Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 10
28%

10

La campana de la mina sonó mientras Isolde dormía.

Tres golpes largos. Una pausa. Otros tres.

Kaoran ya estaba de pie cuando ella abrió los ojos. Afuera llovía. En las cumbres persistía la nieve del invierno; el deshielo tardío seguía bajando por las paredes del puesto del norte. Acababa de empezar el tercer verano desde Cendral.

Durante los meses transcurridos desde su primera visita como Sela, el mapa de Nydel había llenado un cuaderno.

Isolde entraba por los huertos, trabajaba con las familias y cambiaba las rutas cuando se movían los puestos.

Podía caminar hasta el pueblo y regresar sin pasar el día siguiente en cama.

La campana la hizo buscar el bastón antes de recordar que lo guardaba junto a las cuerdas.

—Derrumbe —dijo.

Isolde se puso las botas.

La señal se repitió desde Nydel. Después llegó una secuencia corta, irregular, producida por alguien que golpeaba el metal con demasiada fuerza.

Teren apareció entre los pinos. Subía a cuatro patas en los tramos más inclinados. Tenía sangre en la frente y una manga arrancada.

—La galería roja —dijo al llegar—. Cayó el techo detrás del turno de madrugada. Hay veintisiete dentro.

—¿Sava? —preguntó Isolde.

—Dentro. Emon también. La máquina atravesó la pared antigua y el río entró por abajo.

Kaoran sacó cuerdas, lámparas y la caja de Enna.

—¿Qué ha hecho la Guardia?

—Cerró el patio. Dicen que hay gas y que nadie entra hasta que llegue un ingeniero de Caleryon.

—¿Cuánto tardará?

—Dos días si el paso sigue abierto.

Isolde guardó el mapa de Nydel dentro de una funda encerada. La galería roja aparecía en tres registros, aunque ninguno mostraba la cámara antigua que habían perforado. Ydrael sostenía una parte bajo Cendral. Aquella raíz podía pertenecer a la misma red.

—Vamos —dijo.

—La Guardia te espera —advirtió Teren—. Soren ha puesto hombres en el camino desde el combate.

—Hoy mirarán la entrada principal.

Isolde señaló la ruta de la lavandería. El agua del deshielo pasaba por debajo de los hornos y entraba en un conducto de drenaje. Oren había usado una parte años atrás. La mina extendió la tubería cuando abrió la galería nueva.

—El canal puede estar inundado —dijo Kaoran.

—Por eso llevamos cuerdas.

Descendieron por el bosque. La campana dejó de sonar. El silencio que siguió hizo que todos aceleraran.

Enna esperaba junto a la acequia con Doven, Mella y una docena de vecinos. La Guardia había rechazado a las familias. Dos mujeres lloraban cerca del puente. Un niño repetía el nombre de su padre.

—En el último derrumbe alcanzaron a sacar gente hasta la sexta hora —dijo Doven—. Hoy entra agua. Desconozco qué parte de la cámara les queda.

—¿Quién conoce el drenaje? —preguntó Isolde.

Tres manos se levantaron. Un lavandero llamado Bren limpiaba filtros. Joren Fell había trabajado allí antes de Cendral. Una joven de catorce años, Nia, se colaba para llevar comida a su madre.

—Necesito el ancho, las rejillas y dónde sube —dijo Isolde.

Nia dibujó sobre el barro. El conducto llegaba a una cisterna detrás de la segunda planta. Desde allí, una escalera de mantenimiento bajaba al nivel rojo. La Guardia vigilaba la cisterna durante el día, aunque la lluvia podía haberlos apartado.

—Yo entro —dijo la niña.

—Bren te acompañará hasta la cisterna —respondió Isolde—. Desde allí puedes indicar la salida a quienes lleguen detrás. La galería la conocemos por los turnos de Sava.

—Mi madre está abajo.

—Quiero traerla por una ruta que siga abierta. Necesito que puedas avisarnos si el drenaje se llena.

Nia miró a Bren. Él señaló la tiza que llevaba en el bolsillo y le ofreció una cuerda con un nudo para su cintura. La niña la tomó.

—Diré su nombre por los tubos —dijo—. Pella sabrá que estamos aquí.

Isolde repartió tareas. Bren iría delante por el drenaje.

Joren conocía los soportes y entraría con ellos.

Teren llevaría cuerda. Kaoran se ocuparía del aire y de cualquier herido que encontraran.

Enna prepararía la zona de atención en la lavandería.

Doven reuniría herramientas, madera y poleas.

Mella mantendría a las familias lejos de la Guardia y anotaría quién salía.

Nia preparó la tiza: tres rayas en cada giro correcto y una cruz en los conductos cerrados. Guardó también pan en una bolsa que pudiera soltar para salir.

La entrada del drenaje estaba bajo un puente. El agua llegaba hasta la mitad del conducto y avanzaba con fuerza hacia el río. Bren retiró dos barrotes usando una llave que había copiado. Pasó primero atado a la cuerda.

Isolde entró detrás.

El techo obligaba a caminar agachada. El agua fría presionaba la pierna izquierda y la cicatriz. La piedra del fondo estaba cubierta de limo. Cada diez pasos, Nia trazaba tres líneas sobre la pared.

Kaoran cerraba el grupo con la lámpara de seguridad de Doven, protegida por vidrio y una doble malla. El herrero les había mostrado cómo vigilar la llama. Si perdía altura o cambiaba de forma, debían retirarse hacia la cisterna.

Llegaron a la primera rejilla. El deshielo había encajado ramas contra el metal. Bren cortó las más pequeñas. La pieza grande estaba atascada debajo del agua.

