Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 14
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Arkhe olía a sal, pescado y tinta.

La tinta ocupaba el puerto tanto como el mar. Cada cajón llevaba un número. Cada cuerda pertenecía a una compañía. Cada persona que cruzaba las puertas recibía una marca distinta según cargara, vendiera, durmiera o debiera algo.

Isolde recibió una ficha amarilla.

—Trabajadora temporal —dijo el guardia—. Tres días. Al cuarto te registras o sales de la ciudad.

—¿Cuánto cuesta el registro? —preguntó.

—Dos coronas y una dirección estable.

—Si tuviera dirección estable, quizá no buscaría trabajo temporal.

El guardia miró la cola.

—Tres días.

Kaoran recibió una ficha azul por llevar a Bruma y declarar oficio de herrador.

Habían entrado como Mara Venn y Oras Venn, padre e hija de un pueblo del interior.

Isolde había oscurecido el cabello con nuez y añil.

Una cicatriz falsa cruzaba su ceja derecha.

Llevaba un relleno dentro del zapato sano para alterar la marcha.

Al bajar el primer escalón apoyó demasiado deprisa la izquierda; una punzada le subió hasta la cadera.

Kaoran esperó junto al puesto de fichas mientras ella ajustaba el paso.

Tendría que gastar menos fuerza antes de llegar a los muelles.

—Cada identidad te hace caminar peor —dijo Kaoran cuando salieron de la puerta.

—La próxima será bailarina.

—La Guardia agradecerá que permanezcas en un escenario.

El puerto descendía por terrazas hacia el mar. Arriba estaban los almacenes de grano y las oficinas. En el nivel medio se amontonaban tabernas, talleres y dormitorios. Abajo, seis muelles entraban en un agua gris cubierta de velas, barcas y restos de madera.

Isolde escuchó el viento.

Rheskan había abierto el vínculo cerca del mar. Desde la última señal podían haber pasado meses. El olor salado le produjo una presión bajo el esternón, aunque ningún pulso respondió.

—Primero Ilan y los otros cinco —dijo Kaoran.

—Después los manifiestos.

—Después Rheskan.

Isolde lo miró.

—¿En ese orden?

Kaoran señaló el mercado de las redes, donde debían preguntar por el paquete de Aelyn.

—Allí podremos preguntar por ellos.

Isolde miró hacia el mercado. Deseaba que Rheskan la sintiera tan cerca y viniera a buscarla; llevaba toda la mañana vigilando los tejados por si una sombra los cruzaba. Apartó por fin los ojos del cielo.

—Vamos a buscar el paquete.

El paquete de Aelyn había llegado a una vendedora de velas llamada Rima Sol. Lo encontraron en el mercado de las redes. Rima llevaba una cuenta de hilos atados alrededor de la muñeca. Tres eran negros.

—Busco velas para un viaje al oeste —dijo Isolde.

—El viento del oeste las apaga —respondió la mujer.

Era la frase acordada.

Rima cerró el puesto y los condujo a un taller detrás de una fábrica de sal. Allí abrió una vela gruesa. Dentro estaban los nombres de C-7, las rutas y una nota de la consejería civil.

—Los seis llegaron hace cuatro meses —dijo—. Trabajaron en el muelle cinco, reparando jaulas de carga. Dos enfermaron. Uno desapareció durante un turno nocturno. Los otros están en el dormitorio de la compañía Velaria.

—¿Ilan Deyr? —preguntó Isolde.

—Vive. Perdió dos uñas y parte de la audición en un oído. La compañía afirma que debe alojamiento, herramientas y transporte.

—¿Cuánto?

—Más de lo que gana.

Rima señaló el plano del puerto.

—Las jaulas salen hacia calas occidentales. Los manifiestos declaran sal o maquinaria. Nadie abre las cargas porque llevan sello de la comisión.

—¿Piedra azul?

—Y cadenas. Thalos lo sabe mejor.

—¿Quién es?

—Piloto de mareas. Decide qué barco entra cuando las rocas quedan cubiertas. La regencia intenta reemplazarlo desde hace un año y sigue necesitándolo cada noche.

—¿Confía en la red?

—Ayuda cuando puede mantener el puerto abierto. Tendréis que explicarle qué buscáis.

Rima les dio fichas de trabajadores y una dirección. Antes de abrir el puesto, tomó la muñeca de Isolde.

—Aelyn pide que quien encuentre a los trasladados conserve sus nombres.

—Los tenemos.

—Otros preguntan por una mujer de capa gris. La consejera dejó esa pregunta fuera del paquete.

Isolde giró la muñeca para recuperar la mano. La presión había sido leve; su cuerpo esperaba otra vuelta de tela, el nudo que Darian terminó de hacer mientras ella le pedía que la soltara. Rima aflojó los dedos en cuanto notó el movimiento.

—Avísame antes de tocarme —dijo Isolde.

—Perdona.

Esperó a que la mujer retirara la mano. El taller seguía oliendo a cera y sal. Podía contestar desde allí.

—Hay muchas capas grises en los caminos.

—Eso hemos respondido.

—Mantenedlo así.

Rima observó la cicatriz falsa, el guante y el modo en que Kaoran esperaba.

—El espacio sigue vacío —dijo.

Isolde asintió.

Encontraron el dormitorio de Velaria junto a los depósitos de aceite. Las ventanas tenían barrotes y la puerta solo abría durante los cambios de turno. Un encargado comprobaba fichas y descontaba cada comida.

Isolde se presentó como afiladora. El hombre le permitió entrar después de cobrar medio día por adelantado.

