Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 15
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El barco se llamaba La Terca .

Kaoran leyó el nombre dos veces.

—Eso explica la tripulación —dijo.

La capitana Jesa Nahr lo oyó desde la borda. Era una mujer ancha, con la cabeza rapada y un diente de plata. Llevaba dos cuchillos en el cinturón y una pluma detrás de la oreja.

—El pasajero puede nadar si prefiere un nombre más amable.

—El pasajero agradece la información.

—El pasajero limpia cubierta.

Kaoran recibió un cubo.

Isolde subió después con las alforjas. La Terca medía veinte pasos de proa a popa.

Tenía una vela marrón, casco bajo y suficiente espacio bajo cubierta para esconder cajas entre sacos de sal.

Jesa mandaba a siete tripulantes. Otras cuatro personas viajaban como cargadores.

Bruma ocupaba un cercado bajo el toldo de popa; Kaoran comprobó las ataduras antes de entregar las alforjas.

La yegua dejó bien clara su opinión golpeando la tabla que acababan de ponerle delante.

—Reglas —dijo Jesa—. Nada de fuego abierto. Nadie toca un manifiesto sin mi permiso. Si la Guardia pregunta, llevamos sal, vinagre y herramientas. Si una caja se rompe, salvamos primero las medicinas. Si el barco se hunde, cada persona busca aire antes que equipaje.

Miró las manos de Isolde.

—Rima dice que controlas la llama.

—La cubierta llevará brea.

—Hasta en las juntas —dijo Jesa—. El fuego se queda dentro de ti.

—De acuerdo.

Kaoran dejó el cubo.

—¿Y mis reglas?

Jesa señaló la cubierta.

—Limpia hacia popa para que el agua salga.

Partieron antes del amanecer. Thalos abrió la salida mediante dos banderas negras. El puerto seguía bajo inspección. Los guardias revisaban barcos grandes y buscaban a los trabajadores liberados. La Terca pasó entre pesqueros con las luces apagadas.

Isolde permaneció junto al mástil. Rheskan volaba en algún lugar al oeste. El vínculo enviaba ráfagas de viento, roca y movimiento. Evitaba mostrar una posición exacta. Después de años perseguido por dispositivos azules, había aprendido a guardar distancia incluso con ella.

Arkhe desapareció detrás de los acantilados.

La ruta de sal seguía calas pequeñas, barras de arena y canales que los mapas de la Corte trataban como espacios vacíos. Jesa conocía el color del agua sobre cada roca. Su piloto, Venn, escuchaba el oleaje con los ojos cerrados. Una joven llamada Cori anotaba mareas en una tabla cubierta de cera.

—¿Adónde lleváis las medicinas? —preguntó Isolde.

—A quienes pagan —respondió Jesa.

—Rima dijo que abastecéis pueblos fuera del registro.

—También pagan. A veces con pescado, a veces con favores y a veces manteniéndonos lejos de una cuerda.

—¿Y los documentos?

—Esos cuestan más.

Jesa abrió una caja de sal. Debajo había frascos, vendas, hierbas secas y ampollas de cristal. Entre dos capas de madera guardaban copias de los manifiestos de Arkhe, las rutas de trabajadores y la orden C-7. Los originales viajaban en un cilindro encerado dentro de la proa.

—Una copia irá por tierra desde cada cala —dijo—. Si una llega a Caleryon, otra a las Casas del puerto y otra a las aldeas, Varek tendrá que quemar medio reino para decir que no existen.

—¿Quién recibe la primera?

—Una maestra que colecciona deudas ajenas.

—Nombre.

—Ella conoce el mío. Tú todavía no necesitas el suyo.

Isolde cerró la caja.

La primera cala se llamaba Sera Baja. Treinta casas rodeaban una playa de piedras. El puesto de sanidad había cerrado porque la aldea dejó de cumplir la cuota de pescado. Una fiebre intestinal afectaba a varios niños.

La tripulación desembarcó seis cajas. Jesa recibió barriles de vinagre, pescado seco y tres cartas. Una anciana pagó parte de la medicina con un mapa de corrientes.

Isolde ayudó al sanador local. Hirvió agua sin llama visible, calentando una piedra debajo de la olla. La tarea exigía menos energía que una barrera y evitaba humo capaz de delatar el barco.

—Dicen que una mujer abrió la mina de Nydel —comentó el sanador.

—Los mineros sabían dónde sostener la galería.

—La historia habla de una capa gris.

Isolde llevaba una chaqueta de marinero. La capa viajaba en cuatro direcciones.

—Las historias prefieren ropa que puedan ver desde lejos —dijo.

Antes de partir, Cori entregó una copia de C-7 a una niña de doce años. La dobló dentro de un libro escolar y señaló un sendero hacia las colinas.

—Llegará a Vessa en cinco días —explicó.

—¿Viaja sola? —preguntó Isolde.

—Viaja con su madre y ocho cestas de vinagre. La Guardia registra papeles y armas. Los libros de niños les aburren.

La ruta continuó.

Durante dos días navegaron de noche y se ocultaron bajo redes durante las horas de luz. Kaoran descubrió que el mar podía vencerlo sin tocar una espada. Pasó la primera mañana inclinado sobre la borda.

—Respira en tres —dijo Isolde.

—Te arrojaré al agua.

—Uno quieto.

—El agua se niega a quedarse quieta.

—Cinco al salir.

Kaoran vomitó otra vez.

Jesa le entregó un cabo.

—Átate si vas a seguir alimentando peces.

Isolde intentó ocultar la risa. Kaoran la miró con odio cansado.

