9
Isolde entró en Nydel con el cabello negro, una cuña de corcho en el zapato derecho y el nombre de Sela Renn.
Doven había cortado tres piezas hasta encontrar una que modificara el paso sin torcerle la rodilla sana. La sujetaron bajo la plantilla. Isolde apoyaba primero la punta y llevaba un bastón para descargar el peso.
La lesión verdadera quedaba en la otra pierna. Tendría que vigilar ambas durante la jornada.
Kaoran caminaba detrás con una cesta de cuchillos para afilar. Habían cambiado su barba con harina y ceniza, aunque seguía pareciendo el mismo viejo que compraba sal en Nydel desde hacía quince años.
—Tu disfraz necesita más trabajo —dijo Isolde.
—El tuyo necesita menos opiniones.
—Rovan Bale conoce tu cara.
—También sabe que vivo en una casa que acaba de registrar. Ocultarme confirmaría que tengo algo útil.
—Lo tienes.
—Hoy eres una aprendiz de afilador con mal carácter.
—Eso limita poco mi actuación.
El camino desembocaba junto al molino. Habían pasado seis semanas desde el combate en el paso.
La casa seguía bajo vigilancia irregular.
Kaoran e Isolde dormían en el puesto del norte y regresaban por la noche para cuidar los animales.
Enna había dejado de subir. Los mensajes viajaban con marcas en troncos, piedras giradas y herramientas que Doven devolvía con un número de muescas.
La última hoja llevaba cuatro.
Cuatro carros salían de Nydel cada noche.
Isolde necesitaba verlos.
El mercado ocupaba dos calles y la plaza. Los puestos de comida quedaban cerca de la fuente. Las herramientas, junto a la herrería. Un corredor cercado conducía a la oficina de la mina, donde los trabajadores mostraban una ficha antes de entrar.
En los mapas de Caleryon, Nydel era un punto negro junto a una veta de carbón.
Desde el camino, Isolde contó treinta y dos personas esperando pan.
Había mujeres mayores, niños y tres hombres con polvo de mina en la ropa. Una barrera separaba la cola de la fuente. Cada familia recibía una hogaza después de mostrar la marca de registro. Quienes carecían de ella podían comprar a un precio tres veces mayor.
—Mira los pies —dijo Kaoran.
Isolde observó.
Las botas de los mineros estaban húmedas, aunque no había llovido.
Venían de la galería baja, donde el agua subterránea cubría el suelo.
Dos niños llevaban zuecos con polvo blanco.
Habían cruzado desde los hornos de cal. Una mujer tenía barro rojo en el dobladillo; su ruta pasaba por el depósito de confluencias.
—Han mezclado turnos —dijo Isolde.
—¿Por qué?
—Para que todos recojan alimento a la misma hora.
—¿Y eso qué permite?
—Contarlos. También deja las galerías con menos personas durante el reparto.
Kaoran puso la cesta en el suelo y desplegó un paño. El primer cliente llegó antes de que terminara de ordenar las piedras. Era una mujer con un cuchillo de cocina tan gastado que el filo había perdido la curva.
—Dos cobres —dijo Kaoran.
—El mes pasado cobrabas uno.
—El mes pasado tenía casa.
La mujer lo miró.
—Dicen que la Guardia encontró sangre en tu ladera.
—La Guardia encuentra lo que lleva consigo.
—También dicen que escondías a Iria.
Isolde bajó la cabeza sobre la piedra de afilar.
—Iria debía dinero —continuó la mujer—. Eso la vuelve culpable de muchas cosas.
—¿La conociste? —preguntó Isolde, cambiando la voz hacia un tono más grave.
—La vi una vez. Alta, pelo rubio y un ojo blanco.
Kaoran tosió.
—Otros dicen que era roja —añadió la clienta—. De cabello y de manos. Quemó a veinte hombres en el molino.
—El molino sigue en pie —dijo Isolde demasiado deprisa.
La mujer miró hacia el edificio y después hacia ella.
—También quemaron el molino, según un carretero del sur —añadió Isolde, bajando la voz—. Vengo de allí.
—En el sur convierten una cabra en ejército cuando cantan.
La clienta pagó un cobre y dos cebollas. Kaoran aceptó. Isolde devolvió el cuchillo con un filo capaz de cortar la luz.
Durante la primera hora escucharon seis versiones de Iria Thennar.
Una aseguraba que era hija de Kaoran. Otra la convertía en espía de Skarde.
Dos mineros decían que había prendido fuego a la oficina para borrar las deudas.
El edificio seguía entero, pero ese detalle carecía de fuerza frente a una historia útil.
Un carretero juraba que la mujer tenía escamas en la espalda.
Nadie mencionó a Isolde.
La muerte de la heredera aparecía en otro tipo de relato.
Un vendedor ofrecía medallas de barro con la llama de Valarys. Las familias las colocaban sobre las tumbas de quienes cayeron en Cendral. Cerca de la fuente, un escriba cobraba por añadir nombres a una lista de duelo. La hoja empezaba con letras grandes: ISOLDE VALARYS, SACRIFICADA POR CALERYON.
Isolde leyó desde el puesto.
Su nombre ocupaba más espacio que los cuarenta y siete situados debajo.
—¿Cuántos cuerpos regresaron? —preguntó a la mujer del pan cuando fue a comprar una hogaza.
—Veintinueve.
—La lista tiene cuarenta y ocho nombres.
—Los demás se perdieron en el río o quedaron bajo la montaña. La princesa está arriba porque era princesa.
—¿Qué hizo?
La mujer envolvió el pan.
