Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 16 #4
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La evacuación continuaba.

* * *

Cori salió de la oficina con tres libros dentro de un saco.

El cilindro azul vibraba entre ellos. Antes de cruzar la ventana había descolgado la campana de su gancho; la llevaba contra el pecho, con el cordón enrollado para que no golpeara los peldaños.

Jesa había abierto una ruta por el patio usando el carro como escudo.

Los trabajadores llevaban medicinas, herramientas y copias arrancadas de los tablones de turno. Algunos guardias se habían unido a la salida. Otros protegían el almacén de pago.

—La galería del Este se viene abajo —dijo un capataz.

—Las campanas ordenan evacuar —respondió Jesa.

—Esa señal carece de autoridad.

Cori le lanzó el bronce. El hombre lo atrapó por reflejo.

—Ahora la tienes tú.

El capataz miró la campana. Después la hizo sonar.

Los últimos trabajadores dejaron el almacén.

Rheskan descendió sobre la torre principal. El dragón mantuvo las alas abiertas y lanzó una corriente hacia el patio. El polvo de la galería salió por los respiraderos en lugar de bajar hacia los túneles. Había elegido acercarse cuando las placas quedaron enterradas.

La Guardia del camino alto apareció en la entrada de Arvek.

Vio a cientos de personas evacuando, una torre ocupada por un dragón rojo y el depósito Esvan lleno de humo. El oficial ordenó formar una línea. Sus soldados encontraron familiares, vecinos y compañeros de juego entre la multitud.

La línea se abrió por el centro.

Jesa condujo a los heridos a través.

Isolde salió de la mina con Kaoran, Ancia y Tesa. La pierna izquierda arrastraba. El guante estaba roto y el roce de la lanza en el hombro había manchado la camisa. Mantuvo la capucha baja.

Pela esperaba junto a un carro. Keden bebía agua sentado en la caja.

Madre e hijo habían usado la primera parte de su reencuentro para ayudar a cargar a otros.

—Treinta y cuatro —informó Pela—. Los tres de la sala y los treinta y uno de soportes.

—¿Heridos?

—Nueve. Oro necesita puntos. Una mujer perdió el conocimiento. Todos respiran.

Raden ayudaba a sostener una tabla junto a los treinta y cuatro. Pela anotó su nombre aparte: lo habían encontrado durante el acceso y procedía de otra galería.

Kaoran acercó a Isolde un paño limpio.

—La camisa se te está pegando a la herida.

Ella intentó levantar el borde. Los dos dedos perdieron la tela y tuvo que usar la otra mano.

—Ayúdame a sentarme.

Kaoran le ofreció el codo. Pela añadió una décima herida al llegar al carro.

Ancia se sentó frente a ella. Tenía dos dedos quemados y una herida sobre la ceja. Colocó los libros de Esvan entre ambas.

—La oficina guardaba seis meses de traslados —dijo Cori—. Ciento setenta y nueve nombres. Arkhe, Nydel, Cen, Luzmer y Caleryon.

—¿Destino final? —preguntó Isolde.

—Usan códigos. Oeste-9 aparece cuarenta veces. Los envíos terminan en una estación llamada Umbral.

Jesa abrió el libro más pequeño. Varias páginas contenían pruebas de resonancia. Cada fecha llevaba un número de cadena y una pérdida calculada.

—¿Pérdida de qué? —preguntó.

Ancia leyó las unidades.

—Fuego extraído. La cantidad aumenta después de cada entrega a Cendral.

—Están usando a Ydrael para alimentar algo —dijo Isolde.

—La fase de apertura —añadió Kaoran.

Esvan iba atado en otro carro. Al oírlo, levantó la cabeza.

—Cuando la frontera caiga, todos entenderéis el precio de haberla mantenido cerrada.

Ancia se puso en pie.

Isolde la sujetó por la muñeca.

—Necesitamos su testimonio.

—Él necesita recordar los nombres de quienes encerró.

—Los leerá.

Pela llevó una de las listas hasta Esvan. Empezó por Keden. Los trabajadores se turnaron para continuar. Cada persona pronunciaba un nombre y una fecha. El supervisor tuvo que escuchar mientras los carros abandonaban Arvek.

La Hermandad perdió el refugio de los hornos.

Los guardias conocían el túnel antiguo y registrarían la cantera al amanecer.

Las diecinueve personas que vivían allí se distribuyeron entre tres rutas.

Savia recibiría a cinco en la costa. Bren ocultaría a cuatro.

Los demás cruzarían la sierra con carboneros.

—El precio llega a todas las casas —dijo Ancia.

—También las pruebas —respondió Isolde.

—Mi gente tendrá que empezar otra vez.

—Conserva los nombres, las rutas y su capacidad de decidir. Ayudaré a encontrar refugios.

Ancia miró el guante roto.

—Doven te enseñó a pagar deudas que nadie te ha pedido.

—Él fabricó una herramienta que me permitió sacar a Tesa.

—Se alegrará de saber que su costura sobrevivió más que el cuero.

Los carros llegaron a la torre de la galería tercera. La campana había desaparecido un año atrás. Quedaba una cuerda cortada y un soporte vacío.

Keden pidió detenerse.

Los trabajadores bajaron el eslabón roto que Ancia había robado. Lo colgaron del travesaño con la cadena de un torno. Pela entregó a su hijo un martillo.

El joven golpeó el metal azul.

El sonido atravesó la garganta.

Una mina respondió con cuatro golpes. Otra repitió desde el norte. Arvek añadió herramientas contra raíles, puertas y carros. La alarma avanzó por la sierra sin permiso de capataces.

Rheskan voló sobre las torres. Cada golpe le causaba rechazo y alivio. El metal que buscaba encerrarlo había cambiado de uso.

Isolde tocó la veta roja junto al camino.

—Gracias —dijo a Ydrael.

El dragón mostró las treinta y cuatro luces fuera de la montaña. Después enseñó su pecho rodeado por cinco direcciones. La nueva cadena seguía incompleta. La rotura en Arvek había ganado tiempo.

La siguiente imagen pertenecía a él por completo.

Ydrael apartó las manos humanas de su cuerpo. Abrió las alas dentro de una cámara demasiado pequeña y golpeó una puerta cubierta por tres marcas. Luego eligió esperar.

La espera tenía intención. También furia.

—¿Puede esperar otra entrega? —preguntó Ancia.

Isolde retiró la mano de la veta. Le temblaba desde la muñeca.

—Ha dejado de responder. Tendremos que contarle qué caminos siguen abiertos cuando vuelva a alcanzarnos.

Ancia estudió a Isolde durante un momento.

—Iria aparece en cada orden nueva. El nombre arrastrará patrullas hasta cualquier aldea que lo repita.

—Ha servido para mantener otros ocultos.

—Su tiempo está terminando.

Isolde escuchó el eslabón convertido en campana.

Al otro lado de la garganta, una mujer gritó que la guerrera de Nydel había abierto la mina de Arvek. Otro testigo aseguró que era una marinera de Arkhe. Un niño dijo que viajaba con un dragón rojo. Cada voz añadía una forma distinta.

La montaña ya estaba cambiando el relato.

Isolde guardó el guante roto dentro de la chaqueta. Alguien volvió a llamar a Iria desde los carros. Se giró por costumbre y vio cuántas personas seguían su mirada. Ancia había bajado la voz para advertirla; la plaza ya estaba gritando el mismo nombre.