17
El nombre llegó a Bren antes que ellos.
Estaba escrito en ocho carteles clavados junto al camino.
IRIA, INCENDIARIA Y ENEMIGA DE LA REGENCIA.
Debajo había un dibujo. El rostro tenía cabello largo, una cicatriz en la mejilla y ojos claros. La mujer del retrato medía casi lo mismo que Kaoran y sostenía una espada con ambas manos.
Isolde contempló el papel desde el bosque.
—Me favorece la altura —dijo.
Kaoran leyó la recompensa.
—También te devuelve la mano izquierda.
—Podría entregarme y cobrarla.
—La suma apenas cubriría lo que comes.
La broma encontró un lugar breve. Bren estaba ocupado por cuarenta soldados.
Habían levantado una empalizada en la entrada. Dos carros bloqueaban la ruta de la costa. Los vecinos permanecían dentro de sus casas. Una fila de prisioneros esperaba frente al horno comunal.
Neira reconoció a su madre entre ellos.
Avanzó antes de que Jesa pudiera sujetarla. Ancia la tomó por la capa y la llevó al suelo.
—Siete guardias miran este lado —susurró.
Neira respiraba con la cara contra las hojas.
—La van a matar.
—Necesitamos acercarnos sin que te vean.
—Mi hermano también sigue esperando que alguien se acerque.
Ancia recibió la frase sin apartar la mirada.
El hermano de Neira seguía ausente. Los libros de Esvan contenían una línea con su nombre y el código Oeste-9 . Habían encontrado la prueba durante la madrugada. El hallazgo confirmaba que salió de Arvek y aumentaba la distancia entre ambos.
Jesa acercó a los caballos hacia una hondonada. Los fugitivos de la mina viajaban en tres grupos. El primero ya cruzaba la sierra. El segundo se ocultaba con carboneros. El tercero, formado por los nueve heridos y las familias del refugio, esperaba detrás de un risco a media legua de Bren.
—Una patrulla ha seguido uno de los carros —dijo Cori—. Si registra el bosque, encuentra a veinte personas.
Isolde contó salidas. La ruta norte pasaba junto a una torre de vigilancia. El camino de la costa estaba cerrado. Quedaba un canal de riego que descendía hasta el río. Servía para personas a pie y complicaba el traslado de los heridos.
—¿Quién trae los carteles? —preguntó.
Ancia señaló una tienda negra dentro de Bren.
—Comisión de Orden Civil. Llegó durante la noche con el prefecto Belor. La proclama acusa al pueblo de alimentar a Iria, esconder a su tripulación y colaborar en la destrucción de Arvek.
—¿Hora de la ejecución?
—Cuando el sol toque el horno.
Faltaban tres horas.
—¿Cargos de los prisioneros?
—La madre de Neira dio caballos a La Terca . El panadero vendió comida sin registrar. Dos carboneros tienen hijos en la Hermandad. Los otros tres estaban en la calle cuando entró la Guardia.
—Los han elegido por visibilidad —dijo Isolde—. Quieren que todas las familias encuentren un vínculo propio con la fila.
—Quieren a Iria —respondió Neira—. Dásela.
El grupo quedó inmóvil.
Neira levantó la cara. Tenía barro en la boca.
—Aparece lejos del pueblo. Haz que te sigan. Cuando salgan los soldados, liberamos a los nuestros.
—Reconocerán la dirección de la huida —dijo Jesa—. Buscarán los carros.
—Entonces que corra hacia el mar.
—El navío de Velaria sigue allí.
—Ella derribó una mina. Puede atravesar cuarenta hombres.
Isolde miró las rodillas embarradas de Neira.
Hacía dos días la guía les había abierto un paso y les había confiado el nombre de su hermano.
Ahora esperaba que Isolde le devolviera a su madre.
Quiso decir que lo conseguiría. La facilidad con que le vino la promesa la hizo apretar los dientes antes de mirar de nuevo la plaza.
—Puedo llevarme parte de la fuerza —dijo—. La otra parte permanecerá con los prisioneros. Belor habrá preparado arqueros para mi llegada.
—¿Los dejas morir?
—Necesito hacer llegar una hoja a tu madre. Si corta la cuerda cuando movamos a los arqueros, puede salir con los demás.
Neira se puso de pie.
—La miran todo el tiempo.
—¿Desde dónde podrían alcanzarle la mano sin verla? Tú conoces el horno.
La guía se limpió la boca con la manga y miró hacia el cobertizo. Isolde esperó la respuesta.
Ancia soltó la capa de Neira.
—Dale cinco minutos.
La guía se alejó hasta un árbol. Jesa fue detrás. Hablaron en voz baja.
Isolde miró otra vez el cartel.
Había respondido a Iria enferma, hambrienta y recién levantada de la cama.
Con aquel nombre compró las primeras medicinas que pudo llevar sola.
Lo usaban personas que conocían cuánto tardaba en bajar una cuesta y le guardaban sitio junto al fuego.
Ahora lo habían impreso debajo de una espada que sus manos apenas habrían sostenido.
Isolde tocó el clavo del cartel y volvió a mirar la cuerda preparada junto al horno.
—Iria termina hoy —dijo.
Kaoran retiró uno de los clavos del cartel.
—¿Cómo quieres hacerlo?
—Dándoles demasiadas mujeres para una sola orden.
Ancia sonrió por primera vez desde Arvek.
—La Hermandad puede conseguirte doce.
—Necesito capas, tres caballos, carbón fino y espejos.
—También una forma de crear fuego lejos de ti —dijo Kaoran.
—Los hornos de Bren guardan tubos de encendido. Doven usaba uno para prender la fragua desde el patio.