—Thalyon volaba —dijo—. Eso era una forma civilizada de viajar.

—Thalyon podía inclinarse.

—Avisaba.

—Bruma tampoco avisa.

—Bruma es un problema terrestre.

La ligereza duró hasta la segunda cala.

Encontraron el embarcadero vacío. Las puertas estaban abiertas y había redes abandonadas sobre las rocas. Jesa levantó una bandera blanca. Nadie respondió.

Venn bajó primero. Volvió con una placa de la Guardia.

—Registro esta mañana —dijo—. Se llevaron a seis personas y quemaron la caja de medicinas.

Isolde siguió las huellas hasta una casa. Dentro encontró una mujer con una herida en el hombro y un anciano escondido bajo una mesa. La patrulla buscaba contrabando. Había dejado a los enfermos sin alimento para obligar a que otros regresaran.

Jesa descargó dos cajas.

—Perdemos margen para Arvek —dijo Cori.

—Arvek tiene sal y hierro para pagar —respondió la capitana—. Aquí tienen una herida abierta.

La decisión pertenecía a la tripulación. Isolde ayudó a limpiar la casa. Kaoran interrogó al anciano sobre la patrulla. Eran hombres de Velaria, acompañados por un barco rápido. Habían preguntado por una mujer de fuego y por manifiestos robados.

Los seis detenidos habían salido por el camino de los acantilados. Dos eran pescadores. Tres trabajaban en los saladeros. La última, Lira Sen, llevaba la caja de medicinas y conocía las rutas de La Terca .

—Tenemos que alcanzarlos —dijo Isolde.

Jesa estaba revisando el nivel de agua dentro de los barriles.

—La patrulla lleva cuatro horas.

—Podemos cortar por la colina.

—Conozco el corte. Termina en un puesto con veinte hombres.

—Lira puede hablar.

—Lira conoce una ruta antigua y dos nombres muertos. Cambiamos ambas cosas después de cada inspección.

—También está herida o encadenada.

Jesa cerró el barril.

—Este barco lleva medicina para cinco calas y pruebas que afectan a cientos de trasladados. Si subimos todos a la colina, Velaria nos encuentra donde espera.

—Puedo ir con Kaoran.

—Kaoran forma parte de mi tripulación mientras pisa cubierta. Tú también.

Isolde miró el sendero. Con Bruma podía alcanzar la primera curva antes de que Jesa terminara de guardar los barriles.

La facilidad de aquel cálculo la asustó.

Darian le había ofrecido cuidados mientras le cerraba las manos; desde entonces, cada petición de que esperara le hacía buscar una salida.

Jesa seguía frente a ella, esperando una respuesta que la tripulación entera oiría.

—Quiero poder bajarme en la siguiente cala —dijo Isolde.

—Podrás. Necesito saberlo antes de repartir los turnos.

La capitana señaló las cajas que todavía aguardaban sobre la arena.

—Ahora terminamos esta entrega.

Isolde volvió a pensar en Lira dentro del carro. Se agachó junto al barril para ayudar a levantarlo.

—¿Qué harás por ellos? —preguntó.

Jesa sacó una tira de tela verde y la ató a una boya.

—Los retenidos pasarán por el puesto de Cen. Cori llevará una señal al grupo de tierra. Cortarán el transporte antes del puente o registrarán el destino si la escolta es demasiado grande.

—¿Cuándo sabrás el resultado?

—Cuando la siguiente barca encuentre la boya vuelta del otro lado.

—Puede tardar días.

—Sí.

Jesa llamó a sus siete tripulantes. Explicó el riesgo y pidió votos. Dos querían perseguir. Cinco eligieron mantener la ruta y activar el rescate terrestre. Isolde no tenía voto dentro de aquella tripulación, aunque Jesa le permitió hablar.

—Si la ruta de tierra falla, Velaria tendrá una persona que conoce calas y horarios —dijo.

—Por eso cambiaremos ambos ahora —respondió Cori—. Yo llevaré la señal. Lira haría lo mismo por mí.

La joven aceptaba el peligro más directo. Isolde miró a los vecinos escondidos dentro de la casa. Si La Terca partía sin entregar medicamentos, la fiebre podía extenderse. Perseguir a seis colocaba a otros frente a un daño menos visible.

—Incluid sus nombres en cada copia —dijo—. Si los mueven, seguimos el destino.

El anciano los dictó.

Lira Sen.

Ovan y Mer Fel.

Tesa Brin.

Jal Cor.

Nerin Osa.

Isolde los añadió a su cuenta. También escribió la hora, la dirección y la compañía que realizó la detención.

Cori entregó la boya y una bolsa de medicinas a dos vecinos que saldrían por caminos distintos. Ella llevaría la copia por agua en cuanto fijaran la siguiente ruta. Isolde ayudó a cerrar la bolsa y pidió que conservaran la hora escrita junto a los seis nombres.

Isolde regresó al barco y se puso junto a las cajas pendientes. Cori le enseñó a asegurar el cabo para poder soltarlo deprisa. Tuvo que deshacerlo dos veces antes de que la joven lo diera por bueno.

—Nos esperan —dijo Kaoran.

Jesa extendió el mapa de mareas.

—Hay tres rutas hasta Arvek. La del mar abierto es rápida. La Guardia vigila los cabos. La interior cruza bajos y exige esperar la marea. La tercera descarga en la cala de Cen y sigue por tierra.

—¿Dónde entregarás la siguiente copia? —preguntó Isolde.

—Cen.

—Entonces esperan que elijamos esa.

—También saben que las medicinas pesan.