11
Isolde y Kaoran llevaban dos días en el camino cuando Teren los alcanzó.
El hombre apareció al amanecer, montado sobre una mula que parecía odiarlo. Bajó antes de que el animal pudiera decidir arrojarlo contra una zanja. Tenía polvo negro hasta las pestañas.
—Han cerrado la mina —dijo.
Isolde guardó el mapa que estaba revisando.
—¿Por seguridad?
—Por castigo. Soren ha recibido una orden de Varek. La regencia toma la propiedad completa, las reservas y los contratos. Dice que Nydel saboteó la galería y robó material estratégico.
—¿Detenidos?
—Doven, Sava y Mella figuran en la primera lista. Enna aparece como cómplice. Joren ha sacado a dos del pueblo. Los demás siguen en sus casas porque la Guardia retiene a las familias en la plaza.
Kaoran miró el camino del sur. Habían recorrido poco más de cuatro leguas. Los Llanos de Brasa empezaban detrás de una cadena de colinas. Volver convertía la salida en un círculo y podía entregar a la Guardia la ruta que pensaban tomar.
—¿Cuándo ejecutan la orden? —preguntó Isolde.
—Al mediodía. Llegan veinte carros para sacar la primera parte. Volverán por el resto hasta vaciar los depósitos.
—¿Cuánto queda?
—Ciento cuarenta toneladas en el patio. Otra parte dentro de los depósitos.
—Si se lo llevan, Nydel pasa frío.
—Y la mina pierde el pago de tres aldeas que adelantaron grano —dijo Teren—. Soren acusa a los trabajadores de deber también ese valor.
Isolde abrió el mapa sobre una piedra.
—¿Cuántos soldados?
—Treinta y cuatro. Esperan otros veinte con los carros.
—¿Los trabajadores tienen armas?
—Picos, palas y suficiente rabia.
—Eso es lo que Soren necesita.
Una pelea en la plaza permitiría declarar rebelión, detener familias y convertir la mina en propiedad militar sin discutir las cuentas. La historia oficial quedaría preparada antes del primer golpe.
—Regresamos —dijo Isolde.
Kaoran señaló las alforjas.
—¿Con qué nombre?
Iria estaba perseguida. Sela podía haber llegado al oído de Joren y de la panadera. El rostro de Isolde circulaba en informes reservados.
—Ninguno —respondió—. Entramos por el río.
Teren ocultó la mula en una granja y los condujo hacia el este. El río describía una curva alrededor de los hornos y llegaba a un depósito de escoria. Desde allí podían ver la plaza sin cruzar los puestos.
Las familias estaban encerradas detrás de barreras. Los soldados habían separado a los mineros en filas. Sava permanecía junto a Doven con las manos atadas. Mella discutía con un escriba y señalaba un documento.
Sobre la oficina colgaba un estandarte nuevo: el círculo de Varek encima de una llama de Caleryon.
—¿Dónde está Enna? —preguntó Isolde.
—Atiende a Emon en casa de Mella. La Guardia espera a que termine para detenerla.
Kaoran contó las salidas.
—Tres puestos. El del molino tiene ocho hombres. Otros diez rodean la plaza. El resto vigila la mina.
—Los refuerzos llegarán por el puente del sur —dijo Teren.
Isolde siguió la ruta con el dedo. Los carros debían cruzar una pasarela de carga junto al lavadero. La estructura aguantaba carbón, aunque una de sus vigas había sufrido durante el deshielo.
—¿Podemos mover las reservas? —preguntó.
—Ciento cuarenta toneladas no se esconden en una mañana.
—¿Quién tiene derecho sobre ellas?
—La mina, hasta hoy.
—Pregunto quién ha pagado.
Teren nombró seis aldeas, tres herrerías y varias familias. Doven guardaba contratos. La oficina de la regencia también debía tener copias.
—El carbón ya pertenece a otras personas —dijo Isolde—. Varek puede requisarlo, pero entonces debe reconocer una deuda con cada comprador.
—Reconocerá lo que quiera —respondió Kaoran.
—Si los contratos salen de Nydel, la deuda viaja con los comerciantes. Arkhe depende del carbón para sus hornos. Las aldeas pagaron con grano. Quitar la reserva crea enemigos fuera de esta plaza.
Teren sonrió.
—Puedo entrar en la oficina.
—Soren ya conoce tus hábitos.
—Por eso espera una puerta trasera.
Isolde señaló el drenaje de la mina.
—Entras por la cisterna. Sacas los contratos y el registro de pagos. No cambias ninguna cifra.
—¿Por qué?
—Necesitamos que las copias coincidan cuando Varek diga que son falsas.
Kaoran miró el estandarte.
—Eso protege una reclamación futura. Los carros llegan hoy.
—La pasarela puede detenerlos.
—Si cae, dirán sabotaje.
—Entonces no cae. La cerramos por seguridad con la misma norma que Soren ignoró en la galería.
Teren sacó una hoja doblada de la camisa.
—Mella tenía esto cuando la detuvieron.
Era el decreto aprobado meses atrás por el Consejo. Establecía tasas fijas, excluía a menores y heridos del trabajo forzoso y exigía inspección civil cuando una instalación sufriera un accidente grave. Llevaba la firma de Darian y, en el margen, el voto condicionado de Aelyn.
Isolde pasó el pulgar junto al nombre de Aelyn. La nota exigía que la inspección incluyera trabajadores elegidos por el turno afectado. Encima estaba la firma de Darian.