—Depende del pregonero. El primero dijo que salvó la frontera. El siguiente aseguró que soltó a los dragones y después se entregó. Mi cuñado volvió de Cendral sin dos dedos. Dice que los hombres del regente cerraron la retirada y que la heredera intentó abrirla.
—¿Le crees?
—Le creo cuando despierta gritando.
La panadera señaló un cesto escondido bajo la mesa.
—Esto cuesta uno si llevas marca. Tres si no.
Isolde pagó tres.
—Podrías registrarte —dijo la mujer.
—Mañana seguimos camino.
—Todos dicen eso. Después llega el invierno.
Isolde regresó con la hogaza. En el reverso del papel había dibujado la cola, la barrera, la fuente y el cesto oculto. Marcó las botas húmedas y el polvo de cal con símbolos distintos.
—Has olvidado el precio —dijo Kaoran.
Ella añadió uno y tres.
—¿Qué dibujas? —preguntó un niño.
Tenía unos ocho años y llevaba una espada de madera rota. Una niña más pequeña lo seguía con una capa hecha de saco.
—Un mapa —dijo Isolde.
—Nydel va allí.
El niño señaló el centro de la hoja.
—¿Dónde vives?
—En la calle de la fragua.
Isolde le dio el carbón.
—Dibújala.
El niño trazó una línea detrás del molino, cruzó dos casas y terminó junto a un cuadrado.
—Aquí estaba la puerta —dijo—. La quitaron para quemarla.
—¿Quién?
—Mi madre. Debíamos carbón y la casa estaba fría.
La niña tiró de la capa.
—Juega.
El niño levantó la espada.
—Yo soy el regente. Tú eres la princesa muerta.
La niña subió a un cajón, abrió los brazos y cayó sobre un montón de paja. El niño señaló con la espada.
—Ahora el río se la lleva.
Ella se levantó riendo.
—Otra vez.
Isolde afirmó la punta del bastón entre dos adoquines. El niño esperaba a que su hermana volviera a subir al cajón. Ella seguía dentro del mercado, con una hogaza bajo el brazo.
—¿Siempre cae? —preguntó.
—Si vuelve, gana y se acaba el juego —dijo el niño.
Kaoran le entregó un trozo de madera.
—Hazle un puente.
El niño colocó la tabla entre dos cajones. La niña cruzó sin caer. Después atacó al regente con una cuchara y ambos salieron corriendo.
—Los mapas de la Corte no incluyen puertas quemadas —dijo Isolde.
—Tampoco juegos.
—Llevan desde Cendral jugando a eso.
Kaoran siguió mirando a los niños. La pequeña había dejado la tabla sobre el cajón y ahora exigía ser quien llevara la espada.
Isolde dibujó el puente junto a la calle de la fragua. Le tembló la punta del carbón al llegar al borde.
Al mediodía, Doven salió de la herrería con ocho cuchillos. Dejó las piezas sobre el puesto y miró el cabello negro de Isolde.
—Mi cliente espera buen trabajo —dijo Kaoran.
—Mi cliente espera que vuestra aprendiz deje de mellarlos.
Isolde examinó el primero. El filo tenía una curva irregular producida por años de uso.
—Este necesita perder medio dedo de metal.
Doven reconoció la voz. Sus ojos se movieron hacia el guante izquierdo. Después señaló la fragua.
—La rueda está libre.
Entraron por turnos para evitar llamar la atención. Doven mantuvo la puerta abierta y golpeó una barra mientras hablaban.
—Bale ha vuelto a Caleryon —dijo—. Dejó doce hombres y un ayudante llamado Soren Tyre. Registran carros en las tres salidas.
—¿Cuatro salen de noche? —preguntó Isolde.
—Dos llevan piedra. Uno lleva trabajadores. El cuarto va a la galería nueva y vuelve vacío.
—¿Vacío según la hoja?
—Según el peso. Las ruedas dejan marcas profundas cuando sale y casi ninguna al volver.
—Entonces descarga fuera de Nydel.
—O descarga antes del registro.
Doven golpeó la barra. Una chispa cayó entre ambos.
—La Guardia ha cerrado la entrada antigua —continuó—. Sava cree que han encontrado el túnel de Ydrael.
—Ydrael sigue sosteniendo una galería —dijo Isolde.
—¿Habla contigo?
—Cuando quiere.
El herrero dejó el martillo.
—La niña de la calle del pozo oye golpes debajo de su cama. Su padre dice que son máquinas. Ella afirma que algo responde desde más abajo.
Isolde marcó la casa en el papel.
—Necesito hablar con Sava y ver los carros.
—Sava entra en el turno de tarde. Saldrá por la lavandería para evitar el registro.
—¿Por qué la lavandería?
—Los uniformes bajan manchados. Las mujeres que los limpian pasan sin ficha porque Varek considera que la suciedad carece de secretos.
Otra marca entró en el mapa.
—Comida, agua, ropa, trabajo —dijo Isolde.
—Y miedo —añadió Doven—. Dibuja dónde se detiene la gente antes de hablar.
Isolde observó la fragua. Dos vecinos habían pasado por la puerta, miraron el círculo de metal sobre el puesto de la Guardia y continuaron. Marcó el ángulo desde el que podían ver la caseta sin ser vistos.
—¿Quién les enseña eso? —preguntó.
—Nadie. Por eso todos lo aprenden.
Un silbato llamó al siguiente turno. La calle se llenó de trabajadores.
Isolde volvió al puesto. Los mineros caminaban en grupos de seis y llevaban fichas numeradas correlativas. Había mujeres, hombres y jóvenes. Los capataces revisaban manos y bocas al salir. Buscaban piedras escondidas.
Una mujer mayor se detuvo ante los cuchillos.