16 #3
La piedra azul de los carros se encendió.
* * *
Jesa llegó al depósito Esvan con la campana de la oficina sonando.
El carro había pasado la primera puerta gracias al sello de sal. El supervisor de ruedas encontró barro reciente y ordenó descargar las cajas. Cori fingió una discusión sobre el pago. Mientras tres guardias revisaban vendas, un pulso azul atravesó el patio.
Los caballos se encabritaron.
Jesa soltó el freno. El carro rodó hacia la oficina y bloqueó la entrada principal. Cori saltó al pescante, alcanzó una ventana y entró con los pies por delante.
El encargado de registros se levantó de su mesa.
—¿Qué haces?
—Busco una campana.
La encontró junto a la puerta. Soltó el cordón del garfio que lo mantenía recogido y lanzó el extremo libre por la ventana.
Jesa lo atrapó.
—La primera persona ha llegado —dijo.
Tiró tres veces.
La señal se oyó en todas las galerías.
Los trabajadores levantaron la cabeza. Algunos dejaron herramientas. Otros corrieron hacia las salidas que conocían. Los capataces gritaban órdenes contradictorias. Durante años, la campana había significado peligro. El cuerpo obedecía antes que el contrato.
El encargado tomó un cuchillo.
Cori empujó la mesa contra sus piernas. Saltó por encima, agarró el aro de llaves de su cuello y giró. La cuerda se rompió.
—Armario de hierro —dijo Jesa desde fuera.
—Lo veo.
Dos guardias intentaron mover el carro. Los marineros soltaron los caballos y derramaron carbón bajo las ruedas. Jesa cortó el extremo sobrante del cordón y lo usó para atar el eje a una columna.
—Medicinas para Arvek —gritó—. Una caja por cada trabajador que quiera llevarla.
Las personas del patio entendieron. Abrieron la carga, tomaron paquetes y corrieron. Los guardias perdieron la posibilidad de requisar todo en un solo punto.
Cori probó tres llaves. La cuarta abrió el armario.
Dentro había libros, sellos y un cilindro azul.
El cilindro comenzó a vibrar.
* * *
Isolde corrió hacia la sala de pruebas.
Ancia iba a su lado. Kaoran se quedó con la evacuación y los seis miembros de la Hermandad. Pela condujo a Keden y a dos heridos hacia la plataforma.
—Una hora —recordó Kaoran.
—Saca a todos.
—Incluidos vosotros.
—Incluidos nosotros.
Raden mostró un conducto de ventilación. Isolde y Ancia treparon por una escalera hasta una pasarela. La sala se abría debajo.
Un aro azul ocupaba el centro. Colgaba de cuatro cadenas sujetas a tornos. Dentro habían colocado un bloque de piedra roja. Brann y Oro giraban dos ruedas bajo vigilancia. Tesa yacía junto a una plataforma con un grillete en el tobillo.
El supervisor Cadran Esvan observaba desde una cabina elevada. Era un hombre delgado, con cabello blanco y una máscara de cristal sobre los ojos. A su lado, un instrumento dibujaba líneas sobre papel.
—Subid la resonancia —ordenó.
—La veta está inestable —dijo Oro.
—La entrega sale en seis días.
—La piedra va a romperse.
Esvan giró una palanca.
Las cadenas bajaron.
El aro presionó el bloque rojo. Una onda fría recorrió la pasarela. Isolde perdió fuerza en la mano izquierda. El Núcleo empujó contra sus costillas.
Ydrael apareció dentro de su mente con una claridad dolorosa.
La sala se superpuso a su prisión. El aro central correspondía a una pieza preparada para el pecho. Las cuatro cadenas imitaban los anclajes existentes. El bloque de piedra servía como sustituto durante la prueba. El mecanismo buscaba la frecuencia capaz de obligar a un dragón a entregar fuego.
—Están ajustando la quinta cadena —susurró.
Ancia miró las poleas.
