Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 15 #2
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Isolde miró el patrón de las corrientes y el contorno de la costa en el mapa de Jesa. Rheskan había mostrado una cueva al oeste de Arvek. Los convoyes entraban desde el mar y salían por una ruta subterránea.

—Tomamos la interior hasta la barra y cambiamos al mar abierto durante la tormenta de la tarde —dijo—. Una barca pequeña lleva la copia a Cen por separado.

Jesa la estudió.

—La tormenta puede romper el mástil.

—El barco de Velaria tendrá el mismo problema y mayor altura.

—Mi barco paga el riesgo.

—Tú eliges.

Jesa votó con sus siete tripulantes. Cada uno dejó una piedra: negra para la ruta interior, blanca para Cen, roja para mar abierto. Cinco negras, dos blancas, una roja.

—Interior —decidió Jesa—. Cambiamos si Venn confirma viento suficiente. La copia viaja con Cori por el canal de Cen.

—Voy con ella —dijo Isolde.

—Te necesito si Velaria alcanza el barco.

—Puedo ayudar a Cori a proteger los papeles.

—Necesito tu ayuda aquí si nos alcanzan. Hemos enviado otras copias por tierra.

Isolde observó las cajas y se quedó junto al mástil mientras preparaban la barca.

Cori partió con otro marinero en una barca estrecha. Llevaba dos cajas de vendas y el documento oculto en una tabla del fondo.

La Terca entró en los bajos al mediodía. La quilla rozaba arena. Venn guiaba con una vara. Las nubes crecían al oeste.

El barco de Velaria apareció detrás del primer islote.

Tenía dos mástiles, velas grises y una placa azul en la proa. Navegaba más hondo y no podía seguirlos entre los bancos. Botó tres lanchas con soldados.

—Todavía no —dijo Jesa cuando Isolde tomó posición.

Las lanchas avanzaron por canales distintos. Querían cerrar la salida al mar abierto. Una llevaba arqueros. Otra, una red con pesos azules.

Rheskan sintió el metal. El vínculo se tensó.

—Permanece fuera —dijo Isolde.

El dragón respondió con una imagen de la red cayendo sobre el agua. Isolde había dado una orden antes de escuchar su plan.

—He dicho que...

La presencia se cerró.

Kaoran la miró.

—Escucha antes de ordenar.

Isolde tomó aire.

—La red busca su fuego. Si se acerca, lo siguen.

—Él lo sabe mejor que nosotros.

La primera flecha cayó sobre cubierta.

Jesa ordenó levantar una lona. Los arqueros dispararon por encima. La red azul salió desde la segunda lancha. Voló hacia el mástil.

Isolde evitó tocarla con fuego. Kaoran cortó una cuerda de la vela. El paño cayó y atrapó la red antes de que alcanzara la madera. Los pesos azules se hundieron por un costado.

La placa de la proa enemiga se encendió. Una pulsación fría recorrió el agua y tiró del Núcleo de Isolde.

—Localizador —dijo.

—¿Puede seguirte? —preguntó Jesa.

—Sigue el fuego de esta región. Rheskan, Ydrael o yo.

—Entonces hoy no ardes.

—Hoy no ardo.

La tercera lancha llegó por estribor. Soldados lanzaron garfios. Dos se sujetaron a la borda. Isolde golpeó el primero con el pomo. Kaoran arrojó al segundo usando su propio cabo. La tripulación cortó los demás garfios.

El viento cambió.

Venn miró las nubes.

—Ahora o perdemos la salida.

Jesa ordenó abrir vela. La Terca giró hacia el canal exterior. El barco grande también cambió rumbo para interceptar.

La tormenta cayó de golpe.

El mar dejó de tener superficie. El viento llenó la vela y lanzó el barco sobre las olas. Kaoran se ató sin que nadie se lo pidiera. Isolde sostuvo el mástil junto a dos marineros.

Las lanchas de Velaria quedaron atrás. El navío grande seguía paralelo, cortando la ruta hacia el cabo.

Un proyectil golpeó La Terca por debajo de la línea de agua.

La placa azul se clavó en el casco. La madera se cubrió de hielo y abrió una grieta.

El agua entró en la bodega.

—¡Bombas! —gritó Jesa.

La tripulación bajó. Isolde siguió a Kaoran. El agua ya cubría los tobillos. La grieta crecía alrededor del metal azul. Calentarlo podía activar el localizador. Dejarlo rompería el casco.

—Necesidad —dijo Kaoran.

—Retirar la placa y cerrar madera.

—Límite.

—El borde interior. Tres pulsos.

Isolde puso una mano a cada lado sin tocar el metal. Calentó la madera lo suficiente para recuperar flexibilidad. Kaoran introdujo una palanca. Jesa sostuvo un parche de lona y resina.

Primer pulso.

La placa vibró.

Segundo.

El localizador respondió con una luz azul que atravesó el casco.

Tercero.

Isolde cerró el Núcleo. Kaoran arrancó el proyectil. Jesa colocó el parche. El agua siguió entrando por los bordes.

—Aguanta hasta la cala —dijo.

Una explosión sonó en cubierta.

Una segunda red, lanzada desde el navío, había alcanzado el mástil. La vela ardía con una llama blanca y fría. Un marinero, Rusk, estaba atrapado debajo de una verga rota.

Isolde subió.

El fuego blanco absorbía calor y convertía la lluvia en hielo. Podía combatirlo con su Núcleo. La red usaría ese fuego para crecer.

—Arena y lona —gritó.

La tripulación cubrió una parte. La llama atravesó el paño. Rusk intentaba liberar una pierna. La verga se había clavado entre dos tablas.

