Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 10 #2
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Isolde pensó en Sel, uno de los vecinos que ayudaba a Mella. Había anotado su turno en el mapa. Sabía que cuidaba un caballo de otro hombre para pagar una deuda y que podía trabajar dos tardes a la semana.

—No cortamos la barra —dijo.

—Sin el tercer punto, la losa puede girar —advirtió Joren.

—La sostenemos desde este lado.

Doven había enviado dos vigas cortas. Las colocaron contra la roca y construyeron un triángulo. La cuerda pasó alrededor del punto marcado. Teren y Bren se situaron en la escalera.

Isolde apoyó las manos a ambos lados de la veta.

—Voy a calentar una línea —dijo—. Joren enfría detrás con el agua. La diferencia abrirá una grieta.

—El aire —recordó Kaoran.

—Tres pulsos. Después espero.

—Tu cuerpo.

—La cicatriz aguanta. La mano izquierda pierde fuerza.

Kaoran acercó la correa y dejó que ella fijara dónde debía sujetarle la muñeca.

Isolde quiso cerrar los ojos. Recordó a Darian esperando una señal junto a una lona, la mano que había alzado para que tirara del otro lado.

Todavía podía sentir el alivio de aquel instante de cooperación.

Oyó a Sava al otro lado del tubo y llevó la palma al punto marcado.

—Avísame antes de tirar —dijo a Kaoran.

—Te avisaré. Si cambia la presión de Ydrael, paramos.

Isolde comprobó el cierre por sí misma. Asintió a Joren para que preparara el agua.

Isolde buscó al dragón.

—Abrimos juntos.

Ydrael respondió con una imagen: veintisiete corazones dentro de la montaña, uno débil bajo la piedra. Su voluntad se alineó con la de ella durante el tiempo necesario.

Isolde encendió la línea.

La roca cambió de rojo oscuro a naranja. Joren vertió agua por la zanja. El vapor llenó el corredor. Kaoran se cubrió la boca y avisó a Bren para que retrocediera hacia la escalera.

Primer pulso.

La veta crujió.

Segundo.

El dolor atravesó la mano izquierda y llegó al hombro.

Tercero.

Isolde retiró el fuego.

Joren lanzó el resto del agua. La grieta recorrió el círculo. Teren y Bren tiraron de la cuerda. La losa se inclinó hacia las vigas y quedó suspendida.

Se abrió un agujero del tamaño de una cabeza. Sava apareció al otro lado y señaló un borde que podía retirarse. Joren lo soltó con la palanca mientras Isolde mantenía la grieta sin alimentarla. La losa descendió otro palmo sobre las vigas.

La abertura permitía pasar un cuerpo de costado. Una corriente de aire movió el cabello de Sava.

—¡Primero los que caminan! —gritó Isolde por la abertura—. Traed la cuerda hasta los heridos.

Sava apareció cubierta de barro. Pasó los brazos y se dejó arrastrar. Detrás vino una mujer con la cara ensangrentada. Después salieron cuatro hombres, dos jóvenes y Emon, sostenido por ambos lados.

Kaoran lo atendió junto a la escalera. Tenía una varilla atravesada en el abdomen. Extraerla allí podía matarlo.

—Queda dentro —dijo—. Venda alrededor. Lo sacamos horizontal.

Quedaban cinco trabajadores en una cornisa del sector cercano.

Habían subido allí cuando entró el agua y necesitaban cruzar hasta la abertura.

Los que acababan de salir pasaron una cuerda entre dos soportes; Sava los guio de uno en uno.

Bren contó catorce personas del turno en el corredor, incluido Emon.

—Doce siguen detrás de la grieta interior —dijo Sava—. Sel quedó entre ambos grupos. Con él son los veintisiete.

Isolde entró por la abertura.

El espacio apenas permitía ponerse en pie. El agua le llegó a los muslos. La cámara olía a sangre y piedra caliente. Ydrael sostenía el muro del fondo mediante una raíz que bajaba desde el techo. Cada vibración desprendía polvo.

Sel yacía bajo una placa. La barra de la máquina atravesaba la roca y mantenía un borde levantado. Su rostro estaba fuera del agua. Tenía los ojos cerrados.

Isolde se arrodilló y tocó su cuello.

No encontró pulso.

Sava llegó detrás.

—Llevaba horas sin hablar —dijo.

Isolde mantuvo los dedos en su cuello hasta que Sava le tocó el hombro. Reconoció la pequeña cicatriz que Sel tenía junto a la ceja. Había quedado mirando la rueda cuando empezó a girar, con barro en las botas y las manos vacías. Isolde retiró la suya del agua.

—Lo sacaremos —dijo.

—Los otros siguen vivos.

—Primero abrimos la grieta.

El paso interior estaba cerrado por una masa de piedra y metal. Se oían golpes detrás. Isolde vio una abertura cerca del techo, demasiado pequeña para un adulto. El agua subía desde una fisura del suelo.

—Ydrael puede levantar la raíz —dijo Sava.

—Puede elegir si hacerlo.

Isolde apoyó la palma.

—Hay doce detrás. ¿Puedes moverla sin perder el techo?

El dragón mostró el peso completo: máquinas sobre la galería, una torre de cadenas y el río buscando salida. Mover la raíz derribaría un túnel más al este. Había tres guardias allí, atrapados desde el derrumbe.

Ydrael mantenía ambos grupos.

—Buscamos otra ruta —dijo Isolde.

Sava la miró.

—Es un dragón.

—También está sosteniendo a tres hombres que ayudaron a encadenarlo.

—Podría dejarlos caer.

—Ha elegido que vivan.

