14 #4
Encontró huellas entre las rocas. Rheskan había crecido. Cada garra ocupaba casi el ancho de su mano. El rastro mostraba una irregularidad en el lado izquierdo; el ala herida arrastraba al plegarse.
—¿Había personas en la jaula? —preguntó.
—Cebo —dijo Ossa—. Tres prisioneros atados alrededor de una cabra. El dragón rompió el techo, apartó a los humanos y se llevó una pieza de cadena. Podía quemarlos. Dejó intactas hasta las cuerdas.
Rheskan había distinguido a los cautivos de quienes colocaban la trampa.
Isolde tocó una marca roja sobre la piedra. El vínculo se abrió.
Hambre.
Dolor en el ala.
Sal sobre una herida.
La furia de Rheskan llegó con imágenes: barcos entrando en cuevas, aros que respondían al fuego, hombres siguiendo su vuelo mediante brújulas azules. También mostró a Ydrael bajo la montaña. La red del puerto alimentaba sus cadenas.
—Estoy aquí —dijo Isolde.
Kaoran y Ossa se quedaron cerca de la barca. Isolde caminó hasta el fondo de la cala.
Una sombra cruzó el sol.
Rheskan descendió sobre el acantilado.
Durante un instante, Isolde vio al dragón joven que dormía en el patio de Caleryon y fingía ignorar sus órdenes.
Después distinguió el cuerpo nuevo. Había ganado tamaño, músculo y cicatrices.
El ala izquierda cerraba con dificultad.
Una línea azul cruzaba el pecho donde una red lo había alcanzado.
Los ojos conservaban el mismo rojo oscuro.
—Rheskan.
El dragón mostró los dientes.
La advertencia carecía de duda. Isolde se detuvo.
—No voy a acercarme si no quieres.
Rheskan bajó la cabeza. Olió el aire. La presencia de Kaoran provocó un gruñido. Ossa retrocedió hasta el agua.
—Me sacó de Cendral —dijo Isolde—. Ha guardado tu nombre sin conocerte.
Kaoran inclinó la cabeza. Evitó extender la mano.
Rheskan envió el recuerdo de la caída: Isolde desapareciendo bajo el agua, él tirando contra las piedras azules y una orden humana cerrando el paso. Después mostró meses de búsqueda. Había seguido ríos, atacado convoyes y dormido dentro de cuevas donde el metal no podía sentirlo.
Debajo de todo había una acusación.
Isolde lo había llamado tarde.
—Estaba viva y no podía llegar —dijo—. Después tuve miedo de llevarlos hasta ti.
Rheskan batió el ala sana. El viento lanzó arena contra su ropa.
—Tienes derecho a estar furioso.
El dragón apartó la mirada hacia el mar.
Isolde levantó una mano. En el patio de Caleryon él se habría acercado a olerla, quizá a empujarla por haber tardado tanto.
Ahora las garras seguían hundidas en el borde del acantilado.
Bajó el brazo despacio y se sentó en una roca donde pudiera verla.
El agua del conducto aún le enfriaba la ropa.
Rheskan observó su mano abierta sobre la rodilla y dejó de enseñar los dientes.
Isolde respiró mejor, aunque la distancia permaneció intacta.
—Voy a Arvek —dijo—. Las jaulas salen desde allí hacia Cendral. Quiero cortarlas.
Rheskan mostró una cueva bajo los acantilados. Había tres barcos, una torre de cadenas y una abertura que descendía. En el fondo, una puerta llevaba el olor del fuego antiguo de Ydrael.
—¿Vienes conmigo?
El dragón abrió las alas.
La izquierda tembló, aunque se sostuvo.
Rheskan saltó del acantilado. Pasó sobre Isolde y descendió hasta rozar el agua. Voló hacia el oeste sin mirar atrás.
Su respuesta consistió en seguir aquella dirección sin ofrecer una promesa.
Isolde recogió una escama roja que había quedado entre las piedras.
—¿Esperabas que te llevara? —preguntó Ossa.
Isolde guardó la escama.
—Quería tocarlo.
Kaoran siguió la sombra que se alejaba.
—Ha mostrado la entrada.
—Llegaremos por mar —dijo ella. Se puso de pie con cuidado de la rodilla—. Necesito secar las copias antes de subir al otro barco.
Regresaron a Arkhe con la marea. Rheskan ya había desaparecido detrás de la costa. El vínculo permanecía abierto como una línea estrecha, suficiente para compartir dirección y distancia sin imponer ninguna.
Al anochecer, salieron del almacén vestidos como cargadores de sal. Kaoran llevaba el registro de C-7. Isolde guardaba los manifiestos y una astilla de la jaula marcada por Rheskan.
El vínculo respondió cuando la tocó.
Viento, mar y una voluntad roja que seguía libre.
—Voy hacia ti —susurró.
La respuesta de Rheskan llegó como una imagen de dientes, roca y un cielo abierto. Después cerró el vínculo.
Kaoran alzó una ceja.
—Parece contento.
—Parece furioso.
—En los dragones, ambas cosas comparten espacio.
Thalos los esperaba junto a una barca sin nombre. La marea de la noche empezaba a subir.
—La ruta de sal sale antes del amanecer —dijo—. Si subís, aceptaréis que el mar decide más que vuestro mapa.
Isolde miró las luces de Arkhe. En el muelle cinco, la Guardia intentaba cubrir la placa azul. Los estibadores movían lámparas para que todos pudieran verla.
Isolde tanteó con el pie la tabla de embarque. Le temblaba la pierna después del conducto y de la espera en la cala. Aceptó el brazo que Thalos le ofrecía.
—Avísame cuando salgan las copias.
—Antes de que pises Arvek.
Subió a la barca y se sentó de cara al oeste.