Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 9 #2
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—¿Cuánto por afilar una hoz?

—Un cobre —dijo Isolde.

—Tengo sal.

—Sirve.

La mujer se llamaba Mella Ors. Cultivaba un terreno junto al río. Había entregado la mitad de la cosecha por el impuesto y perdía otra parte porque sus dos hijos trabajaban en la mina.

—¿Los turnos os permiten trabajar la parcela? —preguntó Isolde.

—Les cambian las horas cuando saben que los necesito. Si viene un recaudador, siempre parece que he dejado perder la siembra.

—¿Habéis pensado salir de Nydel?

Mella se volvió hacia el río.

—Mi marido está enterrado aquí. Los dos volvimos a hacer esa acequia después de cada crecida. Mi hija acaba de tener un niño. Necesito poder quedarme.

Isolde dibujó la parcela junto al río.

—¿Qué necesitas para trabajarla?

—Dos manos durante la siembra. Una rueda para la acequia. Semilla que no me cobren después como préstamo.

—¿Quién podría ayudar?

Mella nombró a tres vecinos. Uno tenía un hijo enfermo. Otra trabajaba de noche en la lavandería. El tercero debía el caballo. Cada persona estaba disponible durante unas horas distintas.

Isolde anotó tiempos al lado de los nombres.

—Si alguien organiza dos mañanas de trabajo y consigue la rueda, ¿aceptarías compartir una parte de la cosecha con otras casas?

—Ya lo hacemos.

—¿Cuántas?

—Cinco. Seis cuando alcanza.

El mapa creció alrededor de una parcela que los registros de Caleryon clasificaban como unidad tributaria.

Mella recogió la hoz.

—Hablas como la gente del palacio —dijo.

Isolde detuvo la mano.

—He trabajado para administradores.

—Se nota porque has escrito las horas de Rina sin anotar que tiene un hijo enfermo. Tendrá que poder irse si empeora.

Isolde abrió la hoja. Añadió la advertencia y llamó a Mella antes de que se alejara.

—¿Puede Enna verlo?

—Si sale de la mina antes de que cierren la calle.

Isolde marcó ambas horas. Había hecho listas semejantes con Darian, inclinados sobre una mesa donde el sello prometía que alguien obedecería al día siguiente.

Él le había acercado lámparas y copias. Habían hablado de seguir haciéndolo juntos.

Ahora tenía una rueda, una fiebre y una puerta que cerrarían antes de que llegara ayuda.

—Iré a la parcela por la mañana —dijo a Mella.

La mujer señaló dónde estaría el barro más firme. Isolde lo dibujó antes de que el carbón se le rompiera entre los dedos.

Sava apareció cuando el sol tocaba los tejados. Llevaba un cesto de uniformes mojados y caminaba con la espalda doblada. Pasó junto al puesto sin mirar. Dejó caer una tira de tela azul.

Isolde la recogió.

Tres nudos cerraban un extremo.

—Esto viene de Caleryon —dijo.

Kaoran examinó el hilo.

—¿Lo reconoces?

—Aelyn y yo lo usábamos de niñas. Tres nudos significaban que una puerta seguía abierta.

La red de Nydel se conectaba con alguien dentro del palacio. Isolde apretó la tela.

—Podría enviarle una respuesta.

—Podrías.

—Sabría que vivo.

—Sí.

—Necesito conocer el camino del mensaje.

Siguieron a Sava a distancia. La minera entró en la lavandería, dejó el cesto y salió por una puerta lateral con ropa limpia. Una joven recibió otra tira azul en el callejón. Después pasó por la cocina de una posada, entregó pan a un carretero y ocultó otro hilo bajo el asa de la cesta.

Isolde contó cinco manos antes de que la señal saliera de Nydel.

Cada una podía ser detenida.

Isolde podía dejar una frase que Aelyn reconociera. Llevaba meses imaginando la respuesta: una burla sobre el silencio, una pregunta por las heridas, el enfado que su amiga tenía derecho a sentir. Apoyó el carbón sobre el reverso del papel.

En la posada, la joven del hilo recogió un cesto y llamó a un niño para que se apartara de la rueda. Isolde había contado cinco manos hasta allí. Cualquiera tendría que explicar dónde recibió su nombre si detenían el mensaje.

Volvió a envolver el carbón. Guardó el hilo intacto en la bolsa encerada y esperó a que el carretero saliera de la calle.

Faltaban varias horas para la salida de los carros. Kaoran recogió el puesto y llevó la cesta hasta la taberna del molino. La sala estaba llena de trabajadores entre turnos. Olía a lana mojada, cebolla y carbón. Una mujer servía caldo desde una olla colocada sobre ladrillos.

Isolde eligió una mesa desde la que podía ver ambas puertas. El borde de la cuña empezaba a rozarle el talón. Bajo la mesa, reajustó la plantilla con el cuchillo pequeño. Al salir apoyaría más peso en el bastón; Sela Renn podía estar cansada después de una jornada de trabajo.

En la mesa contigua, cuatro hombres compartían una jarra. Uno tenía la manga izquierda doblada y prendida al hombro. Otro llevaba dos dedos unidos por una férula de cobre.

—Volviste de Cendral —dijo Isolde al de la manga vacía.

El hombre dejó de beber.

—¿Quién pregunta?

—Alguien que ha oído demasiadas versiones.

—Entonces paga una ronda y te daré otra.

Kaoran dejó dos cobres sobre la mesa. La tabernera llenó la jarra.