Isolde recorrió la fisura del suelo. El agua entraba desde una tubería de refrigeración de la máquina. Si cerraban la válvula superior, bajarían el nivel. El acceso estaba detrás de la placa que cubría a Sel.

—Tenemos que moverlo —dijo.

Construyeron un apoyo con las herramientas que quedaban. Sava colocó una viga junto a la barra. Isolde calentó el extremo alejado hasta que el metal cedió unos dedos. La placa bajó sobre el soporte. Liberaron el cuerpo de Sel y lo llevaron junto al agujero.

Debajo apareció la válvula.

Sava la cerró. El agua dejó de subir.

—Ahora tenemos tiempo —dijo Isolde.

Usaron la barra doblada como palanca contra el derrumbe interior.

Los mineros del otro lado empujaron. Cada piedra retirada abría espacio para otra.

Isolde trabajó con la mano derecha y usó la izquierda para sentir las vibraciones.

Cuando una pieza sostenía peso, Ydrael respondía con calor.

Cuando podía moverse, la veta quedaba fría.

Kaoran llamó desde la abertura.

—El aire empeora.

—¿Cuánto?

—Una hora.

Quedaban cuatro pasos de derrumbe.

Isolde reunió a quienes podían trabajar. Sava, tres mineros y ella formaron una cadena. Pasaron piedra, barro y metal hacia la puerta. Los de fuera retiraban el material por el agujero.

La mano izquierda de Isolde dejó de responder. Cambió la correa hacia el antebrazo y continuó empujando. La cicatriz empezó a quemar con cada respiración.

—Dilo —ordenó Kaoran desde el otro lado.

—La mano se ha cerrado. Puedo apoyar el antebrazo; el costado me deja tomar aire si paro entre cargas.

—Entonces Sava retira las piezas. Tú marcas las que sostienen peso.

Sava le quitó una piedra antes de que Isolde pudiera discutir.

—Ya lo he oído —dijo—. Dame algo que pueda mover.

Isolde apoyó los dedos sanos en el borde de la siguiente pieza. Esperó el calor de Ydrael y marcó otra, más pequeña, donde la raíz permanecía quieta.

Desde la cisterna, la voz de Nia llegó por el conducto. Pedía a los atrapados que repitieran sus nombres para comprobar que seguían conscientes.

Uno por uno, llegaron hasta Isolde.

Lorn.

Vessa.

Aric.

Pella.

Doce nombres.

El mapa de los vivos se extendía detrás de la roca.

La última pieza pesaba más que las anteriores. Una viga azul la atravesaba y absorbía el calor. Isolde no podía cortarla con fuego sin alimentar la red.

—Tiramos hacia arriba —dijo Sava.

—El techo baja.

—Entonces hacia nosotros.

—Cierra la salida.

Ydrael envió una imagen: la viga terminaba dentro de una máquina en la superficie. Si alguien soltaba el engranaje, el metal perdería tensión.

Isolde llamó por el tubo.

—¡Nia! Necesito a Doven en la máquina. Busca el engranaje marcado con azul y corta la transmisión.

La niña repitió la orden. Las voces viajaron por la tubería, la cisterna y la lavandería. Afuera, Doven tendría que cruzar el patio vigilado.

Pasaron minutos.

La llama protegida de Kaoran volvió a bajar. Isolde notó que había empezado a repetir las instrucciones.

—Se acaba el margen —dijo él—. Quince minutos como mucho. Prepara la salida.

Un golpe recorrió la viga.

Después otro.

El metal perdió tensión.

Sava y los mineros tiraron. La pieza salió del derrumbe. Un hueco estrecho apareció junto al suelo. La primera persona atrapada pasó arrastrándose. Las demás siguieron.

La última era Pella, madre de Nia. Se había roto el brazo y llevaba a un muchacho inconsciente sobre la espalda. Isolde tomó al joven y lo empujó hacia Sava.

El techo crujió.

La presión de Ydrael empezó a retirarse de la raíz.

La decisión llegó con una advertencia. Los tres guardias del túnel oriental habían alcanzado una zona segura. El dragón podía dejar caer parte de la cámara.

—¡Fuera! —gritó Isolde.

La raíz subió. La pared del fondo se hundió y el agua entró con fuerza. Sava pasó por el agujero. Isolde sujetó el cuerpo de Sel y lo empujó delante. La corriente golpeó sus piernas.

La izquierda cedió.

Kaoran entró hasta la cintura, agarró la correa de su brazo y tiró. Isolde cruzó la abertura cuando la puerta de hierro se doblaba hacia el corredor.

El agua llenó el corredor.

Subieron por la escalera con los heridos.

Emon iba sobre una puerta. En la cisterna, Pella alcanzó a su hija y le rodeó el hombro con el brazo sano.

Bren las envió primero por el drenaje. El vigilante de Varek seguía donde lo habían dejado, separado de los trabajadores; Teren lo cargó sobre los hombros.

El drenaje casi había alcanzado el techo.

Bren ató a cada persona a la cuerda. Salieron de uno en uno, retenidos por la cuerda para que la corriente no los arrojara contra las rejillas. Isolde quedó cerca del final. El cuerpo había consumido el calor y las manos apenas sentían la piedra.

—Tú delante —dijo Kaoran.

—Falta Sava.

—Ya ha salido.

—Teren.

—Lleva al guardia.

—Sel.

Kaoran señaló el bulto atado a la cuerda. También estaba preparado.

Isolde entró en el conducto. Avanzó usando los codos. El agua la empujaba hacia las rejillas de salida y le impedía elegir dónde apoyar las manos. Nia tiraba desde el puente y repetía los nombres de quienes habían salido.