Recordó cómo habían dejado una carta entre los dos bajo el granado, con la tinta hacia arriba para señalar lo que faltaba comprobar. Ella le había pedido respuestas; él le besó la muñeca antes de hablar de la boda. Todavía reconocía la inclinación de aquella letra mejor que muchas caras.
—Tendré que enseñar su firma —dijo.
Kaoran esperó.
Isolde alisó el pliegue que cruzaba el nombre de Aelyn. Su amiga había conseguido escribir esa condición dentro de un documento de la regencia. Mella podía usarla al mediodía.
—Soren responderá por desobedecerla. Quiero que su escriba lo oiga delante de los compradores.
Dobló el decreto dejando visibles ambas firmas.
Dividieron el plan.
Teren entraría por el drenaje y sacaría los contratos.
Nia esperaría en la lavandería para llevar las hojas a quienes prepararían las copias.
Kaoran buscaría a Enna y organizaría rutas para las familias si la plaza se volvía peligrosa.
Isolde llegaría a la pasarela con Mella.
Necesitaba liberar a la mujer sin convertir la plaza en una lucha.
—Soren la tiene delante de veinte soldados —dijo Kaoran.
—También delante de cien testigos.
Isolde guardó el cabello bajo una capucha gris y cubrió la mitad inferior del rostro con un paño de carbón. Dejó el cuchillo oculto. Llevó el decreto visible en una mano.
Entró por la calle de la fragua.
Las conversaciones se detuvieron. Varias personas reconocieron la capa del rescate. Joren, situado junto al molino, inclinó la cabeza. Doven levantó las manos atadas para que ella viera el nudo.
Soren Tyre se volvió.
—Sabía que regresarías.
—Tienes una inspección pendiente.
Isolde levantó el decreto. El soldado más cercano apoyó la mano en la empuñadura.
—Esa orden fue suspendida después del sabotaje —dijo Soren.
—Tu escriba puede leer la suspensión. Los compradores van a pedir una copia con la fecha.
El hombre junto a Mella recogió sus papeles. Soren se volvió hacia él lo suficiente para que los trabajadores advirtieran la duda. Isolde mantuvo el documento alto; le pesaba el brazo, pero bajarlo dejaría al soldado libre el camino hasta su muñeca.
—Detenedla —ordenó Soren.
Dos soldados avanzaron. Isolde permaneció quieta.
—Si me detenéis, el decreto y la lista de los veintisiete saldrán de Nydel antes de que lleguen los carros. Los compradores de Arkhe recibirán también los códigos que demuestran que mantuvisteis la máquina encendida después de la alarma.
Soren miró hacia la oficina.
—Estás mintiendo.
—Compruébalo. La clave está en el distintivo del vigilante que sacamos con vida.
Los soldados conocían al hombre. Uno bajó la mirada.
—¿Qué quieres? —preguntó el oficial.
—Que se cumpla la inspección firmada por el regente. Mella será observadora civil. Sava representará al turno afectado. Doven revisará la máquina. Las familias salen de las barreras. Nadie toca las reservas hasta que los contratos estén delante.
—No tienes autoridad.
—El papel sí, según tus reglas.
Soren tomó el decreto. Leyó la nota de Aelyn y buscó un defecto.
—La inspección puede hacerse mientras la propiedad queda bajo custodia.
—La custodia no cambia la propiedad de cargas ya pagadas.
—La regencia compensará a los compradores.
—¿Con qué tasa?
El oficial carecía de una respuesta preparada.
Mella habló desde la barrera.
—Arkhe pagó cuarenta toneladas. Nydel recibió grano y sal. Si os lleváis el carbón, devolveremos comida que ya hemos comido. ¿También queréis abrirnos el estómago?
Una risa seca recorrió la plaza.
Soren hizo una señal. Un soldado cerró la mano sobre el brazo de Mella.
Isolde dio un paso.
La plaza sintió el movimiento. Los mineros levantaron la cabeza. Doven tensó las cuerdas. Joren salió de la sombra del molino.
La punta de una lanza bajó hacia el pecho de Doven. Isolde frenó el paso y dejó libre la mano con que había buscado el cuchillo. El soldado miraba su muñeca; ella sostuvo el decreto a esa misma altura hasta recuperar el aire.
—Mella vendrá conmigo a la pasarela —dijo—. Tú enviarás dos guardias. Si detectamos un riesgo, la cerramos. Mientras tanto, tu escriba reúne los contratos. Nadie abandona Nydel y nadie pelea.
—¿Y si me niego?
—Los compradores sabrán que elegiste una carga antes que una inspección firmada por Darian Rhyne.
Usó el nombre del regente a propósito. Soren respondía a Varek, pero necesitaba la apariencia de servir a Darian. Una desobediencia escrita podía convertirlo en culpable conveniente.
El oficial ordenó que soltaran a Mella.
—Una hora —dijo—. Después los carros cargan.
—La seguridad decidirá el tiempo.
Soren envió cuatro guardias.
Caminaron hacia la pasarela. Mella mantenía las muñecas atadas. Isolde pidió un cuchillo para liberar las cuerdas. El sargento se negó.
—Una observadora necesita las manos —dijo ella.
—Puede observar con los ojos.
Mella levantó la pierna y golpeó al sargento en la espinilla.
—También tengo pies.
El hombre sacó la hoja. Isolde se interpuso antes de que el gesto creciera.
—Corta la cuerda o explica en el informe por qué heriste a la observadora del decreto.
El sargento liberó a Mella.