Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 16 #2
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—Sacar a treinta y cuatro detenidos y la información que permita seguir las cadenas.

—Límite.

—El refugio de la Hermandad. La vida de quienes trabajan por obligación dentro de la mina. También los guardias que depongan armas.

—Coste aceptable.

Isolde observó los mapas. La respuesta tardó.

—Perder el cargamento, las copias que llevamos y nuestra ruta hacia Caleryon. Mi identidad queda fuera.

Ancia la miró con dureza.

—Has puesto el nombre por encima de treinta y cuatro personas.

—Darian usaría mi nombre para ampliar la búsqueda. Las familias necesitarían salir antes de que el ejército cerrara la sierra.

—También podría hacer que los mineros se levantaran.

—Dentro de una galería controlada por Varek. Podría cortar la entrada y detener a los parientes que estuvieran fuera. Quiero saber por dónde saldremos antes de pedir a nadie que grite un nombre.

Ancia apoyó las manos sobre la mesa.

—Mi gente lleva años esperando una razón para levantarse.

—Dales una salida, pruebas y capacidad para elegir el momento.

—Hablas como alguien que puede esperar desde un camino seguro.

—He esperado tres años aprendiendo a caminar otra vez.

La cantera quedó en silencio. Isolde deseó no haberlo dicho delante de tanta gente. Ancia bajó la vista hacia el zapato izquierdo y la levantó enseguida.

—En la segunda curva habrá que arrastrarse —dijo—. ¿Puedes apoyar esa rodilla?

—Un rato. Después necesitaré que alguien tome la lámpara.

—Pela la llevará.

Kaoran acercó el mapa a la luz. Isolde dejó de esconder la mano detrás del cuerpo y señaló la curva que Ancia había mencionado.

Ancia cerró el mapa.

—La Hermandad vota.

Dieciséis adultos se reunieron alrededor de los hornos. Ancia explicó la presencia de los detenidos, las cadenas y el riesgo sobre el refugio. Cada persona dejó un trozo de carbón dentro de uno de tres cubos: evacuar el refugio, entrar en la mina o mantener la red oculta.

Once eligieron entrar. Cuatro querían evacuar primero. Una mujer dejó el carbón sobre el suelo.

—Mi hijo está en la cámara lateral —dijo—. Voy con cualquier decisión que lo saque.

Ancia recogió el trozo y lo colocó en el cubo de entrada.

—Doce.

Isolde observó el proceso. La Hermandad compartía el riesgo con quienes iban a pagarlo. También aceptaba que el refugio tendría que desaparecer después.

—Empezamos la evacuación ahora —decidió Ancia—. Seis personas guían a las familias hacia los hornos del norte. Ocho de la Hermandad entraremos con Iria y Kaoran. Los demás preparan carros para quienes salgan de la galería.

Pidió que llevaran también el eslabón robado. Dos personas lo sujetaron sobre un travesaño y lo cargaron en el carro de herramientas. La fisura tendría que sobrevivir como prueba aunque perdieran el refugio.

La mujer del carbón se llamaba Pela Oss. Conocía la compuerta de la cámara. Su hijo, Keden, había desaparecido en Arvek cuarenta días atrás.

—Le ofrecieron saldar la deuda de la casa —dijo mientras se ataba un pañuelo—. Firmó por seis meses. El depósito registró que huyó al tercero.

—¿Crees que sigue vivo? —preguntó Isolde.

—Creo que esta noche voy a abrir una puerta.

Ancia repartió herramientas. Isolde recibió una cuña de cobre, un martillo y una máscara de tela húmeda. Kaoran llevaba cuerda, dos lámparas y el cuchillo de empuñadura clara. La hoja corta de Isolde permaneció oculta bajo la chaqueta.

Jesa, Cori y dos miembros de su tripulación prepararon el carro. Colocaron medicinas arriba, carbón debajo y una copia falsa del manifiesto en la caja del conductor.

—Si tardáis más de una hora, entregaremos la carga y entraremos por la oficina —dijo Jesa.

—Si suena una campana, la salida principal estará cerrada —advirtió Ancia.

—¿Dónde conseguiremos una campana?

—Esvan instaló una pequeña dentro de su oficina. Le gusta tener el único aviso de la montaña.

Cori ajustó las riendas.

—Entonces la primera persona que llegue allí se la queda.

El sol descendió detrás de la sierra.

Rheskan mostró dos patrullas en la ruta alta. Una regresaba a Arvek. La otra llevaba la placa azul hacia el oeste. Había elegido seguir el instrumento desde el aire, lejos de su alcance.

Isolde tocó una veta roja antes de entrar al túnel antiguo.

—Ydrael.

La montaña respondió con un latido.

—Vamos a sacar a las personas. Después destruiremos las piezas que podamos. Necesito que nos muestres los derrumbes.

El dragón enseñó la presión de las cuatro cadenas sobre su cuerpo. Cada contacto con el eslabón de la sierra aumentaba el tirón del anclaje que estaban probando. Ayudar tendría un precio físico para él.

—La elección es tuya.

La respuesta tardó.

Ydrael mostró treinta y una luces detrás de la compuerta. Luego añadió las tres de la sala de pruebas.

Una línea de calor recorrió la veta hacia el interior.

Había elegido ayudar.

El túnel descendía en curvas cerradas. Ancia avanzaba delante con la lámpara cubierta. Pela la seguía. Isolde iba tercera y Kaoran cerraba el grupo de diez.

La veta roja aparecía cada pocos pasos. A veces marcaba una pared. Otras cruzaba el suelo como una raíz. Ydrael enviaba calor cuando el camino soportaba peso. El frío señalaba huecos, vigas partidas o placas azules.