Isolde metió ambas manos. El hierro conservaba un frío que tiraba del Núcleo. Podía calentarlo y dilatar el marco, aunque el agua robaría parte de la energía.

—Necesidad —dijo Kaoran.

—Liberar la bisagra sin calentar el conducto.

—Tiempo.

—Tres respiraciones.

Isolde cerró los dedos alrededor del pasador. Introdujo calor en un punto del grosor de una moneda. El metal se expandió. Bren golpeó con una barra y la corrosión cedió. Isolde retiró el fuego antes de que el agua empezara a hervir.

La rejilla abrió.

—Tres —dijo Nia.

Marcó la pared.

La cisterna estaba vacía de guardias. Arriba se oían órdenes, carros y la campana corta de los ingenieros locales. Soren Tyre discutía con Doven en el patio. El herrero había conseguido llevar la atención hacia la entrada principal.

Bajaron por la escalera de mantenimiento.

Nia quedó en la cisterna con la cuerda y la tiza. Bren le enseñó la boca del tubo de señales antes de bajar con los demás.

El aire del primer nivel olía a piedra rota y aceite. Kaoran levantó la lámpara de seguridad. La llama había perdido altura.

—Desde aquí usamos las piedras frías —dijo—. Avisad en cuanto cueste respirar. Las luces de llama se quedan cerradas.

Usaron piedras frías cubiertas con paño para iluminar. La veta roja emitía un resplandor débil detrás de las paredes. Cada golpe de la máquina había dejado grietas alrededor.

En el segundo nivel encontraron a un vigilante inconsciente. Una viga le atrapaba el pie. Joren y Teren levantaron la madera con una palanca. Isolde tiró del hombre. Llevaba el círculo de Varek en el cuello.

—Es Guardia —dijo Teren.

—También respira —respondió Isolde.

Kaoran entablilló el tobillo y dejó al hombre junto a la escalera con agua. Bren marcó la posición mediante un círculo de tiza.

—Lo sacamos al volver —dijo Isolde.

El nivel rojo empezaba detrás de una puerta de hierro. El derrumbe había doblado el marco. Agua oscura salía por debajo.

Desde el otro lado llegaron golpes.

Tres. Pausa. Dos.

Sava usaba el código de los turnos: vivos en la cámara, dos heridos graves.

Joren apoyó el oído.

—El corredor principal está lleno. La puerta aguanta la presión.

—Si la abrimos, el agua puede entrar aquí —dijo Kaoran.

—También saldrá el aire de la cámara —añadió Bren.

Isolde examinó las bisagras. La superior estaba torcida. La inferior permanecía entera. Cortar el metal con fuego podía consumir oxígeno y calentar el agua. Forzar el marco podía provocar otro derrumbe.

—¿Hay otra entrada? —preguntó.

Bren señaló una tubería estrecha en el techo. Aparecía en el croquis de Nia y subía hasta la cisterna antes de continuar hacia la oficina.

Bren retiró la rejilla del tubo. Isolde habló dentro.

—Sava.

La respuesta llegó débil.

—¿Iria?

—¿Cuánto espacio tenéis?

—Una cámara y media. El agua sube. Sel está debajo de una piedra. Emon pierde sangre. Ydrael sostiene la pared del fondo.

El nombre del dragón viajó por el conducto.

—¿Podéis llegar a la puerta?

—Ocho sí. Los demás están detrás de una grieta.

—Necesito que apartéis todo del lado izquierdo y llevéis a los heridos a la pared alta.

—La puerta contiene el agua.

—Abriremos una salida arriba antes de tocarla.

Isolde recorrió el muro. La veta roja se unía al techo y respondía a su mano. Detrás había una cavidad estrecha. Ydrael sostenía el otro extremo. El dragón sintió su presencia.

—¿Quieres que abra aquí? —preguntó.

El calor se desplazó hacia un punto situado dos pasos por encima de la puerta.

La decisión venía de él.

Isolde marcó un círculo.

—La pared de arriba da al hueco que conservan sobre el agua. Podemos empezar con orificios pequeños y comprobar el nivel antes de sacar una losa.

Joren golpeó la roca. Escuchó el retorno.

—Hay menos de un brazo de grosor. La veta puede partirse.

—¿Hacia dónde cae?

—Si cortamos desde abajo, hacia nosotros.

Kaoran preparó una cuerda y la pasó por una polea de mantenimiento.

—Abrimos tres puntos y tiramos desde la escalera.

Trabajaron con cinceles. La roca roja devolvía cada golpe a la mano de Isolde y al cuerpo de Ydrael. El dragón mostraba el lugar donde podía soportar el movimiento. En otros puntos respondía con una presión que significaba peligro.

El primer agujero dejó salir aire caliente.

La llama protegida recuperó algo de altura al llegar la corriente desde la escalera.

—Otra respiración para ellos —dijo Kaoran.

El segundo agujero encontró agua. Salió un chorro fino y llenó la zanja del corredor. Bren colocó una canaleta hacia el sumidero lateral, conectado al drenaje que pasaba bajo la cisterna.

El tercer punto estaba atravesado por una barra de la máquina.

Isolde tocó el metal. La vibración llevaba hasta la galería y se perdía en una red azul. Si lo cortaba de golpe, podía liberar tensión sobre el techo.

—Sava —llamó por el tubo—. ¿La barra se mueve dentro?

—Sostiene una placa. Sel está debajo.

—¿Vivo?

La pausa fue larga.

—No lo sé.