Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 9 #3
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El carro vacío crujía demasiado.

Esperó a que pasara y tocó la madera. El suelo estaba caliente. Un doble fondo ocultaba algo que reaccionaba con las vetas.

El perro del puesto empezó a ladrar.

Soren Tyre levantó una lámpara. Era un hombre alto, de cabello blanco alrededor de las sienes. Dos guardias bajaron hacia el puente.

Isolde se metió en el cauce. El agua llegaba a la cintura y empujaba la pierna izquierda. Kaoran se ocultó al otro lado de un pilar.

—He oído algo —dijo un soldado.

—Ratas —respondió el otro.

Soren no se movió.

—Las ratas no hacen ladrar a un perro de rastreo.

La lámpara iluminó el agua. Isolde hundió el rostro y se sujetó a una piedra. El frío entró por la cicatriz. La corriente arrastró el pañuelo y dejó escapar parte del cabello teñido.

Un guardia bajó al borde.

Kaoran arrojó una pieza de metal desde el otro lado. El golpe sonó junto a los hornos. El perro tiró hacia allí. Soren envió a los hombres, aunque permaneció mirando el cauce.

Isolde contó el tiempo que habrían durado tres respiraciones. La garganta empezó a contraerse. Apretó los dedos sanos contra la piedra; la pierna izquierda estaba perdiendo fuerza.

Soren alzó la lámpara. El carro se alejaba.

Una campana sonó en la plaza. Alguien había iniciado una pelea junto a la taberna. El oficial volvió la cabeza. Kaoran aprovechó el instante para bajar la mano y sacar a Isolde detrás del pilar.

Ella respiró sin toser.

—La piedra —susurró—. El doble fondo lleva piedra viva o una parte de Ydrael.

—¿Puedes seguirlo?

—Hoy no. Si salimos, nos ve.

La columna tomó la ruta del oeste. El carro de los trabajadores giró hacia el norte. Las cargas y las personas se separaban después de abandonar el pueblo.

Isolde marcó ambas direcciones cuando pudieron salir del cauce.

Regresaron al puesto por el bosque. El corcho mojado presionaba el talón. Isolde lo retiró en cuanto estuvieron fuera de los caminos vigilados. El tinte negro corría por el cuello. Llevaba los registros húmedos y el hilo de Aelyn dentro de una bolsa encerada.

Kaoran encendió una lámpara.

—Dibuja Nydel —dijo.

Isolde extendió una hoja limpia. Marcó el molino, la fuente, la mina y los caminos.

Kaoran acercó la lámpara para que pudiera copiar las notas húmedas. Isolde situó la cola del pan, la parcela de Mella y las horas en que Rina podría trabajar. Añadió el canal de Oren y las cuatro rutas nocturnas. El hilo de Aelyn quedó al lado, fuera de la hoja que podrían llevar al pueblo.

—Joren nombró a nueve supervivientes —dijo Kaoran.

—Conozco solo su nombre completo.

Dejó ocho espacios y escribió junto a ellos: preguntar por las familias. Después comprobó las horas de la parcela. Si Enna seguía en la mina, alguien tendría que llevar al hijo de Rina hasta ella.

En el margen inferior escribió: los vivos primero.

Kaoran leyó la frase.

—Mañana veremos si el mapa sirve.

—La patrulla ya conoce tu presencia.

—Mañana entraremos por el campo de Mella. Sela Renn ha encontrado trabajo.

Regresaron antes del amanecer con ropa de labranza y la cesta de herramientas. El mercado permanecía cerrado. Los primeros mineros caminaban hacia la galería. Isolde siguió una senda entre huertos y llegó a la parcela del río sin cruzar ningún puesto.

Mella estaba desmontando la rueda de la acequia. Dos palas descansaban junto al muro. Rina cuidaba a tres niños mientras limpiaba semillas. Odo había llevado un eje de carro. Sel aún no aparecía.

—He contado cuatro manos —dijo Isolde.

Mella levantó la vista.

—Rina tiene seis. Los niños también saben llevar piedras.

Isolde recordó la corrección y guardó la cuenta rápida.

—¿Qué necesita cada persona para estar aquí esta mañana?

Mella señaló a Rina.

—Su hijo tiene fiebre. Puede trabajar mientras duerma. Odo debe devolver el eje antes del mediodía. Yo tengo que recoger pan a la tercera campana. Sel saldrá de la mina cuando lo permitan.

—¿Quién sabe ajustar la rueda?

—Mi marido sabía.

—¿Quién lo ayudaba?

Mella miró a Odo.

El hombre se encogió de hombros.

—Yo sostenía las piezas y escuchaba sus insultos.

—Empieza por lo que recuerdas —dijo Isolde.

Desmontaron el eje viejo. La madera estaba hinchada y el aro de metal se había partido. Kaoran llevó la pieza a Doven por una ruta trasera. Isolde limpió el canal con Mella y los niños. Rina cortó juntas de cuero sin alejarse de la manta donde dormía su hijo.

