Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 16
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La Sierra de Obsidiana empezaba donde terminaban los árboles.

Durante la primera jornada, el sendero cruzó pinares inclinados por el viento. Al segundo amanecer, las raíces desaparecieron bajo roca negra. El mar quedó reducido a una línea gris detrás de ellos. Arvek ocupaba una garganta al oeste, rodeada por canteras, hornos y caminos de carros.

Isolde oyó los martillos antes de ver las casas.

Golpeaban en grupos de cuatro. Después llegaba un silencio largo. Otros cuatro respondían desde una ladera distinta.

Neira levantó un puño.

Jesa detuvo la columna. Viajaban con cinco caballos, cuatro cajas de medicinas y la copia del manifiesto cosida dentro de una manta. Cori guiaba el animal más pequeño. Kaoran cerraba la marcha.

—¿Turno? —preguntó Jesa.

—Aviso —respondió Neira—. Hay guardias en el camino alto.

—¿Cuántos?

La guía escuchó otra secuencia.

—Dos patrullas. Un carro azul. Han cerrado la entrada de Arvek.

Isolde miró la montaña. Torres de madera se alzaban sobre tres bocas de mina. Cada una tenía un travesaño vacío. Las campanas habían dejado marcas verdes sobre la madera antes de ser retiradas.

—¿Cómo responde la Hermandad? —preguntó.

Neira señaló el saco de carbón que llevaba detrás de la silla.

—Con humo cuando puede. Con golpes cuando el viento cambia. Con personas cuando ambos fallan.

—¿Y hoy?

Una piedra rodó detrás de Kaoran.

Tres figuras habían salido de una grieta. Vestían capas oscurecidas con polvo y llevaban martillos cortos. La mujer del centro tenía media cara cubierta por un pañuelo.

—Hoy responden con personas —dijo Kaoran.

La mujer levantó el martillo.

—Dejad las riendas y enseñad las manos.

Jesa soltó el caballo. Cori mostró las palmas. Kaoran hizo lo mismo. Isolde mantuvo la izquierda dentro del guante de Doven.

—Las dos —ordenó la mujer.

Isolde llevó los dientes a la hebilla del guante. Podía pedir ayuda a Kaoran; con tres martillos apuntándolos prefería que él conservara las manos visibles. Tardó en aflojar la correa. La mujer aguardó sin bajar el arma.

Cuando retiró el cuero, los dos dedos rígidos quedaron a la vista. Isolde sostuvo la mano abierta a la altura del pecho para que la patrulla terminara de mirarla. El cuero interior llevaba una marca grabada cerca de la muñeca: una rama sobre un yunque.

La mujer bajó el martillo.

—¿Quién hizo eso?

—Doven Ardel.

Se quitó el pañuelo. Tenía la misma frente ancha del herrero y una quemadura que le cruzaba la barbilla.

—Mi hermano fabrica guantes mejores que cartas.

—También envía harina escondida entre herramientas —dijo Kaoran.

—Eso se parece más a él.

—Ancia —dijo Neira—, traemos medicinas de la costa. Jesa conserva pruebas de Arkhe. Buscamos a Tesa Brin y a dos hombres detenidos en Cen.

Ancia Ardel miró las cajas. Después estudió a Isolde.

—El carro azul llegó al depósito Esvan durante la noche. Tres detenidos entraron. Ninguno ha salido.

—¿Dónde los llevan? —preguntó Isolde.

—Galería del Este. Allí prueban las piezas grandes.

—Necesito entrar.

—Toda persona nueva necesita algo. La montaña decide cuánto cobra.

Ancia indicó la grieta. Los miembros de la Hermandad condujeron los caballos por un paso estrecho. El camino terminaba ante dos hornos de carbón abandonados. Entraron por la boca del primero. Detrás de una pared falsa había una escalera descendente.

El refugio ocupaba una cantera vieja.

Diecinueve personas dormían entre pilas de leña. Había tres niños, dos ancianos y trabajadores con heridas recientes. Un hombre carecía de uñas en la mano derecha. Una joven llevaba una marca azul alrededor del cuello. Varios se apartaron al sentir el Núcleo de Isolde.

—Los instrumentos dejan ese miedo —explicó Ancia—. Cada pulso busca fuego. A veces encuentra una fragua. A veces encuentra a alguien.

Jesa abrió las cajas.

La Hermandad repartió vendas, ungüentos y medicinas para la tos. Cori anotó cantidades. Neira llevó agua. Isolde dejó que Kaoran revisara a los heridos mientras ella observaba el mapa tallado en una pared.

Arvek tenía siete galerías principales. Cinco constaban en los registros públicos. La sexta unía las canteras con el depósito Esvan. La séptima bajaba bajo la montaña y terminaba en una zona sin nombre.

—¿Qué hay aquí? —preguntó, tocando la última línea.

Ancia le apartó la mano.

—Primero respondes tú.

—Pregunta.

—Doven te conoce. Kaoran te acompaña. Una Guardia entera busca a una mujer que abre minas y deja capas en caminos distintos. Tienes fuego suficiente para despertar las placas. ¿Qué nombre llevo a mi gente si el refugio cae por recibirte?

—Iria.

Ancia esperó.

—Ese nombre ya aparece en órdenes de captura.

—Es el que uso.

—Pregunté cuál llevo a los muertos.

Kaoran dejó de vendar una mano. Jesa miró las cajas. Nadie intervino.

Isolde sostuvo la mirada de Ancia.

—Lleva Iria. Es el nombre con el que responderé por lo que hagamos aquí.

—Mis vecinos están durmiendo detrás de esa pared.

