Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 15 #3
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El conjunto había perdido fuerza legal, pero continuaba vivo.

—Salvamos parte —dijo Isolde.

—Y sabemos dónde conseguir otra —respondió Jesa, señalando Arvek.

Un silbido llegó desde el sendero de los acantilados.

Jesa respondió con dos notas cortas. Aparecieron doce vecinos cargados con mantas, tablas y cestas de pescado. La primera era una mujer alta con una trenza blanca enrollada alrededor del cuello. Bajó la pendiente con paso firme, apartando piedras con el bastón.

—¿Cuántos heridos? —preguntó.

—Uno grave y cuatro con cortes —dijo Jesa—. Necesito refugio, animales y ojos sobre la costa.

La mujer señaló a tres jóvenes.

—Rusk irá a casa de Nara. Los demás, al secadero viejo. Cada familia toma una caja y espera la señal.

Los vecinos entraron en el agua sin pedir explicaciones.

Una caja de vendas desapareció bajo una red de mejillones.

Otra viajó dentro de un cesto cubierto con algas.

Las ampollas secas fueron repartidas entre delantales y bolsas de harina.

En pocos minutos, la carga superviviente pertenecía a toda la cala.

Isolde ayudó a subir a Rusk por el sendero. El marinero mantenía los dientes apretados. La sangre atravesaba el vendaje que Kaoran había colocado en la playa.

—Savia Orn —se presentó la mujer de la trenza—. Esta costa me llama alcaldesa cuando necesita culpar a alguien y curandera cuando sangra.

—Kaoran.

Savia miró a Isolde.

—Iria.

La mentira llegó con facilidad. Aquello le molestó más que el dolor del costado.

La casa de Nara tenía una habitación excavada en la roca. Olía a tomillo, sebo y pescado ahumado. Savia colocó a Rusk sobre una mesa. Cortó el pantalón desde la rodilla y examinó la herida.

—La madera entró por aquí. Hay fibras dentro. El hueso del tobillo tiene dos roturas.

—¿Puedes salvar la pierna? —preguntó Jesa.

—Puedo darle una oportunidad. Necesito luz, agua limpia y una hoja caliente.

Isolde puso el cuchillo de Savia entre las manos. Mantuvo el calor en el metal hasta que el filo tomó un tono oscuro. El esfuerzo era pequeño. La precisión dependía de los dedos. Los dos de la mano izquierda comenzaron a temblar.

Kaoran tomó el mango antes de que resbalara.

—Yo sostengo —dijo.

Ella mantuvo la temperatura desde los costados. Savia trabajó dentro de la herida mientras Rusk mordía una correa. Jesa sujetaba sus hombros. Cada fibra extraída dejaba salir sangre nueva.

Isolde escuchó los golpes del mar contra el arco. El navío de Velaria seguía fuera. Los originales ardían en algún punto bajo las olas. Cori avanzaba hacia Cen con una copia. Los seis nombres de la aldea recorrían un camino que ella había elegido abandonar.

El calor del cuchillo subió demasiado.

—Baja —ordenó Savia.

Isolde cerró una respiración. El metal recuperó el color correcto.

—Aquí —dijo Kaoran en voz baja.

La palabra la devolvió a la mesa.

Savia extrajo la última astilla, lavó la herida y cosió dos capas de carne. Después acomodó el tobillo entre tablillas.

—La fiebre decidirá durante la noche —dijo—. Alguien debe darle agua cada poco tiempo. Si la pierna se enfría o cambia de color, me despertáis.

Jesa permaneció junto a Rusk.

—Vuelve al barco —le pidió a Isolde—. Mis marineros siguen bajo tu cuenta.

Isolde salió con Kaoran. La lluvia había convertido el sendero en barro. Savia caminaba detrás, repartiendo órdenes.

—La Guardia de costa tiene un puesto a dos leguas —explicó—. Verán el navío detenido y enviarán hombres.

—Podemos mover a la tripulación hacia el interior —dijo Isolde.

—Eso deja una playa llena de huellas y una casa con un herido. Parecerá una ruta de contrabando porque lo es.

—¿Qué propones?

—Convertirlo en un naufragio.

En la cala, los vecinos ya habían dado la vuelta a la historia.

Colocaron redes rotas sobre el casco. Vaciaban sacos de sal dentro de la bodega inundada.

Dos hombres desmontaban el parche para que la placa azul pareciera haber atravesado una nave de pesca corriente.

Las cajas ocultas avanzaban hacia las casas por senderos distintos.

Venn raspó la pintura de la popa hasta borrar la mitad del nombre.

—Le dolerá más esto que el mástil —dijo Ilven.

Jesa no estaba presente para oírlo.

Rheskan había regresado a la roca después de recorrer el acantilado.

La cercanía de tantos habitantes lo mantenía tenso.

Una niña dejó un pescado sobre una piedra y regresó con su madre.

El dragón observó la ofrenda. Luego miró a Isolde, como si esperara que ella explicara la costumbre humana de entregar comida a una criatura capaz de cazar en el mar.

—Decide tú —dijo.

Rheskan tomó el pescado después de que la niña se alejara. Ella sonrió desde el sendero.

El vínculo transmitió hambre, curiosidad y una reserva que seguía intacta. Rheskan permitió la cercanía durante tres latidos. Después voló hacia los riscos del oeste. Eligió una posición desde la que podía vigilar la cala y ocultarse del navío.

El primer guardia apareció antes de que terminara la lluvia.

