14 #2
Meri hizo lo mismo. Pell, Ulan y Kes los siguieron. De los otros seis, cuatro levantaron la mano. Dos permanecieron quietos, mirando el barco como si el destino pudiera ser mejor que Arkhe.
—Nueve se niegan —dijo Isolde.
—La lista sale completa —respondió el supervisor.
Un guardia tiró de la cadena. Meri cayó de rodillas.
Isolde tomó la muñeca del hombre. Giró hasta que soltó el hierro. Kaoran cerró la valla detrás de ellos.
—Mara —dijo él.
El nombre prestado recordaba que el puerto desconocía a Isolde.
—Necesidad: abrir una salida —respondió.
La pelea empezó.
El primer guardia atacó con un garrote. Isolde lo desvió y golpeó el codo. El segundo llevaba una piedra azul. Kaoran arrojó una cuerda alrededor de su mano y tiró desde el torno. El hombre perdió el equilibrio.
Los trabajadores encadenados se movieron juntos. Ilan usó el hierro entre sus muñecas para bloquear una lanza. Pell tomó la cadena de Meri y la llevó hacia la valla.
El supervisor hizo sonar una campana.
Las puertas del muelle se cerraron.
—¡La grúa! —gritó Isolde.
Ilan entendió. Los carpinteros habían reparado el mecanismo. Corrió hacia el torno con Ulan. Soltaron el freno.
La carga suspendida descendió entre la Guardia y los trabajadores. Cuatro barriles golpearon las tablas y rodaron. Eran de sal. El contenido cubrió el muelle, volvió el suelo resbaladizo y creó una barrera blanca.
Kaoran abrió la cerradura de las cadenas con una pieza de metal.
Un guardia alcanzó a Meri antes de que quedara libre. Isolde entró bajo la lanza, golpeó el estómago y usó el asta para derribarlo. La mano izquierda mantuvo el cuchillo. La derecha apartó a la mujer.
—Hacia el agua —dijo.
—No sé nadar.
—Hacia las barcas. Nadie salta.
Las campanas respondieron desde los otros muelles. Llegaban refuerzos por el norte. El barco de Arvek seguía atado. Su capitán gritaba órdenes para soltar amarras.
Si partía, llevaría las jaulas de piedra azul y cualquier trabajador que la Guardia lograra subir.
Isolde buscó la marea. El agua estaba bajando. Una corriente lateral tiraba de las embarcaciones hacia los arrecifes. Los pilotos retenían cada salida hasta una señal.
Un hombre alto, cubierto con un abrigo hecho de velas viejas, se encontraba sobre el poste de señales. Tenía el cabello blanco recogido en una trenza y una pierna de madera.
Thalos.
Miró a Isolde. Después cambió la bandera verde por una negra.
Puerto cerrado.
El capitán de Arvek ignoró la señal. Ordenó cortar cabos.
Thalos abrió una compuerta bajo el muelle. La corriente golpeó el costado del barco y lo llevó contra los pilotes. La cubierta se inclinó. Las jaulas se desplazaron.
Una lona cayó.
Debajo había cadenas, placas azules y una pieza curva del tamaño de una puerta. El metal vibró con la voz de Ydrael.
La multitud lo vio.
—¡Eso no es sal! —gritó alguien.
Los estibadores dejaron de trabajar.
El supervisor levantó el sello.
—Carga estratégica de la Corona. Quien obstruya será acusado de traición.
—La marea acusa peor —respondió Thalos desde el poste—. Ese barco sale y abre el casco antes del segundo arrecife.
—Tenéis orden de permitirlo.
—Tengo cuarenta años evitando que los capitanes con órdenes se ahoguen.
La Guardia intentó tomar el torno de señales. Tres pilotos cerraron el paso.
Isolde llegó a la primera jaula. La piedra azul absorbía calor del aire. El cierre llevaba dos sellos: Varek y una compañía privada. Si usaba fuego, la carga podía responder como la piedra del paso.
—Ilan —dijo—. ¿Puedes abrirla sin calor?
El carpintero examinó las bisagras.
—La madera sostiene el marco. Si soltamos estos pernos, la placa cae.
—Hazlo.
Los trabajadores tomaron herramientas. La Guardia cargó desde la valla. Isolde y Kaoran defendieron el espacio. La sal volvía inseguros los apoyos. Ella redujo cada movimiento, usó los barriles como obstáculos y evitó sacar fuego.
Meri tosía junto a las barcas. Pell había liberado a seis personas. Los dos que aceptaban viajar permanecían cerca del barco, indecisos.
—La elección sigue abierta —les dijo Isolde—. Podéis subir cuando sepáis qué lleva la bodega.
Uno miró las cadenas azules y permaneció junto a la pasarela, con la ficha apretada en la mano. El otro corrió hacia el barco.
—Mi familia está en Arvek —dijo.
Isolde lo dejó pasar.
El primer perno cayó. Después el segundo.
La placa azul se inclinó. Ilan la sostuvo con una cuerda. El interior de la jaula contenía una pieza de roca negra rodeada por aros. Había marcas de garras sobre la superficie.
Rheskan.
Isolde apoyó la mano sin tocar el metal. El vínculo llegó con dolor, sal y furia. Su dragón había estado dentro de una jaula semejante. Había arañado aquella piedra o una pieza arrancada de un lugar donde se refugió.
—¿Dónde la cargaron? —preguntó al supervisor.
Él retrocedió.
—Cendral.
—Las marcas son recientes.
—Cumplo manifiestos.
—¿Dónde?
