11 #2
La pasarela cruzaba un cauce seco y conectaba el patio con el camino del sur. Doven había advertido sobre la viga debilitada. Podía ceder bajo una carga completa.
Isolde bajó a examinar el soporte. El agua había erosionado la base; entre tres remaches se abría una grieta que pudo recorrer con la uña. Mella pidió que el sargento la viera antes de registrar el límite de peso.
—Un carro cada vez, con media carga hasta que cambiemos el apoyo —dictó Isolde.
El hombre se negó a firmarlo. Mella anotó su nombre como presente durante la inspección y le mostró la línea antes de guardar el papel.
Los refuerzos aparecieron en el camino. Veinte soldados protegían una fila de carros vacíos. El primero llevaba el sello de Varek.
Soren salió de la plaza y levantó el brazo para hacerlos avanzar.
Mella se plantó en medio de la pasarela.
—Cerrada por inspección.
El conductor miró al oficial.
Soren ordenó continuar.
El primer caballo dio un paso sobre las tablas.
Isolde se colocó junto a Mella. Los cuatro guardias desenvainaron.
—Si el carro cruza cargado, la viga puede romperse —dijo.
—Está vacío —respondió Soren.
—Después volverá con carbón.
—Para entonces habrá una orden distinta.
El carro avanzó. La madera crujió, aunque soportó el peso vacío. Los demás siguieron hacia el patio. Soren sonrió al pasar junto a Isolde.
—La regencia tiene tiempo —dijo.
—Nydel también.
Teren debía de haber entrado en la oficina. Kaoran estaría moviendo a las familias. Faltaba impedir que una provocación convirtiera la plaza en campo de batalla.
Isolde bajó al cauce y empezó a reparar la base.
—¿Qué haces? —preguntó Mella.
—Cumplir la inspección.
—En una hora no terminarás.
—Entonces la pasarela seguirá cerrada.
Los vecinos entendieron antes que la Guardia. Odo llevó piedra. Rina apareció con juntas de cuero. Los niños de la calle de la fragua cargaron cubos. Joren reunió a los veteranos y empezó a apuntalar el lado sur. Cada persona ocupó un lugar que ya existía en el mapa.
Soren mandó retirar a Odo. El comerciante de Arkhe pidió que el guardia firmara el estado de la viga antes de poner un carro suyo encima. La discusión lo retuvo en el borde del cauce mientras llegaban más cubos de piedra.
Los soldados intentaron cargar el primer carro. Doven se sentó delante del depósito con otros herreros.
—El peso debe registrarse antes de salir —dijo.
—La balanza pertenece ahora a la regencia.
—Entonces la regencia puede repararla. Se rompió esta mañana.
La pieza central de la balanza había desaparecido.
Soren ordenó usar estimaciones. Mella gritó desde la pasarela que cada comprador recibiría copia de cualquier peso estimado. Los conductores empezaron a discutir. Cobraban por carga exacta y podían perder dinero si la oficina les atribuía una cantidad mayor.
La hora se convirtió en dos.
Los contratos aparecieron clavados en las puertas de la plaza.
Teren había sacado los originales hasta la lavandería.
Nia y dos vecinos llevaron las hojas entre quienes copiaban, cotejando los totales antes de clavarlas.
Un comerciante de Arkhe leyó su nombre y exigió el carbón pagado. Otros reconocieron sellos de aldeas.
Soren reunió a sus capitanes.
—Detened a los instigadores —ordenó.
—¿Cuáles? —preguntó uno.
La plaza entera reparaba, copiaba, pesaba o reclamaba.
—La mujer de la capa gris.
Los soldados miraron hacia el cauce.
Isolde había desaparecido.
Se ocultó bajo la pasarela, donde la grieta dejaba ver los remaches. Kaoran llegó por el cauce con una bolsa de herramientas.
—Las familias están fuera de las barreras —dijo—. Enna ha llevado a Emon y a los heridos al molino. Teren conserva los originales.
Isolde miró el polvo de carbón sobre las tablas. Había niños llevando cubos entre los guardias; una llama alcanzaría ropa y madera antes de frenar a un soldado.
—Lleva a los heridos al camino de atrás —dijo—. Hablaré con el comprador de Arkhe. Si consigue retirar su carga, tendrá un motivo para quedarse junto a las llaves.
Kaoran tomó las herramientas y siguió el cauce hacia el molino.
Isolde volvió a la plaza por la lavandería.
Encontró al comerciante de Arkhe y le mostró su contrato.
Propuso que los compradores retiraran el carbón en grupos pequeños durante el mes, usando sus propios carros y un registro público.
La reserva permanecería en Nydel bajo custodia compartida hasta completar la entrega.
—Varek puede anularlo —dijo el hombre.
—Puede intentarlo delante de todas las ciudades que ya pagaron.
—¿Quién garantiza la custodia?
Mella llegó con los libros.
—Cinco llaves repartidas entre compradores y turnos. Ningún depósito abre con una sola.
Doven añadió su sello de herrero. Sava puso la marca de los mineros. Joren firmó como testigo de la Guardia anterior. Los representantes de tres aldeas hicieron lo mismo.
El comerciante de Arkhe aceptó.
Soren llegó cuando la primera copia estaba terminada.
—La mina pertenece a la regencia —dijo.