El plan inicial cambió cuatro veces durante la primera hora.

Odo encontró una grieta en el soporte. Mella descubrió que la compuerta perdía agua. El niño enfermo despertó llorando. Un mensajero avisó que la cola del pan se había adelantado porque llegaba una inspección.

Mella fue por el pan. Rina cargó al niño y siguió cortando cuero. Odo buscó madera mientras los pequeños retiraban piedras. Isolde dejó de intentar reunirlos junto a la rueda para explicar cada cambio. Preguntó qué podían terminar antes de que regresara Mella y se puso a limpiar la compuerta.

Mella regresó con el pan a media mañana, poco antes de que apareciera la primera patrulla.

Tres guardias caminaban detrás de un empleado de la oficina. Llevaba una lista de herramientas requisables. Vio el eje junto al canal y señaló.

—La mina necesita esa pieza.

—Pertenece a mi carro —dijo Odo.

—El carro está registrado como bien de apoyo.

—Sin eje deja de ser un carro.

—Entonces tendréis menos que declarar.

El empleado hizo una marca en la hoja. Isolde sintió el impulso de acercarse. Sela Renn carecía de autoridad, y una discusión podía atraer al oficial Soren. Miró el mapa que llevaba doblado bajo la camisa.

Rina tenía una ruta a la lavandería.

Los niños conocían el canal.

Doven trabajaba el aro en la herrería.

—La rueda necesita cuatro secciones —susurró Isolde a Mella—. Si la oficina encuentra una, seguirá incompleta.

Mella entendió.

Odo dejó que el empleado se llevara el eje del carro. Mientras los guardias cargaban la pieza, los niños rodaron los soportes nuevos hacia el canal y los ocultaron bajo el puente. Rina guardó las juntas dentro de la manta. Kaoran regresó con el aro dividido en dos, escondido bajo carbón.

La patrulla salió con el eje y la satisfacción de haber requisado algo.

—Eso ha costado un eje —dijo Odo.

—¿Puedes fabricar otro? —preguntó Isolde.

—Con una pieza de fresno ya cortada, puedo terminarlo antes de que anochezca.

—¿Quién tiene fresno?

Rina nombró a una prima. Mella sabía cuándo su patio quedaba fuera de la vista del puesto. Uno de los niños se ofreció a llevar el mensaje por el canal.

El mapa volvió a cambiar.

Al final de la tarde, la rueda estaba montada con el eje nuevo. Kaoran ajustó el aro. Isolde y Odo levantaron la estructura; ella afirmó la pierna izquierda bajo el peso. Sel había llegado de la mina y ayudó a Mella a encajar el pasador.

La compuerta se abrió.

El agua entró en las palas, empujó la rueda y llenó la acequia. Los niños corrieron junto al cauce. Una primera línea oscura atravesó la parcela seca.

Mella hundió una mano en el barro.

—Llegará a la siembra —dijo.

Rina se marchó con el niño dormido. Odo quedó sentado junto al soporte, demasiado cansado para celebrar. La rueda daba agua; todavía necesitaban reponer el eje del carro de Odo y conseguir que Enna viera la fiebre.

—¿Cuánto te debemos? —preguntó Mella.

—Nada.

—Anotaré que viniste. Algún día podrías necesitar que te dejemos entrar.

Isolde dobló el mapa despacio. La oferta la alcanzaba incluso bajo el nombre de Sela.

—Cuando coseches, guarda semilla para una casa que la necesite. Tú elegirás cuál.

Mella estrechó los ojos.

—Ahora has preguntado por los nombres primero.

—Intento aprender.

—Entonces aprende otra cosa. Joren te vio ayer. Si su sospecha crece, la Guardia la encontrará en su cara.

—Me marcharé antes.

—También puedes darle una explicación que proteja a su hija.

Isolde encontró al veterano detrás de la panadería. Le dijo que Sela trabajaba para una red de familias desplazadas y que la historia de la heredera podía abrir rutas peligrosas. Joren aceptó la explicación a medias. A cambio pidió que sus compañeros de Cendral entraran en el mapa de ayuda.

—Hay nueve en la comarca —dijo—. Tres no pueden trabajar. Dos beben demasiado. Todos conocen una parte de la retirada.

Isolde anotó los nombres. La lista de testigos que creyó perdida empezaba en una calle de Nydel.

Antes de salir, Isolde actualizó los turnos junto a la acequia. Sel había cambiado de horario. El hijo de Rina necesitaba a Enna y Joren podía contactar con ocho supervivientes más. Marcó las cuatro rutas que habían usado para moverse por Nydel.

La rueda seguía girando cuando guardó la hoja. Tendría que volver a comprobarla antes de confiar a alguien aquel camino.