12 #2
—Los bienes de Ordel permanecen bajo deuda —dijo—. Esta caravana transporta propiedad reclamada.
—La orden permitía llevar herramientas y alimento —respondió Neris.
—Sujeto a inspección.
Los recaudadores empezaron a marcar carros. Elegían sacos de grano, animales fuertes, metal y cualquier herramienta que pudiera venderse. Uno señaló la puerta azul.
—Madera de roble.
Neris colocó la vara delante.
—Esa puerta es mía.
—Formaba parte de una vivienda reclamada.
—Estaba en mi carro cuando firmasteis la salida.
—Entonces figurará en la compensación.
El recaudador escribió una cifra.
Isolde observó el patrón. Marcaban suficiente alimento para dejar a la caravana dependiente del siguiente puesto. Allí volverían a registrar, cobrar y reclutar. Los documentos de Ordel dirigían a las familias por una ruta donde cada parada reducía su capacidad de elegir.
—¿Qué ocurre con quienes no cubren la deuda? —preguntó.
Halev la miró.
—Nombre.
—Viajo con ellos.
—Nombre y lugar de origen.
—El camino y yo mantenemos una relación reciente.
El capitán hizo una señal. Un soldado levantó el paño que cubría su cabello. El tinte se había desvanecido. Las trenzas rojas quedaron a la vista.
Halev conocía el aviso de Nydel. Sus ojos bajaron hacia el guante izquierdo y la capa gris.
—La mujer del carbón —dijo.
—Hoy camino con una caravana.
—Eso facilita el arresto.
Los soldados cerraron el paso delantero. Otros rodearon la parte posterior. Las familias quedaron entre las laderas.
Halev leyó una segunda lista.
—Once personas cumplen edad de servicio. La cuota de Ordel exige ocho. Pueden incorporarse ahora y reducir la carga pendiente.
Aren dio un paso.
—Yo iré.
Bel lo sujetó del brazo.
—No.
—Con ocho recuperamos el grano.
—Recuperan una parte —dijo Isolde—. El resto seguirá como deuda.
El recaudador sonrió.
—La fugitiva sabe leer.
Isolde tomó el documento antes de que él pudiera apartarlo. La cuota de reclutamiento tenía una cláusula: el servicio reducía deuda a una tasa fijada por la oficina de destino. Ninguna cifra aparecía en la hoja.
—No hay valor por persona —dijo a Neris.
—Lo pondrán después —respondió ella.
—Pueden poner cero.
Las familias empezaron a hablar. Halev intentó recuperar el papel.
Isolde lo sostuvo fuera de su alcance.
—Esta caravana decide quién viaja con ella —dijo.
—La regencia decide quién sirve.
—¿Bajo qué decreto?
Halev señaló el sello de Darian.
—Emergencia de frontera.
—Es el tercer verano que la cobráis.
—La frontera sigue en guerra.
—¿Dónde está el enemigo?
El capitán miró alrededor.
—Lo tengo delante.
La frase dio a los soldados permiso para preparar las armas.
Isolde escuchó a Kaoran detrás del segundo carro.
—Tres respiraciones.
Podía encender la ladera y cortar la ruta. Las familias quedarían en medio del humo. Los carros llevaban tela seca, aceite y niños. El terreno estrecho favorecía una barrera y convertía cualquier error en una trampa.
—Neris —dijo—, necesito tu decisión.
La mujer miró los once jóvenes, el alimento marcado y la puerta azul.
—Nos llevamos a nuestra gente —respondió—. Si quieren comida, negociamos en un lugar abierto.
—Entonces coloca los carros en círculo cuando lleguemos a la llanura. Los niños irán debajo de los ejes. Agua y mantas en el centro. Nadie ataca hasta que la salida esté preparada.
Neris repitió las órdenes con su vara. Cada familia conocía su vehículo. El movimiento empezó sin correr.
Halev alzó la mano.
—¡Alto!
Kaoran soltó la cuerda del tercer carro. Una pila de muebles cayó sobre el camino entre la Guardia y la caravana. Nadie resultó herido. La cómoda se abrió y dejó escapar ropa, cucharas y un retrato.
—Eso era de mi madre —gritó una mujer.
—Lo recogeremos —respondió Kaoran.
Los primeros carros llegaron a la llanura. Los conductores giraron hacia dentro. Los vehículos formaron una barrera irregular. La puerta azul quedó en el lado norte, todavía atada sobre la carga.
Los soldados apartaron los muebles y avanzaron.
Isolde se quedó fuera del círculo con Kaoran, Neris, Bel y Aren. Llevaban palos, herramientas y una espada corta. Los otros diez jóvenes permanecían dentro. Aren había seguido a su padre hasta la abertura y sujetaba una pala con las dos manos.
—Entregad a la fugitiva y la cuota —ordenó Halev—. El resto conservará la mitad de los alimentos.
—Esa mitad dura cuatro días —dijo Neris.
—El puesto de Meral vende provisiones.
—El puente está cerrado.
Halev lo sabía. La ruta terminaba en otro registro antes de llegar al río.
—Entonces volveréis a Ordel.
—Las casas ya tienen otros nombres.
—Eso pertenece a la oficina.
Neris clavó la vara en la tierra.
—Estas personas me eligieron para llevar la cuenta. Mi cuenta dice que entregaros ocho jóvenes y media comida nos mata más despacio. Rechazamos la oferta.
Halev bajó la mano.
Los soldados avanzaron.
Isolde arrojó tres bengalas tomadas en el paso de las hayas. Cayeron delante de los caballos y soltaron humo rojo. Los animales se detuvieron. Varios soldados desmontaron y siguieron a pie.
