13
Aelyn llevaba tres libros.
El primero permanecía sobre la mesa del Consejo. Tenía tapas rojas, hojas numeradas y el sello de la regencia. Registraba grano, rutas, impuestos y traslados autorizados. Cualquier consejero podía pedirlo. Varek lo revisaba cada semana.
El segundo estaba cosido dentro de una silla.
Contenía los nombres que desaparecían del primero.
El tercero sobrevivía en la voz de Aelyn.
Aelyn lo repetía al despertar, durante las comidas y antes de dormir.
Empezaba por los cuatro miembros de la célula perdida en el primer invierno.
Seguía con los trabajadores enviados a rutas sin destino, los guardias que dejaron de presentarse y las familias borradas del reparto de pan.
Había llegado a ciento ochenta y nueve nombres.
Algunas noches se dormía antes del último y al despertar empezaba otra vez.
Aquella mañana tuvo que apoyar la cuchara: le faltaba el apellido de una lavandera.
Lo recuperó al recordar sus manos, siempre rojas hasta la muñeca. La sopa se enfrió mientras continuaba.
El número ciento noventa apareció en una orden de carpintería.
Ilan Deyr, diecinueve años, traslado C-7, seis meses de servicio.
El documento figuraba como contrato cumplido. La casilla de regreso estaba vacía. Aelyn encontró otros treinta y dos casos con el mismo código.
—Necesito los registros de C-7 —dijo a Neral.
El archivero colocó una escalera frente al estante de rutas civiles. Dos escribas de Varek vigilaban desde la mesa central.
—C-7 corresponde a reparación de caminos en Caleryon —respondió en voz alta.
—Entonces habrá pagos, alojamiento y partes de trabajo.
—Debería.
Neral bajó tres libros. Las cubiertas tenían polvo. Dentro, las páginas dedicadas a C-7 habían sido arrancadas con una hoja fina.
Aelyn pasó el dedo por los restos de papel.
—¿Cuándo se consultaron por última vez?
Uno de los escribas se levantó.
—La comisión de seguridad retiró documentación durante la reorganización.
—¿Con recibo?
—La comisión no necesita recibo para sus propios archivos.
—La entrega debe figurar en el inventario real.
—El regente delegó autoridad.
Aelyn pidió el libro de movimientos. El escriba tuvo que entregarlo. La retirada llevaba la firma de Soren Tyre y una fecha posterior al derrumbe de Nydel. Varek estaba limpiando rutas después de que las copias salieran de la sierra.
—Haré constar que falta documentación —dijo Aelyn.
—Podéis solicitarla a la comisión.
—Acabo de hacerlo.
Escribió la solicitud en el libro rojo. La frase quedaría a la vista y obligaría a responder, aunque la respuesta fuera otra mentira.
Neral devolvió los volúmenes al estante. Al bajar de la escalera dejó caer una ficha. Aelyn la recogió. Tres líneas negras cruzaban el reverso.
Información en la cocina oriental.
Esperó dos horas antes de ir.
La red de tres nudos había aprendido a convivir con su acceso al Consejo.
Cada célula conocía una tarea y una sola vía de contacto.
Las lavanderas movían señales. Los cocineros escondían raciones para familias sin registro.
Los barqueros sacaban personas de la ciudad.
Los archiveros conservaban copias. Los sanadores mantenían vivo a Ardan y registraban los efectos de las medicinas.
Aelyn evitaba conocer nombres innecesarios. La disciplina le costaba. Quería saber quién arriesgaba, quién faltaba y qué familia necesitaba ayuda. La curiosidad podía convertirse en un arma durante un interrogatorio.
Entró en la cocina con una lista de provisiones.
Miren, encargada de los hornos, amasaba pan mientras dos guardias bebían cerca de la puerta. Aelyn revisó sacos, discutió el peso de la harina y señaló una cesta de puerros.
—Estos vienen del sur —dijo.
—De los Llanos de Brasa —respondió Miren.
Debajo de los puerros había un sobre aceitado.
Aelyn lo guardó entre las hojas de inspección. Salió de la cocina y esperó hasta llegar a la sala del Consejo para abrirlo. El lugar tenía puertas vigiladas, pero su trabajo le daba derecho a leer documentos allí.
El sobre contenía copias de las rutas M-4, A-2 y C-7. Fechas, títulos de tierras, destinos productivos y nombres. Alguien había relacionado cada cifra con una persona. En el margen aparecía una frase: los vivos primero.
Aelyn reconoció el orden de las preguntas.
Isolde siempre empezaba los informes militares por el terreno. En las últimas campañas había aprendido a preguntar también por alimento, heridos y salidas. Aquella frase iba más lejos. La persona que la escribió había visto el resultado desde abajo.
Podía ser ella. Aelyn acercó la hoja a la lámpara y se detuvo antes de buscar en la letra una prueba que el papel no ofrecía. La copia podía haber pasado por varias manos. Se obligó a leer el nombre de Ilan una segunda vez; había una familia esperando esa respuesta aunque la suya tardara años más.
Aelyn copió los nombres dentro del libro rojo como solicitudes de verificación. Ocultó las fechas comprometedoras en el dobladillo de la manga. Las pruebas originales viajarían hacia la torre del río antes de que Varek supiera que habían llegado.
—Trabajas incluso cuando la sala está vacía.
