Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 12
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El primer carro llevaba una puerta.

La habían atado sobre los muebles, encima de un colchón y dos jaulas de gallinas. Conservaba el marco, el picaporte y una mancha azul alrededor de la cerradura. Cada vez que la rueda izquierda entraba en un bache, la puerta golpeaba contra una cómoda.

Detrás venían trece carros más.

Isolde y Kaoran los encontraron en los Llanos de Brasa, junto a un pozo seco.

Teren los había alcanzado aquella mañana.

Llevaba una declaración para Soren firmada ante dos compradores y varias copias que debían seguir hacia el sur.

Mella se ocuparía de entregar el escrito.

El carbonero había elegido acompañar las hojas hasta el próximo relevo.

Las familias habían colocado mantas entre los vehículos para protegerse del viento.

Los animales buscaban hierba entre la tierra roja.

Un niño sostenía un cuenco bajo la cuerda del pozo, esperando una gota que no iba a llegar.

—El siguiente manantial está a seis leguas —dijo Kaoran.

—No llegan con esos bueyes.

Isolde contó personas, ruedas y recipientes.

Había cuarenta y nueve adultos fuera de la cuota militar, veintitrés niños y once jóvenes a quienes la Guardia podía reclamar para el servicio: ochenta y tres personas.

Cuatro de los mayores viajaban tumbados.

Una mujer estaba embarazada. Dos carros tenían el eje reforzado con cuerda.

Una persona del grupo los había contado antes. Había escrito los números con tiza en el lateral del primer vehículo.

La mujer que llevaba la cuenta se llamaba Neris Vael. Tendría unos cuarenta años. Usaba una vara de medir como bastón y guardaba tres lápices detrás de la oreja.

—El pozo figura en los mapas —dijo cuando Isolde preguntó por el agua.

—Lo desviaron hacia un puesto de la Guardia —respondió Kaoran—. Hay una compuerta bajo la colina.

Neris miró su capa, el guante izquierdo y la espada corta de Kaoran.

—¿Cobráis por abrirla?

—Cobramos por afilar —dijo Isolde—. El agua pertenece al cauce.

—Eso dirá también el puesto mientras pesa nuestros carros.

Venían de Ordel, una aldea situada al este de Caleryon.

Los recaudadores habían exigido una cuota de grano después de una cosecha pobre.

Cuando las familias entregaron menos, la oficina marcó las casas como bienes en deuda.

Tres semanas después, una compañía llegó con nuevos títulos de propiedad a nombre de la Casa Rhyne.

—Nos permitieron llevar una cama por familia, herramientas y comida para cuatro días —dijo Neris—. Hace seis que salimos.

—¿Adónde vais?

—A Meral. Un primo conoce tierras sin trabajar cerca del río.

Kaoran desplegó un mapa.

—El puente de Meral está cerrado.

—¿Desde cuándo?

—La semana pasada. La crecida rompió un apoyo.

La noticia pasó entre los carros. Algunas personas empezaron a hablar a la vez. Una anciana propuso regresar. Un hombre señaló que la Guardia ocupaba Ordel. Dos jóvenes querían cruzar el río a nado. Los bueyes seguían buscando hierba.

Neris golpeó el suelo con la vara.

—Primero el agua —dijo.

La frase devolvió orden al grupo.

Isolde sonrió.

—Conozco una ruta hasta la compuerta.

—¿Qué riesgo tiene?

La pregunta mostraba que Neris había aprendido a desconfiar de soluciones rápidas.

—El puesto vigila el camino. La tubería entra por una zanja al norte. Dos personas pueden abrirla sin pasar por la barrera. Si la Guardia descubre la desviación, vendrá a investigar.

—¿Cuánto tardará el agua?

—Una hora si el canal está limpio.

Neris eligió a un carpintero llamado Bel y a su hijo Aren, de diecisiete años. Isolde aceptó a Bel y pidió que el joven se quedara.

—¿Por qué? —preguntó Aren.

—Si el puesto nos ve, alguien debe mover los carros.

—Puedo pelear.

—Y sabes conducir el carro de tu padre. Si el puesto nos ve antes de abrir el agua, Neris necesitará que saques a tu familia del camino.

Aren miró a Neris. Ella asintió.

Isolde, Kaoran y Bel rodearon la colina. La compuerta estaba cerrada con una cadena nueva. Un tubo de hierro bajaba hacia el puesto, donde un depósito almacenaba agua para caballos y patrullas.

—La desviación alimentaba tres pozos —dijo Bel—. ¿Cuándo la cambiaron?

—Con la regencia —respondió Kaoran.

La cadena llevaba un sello de la oficina de rutas. Cortarla sería destrucción de un bien público. Isolde examinó el mecanismo. La compuerta tenía dos salidas. Una estaba bloqueada con una placa atornillada.

—Podemos abrir la placa y dejar la cadena —dijo.

Bel sacó herramientas. Los tornillos estaban oxidados. Isolde calentó cada cabeza durante un pulso y dejó que Kaoran vertiera agua. El metal cedió. Retiraron la placa sin romper el sello.

El agua entró en la zanja antigua.

—El puesto lo verá en el nivel del depósito —dijo Kaoran.

—Después de llenar los abrevaderos. Tendremos una hora.

Regresaron limpiando ramas del canal. La primera corriente llegó al pozo como un hilo marrón. Los niños gritaron. Neris impidió que bebieran hasta que el barro salió.