Seis hombres bajaron por el camino. Llevaban capas enceradas, ballestas y una placa azul dentro de una caja acolchada. El oficial recorrió la playa con la mirada.

—¿Qué barco es ese?

Savia plantó el bastón en el barro.

—Uno roto.

—Tiene casco de transporte.

—Transportaba sal.

—¿Tripulación?

—Dispersa por la playa. Dos han subido con heridas.

El oficial vio a Kaoran remendando una red. Isolde llevaba una cesta de mejillones y una manta sobre el cabello. Venn permanecía dentro del agua junto a Ilven. Los demás vecinos limpiaban tablones.

—Un navío de Velaria denuncia contrabando y ataque de dragón —dijo el hombre.

—El dragón debería presentar una denuncia mejor —respondió Savia—. El navío ha disparado contra una barca durante una tormenta.

Uno de los guardias soltó una risa. El oficial lo hizo callar.

—Registraremos las casas.

Savia abrió los brazos.

—Empieza por la mía. Encontrarás dos gallinas, seis goteras y un marido escondido de sus propios acreedores.

El hombre levantó la caja azul. La placa emitió un pulso débil. Isolde sintió el frío recorrerle los dientes. Mantuvo el Núcleo recogido. En la sierra, una presencia profunda respondió con una presión lenta. Ydrael había sentido el instrumento.

La aguja giró hacia el oeste.

—Hay fuego vivo cerca —dijo el guardia que sostenía la caja.

—Hay una forja en Bren —dijo Savia—. Dos leguas por esa senda.

El oficial separó a sus hombres. Tres registraron el casco. Los otros subieron hacia las casas.

Isolde dejó la cesta y siguió con distancia. Kaoran caminó a su lado.

—Rusk —susurró ella.

—Jesa está con él.

—Encontrarán la herida.

—Encontrarán a un marinero alcanzado por madera.

—También reconocerán la quemadura blanca.

Kaoran observó sus manos.

—Mantén disponibles las tres respiraciones.

Los guardias entraron en la primera casa. Hallaron pescado, sal y una anciana que se negó a levantarse de su silla. En la segunda, un hombre fingió una sordera perfecta. La tercera guardaba una caja de medicamentos bajo el suelo. La familia había colocado encima un cerdo dormido.

La búsqueda avanzó hacia la casa de Nara.

Savia aceleró. El oficial le bloqueó el paso con un brazo.

—Tú esperas aquí.

—Dentro hay un herido.

—Lo veremos.

Jesa abrió la puerta antes de que llamaran. Tenía sangre en las mangas.

—Si traéis manos limpias, podéis ayudar —dijo.

El oficial entró con otro soldado. Isolde quedó en el sendero. Desde allí veía una parte de la mesa y el rostro pálido de Rusk. La herida estaba cubierta. Savia había dejado las herramientas a la vista, junto a un cuenco lleno de astillas extraídas.

—¿Nombre del barco? —preguntó el oficial.

Rusk movió los labios.

— La Terca .

Venn había borrado pintura, aunque el herido conservaba el nombre.

El guardia giró hacia la playa.

—La popa dice “La Ter”.

—El mar se quedó con dos letras —respondió Jesa.

El oficial apartó la manta de la pierna. Rusk perdió color.

—Este corte tiene bordes quemados.

—La verga cayó junto a una vela en llamas —dijo Jesa.

—Fuego blanco.

—Pregúntaselo al navío que lanzó el proyectil.

El oficial presionó cerca de la costura. Rusk gritó. Isolde avanzó un paso.

Kaoran apoyó dos dedos en su muñeca.

Uno quieto.

Dos dentro.

Cinco al salir.

Savia golpeó el suelo con el bastón.

—Abres esa herida y escribiré tu nombre en cada puerto desde aquí hasta Arkhe.

—¿Quién leerá tu carta?

—Las mujeres que atienden a tus hombres cuando llegan con una flecha dentro. Prueba a viajar sin ellas.

El oficial retiró la mano. Había reconocido una red más antigua que su placa.

Un cuerno sonó desde el mar. El navío de Velaria pedía remolque antes de que cambiara la marea.

El guardia de la caja azul gritó desde el camino.

—¡La señal se mueve hacia el oeste!

Rheskan había levantado el vuelo lejos de la cala. La aguja lo siguió.

El oficial reunió a sus hombres.

—Volveremos al amanecer. El barco queda confiscado hasta completar el registro.

Savia señaló el casco roto.

—Llévatelo ahora. Ahorrarás trabajo a todos.

Los soldados subieron sin responder. Dos se dirigieron hacia Bren siguiendo la falsa pista de la forja. Los demás bajaron a la playa para preparar una señal al navío.

Cuando desaparecieron detrás del acantilado, las casas devolvieron su carga. Las cajas surgieron bajo redes, carbón, harina y ropa húmeda. Cada familia conservó una parte para enviarla por el interior.

—La confiscación dura hasta que el oficial olvide redactarla —dijo Savia—. Tenéis una noche.

Jesa bajó desde la casa de Nara.

—Rusk duerme. Savia cree que pasará la primera fiebre.

—Podría haber provocado una búsqueda más dura —dijo Isolde.

—También podías haber dejado que ese hombre abriera la costura.

—Sentí que iba a entrar cuando tocó la costura. Todavía me duelen los dedos de apretarlos.

Jesa miró sus manos.

—Mañana puedes preguntarle a Rusk cómo quiere que lo ayudemos si vuelven.

Isolde soltó despacio el aire. Había preparado respuestas para la Guardia sin hablar con el hombre que tendría que soportar otra inspección.