Kaoran golpeó la primera lanza con el bastón. Bel usó una cuerda para atrapar la segunda. Neris defendía la abertura entre dos carros con su vara de medir.
Isolde entró en la distancia del capitán. Él llevaba espada y escudo. Atacó con el borde para empujarla hacia el círculo. Ella desvió, giró por el lado del escudo y cortó una de las correas. La madera cayó.
Un soldado intentó pasar hacia los jóvenes. Aren salió para enfrentarlo.
—Dentro —gritó Bel.
El muchacho ignoró la orden. Golpeó con una pala y recibió el asta de una lanza en el pecho. Cayó sin aire.
Isolde cruzó el espacio. Detuvo la punta antes de que alcanzara su garganta y golpeó la rodilla del soldado. La articulación cedió. Ella arrastró a Aren detrás de un carro.
—Puedo pelear —jadeó él.
—Puedes respirar. Empieza por ahí.
La Guardia rodeaba el círculo. Las familias lanzaban agua, tierra y objetos para mantener distancia. Nadie había encendido fuego. El humo de las bengalas empezaba a disiparse.
Halev ordenó a los arqueros subir la ladera.
Desde allí podían disparar dentro de los carros.
—Necesitamos salir —dijo Kaoran.
Isolde miró el terreno. Al oeste había un cauce seco que conducía hacia las colinas. Dos carros podían entrar a la vez. Si abrían el círculo por ese lado, la Guardia intentaría bloquearlo.
—La puerta —dijo.
Neris entendió.
Sacaron la puerta azul de sus goznes. El marco quedó atado sobre la cómoda. Cuatro personas levantaron la hoja de roble entre dos carros para cubrir a los conductores, que alineaban los vehículos hacia el cauce.
Los arqueros llegaron a la primera roca.
Isolde encendió el surco de aceite que Kaoran había trazado lejos de los carros. Las llamas prendieron en la hierba cortada que habían amontonado al lado y levantaron humo entre los arqueros y el círculo. La primera flecha golpeó la puerta azul.
Isolde midió el viento. Sostuvo el calor durante tres respiraciones y lo dejó bajar cuando el humo llegó a las rocas.
Los arqueros cambiaron de posición para recuperar la vista.
Los dos primeros carros entraron en el cauce mientras la puerta cubría a quienes seguían detrás.
Halev reunió a los soldados para atacar la abertura.
La puerta azul avanzó hacia ellos.
Neris y Bel la sostenían con otros dos adultos. Recibió lanzas, golpes y una flecha. El roble aguantó. La mancha alrededor de la cerradura parecía una herida vieja.
Kaoran atacó por un lado. Isolde por el otro. Cada movimiento buscaba apartar, derribar o romper una correa. Un soldado se levantó detrás de Isolde y volvió a empuñar la lanza. Kaoran lo contuvo el tiempo que necesitó el siguiente carro para girar.
El sexto carro entró en el cauce.
La mujer embarazada gritó dentro del círculo. Mava se había doblado sobre el vientre.
—Contracciones —dijo Leya—. Muy seguidas.
Enna quedaba a días. La huida sobre terreno seco podía adelantar el parto.
—Ponla en el carro de los colchones —ordenó Neris—. Tila, lleva agua. Leya, cuenta.
Halev vio la abertura.
—Entregad a la fugitiva —gritó—. Dejaremos pasar a la embarazada.
Las familias miraron a Isolde.
Ella podía aceptar. La Guardia concentraría la persecución en una persona y la caravana saldría. También podía ser una promesa diseñada para detener los carros.
—La decisión es tuya —dijo Kaoran.
Isolde miró a Neris.
—Si me entrego, ¿seguiréis?
—Te aceptamos en la caravana —respondió la mujer—. Ese acuerdo sigue vigente.
—Pueden perder alimento por mí.
—Ya venían a quitarlo antes de saber que estabas aquí.
Isolde miró a Aren detrás del carro. Halev seguía exigiendo la cuota con una mano alzada hacia los arqueros. Neris apoyó el hombro contra el roble y esperó a que ella tomara el otro borde.
—Vamos —dijo Isolde, levantándolo.
El último carro giró. La Guardia cargó.
Isolde dejó que el fuego de la ladera se apagara. Llevó la llama a una piedra delante de los caballos y la encerró en un círculo. Los animales se negaron a cruzar. Los soldados a pie tuvieron que rodearlos.
La puerta azul recibió otro golpe y una bisagra se partió. Isolde sostuvo el borde con la mano izquierda. Los dedos rígidos aguantaron gracias al guante de Doven.
Kaoran derribó a Halev con el bastón. Puso la punta bajo su barbilla.
—La caravana se va —dijo.
—Vendrán más puestos.
—Entonces necesitarás un caballo que todavía confíe en ti.
Kaoran cortó las riendas de los caballos más cercanos y los espantó con el bastón. La Guardia perdió velocidad.
Isolde y los últimos defensores entraron en el cauce. La puerta seguía delante. Cuando alcanzaron la primera curva, la ladera los ocultó.
La caravana había conservado personas y comida. Había dejado muebles, una rueda dañada y un rastro fácil de seguir.
—Nos alcanzarán antes del manantial —dijo Neris.
—El cauce se divide en una legua —respondió Isolde—. La rama izquierda tiene fondo de piedra. Si llegamos, el viento cubrirá lo que dejen las ruedas al salir.
Neris miró hacia el oeste. Una pared de polvo avanzaba sobre los Llanos.
—¿Y si llega antes que nosotros?