Isolde miró hacia la puerta. Había dejado allí la bolsa y el guante; Ancia podía devolvérselos. La incertidumbre le dolía más de lo que esperaba después del recibimiento de Rima.

—Puedo marcharme —dijo—. Las medicinas se quedan.

—Tesa seguiría dentro y las pruebas viajarían por una ruta más lenta. Tu marcha también tiene un precio.

Ancia tomó una lámpara.

—Ven. Quiero saber si reconoces lo que fabrican.

Atravesaron un túnel bajo. El aire contenía polvo de carbón y un olor metálico que Isolde había sentido en Arkhe. Llegaron a una cámara cerrada por dos puertas de madera. Ancia retiró tres piedras del muro y sacó un paquete envuelto en cuero.

Dentro había un eslabón azul.

Medía lo mismo que el torso de Isolde. Una veta roja recorría el centro. Los bordes estaban cubiertos por escamas de cristal negro.

El Núcleo se contrajo.

Ancia dejó el eslabón sobre el suelo.

—Lo robamos de una carga rechazada. Tenía una fisura en la unión. El supervisor ordenó fundirlo otra vez. Mi cuadrilla cambió el peso por escoria.

Isolde acercó la mano.

El metal tomó calor a través del aire. Cuanto más se acercaba, más frío sentía en la piel. Ydrael respondió desde una profundidad remota.

La imagen llegó rota.

Una pata inmensa rodeada por aros. Piedra roja bajo escamas oscuras. Cuatro cadenas extendidas hacia puntos separados. Una quinta dirección permanecía vacía y dolía como una herida preparada.

Isolde retiró la mano.

—Está hecho para él.

—¿Para quién?

—Ydrael.

Ancia miró a Kaoran.

—Doven mencionó ese nombre en una carta. Pensé que hablaba de una veta.

—Habla de un dragón —dijo Kaoran—. Está encerrado bajo Cendral.

Uno de los hombres de la Hermandad soltó una maldición. Ancia permaneció inmóvil.

—Fabricamos catorce aros durante el último año. Veinticuatro placas. Dos piezas redondas que llamaban núcleos de confluencia.

—Arkhe registró las mismas cantidades —dijo Jesa.

—Las primeras cargas salieron por mar. Las siguientes regresaron por túneles. El trayecto suma semanas y ofrece demasiadas oportunidades para perder un carro. Varek prefiere mantener el destino oculto.

Isolde volvió a mirar el eslabón.

—¿Cómo funciona?

Ancia abrió una caja de herramientas. Sacó un fragmento del cristal negro y una pinza de cobre.

—La piedra azul bebe calor vivo. El vidrio de obsidiana lo lleva hacia la veta roja. Dentro hay polvo extraído de grietas cercanas a la Cicatriz. Con el temple correcto, el conjunto aprende la firma del fuego que toca.

—Un localizador y una cadena.

—La pieza sigue a su prisionero durante un movimiento. Cada intento de romperla alimenta el temple. Una criatura grande puede pasar años reforzando su propia prisión.

Rheskan sintió el eslabón desde el exterior. El vínculo se llenó de cielo estrecho y redes.

Isolde envió una imagen del refugio y de las manos de Ancia. El dragón rojo respondió con una ladera alta. Se mantendría lejos de las placas mientras vigilaba las salidas.

Ydrael envió otra presión. La veta del eslabón se calentó por el borde de la fisura. Isolde sintió tres pulsaciones juntas y, más lejos, una acumulación que le costó separar. Se apoyó en la pared mientras contaba.

Treinta y una. Intentó repetir la cuenta. La imagen de unos cuerpos agachados duró apenas lo suficiente para distinguir una cámara; después llegó dolor, la presión de una cadena contra escamas antiguas, y el contacto se cortó.

—Hay más gente dentro —dijo Isolde.

Ancia frunció el ceño.

—La lista de turno tiene diecisiete trabajadores.

—He contado treinta y una pulsaciones. Había una cámara. El contacto se ha cortado antes de que pudiera comprobarlo.

—¿Puede ver esta montaña?

—El eslabón lo alcanza a través de las vetas. Lo que recibe le duele. Necesitamos a alguien que conozca esa cámara.

Ancia llamó a dos mineros. Extendieron el mapa sobre una mesa.

—La cámara lateral servía para almacenar soportes —dijo uno—. Esvan empezó a llevar allí trabajadores sin registro. Gente capturada en puertos, deudas o redadas.

—Tesa puede estar entre ellos —dijo Cori.

—Tesa entró con Brann y Oro —respondió Ancia—. Tres luces coinciden con la sala de pruebas. Los demás quedan detrás de una compuerta.

Isolde contó accesos. La galería del Este tenía entrada desde el patio Esvan, un respiradero sobre la fundición y un túnel antiguo que atravesaba la séptima galería. La Hermandad usaba el último para sacar personas de una en una.

—¿Cuánto tardamos en evacuar a treinta y una? —preguntó.

—Dos horas si caminan —dijo Ancia—. El túnel se estrecha junto al pozo de agua. Cualquier herido duplica el tiempo.

—¿Guardias?

—Doce en el patio, seis dentro. El cambio de turno ocurre al anochecer.

Jesa estudió la ruta del depósito.

—Mi gente puede entrar con un carro de medicinas. Llevamos el manifiesto de sal y un sello copiado.

—El supervisor revisa las ruedas —dijo Ancia.

—Entonces verá ruedas excelentes.

—¿Qué buscas dentro?

—La oficina. Si liberamos personas y dejamos intactas las listas, Esvan puede reconstruir la ruta.

Ancia indicó tres puertas.

—La oficina queda aquí. Los libros se guardan en un armario de hierro. El encargado lleva la llave atada al cuello.

Kaoran miró a Isolde.

—Necesidad.