Había ochenta camas en una sala diseñada para cuarenta. La humedad cubría las paredes. Los trabajadores guardaban sus pertenencias en bolsas bajo el colchón. Algunos llevaban una banda blanca alrededor del brazo: deuda de transporte. Otros tenían una azul: contrato estratégico, salida restringida.

Ilan estaba reparando una caja.

Levantó la cabeza cuando la sombra de Isolde cayó sobre la caja. Tenía el cabello cortado al ras, manos llenas de grietas y una cicatriz reciente detrás de la oreja. La camisa le rozaba la piel irritada del cuello.

—Tu padre espera noticias —dijo Isolde.

El martillo quedó quieto.

—¿Quién eres?

—Alguien que encontró su nombre en una ruta.

—Mi contrato terminó.

—Hace cinco meses.

Ilan miró al encargado. El hombre discutía con Kaoran sobre el precio de unas tijeras.

—Debo cuarenta coronas —dijo.

—El contrato de C-7 cubría alojamiento y traslado.

—Aquí dicen que empezó otro al llegar.

—¿Lo firmaste?

—Puse una cruz. Tenía fiebre y llevaba dos días sin comer.

Isolde pidió ver la copia. Ilan la guardaba dentro del colchón. El papel autorizaba a Velaria a recuperar cualquier gasto mediante trabajo portuario. Carecía de límite temporal. Una cláusula permitía trasladarlo a instalaciones vinculadas.

—¿Dónde están los otros cinco?

Ilan nombró a Sero, Pell, Ulan, Meri y Kes. Meri enfermó y trabajaba en la cocina. Sero desapareció durante una carga nocturna. Los demás seguían en el muelle cinco.

—Esta noche van a movernos —dijo—. El encargado ha pedido cadenas nuevas.

—¿Destino?

—La cala de Arvek. Después nadie sabe.

—¿Quieres salir?

Ilan la miró como si la pregunta escondiera otra deuda.

—¿Qué pagas tú?

—La ruta hasta una casa segura. Tu padre tiene que elegir si sale de Caleryon. También puedo llevar pruebas del contrato. No puedo devolverte los meses.

—¿Y los demás?

—Cada uno decide.

Ilan dobló el contrato con las uñas rotas.

—Quiero oír la ruta antes de salir. Y Meri necesita descansar entre tramos. Si después aparece otra cuenta...

—Rima Sol os explicará los refugios y quién paga cada parte. Pregúntale todo lo que me has preguntado a mí.

—Háblales en el cambio de turno.

Guardó la copia bajo el colchón, al alcance de la mano. Isolde se apartó para que pudiera terminar la caja.

La campana del puerto sonó al mediodía. Los trabajadores salieron hacia los muelles. Isolde y Kaoran se mezclaron con ellos. El agua golpeaba los pilotes. Grúas de madera giraban sobre las cubiertas y levantaban redes cargadas de barriles.

El muelle cinco estaba cerrado por una valla móvil. Detrás había cuatro jaulas cubiertas con lona azul. El aire alrededor se sentía frío.

Ydrael respondió desde la distancia.

Una cadena dentro de la primera jaula llevaba su dolor.

Isolde tocó la veta roja de un pilote. El dragón mostró un recorrido: mar abierto, costa occidental, una entrada bajo acantilados y una ruta que regresaba hacia Cendral por debajo de la tierra.

—Las llevan al oeste —dijo.

Kaoran observó la guardia.

—Dieciséis hombres. Dos piedras azules. Una grúa.

—Y seis trabajadores que salen esta noche.

El encargado de Velaria reunió al turno.

Leyó doce nombres, incluidos los seis de C-7 y otros seis de familias desplazadas de los Llanos.

Sero no respondió. Ilan miró el hueco de la fila; el encargado marcó la casilla de todos modos.

Había once personas frente a él. Isolde anotó la diferencia en el borde del contrato.

—Traslado temporal —anunció—. La compañía cubre alimento y viaje. El coste se añadirá a las cuentas.

Meri levantó la mano.

—Estoy enferma.

—La cocina de Arvek necesita personal.

—El sanador dijo que no viaje.

—La compañía le pedirá otra firma antes de que embarques.

Dos guardias le colocaron una banda azul. Meri tendría unos treinta años. Tosía dentro de un paño manchado.

Ilan miró a Isolde.

Ella había prometido elección. El traslado empezaba antes de que pudiera hablar con todos.

—Los contratos de C-7 han terminado —dijo en voz alta.

El encargado se volvió.

—Vuelve a tu puesto, afiladora.

—Los seis de C-7 fueron asignados por seis meses. La consejería civil busca sus registros.

—Velaria tiene contratos nuevos.

—Firmados bajo hambre y fiebre.

—Firmados.

El supervisor del muelle, un hombre con abrigo verde, se acercó. Llevaba un sello de reclutamiento.

—La cuota del puerto permite incorporar trabajadores sin empleo estable —dijo—. La carga sale con la marea. Apartaos.

Los guardias empezaron a encadenar a los once trabajadores.

Una multitud se formó detrás de la valla. El reclutamiento ocurría cada semana. La gente miraba, buscaba nombres conocidos y seguía trabajando para evitar que el siguiente fuera suyo.

Isolde contó salidas. Agua al sur. Almacenes al norte. Una grúa encima y aceite a dos muelles de distancia. El viento empujaba hacia la ciudad.

El fuego quedaba limitado.

—¿Quién acepta el traslado? —preguntó.

El supervisor soltó una risa.

—La cuota no requiere aceptación.

—Dejad que respondan.

Ilan alzó la mano.

—Me niego.