Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 14 #3
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La cerradura nueva tenía dos pasadores. Kaoran trabajó con la lima. Isolde escuchó las botas encima. El puerto entero parecía sostenido por pasos ajenos.

El primer pasador cedió.

El segundo estaba deformado por sal.

Isolde calentó la punta de la lima durante un pulso. Kaoran la introdujo entre el hierro y el marco. El metal se movió sin producir chispas.

Entraron en una sala de secado. Cientos de hojas colgaban de cuerdas. El aire cálido procedía de tuberías conectadas a una caldera. Un exceso de fuego podía arruinar documentos o alertar a los vigilantes.

Subieron hasta el archivo principal.

Los manifiestos estaban ordenados por barco. Encontraron el de Arvek dentro de una caja con sello azul. Declaraba cuarenta barriles de sal, seis piezas de maquinaria y doce trabajadores voluntarios. El peso total era inferior al que Thalos había calculado por el calado.

Isolde levantó una hoja pegada debajo.

Había una segunda versión.

Veinticuatro placas de contención.

Catorce aros de dragón.

Dos núcleos de confluencia.

Doce sujetos laborales.

El destino figuraba como Oeste-9 , sin puerto.

—Aros de dragón —dijo Kaoran.

Isolde sintió la cicatriz de la jaula bajo los dedos.

—Rheskan ha impedido que lleguen.

—O ha impedido que regresen llenos.

Copiaron ambos manifiestos. Kaoran separó la cera de los sellos usando vapor de una tubería. Debajo del emblema de la comisión apareció otra impresión, casi borrada: una figura de cuatro puntas cruzada por una línea.

—Skarde —dijo.

Isolde acercó la hoja a la tubería iluminada.

—Cael usaba una montaña atravesada por una línea de plata. Aquí han separado las puntas. Parece una corona.

—¿Una falsificación?

—Puede ser. También podría pertenecer a otra Casa del Hielo. Necesitamos una impresión completa antes de atribuirla.

El documento atribuía parte de la carga al norte. Varek podía usarlo para justificar la guerra, culpar a Cael o esconder una alianza con quienes operaban fuera de su autoridad.

Isolde copió cada diferencia.

Una llave giró en la puerta.

Kaoran volvió a cerrar la caja. Isolde se ocultó detrás de un estante. Entraron dos hombres: el supervisor del muelle y un oficial con capa de Rhyne.

—La placa quedó a la vista —dijo el supervisor—. Los estibadores han visto las garras.

—Mañana declararemos que la carga pertenecía a una nave de Skarde interceptada por la Guardia.

—El barco lleva nuestros sellos.

—Por eso habrá un incendio esta noche.

El oficial dejó un frasco de aceite sobre la mesa.

—Quemad las dos versiones. La tripulación saldrá con una tercera.

—¿Y los trabajadores?

—Sustituid a los nueve fugados en la redada de la madrugada.

—Sero tampoco estaba.

—Para ese ya hay autorización. Deja la casilla como está.

Isolde miró el número doce. Aquel hombre ausente seguía permitiendo cobrar un traslado. Tendrían que conservar su nombre junto a la diferencia que había contado en la fila.

Kaoran miró a Isolde desde el otro lado del estante. La redada alcanzaría dormitorios y calles.

El supervisor abrió la caja. Descubrió que la cera seguía blanda.

—Hay alguien aquí.

Isolde empujó el estante.

Las cajas cayeron entre los hombres. Kaoran golpeó la lámpara con la vaina. La sala quedó a oscuras. El oficial gritó hacia la puerta.

Los guardias subieron.

Isolde tomó el frasco de aceite y los manifiestos originales. Kaoran bloqueó la escalera con una mesa. Salieron por la sala de secado. El conducto estaba medio cubierto por la marea.

—No cabremos con los papeles fuera del agua —dijo Kaoran.

Isolde envolvió los documentos en la camisa encerada y los ató a la espalda. Entraron.

El agua llenaba casi todo el túnel. Tuvieron que avanzar con la boca pegada al techo. Detrás, los guardias golpeaban la rejilla.

La cerradura cedió.

Isolde llegó a la salida cuando una ola entró desde el puerto. El agua la empujó contra Kaoran y apagó la última bolsa de aire. La mano izquierda encontró una junta en la pared. Los dedos no cerraron.

Kaoran colocó su mano debajo y sostuvo ambos cuerpos. Isolde se volvió contra el techo, buscando aire donde ya lo había perdido. Recordó la boca de Darian junto a su oído, diciéndole que se quedara quieta. La garganta se le cerró.

Kaoran le dio dos golpes en el antebrazo y señaló la claridad de la salida.

Esperaron a que la ola regresara. Cuando pudo respirar, Isolde puso la mano sana sobre la de él y la movió hasta una junta más firme.

Esta vez indicó ella cuándo avanzar. Al alcanzar la barca, seguía tosiendo y apenas podía mover las piernas.

Thalos los sacó con una cuerda.

—Habéis tardado —dijo.

—Planean quemar el archivo.

—Eso atraerá a todos los barcos con cubos.

—También una redada antes del amanecer.

Thalos izó una bandera roja. Los pilotos respondieron desde cuatro muelles.

La señal anunciaba fuego en almacén, aunque todavía no había llamas.

El puerto empezó a movilizarse. Los trabajadores salieron de los dormitorios para formar cadenas de agua.

La Guardia perdió la posibilidad de cerrar las calles sin explicar por qué detenía a quienes acudían a una alarma.

Isolde entregó el frasco de aceite a Rima y los originales a Ilan.

—Tú eres uno de los sujetos laborales —dijo—. Tu testimonio une las dos hojas.

Ilan firmó el borde de ambas versiones. Meri y los demás añadieron sus nombres. Thalos imprimió la señal de marea y anotó el calado real del barco.

La prueba ya podía viajar.

—¿Y la tripulación de la ruta de sal? ¿Confías en ella?

—Confío en que quieren cobrar. También en que odian a Velaria.

—Necesito llegar a Arvek.

—La Guardia buscará a la mujer de la capa gris en cada barco.

Isolde miró la tela húmeda. Había usado la misma capa desde Nydel. La gente del muelle ya describía el fuego contenido en su mano y la marca sobre el sello.

—Entonces la capa viaja por otra ruta —dijo.

Rima la cortó en cuatro piezas. Una iría con los trabajadores hacia Caleryon. Otra quedaría en el puerto. Thalos ataría una al poste de mareas. Isolde guardó la última dentro de las alforjas.

El relato tendría cuatro direcciones.

Antes de partir, Thalos llevó a Isolde hasta el espigón exterior.

La mujer que los esperaba se llamaba Ossa. Tenía un ojo cubierto por un parche de cuero y manos deformadas por años de redes. Conducía una barca capaz de atravesar canales donde una nave de la Guardia quedaría atrapada.

—Vi al dragón hace nueve noches —dijo—. Bajó junto a la cala de los vidrios. Tenía una cadena prendida al ala.

—¿Azul? —preguntó Isolde.

—Azul cuando tocaba el agua. Negra al salir.

Ossa los llevó fuera del puerto. La barca bordeó acantilados bajos y entró en una cala cubierta de piedras pulidas. Había restos de una jaula sobre la playa. La madera estaba quemada desde dentro. Dos placas azules yacían bajo el agua, partidas por garras.

Isolde saltó a tierra.