El fuego apareció bajo el guante. La placa azul empezó a tirar de él.
Isolde cerró la mano.
Tres respiraciones.
El supervisor miró alrededor. Los estibadores, pilotos y trabajadores esperaban la respuesta.
—Cala de Arvek —dijo—. Hay una caverna al oeste. La bestia atacó dos convoyes.
Rheskan vivía. Estaba cerca y defendía una ruta contra las jaulas.
—¿Lo capturaron?
—No.
La palabra soltó un nudo dentro del pecho de Isolde.
Los refuerzos entraron por el almacén norte. Eran más de treinta. Thalos hizo sonar la sirena de tormenta.
Todos los pilotos del puerto respondieron.
Las barcas pequeñas se acercaron al muelle cinco. Rima Sol estaba en una de ellas. Había encendido tres velas negras bajo una cubierta de vidrio.
—¡Bajad! —gritó Thalos.
Los trabajadores descendieron por escalas. Ilan ayudó a Meri. Pell y Ulan llevaron los contratos. Kes tomó una bolsa de herramientas. Los estibadores empujaron barriles para cerrar el acceso.
Isolde cortó la cuerda que sostenía la placa azul. La pieza cayó sobre el muelle, lejos del barco. El impacto partió dos tablas y dejó la carga a la vista de todos.
—Ahora figura en el puerto —dijo Thalos.
La Guardia tendría que explicar cómo moverla y quién autorizó el contenido.
Kaoran bajó a la última barca. Isolde permaneció hasta que los nueve que rechazaron el traslado estuvieron fuera. El supervisor intentó agarrarla. Ella bloqueó la mano y dejó una marca de ceniza sobre su sello.
—Conserva los nombres —dijo.
Saltó a la barca.
Rima cortó el cabo. La corriente los llevó debajo del muelle y hacia un canal entre almacenes. Las flechas golpearon el agua detrás. Ningún soldado disparó hacia las otras barcas, llenas de trabajadores conocidos.
Thalos llegó por una escalera lateral. Su pierna de madera resonaba contra la cubierta.
—Habéis cerrado mi puerto durante una hora cara —dijo.
—El capitán iba a salir contra la señal —respondió Isolde.
—Por eso sigue teniendo barco. También por eso la regencia intentará reemplazarme mañana.
—Rima dijo que conoces los manifiestos.
—Rima habla demasiado cuando alguien rompe jaulas.
Thalos los llevó hasta un almacén de redes abandonado.
Los trabajadores liberados recibieron ropa y comida.
Cada uno explicó su elección. Dos querían volver a Caleryon.
Otros dos buscarían familia en los Llanos.
Ilan y los otros cuatro de C-7 aceptaron viajar con una ruta de la red hasta que Aelyn pudiera reconocer el fin de sus contratos.
—Mi padre —dijo Ilan.
—Recibirá una señal antes de que termine la semana —respondió Rima.
Isolde entregó la talla de puerta que Aelyn había enviado como prueba. Ilan la sostuvo durante mucho tiempo.
—Mi hermana la encontró —dijo.
—Fue con la inspección.
—¿Conoces a la consejera?
—Conozco el código que usó.
Ilan aceptó el límite. Añadió su testimonio a las copias y firmó con el nombre completo.
Thalos extendió seis manifiestos sobre una mesa.
Todos declaraban sal, máquinas o hierro. Los pesos no coincidían con el calado de los barcos. Había puertos de carga alterados, nombres de tripulación repetidos y rutas que terminaban en calas sin población.
—La piedra azul entra desde tres puntos —dijo—. Una parte llega de Cendral. Otra aparece en barcos del norte con sellos falsificados. La tercera se recoge en la cala de Arvek después de ataques de dragón.
—¿Quién firma?
—Compañías de Varek. Oficiales de Rhyne. Dos Casas de la costa. Los originales viajan en la ruta de sal.
Thalos señaló una línea que seguía calas y almacenes pequeños.
—Mañana parte una carga. Lleva medicinas en cubierta y documentos debajo. La tripulación trabaja para contrabandistas que alimentan pueblos fuera del registro.
—Estas son copias —dijo Isolde.
—Las hice mientras los capitanes discutían con la marea.
—Varek dirá que cambiaste los números.
—Varek dice muchas cosas desde un lugar seco.
Thalos señaló la torre de aduanas. Se alzaba sobre el extremo del muelle dos, unida a tierra por una pasarela. Dos guardias vigilaban la puerta. Otros recorrían los pisos durante la noche.
—Los originales quedan allí hasta que el barco confirma la llegada —dijo—. Después los queman y conservan una versión limpia.
—¿Cuándo sale el barco de Arvek?
—Con la marea alta. Tenemos una hora antes de que puedan moverlo.
Kaoran enrolló los documentos.
—Entraremos cuando el puerto siga mirando el muelle cinco.
Thalos golpeó la pierna de madera contra el suelo.
—Yo no trepo torres.
—Tú conoces la entrada.
El piloto sonrió.
La entrada estaba debajo del agua.
Durante la marea baja, un conducto de piedra evacuaba humedad desde los archivos hasta el muro del puerto. Medía poco más que los hombros de Isolde y terminaba bajo una rejilla. Thalos guardaba una llave porque había rescatado a tres escribas durante una inundación.
—La aduana cambió la cerradura —dijo al entregarles una lima—. Conservó la rejilla porque nadie importante mira debajo.
Isolde y Kaoran bajaron desde la barca. El agua les llegó al pecho. El conducto olía a algas, tinta y ratas. La marea empezaba a subir y cerraría la salida en menos de una hora.