—Si cortamos una, el aro caerá sobre ellos.
—Hay que quitar tensión desde las ruedas.
—Brann y Oro giran bajo bloqueo. La palanca de Esvan controla el trinquete.
Tesa se movió. Intentó alcanzar la rueda más cercana. Un guardia le dio una patada en el costado.
Isolde bajó desde la pasarela.
Cayó detrás del hombre. La pierna izquierda recibió el impacto y cedió un instante. Rodó, sacó la hoja corta y golpeó la muñeca del guardia con el mango. Ancia descendió por la escalera y arrojó una cuña dentro del engranaje.
La rueda se detuvo.
—¡Atrás! —gritó Esvan.
Dos soldados avanzaron desde la puerta. Isolde desvió una lanza. La punta rozó su hombro. Ancia golpeó el segundo asta con el martillo y la encajó entre los peldaños.
Brann soltó la rueda.
—¿Tesa?
—Viva —respondió ella desde el suelo—. La llave está en la cabina.
Oro invirtió el giro. El bloqueo impidió mover el torno.
Esvan levantó otra palanca.
El aro absorbió el calor de las lámparas. Las llamas se apagaron. La sala quedó iluminada por las vetas azules.
Isolde sintió que el Núcleo se abría hacia fuera.
La cicatriz bajo las costillas ardió. Cayó sobre una rodilla. Cada eslabón tiraba de una parte distinta: respiración, pulso, vínculo, fuego. Rheskan lanzó una alarma desde el cielo. Ydrael respondió con el peso de su prisión.
Esvan la vio.
—Por fin —dijo.
La reconocía como fuente, quizá como objetivo. Su mano buscó una rueda de ajuste.
—Sube hasta ocho —ordenó a un técnico.
El hombre permaneció quieto.
—Hay gente debajo del aro.
—Súbelo.
El técnico retrocedió.
Esvan giró la rueda él mismo.
Isolde colocó la palma contra el suelo. El impulso pedía una explosión capaz de romper la sala. El metal esperaba exactamente eso. Cada llama aumentaría su dominio.
Tres respiraciones.
Necesidad: liberar el trinquete.
Límite: conservar el techo y a quienes seguían evacuando.
Tres pulsos.
Envió el primero hacia el engranaje de Ancia. Calentó la cuña de cobre. El metal se expandió y empujó un diente.
Esvan sonrió desde la cabina. El aro recogió una parte del fuego.
El segundo pulso viajó por la rueda de Brann. Oro entendió y giró en sentido contrario. El trinquete cedió medio punto.
La cadena sobre Tesa subió un palmo.
—Otra vez —dijo Ancia.
Isolde sintió a Ydrael sosteniendo el flujo. Podía dirigir el fuego dentro de la veta o dejar que la cadena lo tomara. El dragón mostró una tercera opción: cambiar el ritmo.
La idea llevaba su voluntad.
Isolde esperó.
Esvan aumentó la resonancia. El aro buscó el siguiente pulso en el mismo intervalo.
Ydrael golpeó desde Cendral.
Una de las cuatro cadenas de su prisión envió una vibración por las vetas. Llegó a la sierra fuera del ritmo previsto. El eslabón superior de la sala se torció.
Isolde lanzó el tercer pulso dentro de esa vibración.
Ancia golpeó la fisura.
El eslabón se abrió.
La cadena cayó sobre la plataforma. Tesa se cubrió la cabeza. Brann la arrastró fuera. Oro giró la rueda libre y levantó el lado opuesto del aro.
La energía acumulada salió por la veta roja.
Esvan perdió el equilibrio dentro de la cabina. El cristal de su máscara se quebró. El técnico huyó por la escalera.
—¡Llave! —gritó Tesa.
Ancia subió hacia la cabina. Un guardia intentó seguirla. Isolde sujetó el asta de su lanza con la correa del guante, giró y lo llevó contra el suelo. La mano izquierda se abrió bajo el esfuerzo. Dos dedos quedaron sin fuerza.
