12 #3
Isolde vio la línea roja ganar la colina. Había contado con el viento para borrar huellas; la tormenta se movía más deprisa de lo que calculó.
—Cubrid bocas y ojos —ordenó Neris—. Atad cada niño a un adulto. Los carros a una cuerda común.
El cielo se volvió rojo.
La tormenta golpeó antes de que alcanzaran la bifurcación.
El mundo quedó reducido al carro de delante. Isolde caminaba junto a Bruma, con una cuerda alrededor de la cintura. El polvo entraba por la ropa y convertía cada respiración en una tarea.
La puerta azul se soltó del primer carro.
Neris intentó sujetarla. Una ráfaga la lanzó contra la rueda. Isolde tomó la cuerda y el viento arrastró la puerta por el suelo.
—¡Déjala! —gritó Kaoran.
Neris negó con la cabeza. Aquella pieza contenía su casa, pero su peso tiraba del carro y amenazaba con volcarlo.
Isolde cortó la cuerda.
La puerta desapareció dentro del polvo.
Neris la golpeó con la vara.
—¡Era mía!
—El carro se inclinaba.
—Podíamos detenernos.
—La Guardia viene detrás.
—La decisión era mía.
Isolde mantuvo el cuchillo junto al muslo. La rueda había vuelto a apoyar en el suelo. Neris tenía los dedos abiertos hacia el lugar donde el polvo acababa de llevarse la puerta.
—Vi levantarse el carro —dijo Isolde—. Podría haber gritado antes de cortar.
Neris la apartó con el codo para volver a sujetar la cuerda de marcha.
—Dilo a los demás. Que sepan qué harán con sus cargas.
Isolde guardó el cuchillo. Fue hasta el carro siguiente y repitió el aviso antes de tocar las ataduras.
La tormenta cubrió las huellas. También separó el último carro.
Cuando el viento bajó, faltaban Bel, Aren y dos familias.
Isolde quiso regresar de inmediato. Neris hizo contar a todos primero. Setenta y seis personas de Ordel presentes. Siete ausentes. Un carro.
Mava seguía con contracciones. Leya calculaba que el parto podía empezar esa noche.
—Kaoran se queda con la caravana —dijo Isolde—. Yo vuelvo por los siete.
—Voy contigo —respondió Neris.
—Mava te necesita.
—Leya ha asistido tres partos. Bel es mi cuñado. Esta elección también me pertenece.
Ambas regresaron por el cauce con Teren y Bruma. La tormenta había borrado casi todo. Isolde buscó señales humanas: una cuerda enganchada a un arbusto, estiércol fresco, una piedra removida por la rueda.
El mapa vivía en rastros pequeños.
Encontraron el carro volcado detrás de una duna. Bel tenía la pierna atrapada. Aren protegía a dos niños bajo una manta. La Guardia estaba a menos de media legua, dispersa por el polvo.
Liberaron a Bel usando una palanca. La pierna estaba rota. Acomodaron a Bel sobre Bruma y sujetaron su pierna para que quedara inmóvil. Los otros seis podían caminar. Aren cargó la comida; Teren tomó a uno de los niños y Neris llevó al otro de la mano. El carro tendría que quedarse.
—Las semillas —dijo Tila, una de las ausentes.
La almohada se había roto. Granos oscuros cubrían la tierra.
Neris se arrodilló y empezó a recogerlos.
—Teren, avisa cuando veas el primer caballo en la cresta —dijo Isolde. Se agachó junto a Neris—. Hasta entonces.
La mujer acercó el paño para que ambas lo sostuvieran. Aren recogió los granos de la tierra hundida bajo la rueda; los niños llenaron los huecos del tejido con pequeñas manos. Al oír el silbido de Teren, Neris cerró los extremos.
—Ahora.
Se marcharon con media bolsa de semilla. Isolde dejó sin recoger varios puñados visibles junto al eje.
La caravana alcanzó el manantial entrada la noche. Mava entró en parto mientras Kaoran entablillaba la pierna de Bel. Leya convirtió el carro de los colchones en una habitación. Las mujeres colgaron mantas y calentaron agua.
Isolde se quedó fuera. Había visto heridas abiertas, muerte y fuego. Los sonidos del parto la hacían sentir inútil.
—Puedes sostener la lámpara —dijo Leya desde dentro.
Isolde entró.
Mava le apretó la muñeca derecha. Isolde había dejado la lámpara colgada de un soporte para poder sostenerla.