Darian había entrado sin escolta. Llevaba el sello de regencia, una espada ceremonial y cansancio alrededor de los ojos.
—La sala vacía discute menos.
—También vota menos.
Dejó una carpeta frente a ella.
—Tu periodo de observación terminó hace dieciocho meses.
—Varek ha intentado expulsarme en siete sesiones.
—Y yo he renovado el acceso ocho veces.
—La octava fue antes de que lo pidiera.
—Porque necesito una respuesta estable.
Aelyn abrió la carpeta. Darian proponía crear una consejería civil de rutas, provisiones y sanidad. Ella la dirigiría. Tendría escribas propios, derecho a inspección y voz en todas las decisiones de reconstrucción.
La última página exigía un juramento público de servicio a la Corona bajo la regencia.
—Quieres que aparezca a tu lado —dijo.
—Quiero que hagas con autoridad lo que llevas dos años haciendo desde una silla prestada.
—La autoridad incluye tu firma encima de la mía.
—Incluye capacidad para detener traslados, abrir graneros y nombrar inspectores.
—También convierte cada abuso en un fracaso compartido.
Darian se sentó en el lugar de Varek.
—Ya compartes el coste. Cuando bloqueas una orden, la gente te atribuye el alivio. Cuando no puedes, pregunta por qué sigues aquí.
—¿Eso te molesta?
—Me resulta familiar.
Antes de Cendral, Isolde recibía la misma pregunta en las aldeas.
¿Por qué participaba en un Consejo que protegía a las Casas?
Aelyn recordaba las hojas que revisaban al regresar y a Darian inclinándose sobre ellas, tan cerca de Isolde que a veces su amiga perdía el lugar y sonreía.
La había visto elegirlo. Había mirado la piedra de su anillo y la había abrazado.
Ahora él ofrecía aquel mismo acceso al trabajo, con una página de obediencia al final.
Aelyn volvió la carpeta hacia Darian y puso el dedo sobre el juramento.
—Retira el juramento —dijo Aelyn.
—El Consejo no aceptará una consejera que desconozca a la regencia.
—Puedo jurar proteger vidas, archivos y recursos del reino. Nombraré al rey Ardan como autoridad legítima. Tu cargo aparecerá como administración temporal.
—Varek lo rechazará.
—Entonces seguirás renovando mi silla prestada.
Darian miró las copias de C-7. Había alcanzado a leer el código.
—¿De dónde vienen?
—De tus rutas civiles.
—Las páginas fueron retiradas.
—He solicitado una explicación.
—Aelyn.
—Darian.
Él apoyó las manos sobre la carpeta.
—Varek ha encontrado un canal de información dentro del palacio. Cree que pasa por las cocinas.
Aelyn mantuvo el rostro quieto.
—Todo el palacio pasa por las cocinas.
—Va a registrar al personal esta noche.
—¿Por qué me lo cuentas?
—Porque habrá detenidos. Puedo limitar la inspección si aceptas el cargo antes de la sesión.
Aelyn miró el sello que Darian llevaba en la mano. Con él podía limitar el registro aquella misma tarde. Había elegido traer primero la carpeta. Quiso arrojarla contra la puerta; la mantuvo sobre la mesa para que sus dedos dejaran de temblar antes de responder.
—¿Cuántas personas piensa detener?
—No me ha dado nombres.
—¿Quién autorizó el registro?
—La Guardia puede inspeccionar zonas de servicio.
—¿Con acceso a dormitorios y familias?
Darian apartó la mirada.
—Firma —dijo—. Como consejera podrás estar presente.
Aelyn cerró la carpeta.
—Redacta el juramento con mis condiciones. Neral conservará el original. La inspección será pública, con cargos individuales y un sanador presente. Ninguna persona saldrá del palacio sin quedar anotada en mi libro.
—Varek puede suspenderlo por seguridad.
—Entonces mi aceptación se suspende también.
Darian se levantó.
—Te has vuelto difícil.
—Siempre lo fui. Antes te convenía llamarlo lealtad.
Él llevó la carpeta a los escribas.
Aelyn salió por otra puerta. Tenía poco tiempo.
La célula de la cocina debía desaparecer sin que la huida confirmara la sospecha. Miren no podía abandonar el puesto con todos sus ayudantes. La despensa guardaba marcas, raciones separadas y mensajes de varias semanas.
Aelyn fue primero a la lavandería.
Orla plegaba sábanas junto a una ventana. Llevaba tres años entrando y saliendo de habitaciones vigiladas, escondiendo papeles dentro de costuras y aprendiendo qué guardia leía peor.
—Esta noche registran la cocina —dijo Aelyn.
Orla siguió doblando.
—¿La sacamos?
—Sacamos los nombres y las señales. Miren se queda. Si huye, la condena está escrita.
—Pueden encontrarla de todos modos.
—Por eso la inspección tendrá acta.
Orla alzó la vista.
—Has aceptado el cargo.
—Con condiciones.
—Darian usará tu cara.
—Yo usaré sus puertas.
—¿Y cuando ambas cosas pesen igual?
—Llevarás la cuenta.
Orla dejó la sábana. Era su forma de expresar desacuerdo.
—La red no puede depender de tu puesto —dijo.
—Estoy de acuerdo.
—Entonces las cocinas elegirán si destruyen su archivo. Tú puedes advertir. Ellas deciden.