El segundo soldado soltó el arma.
—Fuera de la sala —le ordenó Isolde.
El hombre arrastró a su compañero.
Ancia alcanzó a Esvan junto al panel. Él sostenía una llave en una mano y una hoja de registro en la otra.
—Has destruido nueve meses de trabajo —dijo.
—Mi cuadrilla construyó ese trabajo.
—Tu cuadrilla firmó contratos.
—Mi cuadrilla recibía agua según el peso producido.
Esvan acercó la hoja a una lámpara de seguridad.
Ancia le golpeó los nudillos. La llave cayó. El papel prendió por una esquina.
Isolde llegó y apagó la llama entre los dedos. Parte de la tinta quedó dañada. Se distinguían tres líneas.
FASE DE CAPTACIÓN: COMPLETA.
FASE DE RESONANCIA: QUINTO ANCLAJE.
FASE DE APERTURA: AUTORIZACIÓN PENDIENTE.
Debajo aparecía la marca privada de Varek y el sello administrativo de la regencia.
—¿Qué quieren abrir? —preguntó Isolde.
Esvan escupió sangre.
—Una frontera que vuestras Casas dejaron pudrirse.
—¿La Cicatriz?
El supervisor miró el aro roto.
—Pregunta a tu dragón.
Esvan había visto el fuego responder a las cadenas. Isolde buscó en su cara alguna señal de que supiera algo más; el supervisor miraba el aro roto. Ancia esperaba con la llave en la mano.
Un crujido atravesó el techo.
La rotura del eslabón había soltado el peso de un torno exterior. Una viga bajó sobre la salida. Polvo negro llenó la sala.
Ydrael mostró el derrumbe antes de que empezara.
Había dos rutas. La puerta principal quedaría libre durante cuarenta latidos. El conducto de ventilación podía sostenerse más tiempo, aunque Tesa tenía el tobillo sujeto y Oro llevaba una herida abierta en la espalda.
—La llave —dijo Isolde.
Ancia bajó con la llave. Liberó a Tesa. Brann pasó un brazo por su cintura. Oro caminó apoyado en el técnico que había rechazado la orden.
Esvan seguía junto al panel.
—Muévete —le dijo Isolde.
—La máquina contiene la veta. Si salgo, perderéis la galería.
—Ya la hemos perdido.
—Debajo hay años de...
El techo soltó otra piedra.
Isolde lo tomó por el abrigo. Esvan intentó aferrarse al panel. Kaoran apareció en la puerta, cubierto de polvo.
—Treinta y uno fuera —dijo—. Quedan vosotros y los de esta sala.
—Ayúdame con él.
Kaoran apartó la mano de Esvan de la palanca. Entre ambos lo llevaron hacia la salida.
Ancia cruzó primero con Tesa. Brann y Oro la siguieron. El técnico pasó con el guardia herido. Isolde y Kaoran empujaron al supervisor.
La viga empezó a caer.
Ydrael sostuvo la veta.
La decisión llegó acompañada por una ráfaga de dolor. Una de sus cadenas le comprimió el cuerpo. Podía mantener la galería durante ocho latidos.
Isolde contó.
Uno.
Esvan tropezó.
Dos.
Kaoran lo levantó.
Tres.
La salida quedaba a seis pasos.
Cuatro.
Tesa regresó desde el otro lado y tomó el brazo del hombre que la había encerrado.
Cinco.
Oro tiró de Kaoran.
Seis.
Isolde cruzó bajo la viga.
Siete.
Esvan cayó fuera.
Ocho.
Ydrael soltó la veta.
La sala de pruebas se cerró detrás de ellos. El aro, los tornos y el bloque rojo desaparecieron bajo piedra. Una onda de aire lanzó al grupo contra la pared.
Durante varios segundos, Isolde oyó su propio pulso.
Después llegó el grito de Pela desde la plataforma.
—¡Todos arriba!