Kaoran llegó con una palanca. Juntos levantaron la madera. Rusk salió, pero tenía el tobillo roto y una herida profunda en el muslo.

El mástil cedía.

Jesa señaló el cilindro de los manifiestos. Había rodado junto a la red. El fuego blanco lo rodeaba. Los originales podían perderse.

—¡Los papeles! —gritó Ilven, un marinero.

Otra ola golpeó la cubierta. Rusk resbaló hacia la borda.

Isolde podía saltar sobre el cilindro o tomar al herido.

Se echó sobre Rusk y pasó la correa de su chaqueta alrededor de la muñeca izquierda.

Los dedos solos se habrían abierto. Sintió el tirón en el hombro y sostuvo el peso con el antebrazo mientras Kaoran alcanzaba el otro brazo.

Rusk la miraba con la boca abierta, sin aire para pedir ayuda.

Lo arrastraron detrás del timón. Isolde seguía aferrada a la correa cuando oyó crujir el cilindro.

La verga cayó sobre el cilindro.

La cera prendió con fuego azul.

Los originales se doblaron dentro y desaparecieron.

Jesa cortó el mástil.

La vela, la red y los documentos cayeron al mar. La Terca perdió velocidad. El barco de Velaria se acercaba.

—Sin mástil no llegamos a la cala —dijo Venn.

La capitana miró las rocas. La corriente los llevaba hacia un arco estrecho. Detrás había una playa protegida, pero la entrada exigía giro.

—Remos —ordenó.

Todos tomaron posición. Rusk quedó bajo cuidado de Kaoran. Isolde remó con la derecha y sujetó el mango mediante la correa izquierda. La pierna sana empujaba. La herida del costado ardía.

El navío enemigo preparó otro proyectil.

Una sombra roja descendió sobre su cubierta.

Rheskan golpeó la placa azul con ambas garras. El metal se desprendió de la proa y cayó al agua. El dragón evitó las personas. Los arqueros dispararon. Abrió el ala sana y usó el viento para desviar flechas.

La red restante salió hacia él.

Rheskan giró antes de que se abriera. La condujo sobre el mástil enemigo. Los pesos azules envolvieron las velas. El navío perdió rumbo.

—Ha elegido bien el terreno —dijo Kaoran.

Isolde siguió remando. Rheskan había intervenido según su propia estrategia, sin acercarse al barco donde el localizador podía atraparlo.

La Terca cruzó el arco.

El casco rozó roca. El parche se abrió y el agua entró con fuerza. La quilla llegó a la playa antes de hundirse por completo.

La tripulación saltó al agua. Venn abrió el cercado de popa y dos cargadores tendieron tablas hasta la arena.

Bruma resbaló al bajar; la sostuvieron por las riendas hasta que pudo salir del agua.

Jesa gritaba prioridades mientras los demás descargaban: heridos, medicinas, agua, herramientas, comida.

Isolde tomó a Rusk con Kaoran. Después volvió por dos cajas.

Una ola arrancó parte de la bodega.

Tres cajas de medicinas desaparecieron. Otras cuatro quedaron mojadas. Los manifiestos originales se habían perdido. Conservaban copias, testimonios y sellos reproducidos.

El navío de Velaria no pudo cruzar el arco. Esperó fuera mientras la tormenta empujaba contra los arrecifes.

Rheskan aterrizó en una roca alta. Vigiló el mar.

Isolde se acercó hasta la distancia que él permitió.

—Gracias.

El dragón mostró una imagen de la red cayendo sobre el barco enemigo. Había calculado el giro desde antes de que Isolde intentara mantenerlo fuera.

—Lo habías planeado.

Rheskan resopló. El gesto contenía una satisfacción poco humilde.

—Tenías razón.

Kaoran fingió interesarse por una cuerda.

—No digas nada —advirtió Isolde.

—Estoy admirando un nudo.

Rheskan inclinó la cabeza hacia Kaoran. Después miró a Isolde y abrió el vínculo durante un instante. Compartió la posición de una cueva más al oeste. Dentro había máquinas, trabajadores y una ruta que subía hacia la Sierra de Obsidiana.

La cala de Arvek estaba cerca.

El dragón alzó el vuelo antes de que pudiera pedirle que se quedara.

Jesa reunió a la tripulación. Rusk había perdido mucha sangre. Kaoran estabilizó la pierna y dijo que necesitaba un sanador en menos de un día. La aldea más próxima quedaba detrás de los acantilados.

Ilven miraba el lugar donde el mástil se había hundido.

—Con los originales podíamos demostrar los sellos.

Rusk volvió la cara.

—Los tenía al lado. Intenté...

—Dime dónde te duele —pidió Isolde, sentándose junto a él.

El marinero señaló el muslo. Ella comprobó el vendaje y tuvo que apretarlo; Rusk le clavó los dedos en la manga. Isolde esperó a que pudiera volver a hablar.

—Vi cómo pasabas de largo del cilindro.

—Te estabas cayendo.

—Aelyn necesitaba las pruebas.

—Conserva copias. Tendremos que reunir los testimonios y explicar qué se ha perdido.

Isolde miró a Ilven.

—Tú viste arder la cera. Escribe la hora cuando puedas.

Él se arrodilló al otro lado de Rusk y puso una mano sobre el vendaje para que ella descansara el brazo.

Jesa sacó de su chaqueta un trozo de papel mojado. Antes de la emboscada había copiado los pesos reales en el forro.

—Las rutas de contrabando desconfían de los cilindros únicos —dijo.

Venn llevaba los sellos dibujados sobre la tabla de mareas. Ilan había firmado copias en Arkhe. Cori seguía rumbo a Cen. La niña de Sera Baja viajaba hacia Vessa.