El hombre se llamaba Joren Fell. Había pertenecido a la compañía de Morna y perdió el brazo cuando una plataforma cayó durante la retirada. Sus compañeros lo sacaron antes de que los guardias de Darian cerraran el paso.

—La hoja de duelo dice que la princesa liberó algo bajo la montaña —dijo Isolde.

—La hoja la escribió alguien que estaba lejos del barro.

—¿Qué viste?

Joren bebió. Las voces a su alrededor bajaron una fracción.

—Vi a Isolde Valarys ordenar que abrieran la ruta para los heridos. Vi a su dragón romper una red que estaba matando a hombres de ambos lados. Vi al regente cerrar una puerta cuando ella seguía dentro.

—¿Viste que Darian diera la orden?

—Vi sus colores en la puerta. Oí a sus capitanes. Después me desperté en un carro y todo el mundo decía que él había salvado Cendral.

El hombre de la férula miró hacia la entrada.

—Joren.

—Los soldados saben que me falta un brazo. Pueden venir a comprobarlo.

—Tienes una hija en la panadería.

Joren apretó la jarra. El valor de una verdad cambiaba cuando una familia quedaba cerca.

Isolde bajó la voz.

—Si la heredera apareciera mañana, ¿qué harías?

—Preguntarle por qué tardó.

La respuesta golpeó con más fuerza que una acusación.

—Podría estar herida —dijo Isolde.

—Todos lo estamos.

—El regente controla la Guardia.

—Por eso la pregunta importa.

Joren miró la manga vacía.

—Después le diría que mis hombres no murieron para sentar a otro noble en la misma silla. Si vuelve por la corona, puede seguir de largo. Si vuelve por quienes quedaron debajo, le mostraré la puerta que cerraron.

Kaoran observó a Isolde por encima del cuenco.

—¿Crees que vive? —preguntó ella.

—Creo que el río no devolvió un cuerpo. La esperanza cuesta poco cuando nadie pide usarla.

—El regente diría que mantenerla viva en las historias prolonga la guerra.

—La guerra sigue cobrando impuestos con ella muerta.

La tabernera dejó tres platos. Había oído la conversación.

—Mi hermana quiere que vuelva —dijo—. Yo quiero que mis hijos lleguen a viejos. Si ambas cosas caben juntas, encenderé una vela. Si exige otra batalla en nuestras calles, cerraré mi puerta.

Isolde tomó la cuchara y la volvió a dejar. Quería pedirle a Joren tiempo para la herida, mostrarle la mano que apenas sentía el borde del cuenco. Su hija trabajaba en la panadería que acababan de señalar. Si Isolde decía su nombre allí, él tendría que decidir qué hacer antes de regresar a verla.

Apartó la hoja de duelo para dejar sitio a los platos. La tabernera tenía aún la mano sobre uno, esperando que alguien lo recogiera.

—¿Se habla de otros supervivientes? —preguntó.

Joren mencionó a Morna, vista al este con seis soldados.

Un carretero hablaba también de una mujer escoltada hacia Vayren; había oído atribuirle el nombre de Maelia sin que nadie pudiera explicar quién la reconoció.

Isolde anotó la procedencia del rumor y dejó sin marcar su mapa del oeste.

Cerca de Arkhe, pescadores juraban haber visto una sombra roja volando de noche sobre el mar.

Rheskan.

Isolde evitó mirar a Kaoran.

—¿Un dragón herido? —preguntó.

—Un ala bajaba más que la otra —dijo el hombre de la férula—. El puerto pagó por mantener callados a los pescadores. Eso consiguió que la historia llegara a tres provincias.

Isolde añadió Arkhe al mapa. La marca quedaba en la dirección de los carros y del vínculo salado que sintió durante el invierno.

Una canción empezó junto al hogar. Dos mineros golpeaban vasos contra la mesa mientras una mujer marcaba el ritmo con el pie.

La letra hablaba de una princesa que dormía bajo el río y de un dragón que custodiaba su nombre.

La melodía cambiaba de una estrofa a la siguiente.

En la última, la princesa despertaba y encontraba cerradas las puertas de su propia ciudad.

—Esa parte es nueva —dijo Isolde.

—Las canciones crecen donde las hojas oficiales se rompen —respondió Joren.

Un guardia entró en la taberna.

La música cambió de inmediato hacia una canción de cosecha. Joren ocultó la manga vacía bajo la capa. La tabernera puso un plato delante del soldado y cobró antes de que se sentara.

Isolde vio cómo el miedo movía cada cuerpo: quién bajaba la voz, quién se acercaba a una salida, quién seguía hablando para cubrir a los demás. Añadió esas posiciones al papel.

El guardia miró su cabello teñido y continuó hacia el hogar.

Al salir, Isolde dejó el resto de su pan junto a Joren.

—Si la heredera vuelve —dijo él—, dile que el mapa cambió.

—¿Por qué crees que podría hablar con ella?

Joren señaló las manchas negras que el tinte había dejado detrás de su oreja.

—Creo que una aprendiz de afilador hace demasiadas preguntas.

Isolde sostuvo su mirada.

El veterano tomó el pan y se volvió hacia sus compañeros. Había elegido guardar una sospecha. Ella la añadió al coste de aquella visita.

Esperaron cerca de los hornos hasta que oscureció. Los cuatro carros se reunieron en el patio de la mina. El primero llevaba cajones marcados con rojo. El segundo, piedra cubierta por lonas. En el tercero subieron quince trabajadores con grilletes en los tobillos. El cuarto parecía vacío.

Isolde se ocultó debajo de un puente bajo cuando la columna salió.