El trabajo duró cuatro horas. Cuando el niño nació, Leya lo envolvió en los paños calientes y despejó el polvo de su cara.
El primer llanto salió débil; Mava lo acercó al pecho y esperó, agotada, hasta que volvió a oírlo.
Era demasiado pequeño para la ropa que habían guardado. Leya pidió otra manta y explicó que tendrían que detenerse a menudo para abrigarlo y darle de comer. Neris cambió el reparto del día siguiente antes de anotar el nacimiento.
Neris anotó su nombre al final de la cuenta.
—Darel —dijo Mava.
Ochenta y cuatro personas.
La Guardia no llegó al manantial. La tormenta había borrado la ruta y los caballos sueltos se habían dispersado.
Durante tres días, Isolde y Kaoran acompañaron a la caravana por la senda de pastores. Repararon ruedas, distribuyeron alimento y enviaron exploradores a los pozos. Neris volvió a hablar con Isolde de la puerta durante la segunda jornada.
—Cortaste la puerta —dijo.
—Sí.
—Salvaste el carro.
—Creo que sí.
—Esa respuesta llega tarde.
—En el siguiente carro avisé antes de tocar las cuerdas —dijo Isolde.
Neris sacó el picaporte del bolsillo. Lo había retirado al volver a atar la puerta después del combate.
—Cada familia está marcando qué puede soltar si hay que aligerar. Lo demás irá sujeto por separado.
Isolde asintió.
—Puedo ayudarte a buscarla cuando llegue el relevo.
—El viento ya la habrá enterrado. Ayúdame a encontrar un lugar para la nueva.
Neris se quedó a su lado mientras revisaban el mapa de los pozos.
En el segundo pozo encontraron otra caravana.
Venía del norte con veinte familias desalojadas por una ampliación de las rutas militares.
En el tercero había un grupo de jóvenes que huía del reclutamiento.
Todos llevaban documentos que los enviaban hacia Meral, donde el puente cerrado obligaba a pasar por un puesto de la Guardia.
Isolde extendió las hojas.
Las rutas convergían.
Ordel, las aldeas del norte y dos barrios rurales habían recibido indicaciones distintas que terminaban en los mismos tres puestos.
Allí se confiscaba alimento, se reclutaba a los jóvenes y se registraban herramientas.
Las familias debilitadas seguían después hacia terrenos vacíos cerca de Caleryon o hacia los puertos, donde aceptaban trabajo por deuda.
Kaoran marcó los lugares de origen. Isolde puso al lado las fechas de salida.
Una de las familias del norte conservaba la orden de desalojo completa. El padre la había arrancado de la puerta antes de que los soldados quemaran el marco. Al dorso aparecía un número de parcela y una anotación de transferencia.
—Esta fecha es anterior a la deuda —dijo Isolde.
—Nos midieron la tierra en otoño —respondió el hombre—. La cosecha se perdió durante el invierno. En primavera llegó la cuota.
Kaoran comparó la hoja con los documentos de Ordel. La misma oficina había asignado parcelas a la Casa Rhyne y a dos familias aliadas meses antes de declarar incumplidas las deudas.
—Prepararon los nuevos títulos antes de expulsaros —dijo.
Neris sacó de su carro una bolsa con copias. En Ordel ocurría igual. Las anotaciones usaban un código de ruta y un destino. M-4 conducía al puesto de Meral. A-2 enviaba personas hacia Arkhe. C-7 terminaba en una zona de obras cercana a Caleryon.
—Necesitamos el libro que explica los códigos —dijo Isolde.
Un puesto de caminos quedaba a dos leguas. Los guardias seguían buscando la caravana en otra dirección. El edificio almacenaba duplicados de permisos y rutas.
—Podemos entrar esta noche —propuso Teren.
Kaoran miró la mula, cargada ya con las copias de Nydel.
—Mella esperaba que entregaras los papeles al siguiente relevo.
—Sigue siendo el siguiente. Solo queda un poco más lejos.
Teren comprobó el cuchillo y dejó la bolsa de documentos con Neris.
Neris eligió quedarse con las familias. Isolde, Kaoran y Teren siguieron el cauce hasta el puesto. Dos soldados dormían en el establo. Un escriba trabajaba bajo una lámpara, copiando nombres de los papeles recogidos a las caravanas.
Teren encontró una ventana sin cierre. Isolde lo siguió hasta una despensa. Kaoran permaneció fuera con Bruma.