde puso la hoja corta bajo la barbilla del prefecto.
Los soldados de la plaza se detuvieron. Tenían vecinos delante y apariciones en todas las rutas. La línea norte seguía esperando a una mujer que ya había desaparecido. Los del camino costero perseguían un caballo sin jinete.
—Ordena que bajen las armas —dijo Isolde.
—Vendrán cien hombres.
—Hoy tus hombres están dispersos entre la plaza y los caminos. Los vecinos controlan las puertas y conocen estas calles.
—La Corona...
—Darian gobierna como regente. La acusación lleva tu firma. Tú elegiste los siete nombres.
Belor miró el libro en manos de Cori.
—Cumplía una orden.
—Puedes leerla en voz alta.
El prefecto cerró la boca.
—Bajad las armas —ordenó al fin.
Un arquero obedeció. Después otro. La decisión avanzó despacio. Tres soldados mantuvieron sus espadas hasta que el oficial del camino norte regresó y vio la plaza ocupada por los habitantes.
—¿Dónde está Iria? —preguntó.
Ocho voces respondieron desde lugares distintos.
—Aquí.
El hombre dejó caer el arco.
La cuerda del horno ardía sobre las piedras. Ninguno de los siete prisioneros había muerto.
* * *
El combate terminó antes de que el plan pudiera llamarse victoria.
Ovel llegó desde la ladera con una flecha en el hombro. Un tubo había rodado hasta el cobertizo de un curtidor y prendido una pared. Los vecinos formaron una cadena de agua. Jesa llevó las medicinas hacia el horno. Kaoran se ocupó de la herida.
Isolde entró en el cobertizo en llamas con Ancia.
El humo cerraba el techo. Dos cabras seguían atadas dentro. La hija del curtidor intentaba liberarlas.
—Fuera —le dijo Isolde.
—Mi padre necesita esos animales.
Ancia cortó una cuerda. Isolde tomó la otra. La mano izquierda sangraba bajo la venda. El nudo se resistió. Usó la hoja y llevó a las cabras hacia la puerta.
Una viga cayó detrás.