Llegaron a una bifurcación.

Ancia señaló la izquierda.

Isolde sintió frío en esa dirección.

—La derecha.

—Termina en un pozo —susurró Ancia.

La veta mostró una imagen del fondo. Una plataforma de carga colgaba cuatro pasos más abajo. Podían alcanzarla mediante una escalera lateral.

—Hay plataforma.

Pela retiró una piedra. Detrás encontraron los peldaños oxidados.

—Esa pieza se cerró hace seis años —dijo.

—Ydrael recuerda el peso que pasó por ella.

—¿Recuerda todas las piedras?

Isolde tocó la pared.

La respuesta pasó por el frío del eslabón y un tramo de roca hundida en agua. Isolde perdió la imagen en cuanto intentó mirar más allá. La cadena transmitía partes de aquel lugar; entre unas y otras quedaban huecos que Ancia tendría que reconocer.

—Siente las que tocan su fuego —dijo.

Bajaron por la escalera. La plataforma conservaba un mecanismo manual. Cuatro personas giraron la rueda hasta llevarla al nivel de una galería de transporte. Al otro lado se oían carros.

Ancia apagó la lámpara.

Dos guardias pasaron empujando a un trabajador. El hombre tenía una argolla alrededor del cuello. Uno de los soldados tiró de ella para obligarlo a caminar más rápido.

Kaoran esperó hasta que cruzaron la plataforma. Bajó detrás del último, le cubrió la boca y presionó un punto bajo la oreja. Isolde atrapó el brazo del primero. Pela sujetó la argolla para proteger el cuello del trabajador. Ancia golpeó la rodilla del guardia.

Ambos quedaron en el suelo.

—¿Puedes caminar? —preguntó Pela al trabajador.

—Sí.

—¿Nombre?

—Raden Ull.

—¿Turno?

—Galería cuarta. Me llevaban a la sala de castigo.

—Ahora vienes con nosotros.

Raden miró a Isolde. Había visto la velocidad del ataque y el guante de cuero. Guardó la pregunta.

Ataron a los guardias y los dejaron sobre la plataforma. Kaoran tomó una casaca. Le quedaba corta de mangas. Ancia se puso el casco del otro.

—La sala de soportes está al final —dijo Raden—. Han cerrado la compuerta y retirado la manivela.

—¿Por qué? —preguntó Isolde.

—La gente golpeaba para pedir agua. El ruido molestaba durante las pruebas.

Pela apretó el martillo.

Caminaron entre carros cargados de piedra azul. Los obreros apartaban la mirada cuando veían uniformes. Nadie hablaba. La ausencia de campanas convertía cada sonido en una amenaza: un crujido podía anunciar derrumbe o una rueda mal ajustada. Los capataces decidían cuándo corría peligro una galería.

Raden empezó a marcar las paredes con carbón. Una flecha conducía hacia la plataforma. Los trabajadores cercanos la vieron. Uno dejó caer una herramienta para tapar la señal mientras pasaba un supervisor.

La Hermandad crecía dentro de gestos pequeños.

La compuerta apareció detrás de dos carros vacíos. Tenía seis barras de hierro y un disco azul en el centro. Golpes débiles llegaban desde dentro.

Pela apoyó la frente contra la puerta.

—Keden.

Los golpes se detuvieron. Después respondieron tres veces.

—Madre —dijo una voz amortiguada.

Pela cerró los ojos.

Ancia examinó el disco.

—La cerradura absorbe calor. El mecanismo está detrás.

—Puedo enfriar la barra calentando el marco —dijo Isolde.

—El cambio partirá la piedra.

—Ese es el objetivo.

—También puede activar las placas de la sala de pruebas.

Isolde tocó la veta roja. Ydrael mostró la distancia: dos cámaras y una pared de obsidiana. El pulso viajaría. Las cadenas dentro de la sala despertarían.

—Tendremos poco tiempo después.

—Ya lo tenemos —dijo Pela.

Ancia introdujo la cuña de cobre entre el disco y el marco. Isolde puso ambas manos sobre la piedra alrededor. Calentó un círculo amplio, despacio. La cerradura bebió parte de la energía. La veta roja intentó llevarla hacia las galerías profundas.

El dolor de Ydrael entró con ella.

Isolde mantuvo la respiración. Uno quieto. Dos dentro. Cinco al salir.

El marco se expandió.

—Ahora —dijo.

Ancia golpeó la cuña.

El disco se partió por el borde. Pela y Raden tiraron de dos barras. Kaoran usó la cuerda sobre la tercera. Los miembros de la Hermandad levantaron las demás.

La compuerta abrió medio paso.

Un olor a sudor, polvo y enfermedad salió de la cámara.

Pela entró de lado. Un joven cayó contra ella. Tenía el rostro hundido y una costra de sangre en el cabello.

—Sabía que vendrías —dijo.

La mujer sostuvo a Keden por la nuca.

—Has tardado cuarenta días en tener razón.

Dentro había treinta y una personas. Siete apenas podían caminar. Una mujer llevaba un embarazo avanzado. Dos hombres compartían una camisa para cubrirse. Habían recibido un cubo de agua desde el amanecer.

Isolde miró a Ancia.

—Primero los heridos.

La Hermandad formó parejas. Raden explicó la ruta. Keden señaló a quienes necesitaban ayuda. Pela permaneció junto a la compuerta para contar salidas.

La veta roja vibró.

Ydrael mostró tres luces moviéndose dentro de la sala de pruebas. Una cayó. Las otras dos intentaron levantarla.

—Han empezado —dijo Isolde.

Un golpe profundo recorrió la montaña.