—El carbón vendido pertenece a los compradores —respondió Isolde.
—La reserva queda requisada.
—Entonces firma una deuda por cada tonelada y por el grano recibido. Incluye el interés que vuestra oficina cobra a Nydel.
El escriba calculó en silencio. La cifra superaba el valor de la carga y llegaría a las cuentas del Consejo.
Soren miró los contratos, los trabajadores y los carros detenidos. Podía usar la fuerza. El primer muerto convertiría una disputa contable en una revuelta. La orden de Varek exigía mantener las entregas de carbón durante toda la estación.
—La regencia mantendrá una llave —dijo.
—Una de las seis —respondió Mella.
—Y un inspector en cada carga.
—Pagado por la oficina.
Soren aceptó con la boca rígida.
—La custodia no elimina los cargos —añadió—. Doven Ardel, Sava Orun, Mella Ors y Teren Voss quedan detenidos por obstrucción.
Los soldados avanzaron hacia ellos.
Isolde se colocó delante.
—¿Qué acción concreta atribuyes a cada uno?
—Doven inutilizó la balanza.
—La pieza se retiró para reparación. Hay seis testigos y una orden de trabajo.
—Sava robó material estratégico.
—Entregó la cadena a los inspectores después del derrumbe. Sus copias demuestran una instalación oculta.
—Mella incitó a la plaza.
—Leyó contratos propios.
—Teren entró en una oficina cerrada.
Teren levantó una mano.
—Esa parte puede ser cierta.
Mella le dio un codazo.
—Entró para retirar documentos en riesgo de destrucción —dijo Isolde—. El escriba de la mina estaba quemando borradores cuando empezó el registro.
El escriba abrió la boca. Una mancha de ceniza cruzaba su manga.
Soren vio que todos miraban.
—La Guardia no discute cada arresto con una fugitiva.
—Discútelo con los compradores. Si detienes a quienes custodian las llaves antes de firmar el depósito, demuestras que nunca pensaste respetarlo.
El comerciante de Arkhe se acercó.
—Mi Casa pagó por cuarenta toneladas —dijo—. Un arresto que impida la entrega será tratado como incumplimiento del gobierno, con copia al Consejo de Puertos.
Los representantes de las aldeas se colocaron a su lado. Compartían la preocupación por las entregas que habían pagado.
Soren buscó una detención que pudiera defender y encontró demasiados contratos alrededor.
—Teren Voss queda citado para declarar mañana —dijo—. Los otros permanecerán en Nydel hasta nueva orden.
—Declararé en la plaza —respondió Teren—. Tengo alergia a las oficinas.
—Declararás donde se te indique.
—Con un testigo de cada comprador —añadió Isolde.
Soren evitó responder. Una negativa quedaría registrada como otra violación del acuerdo.
Los trabajadores soltaron el aire. Mella miró al soldado que seguía junto a su casa. La orden les impedía salir de Nydel y Teren tendría que responder al día siguiente. Guardaron esas condiciones junto al acuerdo de las llaves.
La reparación continuó hasta la noche. Isolde trabajó con Odo dentro del cauce mientras Doven revisaba los remaches y la abrazadera nueva. La base necesitaría dos días para asentarse. Mella hizo registrar el límite de media carga en el acta antes de dejar pasar el primer carro.
El primer carro contratado por el comprador de Arkhe cruzó con una tonelada, la mitad de su carga habitual.
Seis personas verificaron el peso. Una copia quedó en la oficina, otra viajó con el conductor y una tercera pasó a una bolsa bajo la ropa de Nia.
La niña había aprendido a escribir los números de la balanza.
Soren observó desde el puesto. Conservaba soldados, sello y autoridad para dificultar cada movimiento. La plaza había colocado ojos alrededor de sus decisiones.
El segundo carro llevaba carbón para una aldea del norte. La familia que adelantó sal recibió un recibo con firmas de Nydel y del escriba de la Guardia. El tercero quedó vacío porque la oscuridad impedía revisar la carga.
—Mañana seguimos —dijo Mella.
—Mañana la regencia puede traer otra orden —respondió Isolde.
—Mañana habrá copias en Arkhe y seis aldeas. También tendremos otra forma de abrir el depósito.
Mella mostró una pieza de hierro. Las seis llaves cerraban puertas visibles. Doven había instalado un pasador desde el drenaje para emergencias. La solución pertenecía a Nydel y no figuraba en ningún papel.
—¿Cuándo lo habéis hecho? —preguntó Isolde.
—Mientras discutías con Soren.
—Podíais decírmelo.
—Tú dijiste que nadie llevara todas las rutas.
Isolde aceptó la corrección. Su mapa ya estaba incompleto y la omisión protegía el depósito.
Al cerrar las puertas, cada responsable giró su llave. Los mecanismos movieron barras distintas. La regencia conservó una parte de la custodia. Los compradores y trabajadores controlaban las demás.
—Si intentan forzarlo, el carbón quedará atrapado —dijo Doven.
—¿Hay riesgo de incendio? —preguntó Isolde.
—Hemos abierto respiraderos separados. Nadie entra con llama.
Isolde había mantenido el Núcleo cerrado durante toda la jornada. En una plaza cubierta de polvo negro, esa disciplina protegió más vidas que cualquier barrera de fuego.