—Ancia conoce la construcción.
—Y tú conoces las tres respiraciones.
—Las necesitaré dentro.
Isolde dibujó el pueblo sobre la tierra. Ancia añadió canales y almacenes. Cori marcó los puestos observados durante la llegada. Jesa regresó con Neira y colocó una piedra sobre el horno comunal.
—Su madre trabajó allí veinte años —dijo—. Conoce el tiro, los conductos y la salida de ceniza.
—¿Podemos enviarle algo por debajo?
Neira señaló el canal de alimentación.
—Una persona pequeña cabe desde el cobertizo. Mi hijo lo usaba para esconder pan.
—¿Dónde está?
—Con los heridos. Tiene trece años.
—Que decida si quiere entrar —dijo Isolde—. Ofrecedle otra tarea con el mismo valor.
Neira asintió.
El muchacho se llamaba Lio. Escuchó las dos opciones: llevar una hoja hasta el horno o guiar a los heridos por el canal de riego. Eligió el horno.
—Mi abuela sabrá qué hacer —dijo.
Ancia le entregó una lámina de sierra envuelta en cuero. Isolde añadió un trozo del cartel con la hora escrita detrás. Lio guardó ambas cosas en una bolsa de harina.
—Si encuentras una reja cerrada, regresas —dijo Neira.
—Si oigo soldados, espero.
—Si el humo cambia a negro, regresas.
—Lo sé.
La madre lo abrazó antes de dejarlo partir con Pela. Keden ocuparía su lugar junto a los heridos. La distribución mantenía las rutas activas.
Ancia reunió a ocho mujeres de la Hermandad y Bren. Tenían edades, cuerpos y formas de caminar diferentes. Una llevaba el cabello rojo. Otra se había rapado. Pela era más baja que Isolde y Neira más alta.
—Cada una aparecerá durante unos latidos —explicó Isolde—. Permitid que os vean y cambiad de capa detrás de las casas. Los espejos enviarán señales a los tubos de encendido. El fuego surge en los tejados vacíos, los caminos y el molino.
—Pueden dispararnos —dijo una carbonera llamada Ovel.
—Usaremos muros, humo y distancia. La retirada comienza antes de cada llama. Si una posición pierde salida, queda cancelada.
—¿Quién interpreta a Iria? —preguntó Pela.
—Todas las que aceptéis. Cada testigo verá una versión.
—¿Y tú?
—Entraré por el canal con Kaoran y Ancia. Jesa bloquea los carros. Cori busca la lista de acusaciones. Neira llega al horno cuando su madre abra las ataduras.
—Te reconocerán por el fuego —dijo Ancia.
Isolde tomó un puñado de carbón fino.
—Hoy lo compartimos.
Ancia preparó cuatro tubos para las posiciones exteriores.
Isolde reservó un quinto, más corto, para el depósito.
Eran cañas de hierro llenas de carbón, aceite espeso y piedra de chispa.
Una cuerda encerada permitía activarlos desde varios pasos.
Isolde calentó cada piedra hasta dejarla cerca del punto de ignición.
Las mujeres podían encenderlos tirando de la cuerda.
El fuego permanecería pequeño. Servía como señal y apariencia. Cada tubo llevaba arena para apagarlo después.
Kaoran comprobó las salidas.
—El viento baja hacia el río.
—Colocamos las llamas a sotavento de las casas.
—El tejado del molino tiene paja.
—Bajamos el tubo hasta la acequia. La base es de piedra.
—La plaza acumula serrín junto a la carpintería.
—Cori lo mojará al pasar.
Ancia observó el intercambio.
—¿Cuántas veces habéis ensayado esto? —preguntó Ancia.
Isolde miró los cuatro puntos alrededor del pueblo.
—Con personas atadas junto a un horno, ninguna. Repasaremos las salidas otra vez.
Pela regresó sin Lio. El muchacho había entrado por el canal.
—Vio dos guardias junto al cobertizo y esperó hasta que se movieron —informó—. La reja estaba abierta.
Isolde trazó una línea desde el horno hasta la casa más próxima.
—Empezamos cuando recibamos humo blanco.
El grupo ocupó posiciones.
Isolde, Kaoran y Ancia descendieron hasta el canal de riego. El agua llegaba a las rodillas y olía a hierro. Avanzaron bajo la empalizada. Por encima se oían botas.
Una voz leía la proclama en la plaza.
—“La comunidad de Bren ha prestado auxilio consciente a la incendiaria conocida como Iria...”
Isolde siguió caminando.
—“La responsabilidad compartida autoriza medidas ejemplares...”
Kaoran levantó la mano.
Se detuvieron bajo una rejilla. Dos soldados hablaban arriba.
—El prefecto cree que vendrá —dijo uno.
—Varek envió retratos a toda la costa.
—Ninguno se parece.
—La capa gris coincide.
—Mi abuela tiene una capa gris.
Las botas se alejaron.
Ancia miró a Isolde.
—Hasta ellos dudan.
—Al final del día tendrán más razones.
Llegaron al desvío del horno. El espacio se estrechaba. Lio apareció arrastrándose. Llevaba la bolsa vacía.
—Mi abuela tiene la hoja —susurró—. Dice que necesita que el prefecto mire al campanario.
—¿Por qué?
—La cuerda de los prisioneros pasa por una argolla junto al horno. Puede cortarla cuando su guardia se gire.
—Buen trabajo —dijo Neira desde el otro lado del canal.
Había entrado por el cobertizo.
Lio sonrió al oírla.
—Ahora regresas con Pela —ordenó su madre.
El muchacho obedeció. Antes de desaparecer, entregó a Isolde un segundo papel.