Distribuyó el agua por medidas. Primero los enfermos y los menores. Después los animales de tiro. El resto recibió una taza y esperó a que el pozo recuperara nivel.

Isolde observó cómo cambiaban las cifras de tiza. Neris restaba recipientes, añadía tiempo y marcaba qué buey necesitaba descansar.

—Eras administradora —dijo.

—Fabricaba barriles. Un barril mal cerrado pierde vino. Una caravana mal contada pierde gente.

—¿Quién decidió que viajarais a Meral?

—Votamos entre tres destinos. Meral tenía familia, agua y trabajo.

—El puente cerrado deja dos.

—Uno exige cruzar un puesto de reclutamiento. El otro atraviesa tierras sin pozos.

Kaoran señaló el sur.

—Podemos acompañaros hasta el manantial de Vessa. Después hay una senda de pastores que evita el puente.

—¿Por qué? —preguntó Neris.

—También vamos hacia el sur —respondió Isolde.

—Eso explica la dirección.

—La Guardia llegará cuando note el agua. Conocemos su forma de preguntar.

Neris miró a las familias. Aceptar a dos desconocidos podía protegerlas o darles otro problema.

—Camináis delante —decidió—. Si cambiáis la ruta sin explicarlo, seguimos solos.

—De acuerdo.

La caravana levantó el campamento.

La puerta azul volvió a golpear la cómoda.

Isolde caminó junto al primer carro y aprendió los nombres.

Neris viajaba con su hermana Leya y dos sobrinos.

Bel había perdido su taller en Ordel. Aren quería entrar en la Guardia porque pensaba que un uniforme le permitiría recuperar la casa.

Una joven llamada Tila llevaba semillas escondidas dentro de una almohada.

La mujer embarazada, Mava, estaba a dos meses del parto y había empezado a sentir contracciones irregulares.

Cada carro contenía una parte de la aldea.

Herramientas de herrero.

Moldes para velas.

Una caja de libros escolares.

Dos colmenas vacías.

Un telar desmontado.

La puerta del primer carro pertenecía a la casa de Neris.

—Podías dejarla —dijo Isolde.

—También podía dejar las piernas. Pesaban menos.

—¿Dónde la pondrás?

—En la primera pared que construya.

Neris pasó los dedos por el picaporte azul y comprobó la cuerda.

Isolde recordó el lugar que había pedido a Darian bajo el granado: una casa donde pudieran llegar tarde a cenar y discutir sin convocar a nadie.

Apenas habían necesitado describirla para que ella empezara a habitarla en sus pensamientos.

—¿Habéis elegido ya esa pared? —preguntó.

—La elegiremos cuando haya suelo que nos dejen pisar.

Isolde ajustó la cuerda inferior de la puerta. Había contado carros y agua para el siguiente tramo. Neris llevaba también algo que esperaba encontrar al final.

El camino avanzaba entre colinas bajas. La tierra roja se pegaba a las ruedas. A media tarde, uno de los ejes reforzados se partió.

El carro se inclinó y lanzó una caja al suelo. Dentro había platos envueltos en ropa. El golpe rompió varios.

Aren pateó la rueda.

—Te necesitas entero —dijo Bel.

—Los platos también.

—Los platos ya han decidido.

Isolde ayudó a descargar el carro. Kaoran encontró una rama de fresno y Bel preparó un eje temporal. La reparación necesitaba dos horas. La Guardia podía alcanzarlos antes.

—Movemos a los niños y el agua a los carros de delante —dijo Isolde—. Los demás continúan. Cinco personas quedan para reparar y nos alcanzan.

Neris negó con la cabeza.

—La familia del carro no se queda sola.

—Kaoran y yo podemos quedarnos.

—La decisión pertenece a todos. Si dividimos el grupo cada vez que algo se rompe, llegaremos a Meral como personas sueltas.

La caravana votó. Cuarenta manos eligieron esperar. Ocho querían avanzar. Las demás se abstuvieron.

Isolde contó las manos que querían avanzar. Tendría que recordar esas ocho si la Guardia llegaba antes de que terminaran el eje. Preguntó a Neris quiénes podían vigilar la colina mientras los demás reparaban.

—Entonces formamos un círculo —dijo Isolde—. Los carros sanos cubren la vista desde el camino. Las personas que descansan preparan comida. Quienes puedan caminar revisan la colina.

La reparación terminó antes de la puesta de sol.

El puesto de agua descubrió la compuerta al anochecer.

Los jinetes aparecieron en la cresta cuando la caravana entraba en una garganta estrecha. Eran doce guardias con dos recaudadores. Llevaban lanzas cortas, balanzas y un libro de registro.

—No corráis —dijo Isolde.

El miedo hizo que varios bueyes aceleraran. La puerta azul golpeó con fuerza.

Neris levantó la vara. Los carros redujeron el paso.

El capitán de la patrulla los alcanzó junto a una piedra de camino. Se llamaba Halev Cors. Tenía el rostro quemado por el sol y una capa blanca demasiado limpia para los Llanos.

—Habéis manipulado una obra de la regencia —dijo.

—Abrimos una salida existente —respondió Neris.

—El agua está reservada para la Guardia y los viajeros registrados.

—Somos viajeros.

—Vuestros permisos terminaron al abandonar Ordel.

Halev consultó el libro. Llevaba la lista de las familias. Al lado de cada nombre había una cantidad de grano, herramientas o trabajo pendiente.