10 #3
Cuando Isolde vio la luz, oyó gritos en el exterior.
Soren Tyre había descubierto la operación.
La Guardia rodeaba el puente. Doven y Mella ocupaban el paso con decenas de vecinos. Enna atendía a Emon sobre una mesa. Los soldados intentaban separar a las familias.
Isolde salió del agua con la capa gris pegada al cuerpo.
Soren la reconoció por el informe.
—Iria Thennar —dijo.
—Hoy puedes usar ese nombre.
El oficial levantó la espada.
En el puente se agruparon los veintiséis mineros vivos. Teren dejó al vigilante junto a los heridos. Nia abrazaba a Pella. Sava sostenía la lista.
—Habéis entrado en una instalación de la regencia —dijo Soren.
—Vuestra instalación cayó sobre sus trabajadores.
—Quedáis detenida por sabotaje, robo y ataque a la Guardia.
Doven alzó el engranaje azul que había cortado.
—La máquina siguió funcionando después del derrumbe —gritó—. La orden llevaba la marca de la comisión.
Los vecinos empezaron a repetirlo.
Soren miró a sus soldados. Eran doce. Alrededor había más de cien personas, algunas con palas, otras con cuencos y vendas. El mapa de Nydel se había reunido delante del puente.
—Apartaos —ordenó.
Nadie lo hizo.
Isolde sintió la veta bajo sus pies. Podía encender una barrera. La Guardia esperaba ese gesto. El cuerpo apenas conservaba calor. Había mantas, aceite de las lámparas y heridos a pocos pasos de los soldados.
Dejó las manos abiertas.
—Atended a los heridos —dijo a los vecinos—. Copiad los nombres de todos. Incluid al vigilante.
Soren mantuvo la espada arriba.
—Tú vienes conmigo.
Kaoran salió del drenaje y se colocó junto a Isolde. Enna levantó una pinza cubierta de sangre.
—Si alguien pelea aquí, lo usaré para reemplazar órganos —dijo.
El oficial bajó la hoja un dedo.
Una corneta sonó desde la carretera. Llegaban refuerzos.
—Nos vamos —dijo Kaoran.
Isolde miró a Sava. La minera asintió. Las copias saldrían antes que los soldados. Mella tenía los nombres. Doven conservaba el engranaje. Cada prueba estaba en manos distintas.
Teren abrió una ruta entre la multitud. Isolde y Kaoran caminaron hacia la lavandería. Los vecinos cerraron el espacio después de que pasaran.
—¿Cómo te llamas? —gritó Nia.
Isolde se volvió.
La niña esperaba junto a su madre. Detrás, la entrada del drenaje expulsaba agua roja y el cuerpo cubierto de Sel descansaba bajo una manta.
—Hoy, Iria —respondió.
—¿Y mañana?
Isolde se cubrió el cabello con la capucha gris.
—Mañana tu madre necesitará ayuda con ese brazo. Quédate con ella.
Salió por el canal antes de que los refuerzos alcanzaran el puente.
Kaoran la condujo hasta una caseta abandonada entre los huertos. Esperaron allí mientras la Guardia registraba el cauce. Isolde tenía las manos hinchadas, un corte sobre la ceja y barro dentro de las botas. El costado dolía con cada inspiración profunda.
—Veintiséis —dijo.
—Veintiséis vivos —respondió Kaoran.
—Sel salió también.
—Sí.
Isolde apoyó la espalda en la pared. Sacó el mapa de la funda y tachó el nombre de Sel una vez. La línea seguía allí cuando dejó de mirar el papel.
—Sel estaba en mi mapa —dijo.
Kaoran abrió la caja de vendas.
—La máquina siguió funcionando después de la alarma. ¿Quién podía detenerla entonces?
Isolde miró el nombre tachado. Necesitaba saber quién había dado esa orden y guardar el nombre de Sel junto a ella.
Isolde le entregó la mano izquierda para que revisara los dedos. La falta de sensibilidad llegaba hasta la muñeca. Kaoran soltó la correa, masajeó el antebrazo y comprobó el pulso.
—Volverá —dijo—. Has mantenido presión demasiado tiempo.
—Enna necesitará ayuda.
—La Guardia controla la lavandería.
—Mella conoce otra entrada.
Esperaron hasta la noche. Teren apareció con ropa seca y una marca de harina en la frente. La señal indicaba que el paso estaba libre.
Enna había convertido el granero de Mella en una enfermería.
Los heridos ocupaban mesas, sacos y puertas desmontadas.
Pella tenía el brazo inmovilizado. Emon permanecía inconsciente mientras Enna preparaba la extracción de la varilla.
El vigilante de Varek estaba junto al hogar, con el tobillo entablillado.
Isolde se cubrió el rostro y entró por la parte trasera.
—Necesito una mano firme —dijo Enna.
Kaoran se colocó a un lado de Emon. Isolde preparó agua, hilo y pinzas. La operación duró una hora. La varilla había rozado el intestino y atravesado músculo. Cuando Enna la sacó, Emon perdió tanta sangre que su pulso desapareció bajo los dedos.
Isolde calentó las mantas, mantuvo las lámparas estables y contó respiraciones. El Núcleo podía dar calor. Carecía de poder para cerrar carne sin trabajo humano.
Emon volvió a respirar con fuerza.
—Si pasa la noche, tendrá una oportunidad —dijo Enna.
El vigilante despertó durante la sutura. Intentó levantarse y gritó al mover el tobillo. Teren acercó una pala, pero Isolde negó con la cabeza.
—Te sacamos del segundo nivel —dijo al hombre.
Él miró el granero lleno de mineros.
—La máquina.
—Sigue parada.
—Tyre ordenó mantenerla encendida.
Sava se acercó.
—¿Después del primer derrumbe?
El vigilante cerró los ojos.
—El núcleo de transmisión podía quedar atrapado. Vale más que la cuota de la temporada. El oficial dijo que evacuáramos a los supervisores y mantuviéramos el giro hasta sacar la pieza.
—Había veintisiete personas debajo —dijo Teren.
—Lo sé.
—Y obedeciste.
—Mi hermano trabaja en la galería azul. Tyre conoce su deuda.
El miedo había ocupado otra mano en el mapa.
—¿Tienes la orden? —preguntó Isolde.
El hombre tocó el círculo de metal de su cuello.
—La clave está detrás.
Sava retiró el distintivo. En la cara interior había un código y una hora. Coincidía con el registro de la máquina. Demostraba que el equipo siguió activo trece minutos después de la alarma.
—¿Darás testimonio? —preguntó Isolde.
—Si lo hago, toman a mi hermano.
—Podemos copiar la clave y registrar que te encontramos inconsciente. La decisión puede esperar hasta que él tenga una salida.
—¿Por qué me das tiempo?
—Tenemos que sacar a tu hermano antes de que tu testimonio le cierre las salidas. Puedes darnos primero su turno.
El vigilante miró el suelo.
—Oí algo debajo cuando cayó la viga —dijo—. Pensé que el techo rugía.
Isolde esperó. El hombre le dio el nombre de su hermano y la hora a la que entraba en la galería azul.
Sava copió la clave. Devolvió el distintivo antes de que la Guardia llegara a buscar al hombre.
La familia de Sel entró poco después. Su hermana mayor y dos muchachos llevaron una manta limpia. Isolde ayudó a descubrir el rostro. Había quitado el barro y cerrado los ojos en la mina.
—¿Estuviste con él? —preguntó la hermana.
—Llegué después de que muriera.
—¿Quedó solo?